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2001

Todo el mundo ha oído hablar del autobús de HazteOir y de su mensaje tránsfobo. Es una forma de darle la vuelta a la tortilla desde el privilegio, que se presenta como víctima de complots urdidos con oscuras intenciones por organizaciones perversas como el lobby gay, las feminazis o los ecoterroristas. A mi me gusta la de los antitaurinos pagados por Holanda, según denuncian los que todavía no han encontrado la forma de organizar una matanza “benéfica” sin quedarse con casi todo el dinero.

Quien, consciente o inconscientemente, se beneficia de una determinada situación injusta, genera un discurso victimista alrededor de su “normalidad” atacada. Así, nos muestran un mundo de hombres cis y heterosexuales, occidentales y blancos, con papeles y derechos, con casa, coche y nevera llena, siempre perseguidos y amenazados en sus libertades mientras a su alrededor las mujeres “se mueren” a diario a pesar de que ya han conseguido la igualdad, donde las personas migrantes se empeñan en hacer peligrar la seguridad a pesar de nuestra gran solidaridad, donde las que vulneran la heteronorma se empeñan en hacerse visibles en la calle e incluso, en la escuela…

En resumen, los que están arriba rebosan unas lagrimitas acompañadas de una llamada a la hermandad, a “conservar” un irreal punto de equilibrio que las de abajo quieren romper con sus luchas y reivindicaciones. Así, con toda la cara del mundo (sea conscientemente o no). Seguro que os suena aquello de “ni machismo ni feminismo: igualdad”. Si las personas negras de EEUU se movilizan frente a la discriminación y el racismo que aprieta el gatillo fácil de tantos policías, si usan un lema que dice que las vidas de las personas negras importan, aparecen voces blancas que dicen que las suyas también, que lo que importan son las personas. Hay muchos ejemplos.

Y, para ello, que mejor manera que forzar escenarios donde los niños y niñas son las víctimas y “las igualitarias” se presentan como sus supuestas defensoras. Esto es lo que hace HazteOir con su autobús, con el que quieren convertir su discurso de odio y exclusión en “libertad de expresión” y en persecución política. No hace falta un autobús: este mismo papel de apoyo para la creación de escenarios ficticios lo puede hacer un modesto biberón en medio de un restaurante vegano, hasta dar lugar a otro lema de la falsa víctima: “ni personas ni animales, todas somos seres vivos”.

Para quien no haya oído hablar de la campaña de acoso que ha sufrido el restaurante el Vergel de Tarragona, está perfectamente resumida en el interesante artículo de Aula Animal que se titula “Un restaurante vegano no permite la uso de leche de vaca”. La conclusión de este artículo es que habría sido más eficiente la “flexibilidad” en la aplicación de la norma antiespecista del restaurante. Así deberíamos hacer en todas las situaciones que implican “los sectores de la sociedad más vulnerables, especialmente si se trata de bebés, niños o niñas”.

Nos explican que “tener razón no es siempre suficiente”, y que “a veces, lo más coherente es ser incoherentes”. Como se trata de una oportunidad perfectamente aprovechada mediáticamente, y como el movimiento por los derechos de los animales no ha tenido capacidad de revertir este aprovechamiento con sus argumentos, habría sido mejor evitar esa oportunidad. Es por este mismo motivo que “las organizaciones más influyentes” no salieoan en defensa del restaurante y su gente. La batalla estaba perdida y, además, “tienen una imagen pública que les ha supuesto mucho esfuerzo construir”. Debemos saber retroceder, teniendo en cuenta qué actitudes “son mejores para los animales en la realidad social que vivimos”.

Comprendo lo que quieren decir. Creo que yo mismo habría mirado hacia otro lado, con esa aparente naturalidad de las que se ven obligadas a convivir con discriminaciones cotidianas. Recuerdo una charla-debate sobre antiespecismo en un local muy izquierdoso de Valencia y con cena vegana posterior, y como uno de los integrantes de la asociación puso los huevos sobre la mesa. Eran de gallinas esclavas. Ocupó la cocina donde trabajaba la persona que preparaba la cena, se los frió con unas longanizas valencianas y, por supuesto, hizo ostentación machuna de su resistencia a la opresión mientras se los comía. Aceptamos la derrota como inevitable, con el consuelo de toda la gente que escuchó, comió vegano y debatió con respeto.

