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Me gusta escuchar experiencias de unos tiempos que hoy parecen imposibles, y aún más cuando aparecenlos otros animales. No lo puedo evitar: mi interés se gira hacia ellos y, con preguntas hechas con todo el cuidado del mundo, los voy sacando de su papel secundario para convertirlos en los protagonistas. Salen del olvido a través de la memoria y la voz de quien me lo cuenta y, poco a poco, la historia de la miseria los va convirtiendo en otros que también trataban de llegar con vida al día siguiente, a pesar de ser los que más difícil lo tenían.

No están tan lejos el tiempo cuando, para mucha gente, no se llegaba al día siguiente con la seguridad de haber comido suficiente como para tapar el hambre. En su casa, en aquel pueblo de Jaén, siempre que podían tenían un cerdo. Le pregunté que le daban de comer, y sonrió. Cada mañana, aquel niño le abría la puerta del corral para que saliera a pastar todo lo que pudiera, lejos de los cultivos: raíces, semillas, frutos, insectos, caracoles… Todo lo que pudiera y antes que otros, humanos o no, con la misma hambre. Se las tenía que apañar por su cuenta, porque en casa no sobraba nada que le pudieran dar.

Si tenían suerte y no se morían de hambre, aquellos cerdos pequeños crecían y crecían hasta arrastrar muchos kilos y, entonces, los mataban. Por supuesto, no era para comérselos: venían toda la carne más buena, y con lo que sacaban, podían comprar cosas como harina o legumbres. En forma de vegetales, podían tener muchas más calorías de las que daba la carne de aquellos pobres animales que habían crecido yendo y viniendo del corral. Podían guardar y racionar mejor aquellas calorías, que mezclaban con unas pocas morcillas y chorizos conservados en aceite y hechos con sangre, vísceras y algún pequeño trozo de la carne más pegada a los huesos de aquellos cerdos.

En aquellos tiempos perdidos, los animales se “cultivaban” como si fueran plantas. Así es la mecánica de la ganadería antigua: la domesticación, ese concepto especista para la esclavitud que los animales humanos imponen a los no-humanos, permite que los unos se acaben comiendo a los otros, que a su vez se han comido vegetales que los animales humanos no se pueden comer. Es una forma compleja de recolección, una de las primeras producciones humanas que, desde el inicio, se ha enfrentado al inconveniente de la enorme cantidad de vegetales y agua necesarios para terminar el proceso, absolutamente dependiente del nomadismo, las trashumancias, el pastoreo. Los animales acaban rápidamente con los pastos de un lugar y, para continuar con su “cultivo”, son desplazados hacia otros pastos.

La agricultura soluciona el problema con la producción directa de vegetales, de los que los animales humanos se pueden comer. Como fuente directa de alimentos altamente nutritivos, permite sacar más de mucha menos cantidad de tierra, permite tener más comida disponible, permite acumular, permite el sedentarismo y el desarrollo de las civilizaciones humanas. También hace que el suelo se convierta en un tesoro que se puede acumular y el trabajo en una riqueza que se puede robar, lo que lleva hasta aquel pueblo de Jaén, donde las familias pobres no tenían tierra. Trabajaban a cambio de una miseria y, mientras, intentaban cazar y recolectar lo que podían (legal o furtivamente) y también intentavan “cultivar” cerdos que podían convertir en harina y legumbres.

Los árboles convertidos en trampas para aves, con el “parany”[1], también fueron formas de cultivar carne de la gente pobre, mientras trabajaba duro para sobrevivir. Como la planta que crece silenciosamente, los árboles hacían caer las aves que, muy a menudo, todavía sufrían su lenta agonía cuando iban a recolectarlas, como quien recoge higos o castañas. Y aquellos terribles frutos también se convirtieron en objetos de venta con los que obtener dinero y comprar supervivencia.

En los mundos al revés del capitalismo, la gente desposeída puede convertir la carne en vegetales. Y puede surgir una enorme industria de la carne que los despoja aún más, transformando los vegetales que nos podemos comer los seres humanos en alimento para los ganados, destruyendo el medio ambiente mientras engulle bosques y selvas, lagos y ríos para convertirlos en más alimento que nutra los enormes campos de exterminio llamados granjas industriales.

En un campo de arroz cerca del Palmar, había una caseta al borde de la acequia. Cuando no habían tractores y la faena de los campos con arados y caballos costaba semanas, humanos y animales no se alejaban del trabajo durmiendo, de lunes a sábado, en aquellas casetas que primero fueron de paja y después de obra. En el primer año del siglo XXI, aquella caseta servía de prisión a dos perros, uno bretón y el otro mestizo de pointer y brazo. En aquella oscura mazmorra pasaban la vida, esperando que llegaran los día de caza.

Muchos años antes, allí vivía una familia sin tierra que pagaba su techo con la guarda del campo y acogiendo los dueños cuando iban a trabajar la tierra con su caballo. Y, con ellos, vivía otro perro muy parecido a los dos prisioneros de ahora. Aquella familia pobre era su manada y, como todos los perros, se dejaba la piel por su gente cada uno de los muchos días que no había nada que poner en la mesa.

El hombre de la casa hablaba con el perro, mientras los cuatro o cinco niños los miraban. Vamos, perro, trae algo, nosotros no podemos hacer otra cosa que esperarte. Y ese perro, todo huesos cubiertos de piel, se iba con la intención de no volver si no era con una gran rata de marjal entre los dientes, una tenca, una serpiente de agua, lo que fuera. Y siempre volvía con algo, incluso podía ser que viniera con un pato de los que habían llegar para anidar.

Y el perro se hacía con unos huesos que roer, mientras su dueño lo miraba con orgullo. Comían pensando que, al día siguiente, era probable que la mesa volviera a estar vacía y que el perro debería ganar la supervivencia de todos y todas. Cuando me dicen que quiero elevar los otros animales en la categoría de los seres humanos, pienso en aquella caseta y en los perros cazadores que allí han vivido, los unos como compañeros de miseria y miembros indispensables de una familia y los demás como cosas dejadas dentro de un viejo armario.

Lo que sacó a los humans y las humanas de aquella miseria, también debería sacar a los perros como aquel que fue una persona honrada, un miembro más de la familia pobre como el Morrut de La Barraca[2], de Vicente Blasco Ibáñez, que murió después de una vida de trabajo sin descanso:

¿Eran posibles más desgracias?… Sí, aún quedaban otras. En aquella barraca, ni las bestias se libraban de la atmósfera envenenada de odio que parecía flotar sobre su techumbre. Al que no lo atropellaban, le hacían, sin duda, mal de ojo, y por eso su pobre Morrut, el caballo viejo, un animal que era como de la familia, que había arrastrado por los caminos el pobre ajuar y los chicos en las peregrinaciones de la miseria, se iba debilitando poco a poco en el establo nuevo, el mejor alojamiento durante su larga vida de trabajo.

