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Julio Ortega

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¿Qué tienen en común Marie Curie, científica polaca pionera en el campo de la radiactividad y el Rey emérito de España, Juan Carlos I de Borbón? No rendirse ante algo aunque el cuerpo se niegue a responder y seguir haciendo aquello que es su pasión más allá de las propias limitaciones por salud.

¿Qué los diferencia? Que la Premio Nobel de Física y Química invirtió esa superación en descubrir avances que servirían a la Medicina, o sea, para salvar vidas, y que el Monarca que designó Franco lo hace en acabar con ellas, esto es, en matar animales por diversión.

Cuando a consecuencia de una inoportuna caída se destapó que el papá de Felipe VI estaba matando elefantes en Botsuana, con España en medio de una grave crisis que aún no ha remitido, pidió perdón, dijo que se había equivocado y aseguró que no volvería a ocurrir. Ahora ya no se sabe si lo que no pasaría de nuevo es lo de ir a cazar o que le pillasen, pero parece que ambas cosas se han repetido, aunque esta vez no haya críticas, acaso porque no hay fotos, quizás porque acabar con la vida de inocentes en Espaňa no lleva la carga onerosa de hacerlo en África, puede que porque ya no es Rey, ¿quién sabe?, la cuestión es que sigue matando animales porque eso le pone y que el asunto se conoce pero ya no merece un titular. Ni indignación.

Su edad, sus accidentes, su lo que sea, que a mí me da lo mismo lo que cada uno se meta en el cuerpo y en qué cantidad mientras con ello no haga daño a nadie, le han pasado factura a este hombre, que la sangre podrá ser azul pero los músculos, huesos y corazón no se fabrican unos para nobles y otros para plebeyos, aunque luego la vida que se lleve implique estados de conservación muy desiguales, el caso es que todo eso le ha conducido a no poder moverse con la agilidad de antaño. Ya no posee El Campechano aquella sonrisa fresca para saludar junto al Caudillo desde el balcón en la Plaza de Oriente, ni aquel verbo fluido para hacer apología del dictador en declaraciones a una televisión extranjera, tampoco el brazo fuerte para sostener el arma con la que reventar de un disparo a un jaguar, a una osa (dicen que hasta las trancas de vodka, la osa) o a un elefante, pero eso al Rey que prometió defender las corridas de toros le da igual. La naturaleza puede dotar de la misma falta de empatía ahora a un Soberano que a Fernando VII hace más de doscientos aňos, sin embargo la tecnología puede regalarle más en estos tiempos para que se canse menos.

Juan_Carlos_I_of_Spain_2007

En varios medios afines a este seňor, con tono de noticia diría que casi entraňable, nos cuentan que Juan Carlos I ha vuelto a cazar, y como al parecer su hombro se resiente y -pobrecito, ¿no?-, le resulta dificultoso sostener el rifle, han diseňado exclusivo para él un artilugio metálico que se despliega desde su cadera, en el que se apoya y ya sin fatiga ni temblores apunta, dispara y mata. Cuentan que por eso le llaman cariňosamente “El cazador robocop” entre sus colegas de carnicería. Y aquí vendría el “plas plas plas” de todos cuantos siervos lameaforamientos dignos de “La Escopeta Nacional” aún son, o vienen las arcadas de los que, por separado aunque en este caso se junten, rechazamos una Monarquía impuesta pero sobre todo abominamos de la Violencia, por más que sea deporte Real y legal, que los muertos de la caza ni tan siquiera pudieron elegir una Constitución que no dejaba escoger, donde la Corona entraba tan de matute como el dinero de todos los espaňoles, aunque a la mayoría les repugne, lo hace en el mantenimiento de la Tauromaquia.

El Rey emérito no se parece en nada a Marie Curie, tal vez por eso ella será siempre recordada con admiración y el cazador de sangre azul que disfruta derramando sangre roja ya es despreciado en vida por varios de sus actos.

Aquella científica dijo una vez que “La mejor vida no es la más larga, sino la más rica en buenas acciones”. Juan Carlos I de Borbón y Borbón, si eso es así la tuya tiene que ser un verdadero desecho. En todo caso es letal para esos animales que matas con el codo sobre metal o cuya muerte aplaudes con el culo sobre una grada en una plaza de toros.

Tu hija también caza y asiste a corridas, como algunos de tus nietos, incluso menores, al igual que tu hijo, al que vemos de vez en cuando disfrutando en corridas, eso sí, en el tiempo que le deja libre negociar con regímenes de dictadores.

Iba a hablar de caza, lamento haberme ido también a otras formas de violencia legal, pero fue inevitable con este hilo conductor.