Pero, ¿por qué tiene que ser el pragmatismo la única opción? La lógica de la legalidad, los papeles en regla y el no haber roto nunca un plato no se pueden aplicar siempre. Quizás, querer esquivar ciertos golpes sea lo mismo que no ver más que la tenebrosa sombra de unos pocos árboles en el enorme bosque que estamos cruzando. Puede que la campaña mediática contra el Vergel se vaya como el humo, y que la coherencia de su acción, mezcla de firmeza, empatía y delicadeza, sea el fuego que deja huella.

No todo es comunicación: la reivindicación y la concienciación son la sangre que corre por las venas del movimiento antiespecista. Dentro de ese biberón estaba, sobre todo, la vida de una vaca esclava y la de su ternero de este año.

También había gente que decía que no se tenia que dar publicidad gratuita a HazteOir y su autobús, pero pronto quedó claro que siempre lo dicen quienes no se encuentran en el punto de mira. Aquel biberón se ha querido utilizar para convertir la intransigencia de una parte en un ataque a la infancia por la otra, para trasladar interesadamente el punto clave del asunto, desde el momento que una persona escribe una mala crítica a una página de reseñas por haber sido cuestionada, hasta la falsa escena en que le quitan la comida de la boca a una pobre criatura.

En todo caso, tenemos un problema cuando reaccionamos así ante nuestra gente que decide plantar cara, que no atacar ni agredir. Cuando en el mejor de los casos se le dice que lo más inteligente hubiera sido no hacerlo, y en los peores se le tacha de intransigente y de hacerle un flaco favor al movimiento. Tenemos un problema cuando el análisis se centra en el restaurante y sus errores de comunicación y no en toda esas reacciones marcadas por el síndrome de Estocolmo.

El problema, seguramente, estará en el principal argumento que se ha puesto sobre la mesa: nuestra debilidad, que debemos tener permanentemente presiente y que debe condicionar cada cosa que hacemos, como si el movimiento antiespecista fuera el personaje de un juego del rol y esta fuera su principal característica.

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La parte de mi biografía de la que estoy más orgulloso es que soy vegano, que hace de la justicia un ejercicio cotidiano. También me gusta mucho haber aprendido Historia en la Universidad de Valencia. Soy militante antiespecista, feminista, LGTBI , ecologista, socialista e independentista. En definitiva, no quiero privilegios y, aún menos, los que se supone que me han de privilegiar mí.
Soy militante de Iniciativa Animalista

…Ella había buscado el ama y la había vestido, poniéndole más galones que a un féretro, collares rojos y todo lo demás que constituye el traje de pasiega; ella le había marcado el régimen y regulaba las hartazgas que tomaba aquella humana vaca, de cuya voracidad de puede darse idea…
Benito Pérez Galdós. El amigo Manso, 1882.

Después de una conversación en bucle en la que se habló de las nodrizas, quise profundizar en el tema. Mi abuela me contaba historias de la pobreza, la guerra y la posguerra con mujeres que parían y parían, que corrían a hacer de ama de cría sólo podían destetar el hijo o hija para obtener unos ingresos que eran vitales. Me hablaba de las muertes de tantos y tantos bebés por las míseras condiciones del parto, y de madres que al día siguiente de haberlos enterrado iban a buscar casa donde hacer de nodrizas. También me hablaba de aquella persona que era “hermana de leche” de aquella otra y, en su caso, como que eran historias de pobres, era porque una había quedado huérfana tras el parto y la había amamantado la madre de la otra.

Mi bisabuela murió con poco más de 40 años, tres meses después de parir por enésima vez, a causa de esa ruleta rusa que es el posparto dentro de la pobreza extrema, cargado de infecciones y complicaciones, los duros trabajos a los que se reincorporaban inmediatamente, la debilidad física y la mala alimentación, y que finalmente no pudo superar. Dejaba una niña para quien no pudieron encontrar una mujer que la alimentara y, por supuesto, no había dinero para pagar a una nodriza. También se fue al poco tiempo mientras estaba en los brazos de su hermana, mi abuela que, con poco más de 12 años, la había intentado salvar con sopas y caldo. No pudo hacer otra cosa que consolarla mientras se moría de hambre, poco a poco.