Se portó como persona honrada en la época peor, cuando, recién establecida la familia en la barraca, había que arar la tierra maldita, petrificada por diez años de abandono; cuando había que hacer continuos viajes a Valencia en busca del cascote de derribos y las maderas viejas; cuando el pasto no era mucho y el trabajo abrumante. Y ahora que, frente al ventanuco de la cuadra, se extendía un gran campo de hierba fresca, erguida y ondeante, toda para él; ahora que tenía la mesa puesta, con aquel verde y jugoso mantel que olía a gloria; ahora que engordaba, se redondeaban sus ancas puntiagudas y su dorso nudoso, moría de repente, sin saber de qué, tal vez en uso de su perfecto derecho al descanso, después de sacar a flote a la familia.

Se acostó un día sobre la paja, negándose a salir, mirando a Batiste con ojos vidriosos y amarillentos que hacían expirar en los labios del amo los votos y amenazas de la indignación. Parecía una persona el pobre Morrut; Batiste, al recordar su mirada, sentía muchas veces deseos de llorar. La barraca sufrió una conmoción, y tal desgracia hasta hizo que la familia olvidase momentáneamente al pobre Pascualet, que temblaba de fiebre en la cama.

Lloró la mujer de Batiste. Aquel animal, alargando su manso hocico, había visto venir al mundo a casi todos sus hijos. Aún recordaba ella, como si fuera ayer, cuando lo compraron en el mercado de Sagunto, pequeño, sucio, lleno de costras y asquerosidades, como un jaco de desecho. Era alguien de la familia que se iba. Y cuando unos tíos repugnantes llegaron en un carro para llevarse su caballo a la Caldera (Lugar donde son incinerados los animales muertos para aprovechar los huesos), donde convertirían su esqueleto en huesos de pulida brillantez y sus carnes en abono fecundizante, lloraban los chicos, gritando desde la puerta un adiós interminable al pobre Morrut, que se alejaba con las patas rígidas y la cabeza balanceante, mientras la madre, como si tuviese un horrible presentimiento, se arrojaba con los brazos abiertos sobre el enfermito.

Recordaba a sus hijos cuando se introducían en la cuadra para tirar de la cola al Morrut, y cómo el animal sufría con dulce pasividad todos los juegos de los chicos. Veía al pequeñín cuando lo colocaba su padre sobre la dura espina del animal, golpeando con sus piececitos los lustrosos flancos y gritando: «¡Arre, arre!», con infantil balbuceo. Con la muerte de esta pobre bestia creía Teresa que iba a quedar abierta una brecha en la familia por donde se irían otros. ¡Señor, que le engañasen sus presentimientos de madre dolorosa; que fuese sólo este sufrido animal el que se iba; que no se llevase sobre sus lomos al pobre chiquitín camino del Cielo, como en otros tiempos le llevaba por las sendas de la huerta agarrado a sus crines, a paso lento, para no derribarlo!

Y el pobre Batiste, con el pensamiento ocupado por tantas desgracias, barajando en su imaginación el niño enfermo, el caballo muerto, el hijo descalabrado y la hija con su reconcentrado pesar, llegó a los arrabales de la ciudad y pasó el puente de Serranos. Al extremo del puente, en una planicie entre dos jardines, frente a las ochavadas torres que asomaban sobre la arboleda sus arcadas ojivales, sus barbacanas y la corona de sus almenas, se detuvo Batiste, pasándose las manos Por el rostro. Tenía que visitar a los amos, los hijos de don Salvador, a Pedirles a préstamo un piquillo para completar la cantidad que iba a costarle la compra de un rocín que sustituyese al Morrut. Y como el aseo es el lujo del pobre, se sentó en un banco de piedra, esperando que le llegara el turno para limpiarse de unas barbas de dos semanas, punzantes y duras como púas, que ennegrecían su cara.

Y pensé en los caballos del tiro y arrastre, que ya no son miembros de la familia. Solo son objetos de entretenimiento que ocupan las mismas cuadras que ocupaban los animales como el Morrut, esperando a oscuras que los saquen a arrastrar una rueda de camión o que los metan en camión camino de la competición.

De los tiempos de la miseria, sólo nos sacaron a nosotras y nosotros. Ellas y ellos, las buenas personas y miembros de las familias pobres que los esclavizaron, se han quedado allí. Y, ahora, nos toca sacarlos.

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[1] Animalisme CAT, Jesús Frare, 17/11/2011, Prou de parany i d’enfilat!, http://animalismecat.blogspot.com.es/2011/10/normal.html
[2] Blasco Ibáñez, Vicente, La Barraca (1898), Madrid, Alianza Editorial, 2016, I.S.B.N.: 978-84-9104-535-9.

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La parte de mi biografía de la que estoy más orgulloso es que soy vegano, que hace de la justicia un ejercicio cotidiano. También me gusta mucho haber aprendido Historia en la Universidad de Valencia. Soy militante antiespecista, feminista, LGTBI , ecologista, socialista e independentista. En definitiva, no quiero privilegios y, aún menos, los que se supone que me han de privilegiar mí.
Soy militante de Iniciativa Animalista

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Se fue la superstición pero se quedaron la estupidez, la crueldad y la codicia, asentadas con especial énfasis en Espaňa, un país donde lo mismo se matan lobos “porque hay muchos” que se torturan toros hasta la muerte “para que no se extingan”.

Mientras en la América precolombina ya practicaban la convivencia con el lobo y en cierta medida, con sus excepciones, esa actitud de respeto la conservan hoy (y allí sigue habiendo personas y otras especies, no se los han comido a todos) aquí hemos pasado por varias etapas de una misma travesía por la ignorancia y la maldad: convertirlo en el malo de los cuentos, asustar con él a los niňos y a los que no lo eran, dotarlo de poderes sobrenaturales y daňinos, asociarlo con el diablo y hasta con el anuncio adelantado de la muerte humana. Las luces no sirvieron para transformar su suerte sólo lo hicieron para buscar nuevas justificaciones para su acoso y asesinato. Así, censos a menudo falseados se pusieron al servicio de la estadística del exterminio, ganaderos al de las indemnizaciones abandonando no pocas veces a animales enfermos o heridos en los montes para luego gritar: “¡Que me lo mató el lobo!”, y cobrar, claro, y cazadores, como siempre, al de su inagotable sed de violencia, en esa querencia enfermiza suya por reventar entraňas donde las de cualquier pieza les valen, desde perdices hasta leopardos pero un lobo, por ser el animal que es, satisface mejor la “trofeitis” de su hipogonadismo moral que una vulgar ave, y les sale más asequible matar ejemplares aquí que ir a cazar grandes felinos a Botswana, que también es algo que les pone mucho.