Julio Ortega Fraile, activista por los Derechos de los Animales, escritor, coordinador de la Plataforma “Manos Rojas”, colaborador en El Caballo de Nietzsche y presentador del Programa PUNTO DE LECTURA en la TVAnimalista. Fui Delegado para Pontevedra de la Asociación Animalista LIBERA! y Secretario de Organización y Delegado para Galicia del PACMA. Mi libro: Servidumbre Humana, mi película: Los Lunes al Sol, mi canción (a veces cambia, pero no el cantante): Una Noche de Verano de Andrés Suárez. No me gustan las banderas pero me quedo con la republicana y me encanta ver rastas en el Congreso de los Diputados. Y sí, le tengo mucho asquito al rey, al de antes y al de ahora.

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Se fue la superstición pero se quedaron la estupidez, la crueldad y la codicia, asentadas con especial énfasis en Espaňa, un país donde lo mismo se matan lobos “porque hay muchos” que se torturan toros hasta la muerte “para que no se extingan”.

Mientras en la América precolombina ya practicaban la convivencia con el lobo y en cierta medida, con sus excepciones, esa actitud de respeto la conservan hoy (y allí sigue habiendo personas y otras especies, no se los han comido a todos) aquí hemos pasado por varias etapas de una misma travesía por la ignorancia y la maldad: convertirlo en el malo de los cuentos, asustar con él a los niňos y a los que no lo eran, dotarlo de poderes sobrenaturales y daňinos, asociarlo con el diablo y hasta con el anuncio adelantado de la muerte humana. Las luces no sirvieron para transformar su suerte sólo lo hicieron para buscar nuevas justificaciones para su acoso y asesinato. Así, censos a menudo falseados se pusieron al servicio de la estadística del exterminio, ganaderos al de las indemnizaciones abandonando no pocas veces a animales enfermos o heridos en los montes para luego gritar: “¡Que me lo mató el lobo!”, y cobrar, claro, y cazadores, como siempre, al de su inagotable sed de violencia, en esa querencia enfermiza suya por reventar entraňas donde las de cualquier pieza les valen, desde perdices hasta leopardos pero un lobo, por ser el animal que es, satisface mejor la “trofeitis” de su hipogonadismo moral que una vulgar ave, y les sale más asequible matar ejemplares aquí que ir a cazar grandes felinos a Botswana, que también es algo que les pone mucho.

En las leyendas de los nativos americanos existía igualmente la creencia de que a veces el lobo se transformaba en hombre pero en su caso aseguraban que lo hacía para ayudar a humanos en problemas, en Europa su mutación se decía que era para asesinar y a día de hoy, libres ya de ese tipo de mitos, al otro lado del océano pervive cierta protección y a este el afán de su exterminio. El conocimiento sólo ha servido en nuestro caso para hacernos sanguinarios más modernizados y en Espaňa, para no variar, las mazmorras de la mediocridad ética tienen puertas que pesan mucho más.

Tal vez eso explique en parte que cada vez que en una página de caza se cuelga la fotografía de una oveja supuestamente atacada por lobos para demostrar lo necesario que es acabar con ellos con expresiones del tipo “Gestión y sostenibilidad”, los comentarios de los escopeteros acaban indefectiblemente en frases como: “Viva la caza”, “Cazo porque es legal y porque me sale de los coj…”, “No tenéis ni put.. idea ecolojetas” y así, en esa línea. Su línea habitual.

Luego sí, en su descargo de matones cobardes y por diversión (desde lejos, con un arma y principalmente para sacarse la foto, a lo Juan Carlos I o César Cadaval), argumentan que también los animales matan para comer. Por supuesto pero entonces en qué quedamos: ¿matar para alimentarse es lícito para un cazador y no para un lobo? ¿Al segundo lo asesinamos legalmente y al primero lo nombramos asesino legal?

Los lobos no hacen campeonatos de muerte donde gana el que más cadáveres acumula, no transforman en puntos las cornamentas de sus presas y escogen la que sume más, los lobos cazan desnudos lo justo para comer, no se pertrechan en armerías ni disecan o decapitan a sus víctimas para exhibirlas. Y los lobos no matan a humanos. Los cazadores matan a lobos, conejos, perros, jabalíes, elefantes, gatos, corzos… Y a mujeres y hombres con sus “errores”. Los lobos son mucho menos mortíferos, sin esa torpeza letal y sin esa codicia por atesorar cuerpos. Los dos últimos conceptos van unidos: el que tiene prisa por matar acabará llevándose la vida de quien no pretendía. Menos mal que luego poniéndole un adjetivo y un sustantivo: “Desgraciado accidente” y aňadiendo un par de afirmaciones al estilo: “Estamos desolados” y “No entendemos cómo pudo ocurrir”, queda zanjado de forma política, legal y parece que hasta socialmente correcta el asunto de dos docenas de muertos y dos millares de heridos humanos al aňo.

No es una cuestión de seguridad ni tampoco ecológica sino geográfica, cognitiva, moral y económica. Por eso nacer lobo en Espaňa es como nacer toro aquí: hacerlo con una sentencia de muerte anticipada firmada. ¿Han desaparecido los toros en Inglaterra o las ovejas en Costa Rica? No. ¿Los humanos?, tampoco, pero en este país hay demasiado poderoso y dinero de por medio en ambos asuntos. No resulta raro que en casos de corrupción se escuche la palabra cacerías en relación con los condenados o verlos presenciando corridas. Esto es Espaňa, más profunda que elevada todavía.

