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Somos animales sensibles. Al enfermar de una fiebre corporal de 42 grados de temperatura las proteínas se deforman, desnaturalizando las enzimas, dejando de catalizar funciones químicas vitales, todo lo cual nos aboca al colapso irreversible y la muerte. Asimismo a la inversa, un organismo humano en hipotermia a partir de 2 grados de menos, empieza a ralentizarse, se desorienta, delata semiinconsciencia, falta de memoria, bajada de tensión, dilatación de pupilas y muerte térmica. Muchos otros animales de sangre caliente sin embargo, sobreviven a diferencias de temperatura de 60 grados. Respiramos de 13 a 16 veces por minuto para oxigenar una sangre que exige de tal actividad, porque de otro modo nos asfixiamos y morimos. Hay animales que viven semanas sin agua, nosotras al tercer día sin hidratar nuestro cuerpo, morimos.

Somos animales frágiles, de piel desnuda y delicada, con tolerancia y defensas propias cada vez más minadas por la adicción a medicamentos y un estilo de vida tóxico. Los huesos sufren nuestra verticalidad, poseemos vista mediocre, oído torpe, olfato obtuso, velocidad ridícula y unas capacidades de supervivencia fuera de la comunidad bastante disminuídas, cuando no nulas. Fisiológicamente somos animales realmente patéticos y hemos logrado sobrevivir y medrar gracias al celo constante y la cooperación. Así como hemos sufrido y muerto gracias a la competitividad y los odios.

Somos animales débiles, sin embargo aplicamos en el día a día la ley de la jungla y la violencia, nos rompemos los corazones, nos dañamos, nos peleamos, nos insultamos, causamos y sentimos indiferencia por y de las demás. Mantenemos decenas de guerras en el mundo, fabricamos armas para que las personas se despedacen entre sí, minas antipersona con forma de juguete para que las niñas pierdan brazos y piernas queriendo jugar con ellas. Inventamos banderas para poder hacer eso con supuestos argumentos, religiones de enfrentamientos y desprecio, inventamos miedos más allá de nuestra cautela imprescindible, dejando ahogarse en el mar a otras personas que sólo querían vivir, porque nuestro estilo de vida esquilmó sus recursos en sus territorios. Nos aterrorizan las diferencias y discriminamos a quienes difieren de nuestro pensamiento, medida y patrón de todas las cosas. Llamamos perdedoras a la gente que el sistema económico -que crearon para nosotras y que abrazamos sin rechistar-, no pudo soportar, acusamos de los errores sin dar opción a repararlos, o nos mantenemos soberbias y altaneras en los nuestros, para no sufrir el escarnio público o la falta de esa macilenta autoestima que vamos día a día tratando de mantener. La sociedad empodera a las personas en la medida de las necesita como consumidoras y sólo en ese aspecto, la salud psíquica y física de cada individua no importa más que a un nivel financiero o simbólico. No nos cuidamos, dividimos a las personas en útiles o inútiles a nuestros perspectivas o intereses, no valoramos el sufrimiento ajeno, nos adiestran en la impasibilidad. La precaución natural ha derivado en neutralidad feroz, el descuido por las demás (cuando son ellas las que conducen nuestros tranvías y cosen nuestros zapatos), nuestra fingida insensibilidad que deriva a un desprecio y una discriminación más… añadida a las que nos prestan los miedos de otras. La indolencia, la desgana, la tibieza por los asuntos comunes que no sufrimos, pero podríamos sufrir en cualquier momento porque la vida son nuestras circunstancias y un compendio de suerte, justicia y destreza a partes iguales. La sociedad es displicente, desapegada molecularmente, como el tumulto que se disgrega cuando se declara un incendio. Señorean el desamor, el desdén, la frialdad y la pereza que puedan fastidiar nuestra zona de confort.

Amamos a las personas en función de las ventajas que obtenemos de ella y no por lo que es en sí cada una, por sus méritos propios; es un amor que rentabiliza la relación y la condiciona a la recicprocidad y la egolatría. Disculpamos en las demás aquellos defectos que compartimos, pero somos intransigentes con aquellos de los cuales estamos exentas, como si nosotras mismas fueramos el ejemplo a seguir. Despedazamos a seres inocentes para obtener de ellos sus más íntimos zumos, partes de su cuerpo o su cuerpo entero, simplemente para disfrutar un capricho. Nos causa pereza entender otras realidades cuando muchos cambios debemos hacerlos solas, hasta que un día la comunidasd los adopta. Nos duele la civilización, y decimos que la occidental tiene pros y contras como llamamos suerte a que nos atropelle una ambulancia. Pero lo que sabemos está limitado a lo que sabemos.

Vivir es absurdo, tanto como morir. Pero lo absurdo es lo único que tenemos. Si un perro parece pesado al pedir afecto, debemos recordar que es por el tamaño de su corazón, puro y natural por más que lo llamemos “domesticado”. La obsesión enfermiza de mostrar una naturaleza dividida en comer-ser comida, proviene de una mentalidad capitalista, donde el éxito o el fracaso son los dos únicos caminos. El éxito será premiado por la dudosa gloria de la depredación, y el fracaso será el ostracismo, la soledad, la impopularidad o el anonimato de la muerte prematura. Un sistema binario tipicamente miope que hace ver la vida en blanco y negro. Con dos únicos prismas. La falacia de la superviviencia de la más fuerte se desmiente en la sociedad, donde sobrevive por la suerte, los roles sociales o la falta de escrúpulos, porque lamentablemente la maldad puede ayudar a sobrevivir en una favela, donde la genialidad en materia científica es inútil, dado que no hay posibilidades para ejercerla, y donde el imperativo es encontrar comida.

¿Viajaríamos tanto si no tuviéramos a quién decir dónde fuímos o a quién enseñar las fotos del viaje? ¿Compraríamos tanta ropa si nadie pudiera apreciar nuestra vanidad?. Vivimos vidas que giran entorno al aspecto de las cosas y nos consideramos cosas estéticas. Hemos relegado lo esencial, emitiendo opiniones según nuestro miedo y no según la objetividad. En todo caso sufrimos la cultura de la violación patriarcapitalista, la cual mediante fuerza bruta y no argumentos masacra a billones de animales no humanos, para engordar ese ego inmisericorde, injusto y epicureo, tratando esterilmente por otro lado de satisfacer un apetito que el sistema y la mezquindad colectiva se encargan de que siempre sea insaciable.

Sin embargo, cuando las vulneraciones que cometemos contra las demás se vuelven contra nosotras, lloramos previsiblemente.

Somos animales sensibles, y no podemos basar la sociedad en la desatención de los problemas fundamentales y la empatía, por eso la doctrina de la falta de escrúpulos es un lujo que no debemos permitirnos. Estamos condenadas biológicamente a la cultura del cuidado, a la civilización de los mimitos y las carícias, de la independencia autonómica de cada individua pero en una comunidad global. Y no hay argumento válido que pueda colocar un disparo donde debió haber un beso. Somos animales delicados, pero los gobiernos invierten nuestro trabajo e impuestos en armamento y alzado de fronteras de todo tipo, en fortalecer el miedo cobarde disfrazado de bravuconería del macho patriarcal, manteniendo el terrorismo capitalista y especista. El despilfarro material y energético siempre tiene un coste medioambiental o personal. Alguien paga lo barato, nuestro turismo lúdico, y todos nuestros derechos no pueden pasar por eliminar los de otras. ¿Es esto todo lo que nos ha enseñado nuestra fragilidad durante cientos de miles de años?. Sabemos lo que nos duele y castigamos a las demás con ese dolor… convencidas de que esa llaga no volverá a nosotras algún día.

Podemos hacerlo mejor, de eso va nuestra especie y de eso el humanismo, de apartar al antropocentrismo para que la lógica del ser triunfe sobre la del mercado. Podemos crear culturas de diálogo, espacios de comprensión mutua basados en la vida, en nuestra inestable verticalidad, en nuestros treintaiseis grados y medio, en el oleaje perfecto del deseo de la vida. Todas queremos vivir, ese es el único precepto entorno al cual contruir sociedades sólidamente frágiles, como nosotras, porque las que creamos están llenas de víctimas, silenciosas e invisibles a nuestra egolatría, tras concertinas y muros de mataderos, escondidas en decretos ley y veredictos sangrientos, y porque sabemos bien que en este prado, todas las flores son necesarias.

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Xavier Bayle, artista plástico autodidacta en las disciplinas de poesía y prosa, dibujo y pintura, fotografía, escultura, instalación, video y performance. Artivista por la liberación animal y alérgica a cualquier tipo de discriminación social. Aburrida del sistema pedagógico decido ir por mi cuenta como lectora convulsa. Ahora vivo en Polonia, practico permacultura por respeto a la tierra y a la Tierra, ofreco productos veganos orgánicos y pinto bolsas en esa linea de acción. Hago cualquier cosa que pueda ayudar a los animales. Entiendo la lucha animalista como autodefensa, una extensión lógica de los derechos humanos, donde todas las individuas precisamos derechos fundamentales a vida, libertad e integridad, incluyendo en ellas prioritariamente el medio ambiente donde ejercerlas. ¿El sentido de mi vida?: contemplar la migración de las aves, contar todas las hojas de hierba y las olas del mar, vigilar que llueva hacia abajo y recoger nueces y setas.