Más allá de las historias familiares, de lo que se trataba era de “demostrar” que no hay mamíferas, humanas o no, que “dan leche” in eternum, al contrario de lo que afirman creer muchas personas que quieren justificar el ordeño como un aprovechamiento de un residuo de los animales y, incluso, como una asistencia que salva a las hembras del dolor y que estas agradecen enormemente. Según estas tesis, mientras se amamanta una cría o mientras se ordeñan las tetas, la leche brota y brota sin cesar.

El primer referente histórico es la Francia de la segunda mitad del siglo XIX. Se había generalizado la cría de hijos e hijas que habían nacido en las ciudades lejos de las madres y padres, que contrataban amas de leche del campo para que se llevaran a estas crías a sus pueblos y las devolvieran ya destetadas. El duro golpe de la Guerra franco-prusiana de 1870 hizo que se viera un soldado en cualquier hombre francés, y los bebés que morían al poco de nacer se convirtieron en bajas para una futura guerra. Se tomaron medidas contra la mortalidad infantil y, entre ellas, el control de la salud de los bebés que quedaban con las nourrices.

Amas de cría de la Inclusa de Madrid (1905)
Amas de cría de la Inclusa de Madrid (1905)

La Ley Roussel de 1874 estableció la creación de un Comité Superior para la Protección de Bebés, dependiente del Ministerio de Interior, que tuvo entre sus funciones la elaboración de informes sobre la mortalidad infantil y, con especial atención a las muertes de bebés fuera del hogar familiar y mientras estaban con las nodrizas. Imponía un estricto sistema de registro y control de los niños y niñas que vivían bajo este régimen de tutela en todos los municipios del departamento del Sena, formado entonces por la ciudad de París y las comunes de alrededor. La ley exigía las nodrizas un certificado de estado civil y capacidad para desempeñar esta función, emitido por la alcaldía de su municipio. El documento debía indicar si su último hijo o hija permanecía con vida y que tenía más de 7 meses o, si era menor, que estaba siendo amamantado por otra mujer igualmente identificada.

Si, la de amamantar es una “capacidad laboral” de las madres, una oportunidad para las pobres de obtener ingresos. Otro ejemplo es el de las pasiegas, esas “vacas humanas” de Galdós que eran mujeres del valle del Pas (Cantabria) que adquirieron fama como nodrizas de la familia real española. Las amas de cría de la nobleza y la burguesía españolas fueron mayoritariamente del norte de la península y solían ser vestidas con un uniforme distintivo que era el de pasiega. Según la norma, debían ser mujeres recién paridas y sin haber cumplido los 27 años, grandes, fuertes y “bien dotadas por la naturaleza”.

Isabel II de España, su marido Francisco de Asís, las infantas y dos amas pasiegas (1863)
Isable II de España, su marido Francisco de Asís, las infantas y dos amas pasiegas (1863)

Después de parir y de amamantar a su hijo o hija durante sólo un mes, marchaban y lo dejaban a cargo de la familia. La ganadería era la principal actividad económica en el Pas, y estos bebés pasaban a ser alimentados con leche de vaca. Las madres iban hacia el sur, a Madrid y hasta Andalucía: en Granada hay una plaza de las Pasiegas, que era donde se reunían para encontrar casa. Solían aprovechar el carro de vendedores ambulates de sus pueblos, que iban a vender lana, tabaco, quesos o mantequilla. Para que no se las cortara la leche, llevaban un cachorro de perro al que amamantaban durante el largo viaje y entregaban después a los vendedores que las habían llevado a la ciudad.

El ejemplo muestra a los animales abajo del todo en función del sistema especista, vacas que sustituyen a las humanas pobres para que ellas sustituyan las mujeres ricas dentro del sistema capitalista, con el becerro de la vaca y el cachorro de perro también como recursos finales dentro de los sistemas de explotación engranados. El patriarcado aparece con el menosprecio a las amas de leche glotonas, aprovechadas, inmorales y “mercenarias”, y la condena a las mujeres que las contrataban por abandonar sus obligaciones de madres gracias a su riqueza.

