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sexisme

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En la charla de las II Jornades veganes de Benissa, tuve que pasar demasiado rápidamente por encima de esa patética masculinidad que se esconde detrás del uso de animales por diversión y, muy especialmente, de lo que llaman “deportes tradicionales”. Fue mientras hablaba del tiro y arrastre y de la colombicultura, dos prácticas que gozan de una “buena imagen” que se han ganado escondiendo lo que realmente son. Como dice Raquel Aguilar, se han valido de la figura del agricultor en el imaginario colectivo, un hombre bueno que trabaja y suda junto a su caballo, hace volar palomas y festeja la cosecha corriedo toros.

Lejos de ello, el tiro y arrastre es un espectáculo lamentable hecho con caballos que evidencian una indefensión aprendida perfectamente resumida en la frase de un famoso carretero: “¡el miedo guarda la viña!”. Los golpes “reglamentarios” con las varas van acompañados de fuertes palmadas con la mano abierta que dejan paso a los puñetazos e, incluso, a las patadas. Los animales las reciben en la cabeza, el cuello, el lomo, en la barriga, los testículos, en las patas…

Todo, en medio de esa letanía de gritos en la oreja del animales, de todas las clases de insultos y amenazas que ponen a los animales en estado de alerta, desesperados por encontrar la forma de escapar de lo que temen. Ese es el espectáculo que ven niños y niñas, lo que hay más allá de las fotos artísticas que quieren representar la falsa unión de animal y carretero en el esfuerzo. Escribo hombres, porque son hombres los que lo hacen.

Y, en cuanto a la colombicultura, lo que esconden es esa violación en grupo por delegación, representada una y otra vez en las sueltas y las competiciones. En estas últimas, una hembra que no debe ser “reconocida o enseñada”, si no es estrictamente necesario (Reglamento de competición de la Federación de Colombicultura de la Comunidad Valenciana (FCCV). Art. 35), es perseguida por una piña o “pilot” de machos que difícilmente será inferior a 25 individuos y que puede superar los 75, todos ellos adiestrados y para hacer lo que, según el reglamento, es una “muestra de cielo, constancia y habilidad en los métodos de seducción” (art. 1.a).

Todos ellos han sido reprogramados para manipular los rituales de cortejo de la especie y convertirlos en una persecución permanente. Como es prácticamente imposible que se inicie un apareamiento con una hembra sitiada y, sencillamente, enterrada bajo un gran número de machos, todo consiste en conseguir que estos superen a los otros competidores pasando “todo el tiempo que sea posible” junto a la hembra, acumulando puntos según un sistema que valora los gestos de imposición sobre ella, entre los que están picar la cabeza.

No existen imágenes de las hembras utilizadas en estas prácticas. Los propios practicantes han elaborado un “sistema de protección” que consiste en pegar en la cabeza de la hembra un capuchón hecho de cartulina. Con este invento, que pegan con pegamento y, teóricamente, arrancan después de la competición, pretenden mejorar la imagen de la externa de la colombicultura.

Estando entre esta gente mientras hacen lo que hacen, te sumerges en su realidad patriarcal, machista y tan unívocamente heteronormativa como homoafectiva, como explica Marilyn Frye. Si no fuera por lo que están haciendo, incluso haría gracia ver cómo son de felices en medio de esa especie de forocoches presencial, buscando permanentemente la atención, la aprobación, el consentimiento y el contacto con los demás hombres. Y haría más gracia aún en medio de un concurso de tiro y arrastre, con esa extraña obsesión por saltarse la normativa de indumentaria que los obliga a llevar la “blusa de competición” para ir lo más desnudos mejor, exhibiendo su cuerpo sudoroso y ennegrecido por el sol.

Eso si, como machos patriarcales y heteronormativos que son, muestran descarnadamente esta identidad. Y, lo que es más desconcertante, parece que los animales tengan un papel ritual o simbólico, ya que proyectan esta masculinidad sobre los animales machos que hacen de machos y que utilizan como proyecciones tanto a las hembras como a los machos que hacen el papel femenino.