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La Junta de Andalucía, a través del Instituto Andaluz de la Juventud y el Instituto Andaluz de la Mujer, ha lanzado una campaña para denunciar el acoso sexual callejero, bajo el lema “no seas animal”.

En esta campaña, hombres con máscaras de animales no humanos (buitre, pulpo, cerdo, gallo) acosan de diferentes formas a mujeres en el espacio público. Una voz en off masculina advierte que los animales de la fauna callejera están al acecho, animales que deben extinguirse, desaparecer. Porque esos comportamientos, de esos señores con máscaras de animales, son “más propios de animales que de personas”. Por si quedara alguna duda, el vídeo cierra con un: “estos comportamientos no son propios de personas”.

Pues vale. Supongo que la campaña busca ser intencionadamente polémica. Una polémica puede ser inteligente y de calidad. Se puede hacer, pero no así.

El primer paso para solucionar un problema es afrontarlo como es. Ninguna mujer ha sido acosada por buitres, pulpos, cerdos, o gallos. No. Las mujeres son acosadas por hombres (hombres, no personas en abstracto) que se consideran con derecho a opinar sobre el cuerpo de una mujer, seguir a una mujer, tocarla sin su permiso, etc. Esos hombres, que tienen esos comportamientos, se consideran legitimados socialmente. Por eso actúan así, porque creen que tienen impunidad para hacerlo. Hacen lo que hacen porque han aprendido que pueden.

Con esta campaña la responsabilidad en el acoso sexual callejero no sólo se diluye, es mucho peor. Ese discurso culpabiliza a criaturas que no nos han hecho nunca ningún daño. Esa campaña refuerza prejuicios que están en el imaginario y que generan violencia.

La cosificación (convertir a alguien en algo) necesita de las palabras. Es el primer paso. Con las palabras se genera desprecio, se difunden mentiras que legitiman la dominación, la discriminación, la sumisión. El feminismo, desde el principio, se enfrentó estas a lógicas de dominación, que asignan a las mujeres unas características determinadas (ser irracionales, emocionales, instintivas, etc.), con una intencionalidad. De esta forma, la violencia simbólica se transforma en violencia física. El feminismo sabe mucho de los daños que causan los símbolos, las representaciones colectivas.

Calificar a alguien de plaga a extinguir, difundir la idea de que los cerdos son asquerosos o que los buitres son repulsivos sigue una lógica parecida. Esta campaña se ensaña con quienes ya sufren nuestra violencia diaria, con quienes no nos dañan nunca y con quienes no se pueden defender. Es muy curioso que nuestra especie se haya construido negando su animalidad y, sin embargo, cada vez que tiene ocasión, responsabiliza a individuos de otras especies de violencias que son 100% humanas. Porque no, esos comportamientos no son propios de animales no humanos, son propios de nuestra especie, concretamente de algunos hombres de nuestra especie. Se llama patriarcado. A las cosas se las llama por su nombre.

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Diplomada en Relaciones Laborales. Licenciada en Historia. Militante de izquierdas. Feminista, heterodisidente y vegana.

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Todo el mundo ha oído hablar del autobús de HazteOir y de su mensaje tránsfobo. Es una forma de darle la vuelta a la tortilla desde el privilegio, que se presenta como víctima de complots urdidos con oscuras intenciones por organizaciones perversas como el lobby gay, las feminazis o los ecoterroristas. A mi me gusta la de los antitaurinos pagados por Holanda, según denuncian los que todavía no han encontrado la forma de organizar una matanza “benéfica” sin quedarse con casi todo el dinero.

Quien, consciente o inconscientemente, se beneficia de una determinada situación injusta, genera un discurso victimista alrededor de su “normalidad” atacada. Así, nos muestran un mundo de hombres cis y heterosexuales, occidentales y blancos, con papeles y derechos, con casa, coche y nevera llena, siempre perseguidos y amenazados en sus libertades mientras a su alrededor las mujeres “se mueren” a diario a pesar de que ya han conseguido la igualdad, donde las personas migrantes se empeñan en hacer peligrar la seguridad a pesar de nuestra gran solidaridad, donde las que vulneran la heteronorma se empeñan en hacerse visibles en la calle e incluso, en la escuela…

En resumen, los que están arriba rebosan unas lagrimitas acompañadas de una llamada a la hermandad, a “conservar” un irreal punto de equilibrio que las de abajo quieren romper con sus luchas y reivindicaciones. Así, con toda la cara del mundo (sea conscientemente o no). Seguro que os suena aquello de “ni machismo ni feminismo: igualdad”. Si las personas negras de EEUU se movilizan frente a la discriminación y el racismo que aprieta el gatillo fácil de tantos policías, si usan un lema que dice que las vidas de las personas negras importan, aparecen voces blancas que dicen que las suyas también, que lo que importan son las personas. Hay muchos ejemplos.

Y, para ello, que mejor manera que forzar escenarios donde los niños y niñas son las víctimas y “las igualitarias” se presentan como sus supuestas defensoras. Esto es lo que hace HazteOir con su autobús, con el que quieren convertir su discurso de odio y exclusión en “libertad de expresión” y en persecución política. No hace falta un autobús: este mismo papel de apoyo para la creación de escenarios ficticios lo puede hacer un modesto biberón en medio de un restaurante vegano, hasta dar lugar a otro lema de la falsa víctima: “ni personas ni animales, todas somos seres vivos”.

Para quien no haya oído hablar de la campaña de acoso que ha sufrido el restaurante el Vergel de Tarragona, está perfectamente resumida en el interesante artículo de Aula Animal que se titula “Un restaurante vegano no permite la uso de leche de vaca”. La conclusión de este artículo es que habría sido más eficiente la “flexibilidad” en la aplicación de la norma antiespecista del restaurante. Así deberíamos hacer en todas las situaciones que implican “los sectores de la sociedad más vulnerables, especialmente si se trata de bebés, niños o niñas”.

Nos explican que “tener razón no es siempre suficiente”, y que “a veces, lo más coherente es ser incoherentes”. Como se trata de una oportunidad perfectamente aprovechada mediáticamente, y como el movimiento por los derechos de los animales no ha tenido capacidad de revertir este aprovechamiento con sus argumentos, habría sido mejor evitar esa oportunidad. Es por este mismo motivo que “las organizaciones más influyentes” no salieoan en defensa del restaurante y su gente. La batalla estaba perdida y, además, “tienen una imagen pública que les ha supuesto mucho esfuerzo construir”. Debemos saber retroceder, teniendo en cuenta qué actitudes “son mejores para los animales en la realidad social que vivimos”.

Comprendo lo que quieren decir. Creo que yo mismo habría mirado hacia otro lado, con esa aparente naturalidad de las que se ven obligadas a convivir con discriminaciones cotidianas. Recuerdo una charla-debate sobre antiespecismo en un local muy izquierdoso de Valencia y con cena vegana posterior, y como uno de los integrantes de la asociación puso los huevos sobre la mesa. Eran de gallinas esclavas. Ocupó la cocina donde trabajaba la persona que preparaba la cena, se los frió con unas longanizas valencianas y, por supuesto, hizo ostentación machuna de su resistencia a la opresión mientras se los comía. Aceptamos la derrota como inevitable, con el consuelo de toda la gente que escuchó, comió vegano y debatió con respeto.

Pero, ¿por qué tiene que ser el pragmatismo la única opción? La lógica de la legalidad, los papeles en regla y el no haber roto nunca un plato no se pueden aplicar siempre. Quizás, querer esquivar ciertos golpes sea lo mismo que no ver más que la tenebrosa sombra de unos pocos árboles en el enorme bosque que estamos cruzando. Puede que la campaña mediática contra el Vergel se vaya como el humo, y que la coherencia de su acción, mezcla de firmeza, empatía y delicadeza, sea el fuego que deja huella.

No todo es comunicación: la reivindicación y la concienciación son la sangre que corre por las venas del movimiento antiespecista. Dentro de ese biberón estaba, sobre todo, la vida de una vaca esclava y la de su ternero de este año.

También había gente que decía que no se tenia que dar publicidad gratuita a HazteOir y su autobús, pero pronto quedó claro que siempre lo dicen quienes no se encuentran en el punto de mira. Aquel biberón se ha querido utilizar para convertir la intransigencia de una parte en un ataque a la infancia por la otra, para trasladar interesadamente el punto clave del asunto, desde el momento que una persona escribe una mala crítica a una página de reseñas por haber sido cuestionada, hasta la falsa escena en que le quitan la comida de la boca a una pobre criatura.

En todo caso, tenemos un problema cuando reaccionamos así ante nuestra gente que decide plantar cara, que no atacar ni agredir. Cuando en el mejor de los casos se le dice que lo más inteligente hubiera sido no hacerlo, y en los peores se le tacha de intransigente y de hacerle un flaco favor al movimiento. Tenemos un problema cuando el análisis se centra en el restaurante y sus errores de comunicación y no en toda esas reacciones marcadas por el síndrome de Estocolmo.

El problema, seguramente, estará en el principal argumento que se ha puesto sobre la mesa: nuestra debilidad, que debemos tener permanentemente presiente y que debe condicionar cada cosa que hacemos, como si el movimiento antiespecista fuera el personaje de un juego del rol y esta fuera su principal característica.