En las leyendas de los nativos americanos existía igualmente la creencia de que a veces el lobo se transformaba en hombre pero en su caso aseguraban que lo hacía para ayudar a humanos en problemas, en Europa su mutación se decía que era para asesinar y a día de hoy, libres ya de ese tipo de mitos, al otro lado del océano pervive cierta protección y a este el afán de su exterminio. El conocimiento sólo ha servido en nuestro caso para hacernos sanguinarios más modernizados y en Espaňa, para no variar, las mazmorras de la mediocridad ética tienen puertas que pesan mucho más.

Tal vez eso explique en parte que cada vez que en una página de caza se cuelga la fotografía de una oveja supuestamente atacada por lobos para demostrar lo necesario que es acabar con ellos con expresiones del tipo “Gestión y sostenibilidad”, los comentarios de los escopeteros acaban indefectiblemente en frases como: “Viva la caza”, “Cazo porque es legal y porque me sale de los coj…”, “No tenéis ni put.. idea ecolojetas” y así, en esa línea. Su línea habitual.

Luego sí, en su descargo de matones cobardes y por diversión (desde lejos, con un arma y principalmente para sacarse la foto, a lo Juan Carlos I o César Cadaval), argumentan que también los animales matan para comer. Por supuesto pero entonces en qué quedamos: ¿matar para alimentarse es lícito para un cazador y no para un lobo? ¿Al segundo lo asesinamos legalmente y al primero lo nombramos asesino legal?

Los lobos no hacen campeonatos de muerte donde gana el que más cadáveres acumula, no transforman en puntos las cornamentas de sus presas y escogen la que sume más, los lobos cazan desnudos lo justo para comer, no se pertrechan en armerías ni disecan o decapitan a sus víctimas para exhibirlas. Y los lobos no matan a humanos. Los cazadores matan a lobos, conejos, perros, jabalíes, elefantes, gatos, corzos… Y a mujeres y hombres con sus “errores”. Los lobos son mucho menos mortíferos, sin esa torpeza letal y sin esa codicia por atesorar cuerpos. Los dos últimos conceptos van unidos: el que tiene prisa por matar acabará llevándose la vida de quien no pretendía. Menos mal que luego poniéndole un adjetivo y un sustantivo: “Desgraciado accidente” y aňadiendo un par de afirmaciones al estilo: “Estamos desolados” y “No entendemos cómo pudo ocurrir”, queda zanjado de forma política, legal y parece que hasta socialmente correcta el asunto de dos docenas de muertos y dos millares de heridos humanos al aňo.

No es una cuestión de seguridad ni tampoco ecológica sino geográfica, cognitiva, moral y económica. Por eso nacer lobo en Espaňa es como nacer toro aquí: hacerlo con una sentencia de muerte anticipada firmada. ¿Han desaparecido los toros en Inglaterra o las ovejas en Costa Rica? No. ¿Los humanos?, tampoco, pero en este país hay demasiado poderoso y dinero de por medio en ambos asuntos. No resulta raro que en casos de corrupción se escuche la palabra cacerías en relación con los condenados o verlos presenciando corridas. Esto es Espaňa, más profunda que elevada todavía.

Aquí somos mucho más modernos para la gestión de indemnizaciones o para la fabricación de rifles que para dominar nuestra parte más violenta. Y cuando no hay motivos reales somos únicos para inventarlos y creerlos. O no, pero eso ya da igual, lo que no pone la razón lo aporta la ruindad y sobre todos los intereses. Leo la siguiente noticia: “La Plataforma Sierra Norte de Guadalajara de Ganaderos denuncia que las grandes manadas de buitres que habitan en estas zonas han atacado a vacas recién paridas y las han devorado”, y añaden “exigimos compensaciones rápidas por los daños producidos”. A ver lo que tarda la Oficina Nacional de la Caza en pedir que el buitre se catalogue como especie cinegética. Lo que se ha de fardar teniendo uno con las alas abiertas y momificado en el salón.

Y no estoy negando que haya ataques de lobos lo que digo es que no son tantos como aseguran ni todos de los que le acusan provienen de él, que hay un buen número de denuncias falsas, que existen ganaderos que compran animales baratos y en malas condiciones para dejarlos a su suerte y estafar a la Administración, como aquel de los potros a 30€, que porque les resulta más rentable evitan a propósito tomar medidas de protección y, en todo caso los que sí sean reales y no medie voluntariedad o negligencia del hombre no pueden justificar que se autorice la matanza de ese animal. Las indemnizaciones cubren la actuación natural de una criatura no racional del mismo modo que los seguros lo hacen con los heridos y muertos humanos de la caza en sucesos donde sí interviene la decisión consciente (de disparar) de un ser racional. Y que yo sepa nadie pide un cupo de cazadores cazados al sur del Duero o en los montes asturianos por eso o por los perros, especies o crías protegidas que matan, por sus prácticas furtivas, por los incendios o contaminación que provocan o por el ejemplo de normalización de la violencia que transmiten.

Por cierto, que esa connivencia cazador-ganadero a la hora de querer hacernos ver que la muerte del lobo es una necesidad se rompe en sus debates. He visto varios textos de escopeteros explicando que lo que ellos hacen no lleva la carga de crueldad a la que se ven sometidos los animales en granjas y mataderos. La respuesta más calmada que les dan los ganaderos es que no los criminalicen, que ellos respetan y cuidan mucho a sus animales y que lo que hacen es legal. Insultos también hay. O sea, los mismitos argumentos y actitud que utilizan los cazadores contra nosotros.

Todo el que maltrata o mata animales seňala a otros parecidos cuando se le acusa de hacerlo: “Aquello es peor”, “¿De eso no decís nada?”. Y cuando sí decimos, de todo y de todos, porque el animalismo verdadero ni es cobarde ni es excluyente entonces hacen frente común, aunque un rato antes y un poco después se saquen los ojos entre ellos.