Queda muy clara con los palomos machos, a los que convierten en “sólitos”, expertos, seguros y convencidos, que llevan la voz cantante por encima de una hembra desconocedora de todo lo que ellos saben… Y que lo hacen en “manada”, en grandes grupos y contra una sola hembra, mientras los hombres propietarios, “los deportistas”, miran complacidos y dicen que todo se trata de “habilidad, constancia, seducción y galantería”.

En el caso de los caballos, lo que vemos más claramente es como el animal puede servir para proyectar la masculinidad y la feminidad normativa al mismo tiempo. Por un lado, son los grandes caballos de tiro, machos de una virilidad gigante y que se llega a desbordar mientras caminan o les hacen calentar por los alrededores de la pista de competición, con todos los músculos del cuerpo marcados, competitivos y con una fuerza que los hace hacer grandes proezas. Por otra, son los seres miedosos, silenciosos, prudentes, con la cabeza baja, los que tienen que obedecer de manera diligente e inmediata al macho que sabe lo que debe hacer si no quieren sufrir las consecuencias, porque el macho nunca equivoca y nunca tiene la culpa de nada. Son a los que los machos tratan e insultan en femenino.

Pasa igual con las palomas y los toros, que deben tener todo lo que esperan de un macho y someterse como esperan que lo haga una hembra. Los “bous al carrer”, por ejemplo, combinan el linchamiento de hembras, los más numerosos porque las vaquillas son la modalidad más barata, con el de los machos, que tienen como máxima expresión el toro cerril. Es un gran animal de planta impresionante que exhiben con orgullo en los carteles con los cuernos, el cuello, el morrillo, la musculatura … Y, después, lo encierran, la impiden huir que es lo que quisiera, lao persiguen y lo acosan en grupo, lo derrotan, lo sometan a su masculinidad en una lucha que tenían ganada desde el principio. Lo “feminizan” y, cuando han terminado, lo envían al matadero.

No llevan nada bien que la proyección no funcione. No soportan que el caballo no tire del carro y que no obedezca, que el toro se quede parado y no envestisca, o que el palomo no sea “hábil, seductor, galante y constante”. En el reglamento de colombicultura, tienen un artículo descalificador de machos en competición que persiguen machos en lugar de ir a por la hembra, o que son perseguidos por machos que se distraen de la hembra. El artículo habla de “inequívoca desviación sexual”, diferenciada entre activa y pasiva, que es peor “en caso de observar la actitud reincidente”[1]. Es el palomo maricón, protagonista de la pesadilla del niño paloma.

Con los animales, las cosas son como ellos quieren que sean, sin un feminismo que los cuestione ni unas leyes que se lo pongan difícil. Los animales son los hombres superiores y las mujeres sumisas de su imaginario, como ocurre cuando cuentan sus batallitas y chistes de barra de bar o de vestuario de gimnasio. Después, ante el mundo real, pueden negar categóricamente estas relaciones, y mostrarse como las personas más civilizadas del mundo, que nunca han roto un plato. Lo evidencian, por ejemplo, cuando se prestan a hacer debates o cuando s’autovictimizan ante los medios de comunicación.

Estas competiciones son una ventana con vistas a esa patética masculinidad expresada con y a través de los animales. Como hombre con todas las características propias del género normativo, como si fuera uno de ellos y con un abismo entre nosotros, he pasado horas y horas viviendo esas realidades de cerca, viendo cosas que me resultan insoportables e incrementando mi “vergüenza de género “.

[1] Reglamento de competición… Art. 18. Funciones del equipo arbitral. e) Mandar cerrar los palomos que por lesión, enfermedad entorpezcan el desarrollo de la competición. En el supuesto de que algún palomo participante demuestre a juicio de los árbitros una actitud inequívoca de desviación sexual, persiguiendo insistentemente a otros palomos participantes o siendo perseguido por ellos, el árbitro procederá a descalificar dicho(-s) palomo(-s), realizando un primer aviso el primer día queadvierta dicha desviación sexual, retirando el palomo de la prueba y dejando de puntuar el mismo a partir de dicho momento. Dicho palomo podrá participar o ser soltado en la siguiente prueba, pero el árbitro ordenará su retirada definitiva en caso observar la actitud reincidente en dicha prueba.