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La parte de mi biografía de la que estoy más orgulloso es que soy vegano, que hace de la justicia un ejercicio cotidiano. También me gusta mucho haber aprendido Historia en la Universidad de Valencia. Soy militante antiespecista, feminista, LGTBI , ecologista, socialista e independentista. En definitiva, no quiero privilegios y, aún menos, los que se supone que me han de privilegiar mí.
Soy militante de Iniciativa Animalista

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Mientras veía Los Hombres Libres de Jones y el caballero del Sur, como tantas otras veces, iba a violar a la esclava Rachel, me vino a la cabeza aquella escena de Braveheart del derecho de pernada. En realidad, los documentos históricos no dan ninguna señal que permita constatar nada que se le asemeje, y menos con ese nombre. Incluso, cuando aparece, es para que los señores afirmen que no tienen constancia de que se haya aplicado nunca y que, en todo caso, renuncian a ese supuesto derecho por “injusto y deshonesto“.

En realidad, no necesitaban apelar a ningún derecho para forzar a una mujer campesina, sólo debían hacerlo con su impunidad y la indefensión de las víctimas como escudo y, por supuesto, lejos de cualquier ostentación. La igualdad ante la ley y la seguridad jurídica no son conceptos de aquella sociedad estamental. Por otra parte, el honor de la familia se podía obviar a cambio de tanta proximidad al poder, que podía otorgar beneficios, excepciones y privilegios. Las mujeres eran usadas como instrumentos de promoción y monedas de cambio; estaban socialmente más abajo que los hombres que podían sacar provecho de esa situación, desde el violador hasta los miembros de su propia familia.

Tal vez nos encontramos ante la explicación a que las violaciones sean el icono por excelencia de la injusticia, del abuso. La lucha no se genera desde la solidaridad y la empatía, sino de la del instrumentalización heteropatriarcal del hecho; el sufrimiento de las mujeres es sufrimiento, sobre todo, cuando conviene para “las luchas de los hombres”, continúa saliendo de la oscuridad sólo cuando los hombres deben clamar contra sus agravios. Un buen ejemplo de todo esto, aunque llevado hasta el ridículo, es este video del Tetazo al Obelisco de Buenos Aires donde, por sorprendente que parezca, la exclusión de los hombres “feministas” ocupa el centro de la noticia.

Entre los Hombres Libres de Jones podemos ver claramente esa instrumentalización, con el racismo y la esclavitud como protagonistas. Los hombres blancos se sublevan porque no es su guerra, porque los dueños de más de 20 esclavos no deben morir en el campo de batalla. En el norte pasaba algo parecido: los ricos podían huir de la muerte comprando su licencia, como se puede ver en la película Gangs of New York. En la guerra morían los pobres para defender los intereses de los ricos, y es así como algunos se dieron cuenta que no eran muy diferentes de los negros esclavos.

Pero, incluso así, les salía su privilegio ante los negros. Cuando la lucha se convierte en una lucha que es claramente contra el racismo y los abusos que justifica, la mayoría de los rebeldes blancos se desentienden. Antes, durante la guerra, cuando se proclamaba la igualdad de blancos y negros, se hacía dejando claro que es la gente desfavorecida y explotada toda junta, blanca y negra, la que tiene que dejar de serlo. La reivindicación se adapta fácilmente a las necesidades del privilegio blanco, porque no lo es en este contexto.

La forma de plantear esta reivindicación recuerda mucho las de la época medieval: “si tiene dos piernas, es una persona”, “puedes ser dueño de un caballo, de una vaca, de un buey o de una mula, pero no puedes ser dueño de un ser humano”. Como antes, la cuestión de los derechos se plantea como una ampliación del círculo restringido del privilegio para que, dentro, quepan más de los que cabían antes. Para que quepamos “nosotros”, dejando claro que “los y las demás” por debajo nuestro se quedarán fuera.

Viendo esto, podemos entender mejor cómo funciona la explotación. Es como un alquitrán espeso y pegajoso que brota por arriba de la pirámide social y fluye lentamente hacia abajo, dejando más poso cuanto más bajo está, pero sin dejar de caer hasta ahogar a los individuos más oprimidos. Las luchas por librarse de este alquitrán no lo son para dejar de lanzarlo hacia los de abajo; se trata de dejar de ser oprimidos sin renunciar a la capacidad de oprimir.

Es muy gratificante que el movimiento antiespecista, el de los y las sin voz, represente todo lo contrario. Es el mismo impulso de las personas antiesclavistas blancas que, sin tener nada que ganar, se jugaron la libertad y la vida; de las que dejan atrás la seguridad de Occidente para trabajar en un campo de refugiados o para patrullar el Mediterráneo para salvar vidas, los hombres heterosexuales feministas o militantes LGTB (los que de verdad lo han entendido).

Es por ello que nos ponemos en la piel de los otros animales y hacemos eso que sus explotadores llaman “humanizarlos”, que no nos suele gustar que se instrumentalice la lucha para que sea más cómoda para quien no quiere renunciar a ciertos privilegios. Es por eso que mostramos terribles imágenes de torturas y asesinatso que nunca sufriremos, y es por eso que nos manifestamos “contra la libertad” de quienes explotan animales.

Por cierto, el auténtico derecho de pernada medieval no puede ser otra cosa que el cobro por parte de los señores, que podían hacerlo porque eran los señores de las tierras que trabajaban los campesinos, de un muslo de cada animal que estos hubieran criado y matado. El auténtico derecho de pernada es, en realidad, un gran ejemplo del abuso y la explotación de los seres humanos sobre el abuso y la explotación de los demás animales.

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La parte de mi biografía de la que estoy más orgulloso es que soy vegano, que hace de la justicia un ejercicio cotidiano. También me gusta mucho haber aprendido Historia en la Universidad de Valencia. Soy militante antiespecista, feminista, LGTBI , ecologista, socialista e independentista. En definitiva, no quiero privilegios y, aún menos, los que se supone que me han de privilegiar mí.
Soy militante de Iniciativa Animalista

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La carga cultural del entorno en que aprendemos y somos socializados es muy importante y nos marca de por vida. Del mismo modo, así tan importante es el sentido que tienen las expresiones, frases y palabras que usamos, porque revelan no sólo el mensaje que literalmente transmiten: también llevan implícita una carga de valores, ideas, pre-concepciones del mundo que se revelan y que al usarlos, estamos legitimando como válidos.

Cuando usamos lenguajes y expresiones como “hijo de puta”, “maricón”, “¡es niñita!”, el mensaje implícito es la burla, el escarnio y la descalificación. Con esas palabras intentamos negar la dignidad que es intrínseca a cada persona, objetivándola mediante un sustantivo que la califica como inferior, como algo risible y e indigno. Lo mismo pasa cuando usamos nombres de animales no humanos con similares fines denigrantes: “zorra”, “perra”, “es un cerdo” o “es una rata”, entre otras muchas expresiones que se utilizan con el fin de menospreciar, al tiempo de hacer escarnio sobre aquel/aquella que se profieren. Usando estas palabras se “rebaja” la condición humana de la otra persona, mediante un calificativo que alude a la condición de animales “inferiores” y que no tienen ninguna relevancia ni validez moral. Es más, en muchas ocasiones la descalificación a través de nombres de animales busca la objetivización e infravaloración sexual de la mujer, cuando son referidas como “perras”, “gatas en celo”, “pussies”…

Existe un hecho indisociable del que usemos palabras y expresiones denigrantes para tratar a otros humanos: la manera en que nos referimos a ellos determina cómo los tratamos. Si podemos referirnos a otro significándolo desde la cosificación risible y vaciada de dignidad, nuestro trato hacia ellos estará marcado por la falta de respeto. Porque no existe un deber moral de respetar a aquel que no es digno, que es menos humano. Asimismo, la manera en que nos referimos a los animales no humanos determina nuestro trato hacia/para con ellos. Si no son más que cosas, instrumentos para nuestros fines, objetos sin dignidad, no importa cómo los tratemos ni qué cosas les hagamos.

El filósofo y antropólogo holandés Raymond Corbey se refiere a estos usos como “dispositivos de distanciamiento”, en cuanto permiten clasificar separadamente a los seres humanos de los otros animales. Mientras usamos estos dispositivos del lenguaje, nos alienamos y distanciamos de lo que podamos tener en común con los otros animales, para de esta manera, sentirnos protegidos de la culpa por un trato irrespetuoso, cruel o irresponsable. Usar dispositivos distanciadores en el lenguaje, en la manera en que nos referimos a los otros, es la génesis y origen de la manera en que posteriormente los tratemos, individual o colectivamente. Porque si una mujer es un “puta” o una “perra”, merece un castigo por esta condición que viola la normatividad moral y social humana. Y si ser “zorra”, “cerdo” o “rata” alude a una categoría inferior, entonces la animalidad de estos animales manifiesta su imperfección, incompletitud, la falta de lo humano y que es, por tanto, carente de dignidad. Entonces no importa cómo los tratemos: al final, no son más que animales.

Una reciente investigación llevada a cabo en el Instituto de Psicología de la Universidad de Oslo, reveló que el uso de términos descriptivos como “bistec” y “jamón” crean distancia emocional entre los consumidores y los animales que son asesinados y consumidos. Alienar al animal a través de un eufemismo, hace mucho más fácil comer su carne o justificar su envío al matadero. En contraste, los términos “vaca” y “cerdo” (que hacen referencia a los animales vivos) disminuyen los deseos de consumir el animal. Aquí también operan los dispositivos de distanciamiento: no queremos recordar que ese trozo de carne fue un animal con vida, con deseos, con intereses. Denominamos y apelamos a mecanismos verbales que nos permitan limpiar nuestra conciencia y depurar nuestra responsabilidad del destino de los otros animales.