Son humanos con no poco de sinvergüenzas en algunos aspectos y con una ley a veces canalla también de su parte. Por eso el lobo siempre muere en las fábulas y en la vida real aunque el mentiroso, el codicioso, el sádico, el destructivo y aterrador es el hombre. Pero es él quien redacta las normas y en ninguna tierra invadida ni campo de exterminio son las víctimas las que poseen los derechos por escrito. No hace falta irse al monte, no es necesario hablar de animales, miremos a la UE, a Turquía y a los refugiados. En nuestra especie somos, a menudo, un 50% cazadores y un 50% ganaderos. O sea, el 100% de nosotros al servicio de la muerte de los más vulnerables.

No, no parece compatible aquí la coexistencia del lobo ibérico con el homo ibéricus y en esa pugna sale ganando siempre el segundo. En la Espaňa de chistes machistas y homófobos, donde se rompen la cara por un resultado de fútbol, donde alancear a un toro o matar caballos de agotamiento y sed para ir a ver a una Virgen es tradición y un ejercicio de libertad, no es de esperar que pueda tener muchas oportunidades el primero, y menos con un Gobierno digno de un remake de La Escopeta Nacional.

 


Julio Ortega Fraile, activista por los Derechos de los Animales, escritor, coordinador de la Plataforma “Manos Rojas”, colaborador en El Caballo de Nietzsche y presentador del Programa PUNTO DE LECTURA en la TVAnimalista. Fui Delegado para Pontevedra de la Asociación Animalista LIBERA! y Secretario de Organización y Delegado para Galicia del PACMA. Mi libro: Servidumbre Humana, mi película: Los Lunes al Sol, mi canción (a veces cambia, pero no el cantante): Una Noche de Verano de Andrés Suárez. No me gustan las banderas pero me quedo con la republicana y me encanta ver rastas en el Congreso de los Diputados. Y sí, le tengo mucho asquito al rey, al de antes y al de ahora.

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En la segunda década del siglo XXI la caza sigue vigente como práctica que presenta un “saber hacer antiquísimo” según expresan algunos cazadores convencidos, de los muchos, demasiados miles, que todavía existen en España. Aunque la caza se alejó ya de sus históricas funcionalidades, actualmente esa práctica cinegética se vincula con diferentes intereses que quieren justificar, de nuevo para muchos, su continuidad en el tiempo. Por ejemplo, con la tradición, identidad, ocio, deporte, ecología, relación social, economía o turismo. La caza sirve incluso como seudoterapia para apaciguar determinadas personalidades disfuncionales de algunos individuos que forman parte de la sociedad.

Volviendo a la intersección de la caza con los diferentes contextos citados, puede afirmarse que hoy esa práctica “quiere continuar de moda” (basta con ver la cantidad de cotos de caza que plagan el territorio español), como mínimo en ciertos sectores (históricamente formados por las élites aunque posteriormente se haya popularizado y convertido en una práctica “recreativa” como lamentablemente presenta la actual Ley(1) y, a la vez, se ha convertido en una cuestión especialmente controvertida. La caza, que fue un elemento primordial en el ámbito de la evolución humana o en la organización social de cazadores-recolectores, afortunadamente hoy presenta un escaso interés entre las generaciones jóvenes. Se observa un grado destacado de rechazo hacia la caza, incluso entre aquellos que son omnívoros y que no abogan directa o conscientemente por los derechos de los animales. A pesar de ello, se mantiene el empeño de la sociedad cazadora por continuar con su nefasta labor pedagógica entre los más jóvenes.

Una primera aproximación conduce a buscar una definición de qué es la caza y qué significa ser cazador, pero no existe una respuesta indiscutible sobre ambos temas, ni tan siquiera una respuesta consensuada entre los mismos cazadores. Más allá de ser considerada una actividad inserta en los contextos anteriormente citados (ocio, economía, deporte, relación social, etc.), cazar presenta una gran complejidad, de modo que su significado sobrepasa la definición de la Real Academia de la Lengua Española: “Buscar o perseguir aves, fieras y otras muchas clases de animales para cobrarlos o matarlos”. Enunciación que se aproxima a muchas de las ideas u opiniones dadas entre cazadores y que, inicialmente, sirve como categorización grupal. Cazar no es solo el acto en sí ni la actividad global en sí misma sino que se le suman la simbolización, socialización y jerarquización que se produce entre los cazadores.

De lo anterior deriva que la caza presenta un itinerario que transita desde crear la caza como acto en sí mismo; a recrear la caza que se produce en la interacción social entre cazadores que incluye la comunicación y el intercambio verbal conducente a la jerarquización colectiva. Y, en último lugar, se encuentra la representación, a través de la que se asimilan profundamente las opiniones, creencias, comportamiento, etc., tanto individualmente como en comparación con los otros, configurándose teórica y simbólicamente esa representación, otorgando determinados valores a la acción desarrollada que será compartida por los integrantes del grupo de cazadores.

Citado por Ortega y Gasset(2), cazar es buscar la caza, expresión que espejea el sentir de muchos de los cazadores. Santos, cazador ya viejo pero que todavía conserva su carácter duro, orgulloso de ser experto en matar y de su hombría demostrada en esa labor, como él mismo se reconoce, cuando narra sus experiencias cinegéticas de tantos años, dice:

…yo busco la caza y eso es cazar, aunque a veces me pase las horas por el monte con frío, a oscuras, porque vas de madrugada, ni siquiera, porque son las 4 de la mañana y andas casi sin ver, te arañas, te das de golpes pero tú sigues intentándolo… el silencio, que no te oigan [los otros animales] y te vas pensando dónde harás el aguardo y tienes que ser rápido y sin ruido[baja la voz] sin nada de ruido porque allí solo tienes ruidos del campo y ellos [los otros animales] te oyen, son muy finos y saben que estás allí”.

Para este cazador, matar, “cobrar una pieza”, en ocasiones pasa a un segundo lugar aunque sea muy relevante, porque lo primero que hace es crear la caza, que significa buscar el lugar, levantar el aguardo, “oler” a sus posibles presas, deambular por el monte, en definitiva preparar un escenario donde matar será para él el resultado merecido, el premio del cazador. La absoluta satisfacción al completar el ciclo. Como dice Ortega y Gasset, el cazador mata por haber cazado. La cuestión es, sin duda, desvelar que todo ese trabajo que lleva a cabo aquél que se considera “buen cazador”, como manifiesta el informante, es una tarea perversa que no es inherente a la naturaleza humana, como gustan de afirmar los cazadores; ni es una tradición ancestral que deba perpetuarse, dado que las tradiciones cambian de acuerdo con las transformaciones sociales. Y ahora la sociedad tiene otros horizontes alejados del “cazar-matar-cazar”, por mucho empeño que le pongan los cotos y sus funestos intereses lucrativos.