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La parte de mi biografía de la que estoy más orgulloso es que soy vegano, que hace de la justicia un ejercicio cotidiano. También me gusta mucho haber aprendido Historia en la Universidad de Valencia. Soy militante antiespecista, feminista, LGTBI , ecologista, socialista e independentista. En definitiva, no quiero privilegios y, aún menos, los que se supone que me han de privilegiar mí.
Soy militante de Iniciativa Animalista

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La Junta de Andalucía, a través del Instituto Andaluz de la Juventud y el Instituto Andaluz de la Mujer, ha lanzado una campaña para denunciar el acoso sexual callejero, bajo el lema “no seas animal”.

En esta campaña, hombres con máscaras de animales no humanos (buitre, pulpo, cerdo, gallo) acosan de diferentes formas a mujeres en el espacio público. Una voz en off masculina advierte que los animales de la fauna callejera están al acecho, animales que deben extinguirse, desaparecer. Porque esos comportamientos, de esos señores con máscaras de animales, son “más propios de animales que de personas”. Por si quedara alguna duda, el vídeo cierra con un: “estos comportamientos no son propios de personas”.

Pues vale. Supongo que la campaña busca ser intencionadamente polémica. Una polémica puede ser inteligente y de calidad. Se puede hacer, pero no así.

El primer paso para solucionar un problema es afrontarlo como es. Ninguna mujer ha sido acosada por buitres, pulpos, cerdos, o gallos. No. Las mujeres son acosadas por hombres (hombres, no personas en abstracto) que se consideran con derecho a opinar sobre el cuerpo de una mujer, seguir a una mujer, tocarla sin su permiso, etc. Esos hombres, que tienen esos comportamientos, se consideran legitimados socialmente. Por eso actúan así, porque creen que tienen impunidad para hacerlo. Hacen lo que hacen porque han aprendido que pueden.

Con esta campaña la responsabilidad en el acoso sexual callejero no sólo se diluye, es mucho peor. Ese discurso culpabiliza a criaturas que no nos han hecho nunca ningún daño. Esa campaña refuerza prejuicios que están en el imaginario y que generan violencia.

La cosificación (convertir a alguien en algo) necesita de las palabras. Es el primer paso. Con las palabras se genera desprecio, se difunden mentiras que legitiman la dominación, la discriminación, la sumisión. El feminismo, desde el principio, se enfrentó estas a lógicas de dominación, que asignan a las mujeres unas características determinadas (ser irracionales, emocionales, instintivas, etc.), con una intencionalidad. De esta forma, la violencia simbólica se transforma en violencia física. El feminismo sabe mucho de los daños que causan los símbolos, las representaciones colectivas.

Calificar a alguien de plaga a extinguir, difundir la idea de que los cerdos son asquerosos o que los buitres son repulsivos sigue una lógica parecida. Esta campaña se ensaña con quienes ya sufren nuestra violencia diaria, con quienes no nos dañan nunca y con quienes no se pueden defender. Es muy curioso que nuestra especie se haya construido negando su animalidad y, sin embargo, cada vez que tiene ocasión, responsabiliza a individuos de otras especies de violencias que son 100% humanas. Porque no, esos comportamientos no son propios de animales no humanos, son propios de nuestra especie, concretamente de algunos hombres de nuestra especie. Se llama patriarcado. A las cosas se las llama por su nombre.

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Diplomada en Relaciones Laborales. Licenciada en Historia. Militante de izquierdas. Feminista, heterodisidente y vegana.

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La carga cultural del entorno en que aprendemos y somos socializados es muy importante y nos marca de por vida. Del mismo modo, así tan importante es el sentido que tienen las expresiones, frases y palabras que usamos, porque revelan no sólo el mensaje que literalmente transmiten: también llevan implícita una carga de valores, ideas, pre-concepciones del mundo que se revelan y que al usarlos, estamos legitimando como válidos.