Este es un llamado a la reconsideración verbal de los otros animales. Porque su tratamiento depende de cómo los pensamos, cómo nos referimos a ellos, y cómo construimos un mundo que deje de considerarlos como seres sin dignidad.

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Sóc vegana i des de la meva infantesa m’ha preocupat la relació especista antropocèntrica que la humanitat manté amb la resta dels animals. Encara busco respostes a moltes preguntes d’aleshores. Sóc Treballadora social, màster en Filosofia Política i màster en Bioètica i Dret. Doctora en Filosofia, tractant sobre els límits de la filosofia moral, la bioètica i els drets dels animals. He estat activa en el món de l’animalisme des de fa més d’una dècada, sempre amb un peu en la teoria i un altre a la pràctica. Comparteixo la meva vida amb el meu marit, tres gates i un nombre sempre canviant de gats rescatats del carrer als quals donem en adopció.

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El día 16 de julio, el colectivo Abriendo Jaulas, realizó una acción en el centro de Barcelona contra la industria de la violación, el orfanato y la muerte prematura que secuestra, roba y exprime a las hembras de otras especies y a su descendencia, con el objetivo de conseguir ese producto sangriento llamado leche, llamado queso, llamado lácteos.

Era una acción curiosa y diferente, pero en Barcelona todo es posible. Desnudas y con expresión deprimida, las activistas tenían conectados los pechos por tubos a recipientes donde se simulaba un ordeño automático de ubres, como el que sufren las cerca de 900.000 vacas explotadas en el estado español. Las vacas son violadas e inseminadas y su ternero o ternera, recién nacido, es separado violentamente de la madre para ser a su vez explotada para dichos lácteos, asesinada para carne de lujo o para ser engordado con el mismo fin. El engorde se realiza mediante preparados industriales bajos en hierro y sales (de ahí que dichos animales laman los barrotes de las granjas o las manos de las humanas, buscando nuestras sales), que garanticen la palidez de sus músculos. Las vacas son tratadas como máquinas orgánicas, circunstancialmente vivas. Son consideradas como mecanismos, y por lo tanto no adquieren ni siquiera el estatus de esclavitud, porque las máquinas han sido creadas para servir, no para tener anhelos propios de la vida y la libertad.

Imatge: Montse García
Imatge: Montse García

No fueron pocos los pseudoperiódicos y las personas que ridiculizaron y criticaron dicha acción. Es lógico y consecuente para el macho acomplejado hacer comentarios acerca de la mujer que no puede alcanzar, bien por su ideología, bien por su nivel intelectual, por su estupidez o bien por su torpeza. Es lógico y pronosticable que la gente que vive o apoya la cultura patriarcal de la dominación y la violación, comentaran y lanzaran sus absurdas opiniones al aire virtual. Es lógico y presumible que el macho abra su bocaza para continuar con la dinámica de estultez invasiva y la estupidización anormal que caracteriza al machismo. Lo ilógico, lo inesperado, sería que la cerraran. Que las machistas cerraran la boca, eso sería excepcional.

Es previsible también que el rigor periodístico de cualquiera dotada de poca objetividad y mínima comprensión sobre el tema de los lácteos, redunde en las publicaciones derivadas de la acción. Las personas adictas no piensan con congruencia.

La lactocaseína es un adhesivo presente en todos los lácteos, además de ser una proteína de efectos similares a los opiáceos, pues libera casomorfinas y genera una adicción de baja intensidad en las humanas, como el café o el tabaco. Esta adicción y la dificultad de “desengancharse”, empuja a comportamientos acérrimos en su defensa, tales como los de las personas resistentes a aceptar la realidad química de los lácteos.

Durante la acción en Barcelona hubo burlas, desprecio, insultos velados, comentarios machistas sobre la estética de las activistas, sobre cómo deberían ser para ajustarse al cánon impuesto por el patriarcapitalismo, sobre su vello, etc, para sumarse al abanico de despropósitos que acompañan al activismo por las personas no humanas, propio de una sociedad machihembrada a la rutina y a la discriminación de lo diferente. No falta quien opine que las activistas necesitan una buena polla, ofreciendo por supuesto la suya para el propósito.

Por alguna razón misteriosa, las activistas veganas que visualizan la realidad que ocultan las explotaciones inmisericordes del especismo, son atacadas, burladas con sarcasmos, agredidas física, verbal o emocionalmente, desprestigiadas, difamadas y ninguneadas de un modo casi sistemático entre la horda machirula. Por alguna razón misteriosa la persona que pasea el espacio público o virtual, cree tener su derecho a escupir su opinión irreflexiva para vulnerar con ella a las voluntarias y sobretodo a las víctimas no humanas. El cuestionamiento de los estándares de vida actual mediante la visualización de las víctimas son despreciados por el pensamiento antropocentrista imperante, y en el caso de la defensa animal no humana, es casi ineludible este tipo de situaciones. Nadie osaría criticar a un grupo de voluntarias que protestara en contra de la guerra entre humanas, pero en oposición a la guerra contra las no humanas, sí, porque al parecer, hay víctimas de primera, segunda y tercera clase en el imaginario de la ciudadana de a pie.

La lucha antiespecista es eminentemente hembra, sin embargo, no es proporcional el número de mujeres que llevan la voz cantante en las reivindicaciones de vida, libertad e integridad física que se reclaman para las especies de animales no humanas. Esto es debido a que el monopolio mediático y social sigue situando a los hombres en categorias de verosimilitud excluyente, armoniosas con el heteropatriarcado. Ese mismo motor precisamente causante del capitalismo brutal que sitúa a las vacas en el lugar de las cosas rentables, usando cíclicas crisis, crucifijos sangrientos u otras chucherías. Las mujeres y las vacas tienen un rol que cumplir ante los ojos de la sociedad, por eso se les sugiere o impone cómo tienen que comportarse, amenazándolas con los peligros de disidir, con la exclusión y las burlas, culpabilizándolas por su modo de vivir y la gestión de su propio cuerpo.

Si los hombres sufrieran durante una sóla semana lo que las mujeres padecen cada hora y cada día de sus vidas, desde la marginación socioeconómica hasta el acoso, las violaciones de espacio y voluntad, el paternalismo o la cosificación de sus expectativas, simplemente estallaría una revolución cruenta y sangrienta con cientos de millones de víctimas humanas, la de los testículos mancillados. Sin embargo cualquier subida de tono en la reivindicación femenina -bien sea en favor de la hembra humana o la de otra fauna-, es recibida como un ataque “feminazi”, cuando el feminismo es una cuestión de mínimos justos, de mínimos apenas… Las activistas de la acción barcelonesa recibieron la ignominia por partida doble: por ser activistas animalistas, y por ser mujeres. Por mi parte sólo un caluroso aplauso.

Tetas, lucha y oprobio por el control de las tetas, menosprecio al dolor intenso y constante de las mamíferas que pagan con sus vidas y sus muertes el precio del capricho de los paladares y la adicción social a las “drogas de siempre”. Risas cuando la mujer se alza por sus derechos y los derechos de las suyas, risas cuando deciden ser manada… Risas, porque la risa del macho en decadencia es la antesala de su miedo ancestral, del miedo a perder privilegios, a perderse el mejor cacho de carne, del miedo a estar bajo la bota y no dentro de ella, miedo a que las cosas cambien como irremisiblemente está sucediendo, miedo a perder el vigor y agresividad que en la leyenda otorga la depredación y la falta de escrúpulos.

Miedo a ser tratado como una mujer, miedo a no poder beberse un jodido vaso de leche.

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Xavier Bayle, artista plástico autodidacta en las disciplinas de poesía y prosa, dibujo y pintura, fotografía, escultura, instalación, video y performance. Artivista por la liberación animal y alérgica a cualquier tipo de discriminación social. Aburrida del sistema pedagógico decido ir por mi cuenta como lectora convulsa. Ahora vivo en Polonia, practico permacultura por respeto a la tierra y a la Tierra, ofreco productos veganos orgánicos y pinto bolsas en esa linea de acción. Hago cualquier cosa que pueda ayudar a los animales. Entiendo la lucha animalista como autodefensa, una extensión lógica de los derechos humanos, donde todas las individuas precisamos derechos fundamentales a vida, libertad e integridad, incluyendo en ellas prioritariamente el medio ambiente donde ejercerlas. ¿El sentido de mi vida?: contemplar la migración de las aves, contar todas las hojas de hierba y las olas del mar, vigilar que llueva hacia abajo y recoger nueces y setas.

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Lo más terrible se aprende enseguida
y lo hermoso nos cuesta la vida
Silvio Rodriguez

El periquito Flipper, la cernícala Karolina, el perro Pysio, el estornino Federico, la paloma Josefina y las otras, la grajilla Karlota, la zorrita Michalinka, las docenas de gatas y gatos que han pasado temporal o indefinidamente bajo nuestra custodia: Tola, Filutek, Gadulka, Kasia, Filutka, Grzegorz, Bambo, Lola, Groszek, Kassandra, Laura, Felek, Garfield, Pioruń, Blanco, las hermanas Tofu, Tempeh, Seitan y Miso, Bolsita, Bicho, Bimba, Chmurka, Kleopatra, Cuprynka, Curro, Pixie y Dixie, Chinchorrina, Basztet, Chorrito, Dolores, Doska, Tosiek, Ewa, Maja, Marysia, Pajęczyca, … son algunas de las personas no humanas con las cuales he podido aprender el sencillo arte de vivir, un arte tan sencillo que a la mayoria de humanas les transcurre la vida sin aprenderlo. Personas con las cuales he podido establecer una comunicación a diversas profundidades, íntimos diálogos, observaciones, aprendizajes y un impagable enriquecimiento personal. Desechadas de casas sin escrúpulos, heridas, caidas de nidos, indefensas, víctimas de accidentes, rescatadas para la vida, salvadas de la absolutidad de la muerte, pudieron tener esa segunda oportunidad que le debemos a las personas.