Hoy no hay explicación posible que justifique la matanza de los otros animales bajo el titulo de cazar, sea desde la perspectiva que sea. Tampoco sirven argumentos que pasan por situar a los animales humanos como depredadores naturales de los otros animales puesto que existen numerosas opciones para alimentar a las poblaciones humanas. Y, desde luego, la caza no es en ningún caso un método para controlar la superpoblación de determinadas especies animales, de ninguna. La cuestión que rodea a estas y a todas las creencias que contornean el tema de la caza se sitúa en los mitos. Y estos son historias que, desde tiempos inmemoriales, las diferentes culturas han creado para expresar sus experiencias, ambiciones, éxitos; para comprender el sentido más profundo de la vida, para contarse cómo funciona el mundo. Estas narraciones son falsas pero se convierten en paradigmas tanto para el conocimiento como para la acción. El carácter ontológico de los mitos reside en esa capacidad de integrar, de forma coherente, una visión del mundo y de la vida humana con otros modelos de carácter normativo y ético dirigidos a regular el comportamiento individual y social.

Santos cree que es un buen cazador, a diferencia de otros con los que comparte “salidas de caza”. Y lo cree porque cazar es, para él, una tradición que se da en su familia, que le transmitió su padre:

…¡soy cazador desde que nací!…cazar es duro, tienes que aprender de otro cazador, mejor si es tu padre o tu abuelo porque ellos te hacen fuerte, te enseñan a ser hombre, a ser paciente, a esperar que pasen [los otros animales]… a buscar el lado donde el viento no lleva tu olor, la alerta… que has de estar muy despierto y escuchando los ruidos, fundirte con el entorno, con el monte, para que no te vean [los otros animales]. Aunque no te mueves y respiras en silencio, estás en constante alerta, esperando, esperando… Se trata de esperar al animal no de ir a buscarlo. Y mientras te congelas porque hace frío y echas mano de la botella o de la petaca y te das unos tragos para calentarte pero todo en silencio… y mientras, amanece y eso todo es vivir como lo han hecho siempre los hombres. Cazar es cosa de hombres que son los que llevaban la carne para alimentar a sus hijos. Y hay que ser muy hombre para cazar bien”.

Cazar es fundamental en la vida de este informante, forma parte indiscutible e inseparable de su identidad como hombre. Ser cazador le confiere identidad al ser reconocido por otros como tal y al reconocerse como integrante de un grupo “de prestigio” para él. La caza traslada al cazador a un tiempo distinto, a un pasado remoto, despertándole un supuesto instinto ancestral por matar al otro animal, impulso que el informante reconoce como propio del hombre(3).

Para Santos el (otro) animal no es un ser en sí mismo sino que su dimensión simbólica y el vínculo humano-animal solo aparece a partir del interés del primero por capturar y matar, “cobrar”, al segundo. Y eso es lo genuino de su labor contra lo tramposo de la caza “preparada” como la “suelta de las perdices”:

…la caza de veras es la que tú sales a buscar y te encuentras a la perdiz revolcándose en la tierra, espurgándose, y le tiras y le das y la buscas y la coges y la cuelgas de tu canana y te las vas colgando… muchas, 20 o más según el día… yo llevaba mi reclamo [perdiz enjaulada que atrae a otras] que lo cuidaba como a un hijo para que cantara bien, le metía en su jaula verde pequeña [jaulas de alambre fino, ligeras, generalmente pintadas de color verde “botella” para que se asimilen al entorno] y la dejaba allí en medio, sola, cantando temprano, para atraer perdices y me quedaba quieto, agarrotao, con los cartuchos metidos en la escopeta, apuntando, apuntando… llegaban de golpe revoloteando con ese vuelo pesao de perdiz que se tira al suelo y luego se levanta así [imita con las manos cómo se tira y remonta la perdiz] y “pam” le daba y “pam” a otra y así… esa es la verdadera caza la que te buscas porque eres cazador y no señorito… y luego en la casa les cortaba las patas y las guardaba en una caja con otras muchas patas que son el premio de muchos días y se las enseñaba a todos, a los otros cazadores y te haces fotos cuando llegas con todas [las perdices] colgando del cinto ¡qué bonitas son las perdices! Y te miran [los otros cazadores y la gente] y les miras… y te admiran”.

El cazador, entre los “suyos”, experimenta una sanción social positiva hacia la práctica cinegética, con expresiones de aprobación. Estas sanciones refuerzan el comportamiento del informante, naturalizan el hecho de matar e integran sus acciones en el contexto de la comunidad, dando lugar a que otros individuos deseen emular ese “saber hacer” cinegético que otorga hombría, admiración, dignidad, estatus social, etc.

Por otro lado, en su discurso Santos muestra cómo se lleva a cabo el proceso socializador cuando refiere que piensa en enseñar a su hijo a cazar:

…¡Eres todo un hombre! ¡machote, machote! me decían allí en el pueblo cuando volvía de cazar… estaba el juez que es mi primo y el maestro y un alcalde también buen cazador, el cabo de la Civil y otros del grupo, el cura a veces también venía y nos íbamos a tomar un chato y me llevaban a comer ¡que debes de estar con hambre! decían… vente a comer las migas que te preparao, decía mi madre y yo iba, íbamos todos a las migas… después de comer yo le enseñaba a mi hija la caza porque era muy curiosa la chiquilla y acariciaba las perdices muertas y alguna liebre que también caía… ¡qué cría aquella! se ponía a llorar y se iba con las cabras…pero luego le gustaba ver las patas de mis perdices, me pedía la caja y jugaba o no sé lo que hacía…[…]… mi hijo que era muy pequeño le gustaban las perdices y yo le enseñaba la escopeta, le hacía oler los cartuchos vacíos… pensaba que le enseñaría a cazar como su padre, como su abuelo y así… porque el cazador se hace de otros, le enseñan, y luego se hace a sí mismo, quiero decir que aprendes pero luego te espabilas y te haces buen cazador cuando sales solo y te buscas la caza ¡así se aprende!…”.

En la narración de Santos se observa la masculinidad heterosexual atribuida a los varones, al realizar una serie de comportamientos por los que esa masculinidad les define. Los hombres se encargan de llevar a cabo los actos o actividades espectaculares, arriesgadas y transitorias. En tanto que las mujeres se consideran, en general y socialmente, menos preparadas o capacitadas para el desarrollo de esas actividades. En el ámbito de la caza, las mujeres no son bien acogidas:

… no son cazadores, no aguantan lo que nosotros y son miedicas pero además ¿dónde se ha visto mujeres cazadoras? Somos los hombres los que siempre hemos ido a cazar y las mujeres esperan la caza para trabajarla en la cocina, así se ha hecho siempre…además los hombres cuando vamos de caza hablamos con nuestras palabras gruesas, hablamos de nuestras cosas y de mujeres también así que… hace falta ser hombre para estar con cazadores…” dice Pedro, el primo juez de Santos.