Cuando usamos lenguajes y expresiones como “hijo de puta”, “maricón”, “¡es niñita!”, el mensaje implícito es la burla, el escarnio y la descalificación. Con esas palabras intentamos negar la dignidad que es intrínseca a cada persona, objetivándola mediante un sustantivo que la califica como inferior, como algo risible y e indigno. Lo mismo pasa cuando usamos nombres de animales no humanos con similares fines denigrantes: “zorra”, “perra”, “es un cerdo” o “es una rata”, entre otras muchas expresiones que se utilizan con el fin de menospreciar, al tiempo de hacer escarnio sobre aquel/aquella que se profieren. Usando estas palabras se “rebaja” la condición humana de la otra persona, mediante un calificativo que alude a la condición de animales “inferiores” y que no tienen ninguna relevancia ni validez moral. Es más, en muchas ocasiones la descalificación a través de nombres de animales busca la objetivización e infravaloración sexual de la mujer, cuando son referidas como “perras”, “gatas en celo”, “pussies”…

Existe un hecho indisociable del que usemos palabras y expresiones denigrantes para tratar a otros humanos: la manera en que nos referimos a ellos determina cómo los tratamos. Si podemos referirnos a otro significándolo desde la cosificación risible y vaciada de dignidad, nuestro trato hacia ellos estará marcado por la falta de respeto. Porque no existe un deber moral de respetar a aquel que no es digno, que es menos humano. Asimismo, la manera en que nos referimos a los animales no humanos determina nuestro trato hacia/para con ellos. Si no son más que cosas, instrumentos para nuestros fines, objetos sin dignidad, no importa cómo los tratemos ni qué cosas les hagamos.

El filósofo y antropólogo holandés Raymond Corbey se refiere a estos usos como “dispositivos de distanciamiento”, en cuanto permiten clasificar separadamente a los seres humanos de los otros animales. Mientras usamos estos dispositivos del lenguaje, nos alienamos y distanciamos de lo que podamos tener en común con los otros animales, para de esta manera, sentirnos protegidos de la culpa por un trato irrespetuoso, cruel o irresponsable. Usar dispositivos distanciadores en el lenguaje, en la manera en que nos referimos a los otros, es la génesis y origen de la manera en que posteriormente los tratemos, individual o colectivamente. Porque si una mujer es un “puta” o una “perra”, merece un castigo por esta condición que viola la normatividad moral y social humana. Y si ser “zorra”, “cerdo” o “rata” alude a una categoría inferior, entonces la animalidad de estos animales manifiesta su imperfección, incompletitud, la falta de lo humano y que es, por tanto, carente de dignidad. Entonces no importa cómo los tratemos: al final, no son más que animales.

Una reciente investigación llevada a cabo en el Instituto de Psicología de la Universidad de Oslo, reveló que el uso de términos descriptivos como “bistec” y “jamón” crean distancia emocional entre los consumidores y los animales que son asesinados y consumidos. Alienar al animal a través de un eufemismo, hace mucho más fácil comer su carne o justificar su envío al matadero. En contraste, los términos “vaca” y “cerdo” (que hacen referencia a los animales vivos) disminuyen los deseos de consumir el animal. Aquí también operan los dispositivos de distanciamiento: no queremos recordar que ese trozo de carne fue un animal con vida, con deseos, con intereses. Denominamos y apelamos a mecanismos verbales que nos permitan limpiar nuestra conciencia y depurar nuestra responsabilidad del destino de los otros animales.

Este es un llamado a la reconsideración verbal de los otros animales. Porque su tratamiento depende de cómo los pensamos, cómo nos referimos a ellos, y cómo construimos un mundo que deje de considerarlos como seres sin dignidad.

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Sóc vegana i des de la meva infantesa m’ha preocupat la relació especista antropocèntrica que la humanitat manté amb la resta dels animals. Encara busco respostes a moltes preguntes d’aleshores. Sóc Treballadora social, màster en Filosofia Política i màster en Bioètica i Dret. Doctora en Filosofia, tractant sobre els límits de la filosofia moral, la bioètica i els drets dels animals. He estat activa en el món de l’animalisme des de fa més d’una dècada, sempre amb un peu en la teoria i un altre a la pràctica. Comparteixo la meva vida amb el meu marit, tres gates i un nombre sempre canviant de gats rescatats del carrer als quals donem en adopció.