Ningún estudio en Harvard, ningún seguimiento etológico, ninguna tesis en neurobiologia conductiva, ningún parámetro sobre reacción de neuroreceptores, ningún análisis exhaustivo sobre reacción psicológica puede convencerme ni siquiera atestiguar tan fielmente como mi propia experiencia personal con ellas, que cada animal tenemos propia idiosincrasia, propio carácter, propia interpretación del mundo -interior y exterior-, personalidad única, identidad irrepetible, inteligencia y concepción abstracta del espacio y del tiempo, asi como una sensibilidad a niveles extraordinarios, diversificados no por gradientes sino por idiosincrasias. Si las no humanas se limítan como sugirió tradicionalmente la “ciencia”, a errar, copiar y repetir, entonces nosotras también, si las no humanas aplican la regla del acierto error para sus aprendizajes, entonces nosotras también, si las no humanas intuyen y saben y comprenden, entonces nosotras también.

Quienes conviven con personas no humanas saben sabiendo (diferente de saber estudiando) que estas se comportan de modo MUY diferente en un estado de sosiego con sensación de seguridad y libertad, que en situaciones de estrés o presión por la obtención de respuestas, de experimentación o de tensión. No hace falta más ciencia que la del respeto -la acostumbrada gran ausente en los estudios con personas no humanas- para contemplar el espectáculo fascinante de la unicidad de cada animal. Del mismo modo una pareja de humanas no se acaban de conocer bien hasta que comparten un mismo espacio durante 24 horas al día, cada día. Y aún así tampoco garantiza conocimiento total, sencillamente porque todas las personas de cualquier especie cambiamos con el tiempo.

Las humanas somos animales tontos en lo esencial, aunque nuestra habilidad con pulgares oponibles y capacidad de curiosidad haga que alguna de las individuas de nuestra especie (no todas, ni mucho menos) creen, transformen, ingenien y aporten cosas positivas al medio ambiente y a la propia civilización. Lamentablemente el grueso de acciones neutras cuando no nocivas, tóxicas e incluso fatales, es bastante mayor al de las útiles, desde la contaminación ambiental o los residuos nucleares, o regímenes totalitarios, hasta la tecnocracia, la irresponsabilidad, la avaricia, la falsa democracia, pasando por el horror de todas las discriminaciones… Entre estas últimas cabe destacar la del especismo, el fascismo más aniquilador de entre todos los habidos en la historia, por su aceptación en la historia, en las clases, siendo igual de purulento entre las humanas oprimidas como entre las opresoras, tanto cuantitativa como cualitativamente.

El especismo está regulado por la ley, apoyado por todas las politicas, financiado por todas las economías, presente en cada país, cada ciudad, cada calle, cada persona con una ubicuidad similar a la de la Europa dominada por las nazis, de donde no era posible escapar más que por las chimeneas del crematorio.

Contra el especismo tenemos a la ética, eterno escudo, paria e hija no deseada de la evolución humana, y responsable paradójicamente de TODOS los bienes de nuestra especie. Gracias a la ética esta prohibido por ejemplo violar sexualmente a alguien… humano. Por supuesto se hace, pero a escondidas, con verguenza, con temor de las represalias jurídicas y sociales, en las sombras, sin apoyo colectivo ni legal. Si esa misma violación sexual se comete contra una cerda para producción de carne, o contra una vaca para producción de leche, entonces es legal, tradicional, financiada, bien vista y digna de ser enseñada a las niñas. ¿Paradojas? ¿Doble moral? ¿Hipocresia? ¿Alienación? ¿Todo junto?. Sin embargo las violaciones son actos de violencia cometidos en contra de la voluntad de la víctima y entendiendo en ella capacidad de sentir, de doler, de disfrutar o de morirse de tristeza y soledad. Por todo ello estan condenadas.

Los derechos para las humanas se basan en un cierto reconocimiento universal incondicional de personalidad a quienes la disfrutan, independientemente de si se hallan en formación, sujetas a enajenación mental o en coma incluso. Por ello los derechos a las no humanas deben basarse también en ello, no sólamente en el no sufrimiento (gente tetrapléjica insensible), sino en la presunción de personalidad, de identidad y consciencia.

El gobierno hindú hace poco tiempo reconoció a los delfines como personas no humanas. Un juzgado argentino otorgó hace poco más de un año el habeas corpus a una orangutana encerrada en un zoo, asumiendo que podía razonar, comunicarse, sentir afecto, penas y pérdidas, y que poseía concepción abstracta del tiempo y el espacio o transmitir enseñanzas, cualidades más que mínimas para ser considerada persona, y como tal, liberada.

Las patriarcales oscurantistas que ayer invocaban a Dios y hoy se parapetan en la ciencia excluyente, van desinflando su prepotencia para poco a poco, informe a informe, publicación a publicación, rendirse a la evidencia entorno a la personalidad individual de un gran grupo de animales no humanos. No todos, hasta lo que sabemos, pero sí aquellos que representan la inmensa mayoría de los utilizados por el ser humanos para el capricho de la gastronomía, la experimentación pseudocientífica, los espectáculos o las pieles, por citar algunos ejemplos. Si la personalidad, la individualidad y la conciencia de sí mismo y de su entorno son considerados finalmente ante la ley, de igual modo que lo están ante la ética, no nos va a quedar más remedio que ser coherentes con el proceso civilizatorio en el cual estamos, y legislar en su favor, otorgándole derechos fundamentales de vida, libertad e integridad, como vecinas de planeta que son, como seres conscientes y sintientes que son, como personas que son.

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Xavier Bayle, artista plástico autodidacta en las disciplinas de poesía y prosa, dibujo y pintura, fotografía, escultura, instalación, video y performance. Artivista por la liberación animal y alérgica a cualquier tipo de discriminación social. Aburrida del sistema pedagógico decido ir por mi cuenta como lectora convulsa. Ahora vivo en Polonia, practico permacultura por respeto a la tierra y a la Tierra, ofreco productos veganos orgánicos y pinto bolsas en esa linea de acción. Hago cualquier cosa que pueda ayudar a los animales. Entiendo la lucha animalista como autodefensa, una extensión lógica de los derechos humanos, donde todas las individuas precisamos derechos fundamentales a vida, libertad e integridad, incluyendo en ellas prioritariamente el medio ambiente donde ejercerlas. ¿El sentido de mi vida?: contemplar la migración de las aves, contar todas las hojas de hierba y las olas del mar, vigilar que llueva hacia abajo y recoger nueces y setas.

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Hemos decidido luchar por los animales, de todas las injusticias habidas en este mundo , hemos decidido poner voz a los que no la tienen, dar la cara por los que a nadie importan. ¿Por que hemos elegido a los animales de entre tantas causas nobles por las que luchar?

Para empezar porque la explotación de los animales no humanos esta socialmente aceptada, hemos normalizado ciertas actividades, como el consumo de carne, leche o huevos, la tracción a sangre, los espectáculos a costa de privar de libertad a los animales, la experimentación y un largo etcétera que denunciar estas injusticias no esta bien visto. La mayoría de nuestras amigas y familias colaboran de forma directa o indirecta con la explotación, de forma consciente o inconsciente, ya sea cuando alguien compra un jabón testado en animales o un niño se come una salchicha fabricada con el cadáver de un cerdo. Detrás de estos comportamientos se encuentra una violencia asumida como normal, implícita, por la cual no esta bien visto alzarse en su contra, la sociedad se ha encargado de ocultar y silenciar el sufrimiento de los animales, para que lo ignoremos, e incluso lo ridiculicemos.

Los animales son totalmente inocentes, su único delito ha sido tener que compartir este planeta con un ser tan dañino y avaricioso como el humano, todos los animales viven en armonía con la naturaleza a excepción del hombre.

Nunca en la historia ha habido una opresión tan brutal hacia un grupo de seres inocentes, ni en numero ni en cantidad de dolor infringido. Si el dolor fuese medible, no tendríamos números para cuantificar lo que pasa en los mataderos, granjas, laboratorios y zoológicos del mundo.

Los animales son nuestros iguales en cuanto a su capacidad de sentir, dolor, alegría, tristeza, miedo, hambre, frío… compartimos con ellos muchos intereses, ignorarlos y no tenerlos en cuenta, adueñandonos de sus vidas, es un tipo de discriminación denominado especismo, tan grave y deplorable como el racismo o el sexismo.