Mientras que la feminidad no acostumbra a ponerse en entredicho, la masculinidad casi siempre lo está, lo cual provoca que muchos rituales, como en la caza, se basen en demostrar públicamente los componentes masculinos de quienes los realizan. Los cazadores se mueven en un contexto de virilidad exacerbada y a casi ningún cazador se le ocurriría poner en duda que aquel que forma parte de ese ambiente de la caza no sea un “hombre de verdad”. Otro aspecto definitorio del cazador es la violencia, sobradamente manifiesta a través de las armas que porta (escopetas, ballestas, cuchillos, arcos, machetes, etc.) y que, indefectiblemente, provocarán la aparición de la muerte. Una forma de muerte que es asesinato, brutal, sangriento, donde el carácter depredador de determinados individuos reaparece en su forma más abyecta.

La voz de Pedro pone de manifiesto la división sexual del trabajo que se convierte en división sexual del ocio, si se entiende la caza desde esa perspectiva que, al igual que desde los otros enfoques, resulta inaceptable. Se categoriza lo normal, lo propio y lo natural a través de roles establecidos para cada sexo, que entronca con un género concreto a partir del cual se desarrollará el proceso enculturador o socializador. Este informante no es un cazador en sentido estricto, tal y como lo entienden los de su grupo y como lo significa el propio Pedro, sino que lo es por “masculinidad” y por cargo público de prestigio social, que le atribuye un “lugar social” concreto en el pueblo donde reside. Pedro cree que forma parte de la élite (la que mantiene la “tradición” de cazar y los cotos, según sus palabras) porque tiene un nivel cultural superior y ello, junto con el prestigio de ser cazador ocasional, se traduce en elementos de valor social que le acreditan:

…soy cazador “a medias” [bromea] pero pertenezco a una clase social más alta porque he dedicado mi vida a estudiar y trabajar [fue juez] mientras ellos [Santos y otros cazadores del grupo] se dedicaron a cosas sencillas (carpinteros, fontaneros, panaderos, etc.) y a cazar y claro se han forjado como cazadores, conocen el monte… y yo… yo conozco las leyes y también la caza aunque menos…”.

Cuando Santos explica algunas salidas con otros cazadores señala que algunos de ellos, procedentes del ámbito urbano, “no tienen conciencia” y “no respetan el monte”:

… algunas veces íbamos en grupo, 10 o 12 [cazadores] que son muchos y nos decíamos por dónde y cómo situarnos para no apelotonarse y pegarnos tiros entre nosotros. Llevaban perros…Yo nunca quise porque son un estorbo cuando ya no sirven y como aquí no gastan plomo en ellos, los abandonan o los tiran a pozos para que no vuelvan… yo no estoy de acuerdo y por eso nunca tuve perros. Mi padre sí tenía y muchos y los mataba como fuera porque decía que total no eran más que perros y las perras harían más… […]…Cuando íbamos juntos con algunos que venían de la ciudad, ese día era un infierno porque una cosa es cazar y la otra es destrozar. Llegaban con el ansia y disparaban a todo… a todo lo que se movía le tiraban ¡una barbaridad!… una vez vi a uno disparando a sus perros porque no había cazado nada y estaba rabioso. Los mató a los 5 perros que tenía. Eso no es cazar. Yo eso lo veo mal… pues esos cazadores de ciudad venían vestidos de domingo y tiraban a todo ¡un desastre peligroso! Porque esos no son cazadores de verdad…”.

En este fragmento del relato de Santos se observa el cruce entre qué es lo que se entiende por caza y el concepto de cazador, que han ido esbozando los informantes a través de sus explicaciones. De manera que, obviamente, aquel que caza es el cazador y que el cazador es quien caza. Pero, no todo el que caza recibe la consideración de cazador. Puede deducirse que se trata de una atribución y reconocimiento social que, de nuevo, conduce a los conceptos de hombría, masculinidad, hombre hecho a sí mismo, etc., que describen a un tipo particular de individuo capaz de matar a otros animales sin cuestionarse su acción desde una posición ética.

Una de las ideas que deriva de esta breve reflexión etnográfica es que, aunque Santos y Pedro sean cazadores de diferente nivel de experiencia, ambos son viejos de más de 80 años y sus experiencias cazadoras acabaron hace más de 15, lo cual presenta un recorrido que quizá sea diferente al que siguen los cazadores actuales. Sin embargo, de sus narraciones se desprenden dos tipologías de cazadores todavía existentes: el solitario, que rastrea el monte en busca de signos que le muestren lo invisible, que le procuren acechar al (otro) animal y matarle en exclusiva y, por otro lado, el grupo de cazadores (rurales o de ciudad) que practica la caza con relativa frecuencia, sea en el monte o en el coto, y que, a diferencia del cazador hecho a sí mismo, son gentes que cazan por entretenimiento, para romper con la monotonía de sus vidas mientras acaban con las de otros animales.

Un aspecto que sobrevuela lo contado por los informantes hace referencia a la idea de “ser cazador” y el “señorito”. El primero, se ha dicho ya, se hace a sí mismo y busca la caza. El señorito es aquel que caza en el coto y ese hecho en sí mismo es, para muchos, demasiados cazadores, un elemento de prestigio. Porque la caza representa una inversión económica notable realizada por los cazadores, en forma de pago de cuotas de los cotos, los perros, armas, munición, viajes, manutención, vestimenta, auxiliares de campo, etc. Es una caza mercantilizada y ese es, precisamente, uno de los móviles que dan continuidad a la práctica cinegética.

Otros elementos que se manejan asiduamente para justificar el supuesto valor de la caza es el querer considerarla patrimonio inmaterial y disfrazarla con términos como cultura, tradición, identidad, reconocimiento social, prestigio y un largo etcétera de palabras con las cuales defender lo indefendible de matar a los otros animales. La caza, sin lugar a dudas es una actividad predatoria que no se puede justificar, ni puede tener lugar, en nuestras sociedades.