Cuba, principios del siglo XX, chiva madre o chiva criandera.  Era una práctica común en las zonas rurales.  En la imagen se representa esta forma de ama de cría animal, que tenía que repartir la leche entre el bebé humano y su cabrito.
Cuba, principios del siglo XX, chiva madre o chiva criandera. Era una práctica común en las zonas rurales. En la imagen se representa esta forma de ama de cría animal, que tenía que repartir la leche entre el bebé humano y su cabrito.

Ese sistema de argumentos patriarcales recuerdan los que hoy cargan contra la prostitución (nodrizas) y contra el derecho al aborto (madres), mostrando que la ideología machista y patriarcal se dota de pretextos que pueden ser cambiantes para controlar la sexualidad, la maternidad, los cuerpos, los tiempos y, en definitiva, la libertad y el derecho a decidir de las mujeres.

En definitiva: las hembras mamíferas amamantan a sus crías durante la primera fase de sus vidas porque es una buena forma de sacarlas adelante. Es un mecanismo de adaptación que se puede comparar con la alimentación de rumiantes, que pastan en campo abierto con todas las precauciones y tan rápido como pueden para irse a un lugar seguro para volver a masticar, digerir y redigerir lo que habían comido. Las mamíferas no tienen que preocuparse por llevar comida a las crías, comen y producen un alimento rico en nutrientes que siempre está a su disposición. Pero, cuando la cría llega a un punto de su crecimiento, adquiere la capacidad de alimentarse por sí misma y la lactancia pasa a una función secundaria, se reduce progresivamente y, finalmente, desaparece con el destete.

Por ejemplo, las búfalas africanas (Syncerus caffer) tienen el primer parte alrededor de los 5 años de vida, después de una gestación de poco más de 11 meses. Amamantan a sus terneros y terneras hasta el nacimiento de la siguiente cría, tiempo suficiente para que ya se puedan alimentar a solas. Con más de un año, la hembra las desteta, si hace falta, asustándolas con sus cuernos. Estos animales pueden vivir entre 20 y 25 años en el seno de sus manadas.

Con las vacas esclavas es distinto. Las inseminan o las hacen montar cuando tienen 15 meses, en el momento que tienen el peso mínimo. Su gestación dura unos 9 meses (270 a 290 días) y los terneros sólo maman tres días después de tomar el calostro, cuando son separados de las madres y alimentados con lactoreemplazantes y pienso de iniciación. Las madres son ordeñadas para aprovechar al máximo su producción hasta el pico de lactación en torno a los tres meses, cuando la cantidad y la calidad de la leche es mayor, y luego hasta los 10 meses. Entre los 60 y 90 días después del parto las han vuelto a inseminar para garantizar un nacimiento al año y mantener el nivel de producción de leche. Cuando han tenido 4 partos, las envían al matadero y las sustituyen por vacas jóvenes.

Según la OMS, la lactancia materna exclusiva es la forma de alimentación óptima para las crías humanas hasta los 6 meses de vida. Quiere decir que la leche, “incluida la extraída o de nodriza”, es lo único que ingerirán salvo los medicamentos y sales rehidratantes cuando sea necesario. Después, se debería mantener la lactancia “a demanda”, combinada con una alimentación variada y adaptada, hasta los dos años. Por si acaso, se debe aclarar que la “forma de alimentación óptima” no es equivalente a “obligatoria” o “impuesta”: las buenas alternativas incluyen preparados veganos y son, sencillamente, “menos óptimas”. La decisión final es de las mujeres que tienen que dar de mamar.

Y, sencillamente, no hay leche sin cría. No hay leche animal sin que se fuerce el parto de la hembra y se elimine la cría, que pasa a formar parte de la producción como carne o como futura sustituta de las hembras adultas.

 

La parte de mi biografía de la que estoy más orgulloso es que soy vegano, que hace de la justicia un ejercicio cotidiano. También me gusta mucho haber aprendido Historia en la Universidad de Valencia. Soy militante antiespecista, feminista, LGTBI , ecologista, socialista e independentista. En definitiva, no quiero privilegios y, aún menos, los que se supone que me han de privilegiar mí.
Soy militante de Iniciativa Animalista

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