Hemos decidido luchar por ellos y por eso somos continuamente cuestionados, juzgados, ignorados e incluso ridiculizados. Contra nosotros se utiliza un discurso demagógico. Es común que se nos pregunte por qué no nos implicamos en causas que son consideradas más “importantes” como ayudar a individuos de nuestra especie o que se cuestione nuestra congruencia porque utilizamos una tecnología que también puede generar sufrimiento a individuos inocentes como puede ser el uso de coltán en aparatos electrónicos o petróleo en el transporte. Este discurso tiene más como objetivo aplacar la conciencia de aquel que no hace nada, ni por animales, ni por humanos, que de crear un debate constructivo, no es un consejo lo que nos dan es una excusa barata, nunca se debería dejar de ayudar a alguien por no ser posible ayudar a todo el mundo.

El veganismo no significa un “en vez de” sino que es un “además” ser vegano y defender a los derechos de los animales no implica desvincularse de otras injusticias sociales o luchas en defensa del medio ambiente, o de cualquier desigualdad. de hecho el veganismo involucra luchar contra el hambre en el mundo, crear un planeta más sostenible, reducir los gases de efecto invernadero, un mundo de menos desigualdades.

En nuestra lucha intentamos ser coherentes, pero sin renunciar a nuestras vidas, haciendo el menor daño posible, eligiendo la opción mas compasiva, siempre que exista. Sin embargo, ¿por qué se sigue menospreciando la lucha en defensa de los derechos de los animales? porque los animales siguen siendo considerados víctimas de segunda categoría, no las ponemos a la misma altura que las demás, nadie se atrevería a llevar este discurso demagógico a quien esta implicado en otras luchas como la ayuda humanitaria en el tercer mundo. ¿Os imaginanáis a alguien recriminado a un activista que ayuda a los niños hambrientos que use un coche que consume petróleo, tachándolo de hipócrita? o que ¿por qué no ayuda a los niños de otra región que están más necesitados? Eso nunca pasa porque consideramos a los niños lo suficiente importantes para no frivolizar con su sufrimiento. En cambio a los que hemos decidido defender a los animales tenemos que escuchar repetidas veces ese: y por qué no ayudas a los niños.. y utilizas coche que consume petróleo… a los activistas de los animales nos exigen un grado de congruencia que raya el absurdo. Porque nadie pone a los animales a la misma altura que los humanos, y nadie se atrevería a usar argumentos tan absurdos cuando en el otro lado de la balanza se encuentran niños hambrientos humanos, pero si los bebés son de otra especie, allí cambia la película y podemos tratar de desprestigiar la causa con todo tipo de falacias.

Todo esto refleja lo poco que importan estas víctimas. Para empezar a cambiar esta situación deberíamos empezar por ser conscientes de su sufrimiento y no jerarquizar el dolor de los inocentes en función de su especie, no existen victimas de primera, segunda o tercera categoría.

¿Porque defendemos a los animales? porque consideramos que tienen el mismo derecho que nosotros a no ser torturados, esclavizados o asesinados y ademas sus derechos son totalmente ignorados por la gran mayoría de la gente, nos indigna y nos entristece profundamente que la gran mayoría de la gente, sea incapaz de ver algo tan sencillo.

El día que la gente se estremezca de la misma manera ante una injusticia, independientemente del sexo, la raza o la especie de la víctima habremos dado el primer paso para terminar con este holocausto.

Mientras tanto, seguiremos luchando por los que no tienen voz.

 

Alberto Peláez es corredor de montaña, especializado en ultrafondo, con un gran número de victorias a sus espaldas, vegano y activista por los derechos de los animales, trata de transmitir un mensaje de compatibilidad entre una vida de respeto a todos los seres vivos y el deporte de alto rendimiento.
Técnico superior en Actividades Físicas , entrenador personal y bombero de profesión , reparte su tiempo entre el deporte y la ayuda los animales colaborando con varias sociedades protectoras, y dando charlas, transmitiendo sus experiencias llevando una vida vegana y activa

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El término mascota se ha hecho popular, tanto, que son muchas las personas que lo han adoptado para designar a los otros animales, aquellos que se adecúan a la idea de animal de familia, animal conviviente o animal de compañía, aunque, en este último caso, inferamos que se trata de una denominación absolutamente utilitarista del animal. De modo que parece que mascota anula, invisibiliza o resta importancia a esos apelativos que, a mi entender, son mucho más apropiados para designar a los animales que comparten, y con los que compartimos, nuestras vidas.

Desde la perspectiva social no animalista, los animales calificados como mascotas son opuestos a los clasificados como parias, a los cuales no se les cuida ni alimenta sino que, por el contrario, se les intenta exterminar como ocurre con los jabalíes, lobos, osos, ratas, palomas, cucarachas, etc. La distinción entre los animales considerados mascota y los imaginados como paria, presenta una variabilidad individual entre los integrantes de cada sociedad-cultura. En un mismo grupo social hay quien prefiere a los perros y gatos, o es hostil a una u otra especie; un porcentaje que se entusiasma con la visión de los peces, otros aficionados a los reptiles, a las aves, a los insectos y a lo que sea, con tal de poseer una mascota que colme sus deseos y expectativas.

Buscando la definición oficial de mascota en el Diccionario de la Real Academia Española (RAE) encontramos que proviene del francés mascotte y se explica como: 1) Persona, animal o cosa que sirve de talismán, que trae buena suerte; 2) Animal de compañía. Tienda de mascotas. Como las definiciones oficiales no satisfacen mi consideración y comprensión de lo que son los otros animales (que no son ni talismanes, ni aportan buena o mala suerte), y como no puedo aquí extenderme en analizar cómo se produjo la apropiación de la palabra mascota como genérico, me tomo la libertad de emplear, cuando convenga, la terminología que considero pertinente: animal conviviente o animal de familia.

Además del utilitarismo implícito en la definición de mascota, me pregunto ¿se comen las personas a las mascotas? La cuestión que planteo consiste en dilucidar si un animal que forma parte de la culinaria habitual de un pueblo puede continuar siendo una mascota. Es probable que la mayor parte de las personas responsables de animales de familia, sean o no animalistas, considere que no es posible comérselos. La antropología nos muestra que, entre los animales humanos y los otros animales considerados comestibles, pueden producirse relaciones muy similares a las que se dan entre los animales convivientes y las personas encargadas de su cuidado. En esa línea, la antropóloga Margaret Mead, en sus estudios de la sociedad en Nueva Guinea, decía que se mimaba y consentía tanto a los cerdos que estos adquirían características de los perros, por ejemplo, agachaban la cabeza cuando se les reprendía, se apretaban contra la persona responsable para recuperar su favor, etc., pero hasta el cerdo más consentido acababa siendo comido en un convite o donado a otro grupo para satisfacer al antepasado de otra persona.

Otra zona, conocida por el trato de animal de familia otorgado a los animales considerados comestibles, es África oriental. Pueblos pastores como los nuer, shilluk, masais o dinkas, que viven en el norte de Kenia o en el Sudán nilótico, miman a sus vacas. Los hombres, que son quienes se ocupan de las reses, ponen un nombre a cada ternero y cortan y retuercen progresivamente su cornamenta para darle formas curvadas que consideran bellas. Hablan de sus bueyes y vacas en sus pláticas cotidianas y esos animales ocupan un lugar relevante en sus canciones, les cuidan, les adornan con abalorios de madera, borlas, cencerros y cintas. En el caso de los dinkas, los hombres duermen junto a sus reses, en el establo que construyen para protegerlas de sus depredadores. La mayoría de estos grupos pastores obtienen su alimento básico a partir de la leche y los derivados lácteos, sin embargo, también les gusta mucho la carne de vacuno, que comen cuando una res vieja muere de muerte natural o en algún festín que celebran con motivo de un cambio de estación, matrimonio y funeral.

Lo que proponen los ejemplos citados es que la categoría de animal de familia no es un estado del ser excluyente. La gente puede otorgar a los animales trato de animal conviviente más o menos señalado. Así que, en lugar de discutir si el cerdo neoguineano o la vaca dinka son o no auténticos animales de familia, lo que debería hacerse es identificar el grado en que las relaciones entre animales humanos y los otros animales, en culturas concretas, presentan cualidades propias de una vinculación, fuerte o débil, entre persona responsable y animal de familia.

La relación con el animal paria, en general y excepto para quien es responsable de este, presenta el tipo de cualidades a las que me he referido pero no puede considerarse prototípica, por mucho amor que se tengan ambos. Además, algunos animales paria, como reptiles e insectos, no cumplen determinados criterios de la relación porque, por ejemplo, hay que mantenerlos entre paredes de cristal o en artefactos creados al efecto dado que no se les permite deambular libremente en el espacio doméstico (donde, en principio, los primeros no deberían de estar, al revés de lo que es propio con los segundos). Al contrario ocurre con los cerdos neoguineanos y con las reses africanas, los animales humanos los meten en sus casas y duermen a su lado. Pero, el gusto por la carne de sus compañeros humanos rebaja considerablemente su estatus de animales de familia. Porque, aunque se les permite compartir la intimidad familiar también son asesinados y acaban en el estómago de los miembros de la familia, fórmula que no afecta a los integrantes humanos del grupo entre sí, incluso en el caso de los caníbales.

Por ejemplo y al hilo de lo anterior, en un nivel superior se sitúa a la vaca hindú y al caballo que se convierten en objeto de interés religioso, utilitario o estético estableciéndose un vínculo de tipo moral que elimina cualquier pensamiento de comer carne de vacuno o de equino en determinadas culturas. Estos animales, por su tamaño, no acompañan a la familia en el interior de la casa sino que viven al aire libre para el deleite de los responsables. Esta relación de criterios de definición apunta a por qué, en la mirada occidental, gatos y perros son los modelos por excelencia de animales de familia: los alimentan, cuidan de ellos, conviven en los domicilios y duermen incluso en la propia cama de la persona responsable. El mutuo amor que se profesan no se ve nunca amortiguado por un deseo de comer su carne, deseo que, por lo que sabemos, podría ser recíproco.