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Hasta la finalización del campeonato, constará a todos los efectos como deportista titular de la paloma aquel deportista con el que hubiera quedado inscrito en el comienzo del mismo.
Reglamento de competición de la Federación columbicultora de la Comunidad Valenciana. Artículo 11.

Alcibíades, el militar ateniense rescatado por Sócrates tras ser herido en Potidea, ganó los laureles de la victoria en la carrera de carros de los Juegos Panhelénicos del 416 aC, la misma carrera donde también consiguió el segundo y el cuarto puesto. ¿Cómo? Sencillamente, porque “compitió” con siete carros distintos, llevados por aurigas jóvenes, altos y delgados. “Ganó” porque era el dueño de los caballos y de los humanos esclavos que se jugaron la vida, enganchados en aquellas peligrosas máquinas de dos ruedas.

En las competiciones de colombicultura también hay “deportistas” que aspiran a la victoria a través de las palomas, aurigas modernos que compiten para ellos en las pruebas de pica. Tienen ese nombre por la pluma blanca pegada a la cola de la hembra que la identifica (y que se llama así: pica). Es una competición de machos y, como dicen los “deportistas”, orgullosos del espíritu de este deporte, no gana el más fuerte, ni el más grande ni el más bonito; gana el más galante.

Esta práctica se aprovecha de los rituales de apareamiento de las palomas. El macho intenta llevar la hembra a su nido con exhibiciones como alzar el vuelo con el buche hinchado, que en colombicultura llama viaje, y otros que se conocen como trasteo y que incluyen perseguirla constantemente, intentar cortar su trayectoria de vuelo para provocar que le siga o, cuando están parados, picar su cabeza una y otra vez para llamar su atención.

La competición pone en esta situación a una sola hembra. Una frente a un número de machos en a determinar por la organización de cada prueba y que nunca es inferior a 25. Una hembra jóven, que no se haya apareado (1) y que, preferiblemente, no conozca el terreno (2), tiene que huir de la bandada de machos. La perseguirán sin descanso y, cuando se pare para recuperar el aliento, le caerán encima. Segundos después de detenerse en la rama de un árbol, a un cable de la luz o en un tejado, desaparecerá bajo un manto de colores y le picarán la cabeza una y otra vez. En poco tiempo, se la dejarán sin plumas y cubierta de sangre.

En la competición, la hembra es el objeto del juego. Como la pelota de fútbol. Todo se acabaría si diera la victoria a uno de esos machos volando hasta su cajón, pero es prácticamente imposible que esto ocurra porque ella, aturdida y asustada, no hace más que intentar huir. En la naturaleza no hay bandadas que vuelan contra una sola hembra. Por ello, la competición tiene una limitación de tiempo y se dirime por puntos: gana el macho que no la haya perdido de vista, que no haya dejado la persecución, que haya pasado más tiempo a su lado o encima de ella.

Los dueños, el resto de personas aficionadas y árbitros de tierra siguen a la bandada allí donde vaya con motos, coches, bicicletas… Las árbitros de terraza se sitúan en un punto elevado y controlan todo el terreno de competición con prismáticos y equipos para el seguimiento de la señal que emite una baliza colocada en la cola de la hembra, junto con la pica. Los machos llevan las alas pintadas de colores por debajo y, así, se distinguen unos de otros y se hace más fácil el seguimiento de la bandada. Las árbitros cronometran el tiempo que cada paloma pasa en la bandada persiguiendo a la hembra, y otorgaran puntos en virtud de este tiempo y de los trabajos que hayan hecho hasta que, como si de un partido de fútbol se tratara, decretaran el fin de la prueba.