Aquí somos mucho más modernos para la gestión de indemnizaciones o para la fabricación de rifles que para dominar nuestra parte más violenta. Y cuando no hay motivos reales somos únicos para inventarlos y creerlos. O no, pero eso ya da igual, lo que no pone la razón lo aporta la ruindad y sobre todos los intereses. Leo la siguiente noticia: “La Plataforma Sierra Norte de Guadalajara de Ganaderos denuncia que las grandes manadas de buitres que habitan en estas zonas han atacado a vacas recién paridas y las han devorado”, y añaden “exigimos compensaciones rápidas por los daños producidos”. A ver lo que tarda la Oficina Nacional de la Caza en pedir que el buitre se catalogue como especie cinegética. Lo que se ha de fardar teniendo uno con las alas abiertas y momificado en el salón.

Y no estoy negando que haya ataques de lobos lo que digo es que no son tantos como aseguran ni todos de los que le acusan provienen de él, que hay un buen número de denuncias falsas, que existen ganaderos que compran animales baratos y en malas condiciones para dejarlos a su suerte y estafar a la Administración, como aquel de los potros a 30€, que porque les resulta más rentable evitan a propósito tomar medidas de protección y, en todo caso los que sí sean reales y no medie voluntariedad o negligencia del hombre no pueden justificar que se autorice la matanza de ese animal. Las indemnizaciones cubren la actuación natural de una criatura no racional del mismo modo que los seguros lo hacen con los heridos y muertos humanos de la caza en sucesos donde sí interviene la decisión consciente (de disparar) de un ser racional. Y que yo sepa nadie pide un cupo de cazadores cazados al sur del Duero o en los montes asturianos por eso o por los perros, especies o crías protegidas que matan, por sus prácticas furtivas, por los incendios o contaminación que provocan o por el ejemplo de normalización de la violencia que transmiten.

Por cierto, que esa connivencia cazador-ganadero a la hora de querer hacernos ver que la muerte del lobo es una necesidad se rompe en sus debates. He visto varios textos de escopeteros explicando que lo que ellos hacen no lleva la carga de crueldad a la que se ven sometidos los animales en granjas y mataderos. La respuesta más calmada que les dan los ganaderos es que no los criminalicen, que ellos respetan y cuidan mucho a sus animales y que lo que hacen es legal. Insultos también hay. O sea, los mismitos argumentos y actitud que utilizan los cazadores contra nosotros.

Todo el que maltrata o mata animales seňala a otros parecidos cuando se le acusa de hacerlo: “Aquello es peor”, “¿De eso no decís nada?”. Y cuando sí decimos, de todo y de todos, porque el animalismo verdadero ni es cobarde ni es excluyente entonces hacen frente común, aunque un rato antes y un poco después se saquen los ojos entre ellos.

Son humanos con no poco de sinvergüenzas en algunos aspectos y con una ley a veces canalla también de su parte. Por eso el lobo siempre muere en las fábulas y en la vida real aunque el mentiroso, el codicioso, el sádico, el destructivo y aterrador es el hombre. Pero es él quien redacta las normas y en ninguna tierra invadida ni campo de exterminio son las víctimas las que poseen los derechos por escrito. No hace falta irse al monte, no es necesario hablar de animales, miremos a la UE, a Turquía y a los refugiados. En nuestra especie somos, a menudo, un 50% cazadores y un 50% ganaderos. O sea, el 100% de nosotros al servicio de la muerte de los más vulnerables.

No, no parece compatible aquí la coexistencia del lobo ibérico con el homo ibéricus y en esa pugna sale ganando siempre el segundo. En la Espaňa de chistes machistas y homófobos, donde se rompen la cara por un resultado de fútbol, donde alancear a un toro o matar caballos de agotamiento y sed para ir a ver a una Virgen es tradición y un ejercicio de libertad, no es de esperar que pueda tener muchas oportunidades el primero, y menos con un Gobierno digno de un remake de La Escopeta Nacional.

 


Julio Ortega Fraile, activista por los Derechos de los Animales, escritor, coordinador de la Plataforma “Manos Rojas”, colaborador en El Caballo de Nietzsche y presentador del Programa PUNTO DE LECTURA en la TVAnimalista. Fui Delegado para Pontevedra de la Asociación Animalista LIBERA! y Secretario de Organización y Delegado para Galicia del PACMA. Mi libro: Servidumbre Humana, mi película: Los Lunes al Sol, mi canción (a veces cambia, pero no el cantante): Una Noche de Verano de Andrés Suárez. No me gustan las banderas pero me quedo con la republicana y me encanta ver rastas en el Congreso de los Diputados. Y sí, le tengo mucho asquito al rey, al de antes y al de ahora.

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