Por tanto, puede afirmarse que en el grado más elevado de la condición de animal de familia, este no es “bueno” para comer aunque ello no signifique que no se consuman determinados animales porque son considerados convivientes. La condición de animal de familia no es nunca un factor independiente de los hábitos alimentarios. Porque, el motivo de que no se coma determinada especie y de que se convierta en animal conviviente, y no en paria, depende de cómo se articule este en el sistema de producción de alimentos y bienes de cada cultura.

Un ejemplo que confirma lo expresado se encuentra en el caso del perro. En Occidente, por lo general, no se consume carne de perro pero no porque sean animales favoritos, convivientes o de familia sino, básicamente, porque los occidentales disponen de una enorme variedad de animales paria que son creados y criados del modo más lucrativo y económico posible, sin atender a que son seres sintientes, para satisfacer sus ansias y su gusto por la carne. Mientras que los perros “prestan” numerosos servicios que tienen mucho más valor que su carne. Por el contrario, las culturas que comen cánidos no disponen o tienen pocas fuentes de alimentos de origen animal y el servicio que pueden prestar los perros no es suficiente para prescindir de los productos que proveen una vez que son asesinados. China era uno de esos países donde la escasez de carne y la inexistencia de una industria láctea provocaron pautas alimentarias basadas en el vegetarianismo involuntario. Allí el consumo de carne de perro era la norma, no la excepción. Sabemos que esta práctica continua vigente, a pesar de las normativas que, de modo más o menos estricto, prohíben, por ejemplo, la cría de perros para el consumo, en la ciudad de Pequín.

Resumiendo podemos establecer que, en determinadas culturas, el factor que prescribe que un animal de familia sea o no comido es su utilidad residual aunque, sin duda, hoy la persona responsable de un animal conviviente rebatirá apasionadamente esta afirmación. Porque mucha gente piensa que la característica fundamental de la condición de un animal es una utilidad relativa, es ser animal de compañía y, quizás, atraer la buena suerte. Aspectos que se encuentran implícitos en la definición de mascota que referí al inicio:”…que sirve de talismán, que trae buena suerte; …animal de compañía”.

La idea de que los animales convivientes son relativamente útiles e incluso inútiles, como frecuentemente se les considera en el ámbito rural, proviene de los hábitos y costumbres de posesión de animales de las clases aristocráticas. En las cortes imperiales del mundo antiguo existían jardines zoológicos donde se hacía alarde de animales exóticos, raros y particulares, con objeto de distraer al visitante y como símbolos de poder y riqueza. Estatus social que se muestra desde los egipcios y su pasión por los guepardos o por los felinos en general, o las egipcias que acostumbraban a lucir serpientes vivas alrededor del cuello, al modo como hacen hoy algunas mujeres vistiendo cadáveres de visón, lobo, etc., sobre sus hombros, hasta llegar a los emperadores romanos y su predilección por los leones.

O en el Medievo europeo, cuando las casas reales cobijaban todo tipo de animales que eran mimados por las mujeres o en el siglo XVII cuando las damas llevaban perritos sobre el pecho a los que alimentaban con golosinas. Toda una demostración de riqueza, un lujo, porque el pueblo no podía permitirse tener animales que no tuvieran utilidad ya fuera en la caza, pastoreo, protección, etc. Pero con la aparición de las denominadas clases capitalistas o mercantilistas, la posesión de animales por “placer” se convirtió en una de las formas de demostrar que no se era plebeyo. Porque disponer de animales con ese objetivo no era una actividad inútil, ya que acceder a los círculos del poder se logra a través del consumo de prestigio. Con lo que podríamos denominar democratización de la economía, la tenencia o posesión de animales caros o de lujo dejó de ser tan valiosa para el contacto social a diferencia de lo que fue antaño.

Desde la Antigüedad hasta hoy, los animales de familia han proporcionado “servicios” de compañía y de entretenimiento para el animal humano. Y, desde esta perspectiva, los animales convivientes contemporáneos no pueden competir con las prácticas que se realizaban antiguamente, por ejemplo, los combates que tenían lugar entre leones y elefantes (a pesar de las tremendas peleas de perros, gallos, etc. que se organizan en la actualidad). Aunque, analizando la cuestión se puede establecer que hoy, un perro que persigue una pelota y la devuelve o un gato cazando ratones imaginarios o moscas y aves, pueden crear un espectáculo y un embelesamiento absolutos para la persona responsable.

Para terminar añadir que, a través de un pequeño cuestionario, pregunté a una muestra aleatoria de 35 personas –animalistas o no– acerca de los “beneficios” de tener animales de familia o convivientes y las respuestas más significativas fueron: 1) uso mayoritario del término mascota (29 respuestas, contra el uso de animal de familia o conviviente, que en ocasiones fue necesario explicar); 2) beneficios: tenerlos por compañía (19 respuestas), por amor (12 respuestas), por pena (15 respuestas, solapadas con “por amor”), por placer (8 respuestas), por belleza (3 respuestas, solapadas con “por placer”), por protección (2 respuestas solapadas con “por compañía”). Podemos objetar que el cuestionario presentaba sesgos dado que era solo un “test” sin mayor ambición y porque se preguntaba acerca de los animales sin distinción. Además se realizó entre un circulo reducido de personas afines a quien escribe y en el ámbito territorial de Barcelona. Pero entiendo que sí se convierte en un pequeño indicador que se corresponde con lo presentado en este escrito.

Por último, desearía realizar una petición a todas las personas animalistas o no: ¿por qué no abandonamos el término mascota y nos acostumbrarnos a llamar animales de familia o animales convivientes a esos seres queridos que comparten nuestras vidas?

 

Antropóloga, activista por los derechos de los animales, feminista, vegana, heterodisidente. Acompaño y comparten mi vida tres gatas maravillosas. Fundadora de Antropología de la Vida Animal. Grupo de Estudios de Etnozoología. Profesora universitaria: explico a generaciones de jóvenes quiénes son los otros animales con la esperanza de que un día cambie la consideración hacia los animales no humanos.

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· “Según rescatistas de Vegan Hope Animal Association, más de 20.000 víctimas han fallecido durante la crecida del río Ebro
· No pertenecer al círculo moral, la justificación para no ser salvadas.

Es un deber ético matar a los animales de producción que padecen un gran sufrimiento si no existe ningún modo económicamente viable de aliviarlos” (Reglamento Nº 1099/2009 del Consejo Europeo). Ellos y ellas, los más de 10.000 -según las fuentes oficiales-, no recibieron ayuda humanitaria por parte del Estado y sus órganos de Protección Civil: ni refugios, ni albergues, ni rescates, tampoco salvamento o asistencia sanitaria. Para los animales que no sean humanos, no hay obligación de garantizar el derecho a la vida y a la integridad física. Son daños materiales, “económicamente inviable” fue salvar sus latidos.

Durante un riesgo de inundación, el Plan Estatal de Protección Civil diferencia las fases de pre-emergencia, emergencia y normalización. Primero informar de que va a producirse la catástrofe, luego actuar en consecuencia y finalmente restablecer la norma. Con los no humanos, si conocido el riesgo de inundación no se produjo la prevención ni la intervención inmediata, sí el posterior momento de restitución de la normalidad. Una normalidad que se basa en el resurgimiento de la explotación y opresión.

Fase de pre-emergencia

Lo ocurrido en Zaragoza, dice Laura Luengo cofundadora del Santuario Wings of Heart, “sólo pone de relieve, para los animales de granja, las condiciones en las que viven”. “Son simples mercancías, nadie entiende que puedan llegar a sufrir”. Algunas explotaciones ganaderas evacuaron a sus propiedades antes de que se produjera la riada, pero según Luz Navarro, de Vegan Hope Animal Association, “si los han salvado es porque no querían perder dinero”. “Yo he estado con ellos (los granjeros) y son violentos. Lo único que les preocupa es el dinero que pueden ganar, nada más. Una persona que se dedica a criar un animal para producción en lo único que se preocupa en una inundación es en el dinero que va a perder”.

Fase de emergencia

Decenas de los considerados mercancías, quienes tienen incrustados dígitos en sus orejas y no nombres en su persona, fueron rescatados por diferentes grupos. Vegan Hope Animal Association, Amnistía Animal, Adala Zaragoza, Askekintza-Liberacción Animalista y otras asociaciones reunieron recursos humanos y materiales para realizar el mayor número de rescates posibles. “Había muchos animales muertos, tanto de granja como perros, gatos, caballos… que aún seguían atados con cadenas o dentro de cercados sin haber podido tener posibilidad de salvarse por si mismos; un paisaje desolador y muy triste. Bastantes de los animales rescatados llevaban días sin comer, otros habían pasado mucho tiempo con la mitad de su cuerpo en el agua, enfermos, con neumonías, al límite de sus fuerzas; muchos no han conseguido superarlo tras el rescate por mucha ayuda y tratamientos que les hemos dado” según Adala Zaragoza.