Según el reglamento (3) de la Federación columbicultora de la Comunidad Valenciana (4), tres hembras distintas pueden ser sometidas a diversas pruebas de dos horas y treinta y cinco minutos cada una. Otras hembras sufren la fase de enseñanza (5), con la que los machos reconocen el terreno y se habitúan a lo que será su palomar durante la competición, y la de acoplamiento (6), una especie de ensayo previo a la competición donde las personas árbitros ya ocupan sus lugares. Estas pruebas previas prevén tiempos con limitación de vuelo para la hembra, que permanecerá atada o encerrada mientras la acosa un macho o toda la bandada.

Fuera de competición, la función de las hembras es servir para el entrenamiento de los machos y para criar campeones. Las hijas de los machos más queridos son emparejadas con otros comprados a criadores para evitar la consanguinidad, y estos también son elegidos por su apellido o por el prestigio como criador de quien los pone a la venta.

Ellas tienen una pica en la cola, para que el macho aprenda a asociarla con el apareamiento. Según los escritos de los criadores, los pichones montan varias hembras que encierran con ellos dentro de una jaula y luego aprenden a perseguirlas en vuelo ellos solos, hasta que se aparean dos o tres veces más. Finalmente, comienzan a competir con otros 2 machos, luego con 4, 9, 14, 19, 29… Hasta que se entrenan en el seno de una bandada de 50 machos, en función de la evolución del adiestramiento.

Objetos de competición, señuelos para el entrenamiento e instrumentos para la cría. A través de la gente que se dedica, todo lo que podemos saber de las hembras es en virtud de lo que tienen que decir de los machos. No hay fotos de las hembras después de la competición ni nos cuentan lo que hacen con ellas después; no sabemos cuántas hembras usan para entrenamiento o para cría, si utilizan todas las que nacen o que hacen con las sobrantes. Respecto a los machos, tampoco nos cuentan si usan todos los que salen de todas las puestas o si los que no demuestran valía durante el entrenamiento tienen una vida apacible lejos de la competición. Sabemos que la cosa va por barrios y que, como suele ocurrir con los temas de dinero, hay elección, rechazo y “eliminación” de lo que sobra.

Este es el deporte de los deportistas que miran “su” competición. Son hombres que muestran la cultura escondida cuando forman grupos que miran hacia arriba. Complicidad masculina que da por bueno el “galanteo” a través de las palomas machos, que difumina la línea que separa la atracción del acoso a las hembras, que estalla de alegría ante la escenificación de una violación en grupo construida por ellos, que nunca se daría en la naturaleza. Uso de animales que esconde el sufrimiento detrás de idealizaciones como el amor y el cuidado por las palomas, como hacen los grupos de cazadores que cuentan sus hazañas con armas alrededor de una gran comilona y hablan de su amor por la naturaleza que destruyen.

Una bandada de palomas que muestra todos los colores del arco iris, y una hembra que huye. Un grupo de hombres que mira hacia arriba. Especismo humano que banaliza el sufrimiento de los otros animales, y sexismo patriarcal reflejado por estas dos escenas. Día de competición.

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(1) Las que ja se han apareado tienen preferencia por la que fue su pareja y complicarían la competición.
(2) Las hembras enseñadas se podrían refugiar en buenos escondites que ya tienen identificados y que serían de difícil 8 localización para los machos competidores. En ocasiones, la orografía del terreno aconseja el uso de hembras enseñadas para evitat que, por las dificultades de orientación, se paren cerca del lugar donde han sido soltadas e impidan la suelta de los machos competidores.
(3) http://www.colombicultura-c-v.es/50/secretaria/REGLAMENTO.pdf
(4) http://www.colombicultura-c-v.es
(5) Sin limitación de tiempo.
(6) Una prueba de un máximo de dos horas. Se puede establecer un tiempo de 30 minutos en el que la hembra tendrá limitaciones de vuelo.

 

La parte de mi biografía de la que estoy más orgulloso es que soy vegano, que hace de la justicia un ejercicio cotidiano. También me gusta mucho haber aprendido Historia en la Universidad de Valencia. Soy militante antiespecista, feminista, LGTBI , ecologista, socialista e independentista. En definitiva, no quiero privilegios y, aún menos, los que se supone que me han de privilegiar mí.

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