A titulo final, recordar a los dos informantes, miembros destacados de un grupo de cazadores, que con sus relatos han hecho posible esta aproximación al mundo de la caza. Ello no obsta para señalar que hoy, esos dos viejos, achacosos y un tanto obesos, de ralo pelo blanco, con rostros repletos de arrugas y tez morena, medio cegatos, aparecen como ancianos apacibles y bondadosos que dormitan al sol de una tibia mañana de invierno, mientras en su haber cuentan con la matanza continuada de los otros animales. Un genocidio realizado a lo largo de más de 70 años de sus vidas. Y no expresan en ningún momento arrepentimiento alguno porque entienden que “la caza es algo natural en el hombre”, con lo cual ni siquiera se les ocurre cuestionarse su comportamiento.

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(1) Código de Caza (pdf) – BOE.es La última versión de este Código está disponible en: www.boe.es/legislacion/codigos/
(2) Ortega i Gasset, J., 1960 Sobre la caza, los toros y el toreo. Madrid: Revista de Occidente, Alianza Editorial.
(3) Se utiliza “hombre” porque es el término que emplea el informante. De no ser así, se usan las expresiones “ser humano” o “individuo” que se entienden políticamente correctas para incluir al género femenino que no se encuentra representado en el vocablo hombre.

 

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Antropóloga, activista por los derechos de los animales, feminista, vegana, heterodisidente. Acompaño y comparten mi vida tres gatas maravillosas. Fundadora de Antropología de la vida animal. Grupo de estudios de Etnozoología. Profesora universitaria: explico a generaciones de jóvenes quiénes son los otros animales con la esperanza de que un día cambie la consideración hacia los animales no humanos.

1275

El ave será declarada buena cuando caiga herida o muerta por uno de los tiros y recogido dentro del radio de muerte. Reglas técnicas federativas.

Los cartuchos del nº7 van cargados de perdigones de 2,5mm. En el caso de la munición de 36 gramos, establecida por las reglas técnicas de palomas a brazo(1) de la federación española de caza(2), representan 408 perdigones en cada tiro contra un pequeño cuerpo. Nunca más de 380gr, 37cm del pico hasta la cola y 72 entre las alas, recibiendo una lluvia de plomo con toda la fuerza de un enorme calibre 12, preferido en EEUU para que matan con ellos aves grandes como pavos americanos y que se ha impuesto por cuestiones de moda.

El pasado domingo 27 de septiembre en Catarroja(3) (País Valenciano), los tiros tronaron uno tras otro y cubrieron el suelo de animales acrivillados. Era un entretenimiento del domingo para cazadores que disparaban a animales arrojados a brazo por unos hombres que hacían movimientos semejantes a los de un pitcher de béisbol.Captura de pantalla 2015-10-06 a la(s) 11.24.53En lugar de una pelota, lo que lanzan es una pobre ave con la cola mutilada que es ejecutada mientras intenta tomar el control con sus alas, mientras se esfuerza para dejar de ser la pelota de béisbol en que la acaban de convertir.

También se tiene que mencionar la otra forma de lanzamiento. Se hace con una máquina casi idéntica a las que lanza los platos de este mismo deporte, que maneja un “maquinista” con carné como el que deben tener los pitchers, conocidos como colombaires. La situación es idéntica si no fuera por el golpe del aparato eyector y la potencia del impulso. En todo caso, el ave se pasa los vitales primeros segundos luchando para tomar el control de un vuelo que no es suyo.

El alcance de las escopetas con una mínima precisión es muy corto, de unos 25 o 30m. Las personas tiradoras necesitan matar de cerca y rápido, y necesitan de la ventaja que les da un animal lanzado, desequilibrado y desorientado, que lucha por recuperarse y que, por supuesto, no sabe lo que le espera. También les sirven animales “liberados” desde cajas situadas en el punto de mira de las escopetas. Dicen los reglamentos que la persona tiradora debe situarse en posición y, ya preparada, esperará el aviso de “listo” de quien lanza o suelta las aves. Sólo cuando grita claramente “pájaro” le sueltan al animal, sobre el que puede hacer dos tiros reglamentarios(4). La única oportunidad de la paloma o de la codorniz es que la persona tiradora falle.

Estas normas, sin embargo, no dejan que el animal tenga otra consideración que el de pelota. Es aterrador verlo en los reglamentos como el objeto que permite valorar si un tiro es un acierto o un error, como prevén sus trayectorias de caída, ya llenos de perdigones, hacia dentro o fuera de la “zona de muerte” delimitada con rayas pintadas en el suelo, vallas de alambre, postes con banderas y cuerdas. Además de acertar el tiro, se ha de acertar la caída del animal dentro de los límites de una zona de juego al modo del tenis o del voleibol. Incluso se prevén los rebotes de los cuerpos por la fuerza de la caída y la posición sobre la misma línea y, como aún puede estar vivo, la posibilidad de que caiga dentro y consiga salir caminando o recuperando el vuelo.

También son el objeto de recuento, son goles tangibles. En este juego, cogen cadáveres y animales moribundos y los cuentan para ver quién ha hecho más “buenos”, para ver quién ha ganado entre risas, junto al bar y el restaurante donde pueden estar preparando la paella de la comida. Como quien los ha matado los ha pagado, después se las puede llevar o las puede tirar a la basura, las palomas muertas mezcladas con las que todavía están vivas y esperan una muerte tan lenta como la de las “errores”, los cadáveres de las que se pueden encontrar a decenas por el exterior del campo de tiro.

Estos cadáveres y su letal carga de plomo(5) quedan al alcance de roedores, felinos, mustélidos, córvidos… El saturnismo (intoxicación por plomo) matará muchos más animales, incluso especies protegidas como las águilas imperiales, y multiplicará el balance de víctimas de este macabro shooter(6) con sangre de verdad. El plomo puede estar contaminando los perros de caza a los que, según dicen, dan para comer estos “trofeos”, e incluso puede estar contaminando los mismos cazadores y sus familias.

Es más difícil de entender cuando esta práctica ya ha incorporado sus alternativas con objetos de verdad, que no se deben matar y que, por tanto, permitirían el uso de otros tipos de “metralla”. Es el tiro al plato con todas sus modalidades, tres de ellas olímpicas, o el tiro a hélices. Estos dispositivos tienen trayectorias que no se pueden predecir, aumentan su velocidad progresivamente durante el vuelo y obligan a centrar los tiros, ya que se ha de acertar el cuerpo de la hélice para tumbarla de la misma manera que hacen con las palomas, las perdices o las codornices. Sí, incluso tienen algo que simula la interacción con un animal que lucha por su vida… Y siguen matando.