Muchas de las caras de los animales muertos reflejaban la agonía que habían pasado”, denuncia Luz Navarro. “Hemos encontrado unas imágenes dantescas, de corderitos recién nacidos ahogados, de cuerpos ya descompuestos, de cuatro bebés cerditos uno de ellos echando espuma por la boca… Hemos visto unas imágenes que la verdad que son muy dolorosas”.

Y aunque muchos ya estaban muertos, algunos habían que seguían en pie. En el marco legislativo, existe un concepto clave: matanza de emergencia. “Matanza de animales heridos o afectados por una enfermedad que conlleve un intenso dolor o sufrimiento cuando no exista otra posibilidad práctica de aliviarlos” (Reglamento Nº 1099/2009 del Consejo Europeo). En ocasiones se producía con intenso dolor y violencia (“le dimos con la maza 50 veces y el hijo puta -un cerdo que sobrevivió- no moría” decía uno de los operarios encargados de retirar los cadáveres) o ni siquiera se realizaba: “He visto tirar a un camión varios animales vivos aún” afirma el fotoactivista detrás de Tras los Muros. “Fue devastador. Vi cuerpos de cerdos muertos colgados de alturas que habían intentado escapar, supervivientes sobreviviendo entre montañas de cadáveres tras 5 días sin agua potable, calor, comida o atención veterinaria, tractores cargando cuerpos sin vida que amontonaban en camiones. Jamás había presenciado un escenario tan desolador. La tragedia dentro de la tragedia. Por si no fuera poco la vida a la que han sido condenados son víctimas además de una inundación”.

Hemos ido rescatando los animales conforme podíamos tener acceso a las zonas, en muchas se nos denegaba el acceso bien por peligro para nosotros, por ser zonas privadas sin accesos permitidos o simplemente no nos dejaban pasar por otras causas ajenas a nosotras” afirman desde Adala Zaragoza. Los impedimentos para acceder a las zonas afectadas tenían que ver con el medio de transporte, la consideración de los grupos de rescate como personas civiles y, además y sobre todo, el carácter de las víctimas como propiedades de explotadores. Según Luz Navarro, que ha recibido amenazas a través de WhatsApp, “el día que fuimos a rescatar a los cerdos, la gente del pueblo estaba en la granja con escopetas y azadas interceptando nuestros coches, amenazándonos… Afortunadamente no pasó nada, pero podría haber pasado alguna desgracia”.

El precio de cada individuo cuenta. Diferentes voluntarias y activistas afirman que los y las explotadoras no deseaban salvar las vidas de los individuos confinados en granjas por motivos económicos: el seguro sale más rentable. Además, el Estado ha aprobado un Real decreto en el que no sólo se indemnizará económicamente a las empresas ganaderas afectadas, sino que se les adjudicarán, también, diferentes beneficios fiscales. Según el diario ABC “la riada del Ebro les costará a las aseguradoras más de 10 millones de euros”.

Para la persona que está Tras los Muros: “Los responsables de esta tragedia no son el gobierno o las autoridades, sino cada consumidor de carne para el que la industria ganadera existe”. Así lo entienden Evelyn Gutierrez y Diango Casabella, fundadores de Leon Vegano Animal Sanctuary: “Desde nuestro enfoque antiespecista, y lo que es conveniente para los animales, hay que tener en cuenta que las granjas, los mataderos y cualquier otro centro y/o forma de explotación animal no debería existir. Al Estado no le rentaría ni le interesaría dedicar recursos humanos para montar un dispositivo de evacuación temprana de los mas de 10.000 animales muertos por las inundaciones, es mas fácil pagar indemnizaciones del dinero público. Al final, todos esos animales iban a morir en un matadero. Todos los animales que murieron son para el Estado máquinas de producción muy económicas y fácilmente reemplazables. Nosotros creemos que ya que al menos el Estado jamás mostrará (ni mostró) preocupación por las verdaderas víctimas de esta catástrofe, al menos debieron permitir el acceso a los equipos de rescate formados por voluntarios que acudieron desde todas partes del país para salvar animales, que en muchos casos se encontraron con la negativa de las autoridades y la hostilidad de los explotadores”. Si el uso es institucional y amparado por la ley, está legitimada y justificada cualquier explotación.

Según decía Gary Francione en Lluvía sin truenos “en el uso institucional, quienes explotan animales (que en la mayor parte de los casos también son sus dueños) determinan que de ese uso del animal se obtienen beneficios y la ley lo acepta. Pero si la ‘crueldad’ o la ‘necesidad’ de dolor, sufrimiento o la muerte las determinan, no la conformidad de la acción con un criterio abstracto, sino los beneficios derivados de ella que establezcan los propietarios, entonces, a no ser que los dueños de la propiedad no actúen racionalmente (si se da la circunstancia de que no maximizan el valor de su propiedad animal), la ley pensará en todos los casos que su conducta está justificada. Es su propiedad y la utilizan del modo más rentable para extremar su valor”.

Además de las víctimas confinadas en granjas, otras las hubieron también en casas, las consideradas mascotas. Caballos, perros y gatos se ahogaron tras la riada del Ebro. Según Charlie Green, de Amnistia Animal, “en tema de perros y gatos la gente suele volcarse más. Están más sensibles con los animales de casa”, por ello se estima que el número de supervivientes es superior ya que más personas se dedicaron al rescate de estos damnificados. De las víctimas silvestres poco se sabe. No se conocen cifras, porque en parte no son propiedad cuantificable de nadie. Por lo tanto, nadie exige recompensa económica por sus fallecimientos. Se estima que pueden haber sido muy pocas porque la zona afectada por la riada son pueblos cercanos a Zaragoza y mayormente ocupados por granjas.

Aunque miles de individuas fallecieron tras los muros del especismo, más de 30 vidas recluidas en la industria tuvieron una segunda oportunidad. “La historia de Pablo es una historia un tanto peculiar, no ha estado a punto de matarle la riada, sino la vida en una granja”, explica Laura Luengo. Sobrevivió al augurio de la matanza grabada con tinta morada en su espalda. Lo rescataron de una muerte segura. También a Aske, otro cordero refugiado proveniente de Zaragoza que encontraron en una granja junto a una montaña de cadáveres. Chris y Lamby, Joel, Olga y Eneko, Moisés, Guillem y Ramón y decenas de gallinas y gallos como Pedro, Victor, Samu, Jorge y Diego viven actualmente en diferentes santuarios del Estado Español. Llegaron con la pierna rota, con estrés, con deshidratación y una infección general, con hipotermia y completamente desnutridos o con neumonía o sarna, pero a partir de hoy los refugiados pasarán el resto de sus días recuperándose de las secuelas de su pasado. “La mayoría de los santuarios, incluidos nosotros, trabajamos por encima de nuestras posibilidades. Pero bueno… siempre intentas hacer un esfuerzo más allá o buscarte la vida. En el caso de los animales de Zaragoza: o les acogíamos o estaban condenados a morir allí” comenta Laura Luengo. Charlie Green, de Amnistía Animal, lamenta las muchas vidas que se podían haber salvado: “Podríamos haber estado rescatando a cada hora: habían muchos animales en muy malas condiciones y se podían sacar vivos, pero como no hay dónde meterlos, ahí se iban a morir” y es que, los santuarios de animales sufren diversas dificultades que les hacen complicado acoger a todos los refugiados que quisieran. “Ahora mismo el mayor impedimento para acoger a nuevos habitantes es la falta de dinero. Ingresamos menos de 900€ al mes para costear los gastos de alimentación, veterinaria y mantenimiento de las instalaciones. Y en el mismo orden de importancia, está la falta de espacio para nuevas acogidas. Todo esto sumado, hace que estemos trabajando siempre al límite, muy por encima de nuestras posibilidades” afirman Diango Casabella y Evelyn Gutierrez.

Fase de normalización

Una vez rescatados, los y las refugiadas deben volver a la normalidad. Normalidad entendida de forma diferente en los santuarios a la entendida en la vida tras los muros: una normalidad libre de explotación y opresión. Todo ello pasando primero por la sociabilización: “(Chris y Lamby) Son dos bebés huérfanos que han visto morir ahogada a toda su familia y ellos mismos estuvieron a punto de no sobrevivir. Su estado anímico al llegar era muy bajo, se juntaban los dos en las esquinas, uno intentando esconder la cabeza debajo del otro debido al miedo. Poco a poco comienzan a confiar en nosotros. Es un proceso muy complicado que requiere de mucha paciencia y horas de dedicación diarias, de estar con ellos. La primera semana, Diango durmió con ellos cada noche para ayudarles en este proceso. Ahora lo seguimos de día, en su nuevo cobertizo de cuarentena”.

Se auspician futuras catástrofes, nuevas tragedias dentro de la tragedia de la explotación y opresión. Por ello, además de una mayor implicación y organización de rescatistas, presencia veterinaria y la necesaria captación de recursos económicos, se precisa la ayuda a santuarios. Desde Leon Vegano se quiere insistir en no olvidar “que cuando los animales llegan a los santuarios, comienzan una larga vida que sin dinero es imposible que podamos mantener, por lo que rescatar es tan importante como proveer o captar los fondos económicos que nos permitan sustentar esas vidas”. Las decenas de vidas rescatadas del especismo tras las riadas del Ebro sólo seguirán viviendo si hay una colaboración total con los santuarios que salvan sus vidas día a día, después de la catástrofe y cuando la emergencia se olvida.

 

 

Informa: Diana Lsid
Imágenes: Tras los Muros / PACMA

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