En resumen, otra forma de diversión con el sufrimiento y la muerte, formas que se cuentan por cientos y que hablan de lo que es el ser humano y, sobre todo, de lo que el Progreso le obliga a dejar de ser. Reuniones de hombres, de machos que se justifican unos a otros en el abuso, que se refuerzan y se dotan de apoyo mutuo para aplastar a quien es más débil sin ninguna justificación. Como ocurre con la tortura taurina, basta decir que el siglo XXI está aquí para quedarse, y que esta forma de hacer tiene que irse como el pasado al que pertenecen.

Sencillamente, por la abolición de todas las formas de tiro a aves vivas, sin excepción alguna. Cambia palomas para platos o hélices.

 

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(1) Federación Andaluza de Caza, reglamentos de caza lanzada. http://www.fac.es/agenda/competiciones/caza-lanzada/. Artículo 15.13 de las reglas técnicas de palomas a brazo. A las reglas técniques de las codornices lanzadas a máquina, el calibre 12 e establece en el artículo 11.23.

(2) http://www.fecaza.com

(3) Acto de protesta de la operación para la prohibición del tiro a aves soltadas o lanzadas, sin ninguna excepción. https://www.facebook.com/events/833284843456276/

(4) Artículo 14.8 de las reglas técnicas de palomas a brazo; 11.2 i 11.3 de las reglas tècnicas de las codornices lanzadas a máquina.

(5) Animalisme CAT, 21/06/2013, Traces de metall, http://animalismecat.blogspot.com.es/2012/06/traces-de-metall.html?q=plom

(6) En la clasificación de los videojuegs, los de tiro.

 

La parte de mi biografía de la que estoy más orgulloso es que soy vegano, que hace de la justicia un ejercicio cotidiano. También me gusta mucho haber aprendido Historia en la Universidad de Valencia. Soy militante antiespecista, feminista, LGTBI , ecologista, socialista e independentista. En definitiva, no quiero privilegios y, aún menos, los que se supone que me han de privilegiar mí.
Soy militante de Iniciativa Animalista

 

2262

El documental sobre la realidad del galgo en España se publica online y de forma gratuita a partir de febrero después de una clamorosa acogida y repercusión mediática.

Febrero, el miedo de los galgos, es un documental independiente que narra la terrible situación que viven decenas de miles de galgos cada año en España. Es el resultado de dos años de trabajo, de filmación y edición en solitario de la realizadora Irene Blánquez. Su lanzamiento el año pasado marcaba también el nacimiento de Waggingtale Films, una productora animalista y ecologista creada por la joven directora catalana junto a la diseñadora gráfica Mabel Vicente.

La caza de la liebre se practica en zonas rurales y expone al galgo a una vida de miseria y crueles entrenamientos. La temporada de caza acaba en febrero y el número de galgos abandonados en esta época del año se dispara. Por este motivo, Waggingtale Films, ha decidido publicar el documental de forma libre y gratuita en la web www.febreroeldocumental.com, alertando así, al máximo de personas posible, sobre la realidad del galgo en el mes más crítico, febrero.

La película, intercala entrevistas con animalistas y cazadores de liebres (galgueros). Se muestran, de este modo, las dos caras del mundo que rodea al galgo español: la explotación y el abandono masivo al terminar la temporada de caza y la esperanza de manos de protectoras y asociaciones como SOS Galgos.
Irene Blánquez presenta un trabajo arriesgado y contundente en cuanto a contenido, que a su vez es acompañado por una cuidada fotografía y banda sonora. Evitando el sensacionalismo y procurando dignificar al galgo español, este documental de una hora de duración, puede verse sin miedo y en familia, ya que no contiene imágenes explícitas.

El documental realizó una extensa gira por todo el territorio español en 2014 para el público en general, proyectándose de forma gratuita en más de setenta localidades dentro de un circuito de distribución independiente, a excepción de Madrid y Barcelona, donde pudo verse en salas comerciales. Todo ello se realizó sin contar con distribuidora, ni ningún tipo de financiación externa, pero con la colaboración de asociaciones, ONGs y particulares.

Desde marzo Febrero, el miedo de los galgos, a parte de estar en fase de distribución en Francia, Argentina, Italia y EUA, ha estado disponible en la plataforma de visionado legal Filmotech, siendo la película más alquilada y vista en la historia de dicha plataforma.

Galardonado con el Premio Huella de Oro 2014 a mejor documental de defensa animal, Febrero, el miedo de los galgos, también fue proyectado en el Congreso de los Diputados gracias a la celebración de un foro promovido por la Asociación Parlamentaria en Defensa de los Animales (APDDA) y en el que también participaron SOS Galgos, SPCAI, la Fundación Franz Weber, la Asociación Animalista Libera y Galgos sin Fronteras entre otros.

 
ENTREVISTA A IRENE BLÁNQUEZ, DIRECTORA DEL DOCUMENTAL

 

1329

La CIPAC denunciará a los Ayuntamientos del Baix Segre que mataron perros asilvestrados sin sopesar otra solución.

La CIPAC en representación de las 120 entidades adheridas ha solicitado los servicios de Iuris Animal abogados quienes presentarán una denuncia ante la justicia por incumplimiento de la ley de protección animal y la matanza indiscriminada de los perros.
LA CIPAC entiende que los Ayuntamientos del Baix Segre (Aitona y Seròs) son los responsables de la matanza de las ovejas que tuvo lugar hace unas semanas en el municipio de Seròs supuestamente, por una manada de perros, por dejadez de sus funciones y de su responsabilidad en la recogida de los animales abandonados de sus municipios durante años.

La alcaldesa de Aitona y portavoz de CiU en la Diputación de Lleida, Rosa Pujol, llegó a afirmar rotundamente que no tenía la obligación de contar con un servicio de recogida y acogida de animales abandonados, admitiendo que incumplía la ley y denotando un desprecio absoluto hacia el esfuerzo que realizan la mayoría de ayuntamientos que sí cuentan con este servicio.
También argumenta la comisión de entidades que la decisión de matar a los perros fue una medida innecesaria y precipitada, que los animales podían haber sido capturados y llevados a un refugio donde pudieran ser adoptados por familias adecuadas.
Desde Generalitat, Ayuntamientos y el Jefe de los Agentes Rurales en Lleida, han querido vender ante los medios que los perros eran muy peligrosos y agresivos, cuando la realidad es que estos animales huían de los humanos y no habían atacado a ninguna persona. Como se puede observar en las imágenes que corresponden al único perro adulto capturado vivo, en el momento en que pasó a manos de una entidad de protección animal, se mostró dócil con los voluntarios y sin manifestar agresividad en ningún momento , todo lo contrario. Y eso teniendo en cuenta que fue utilizado de cebo dentro de una jaula para intentar capturar a los otros perros durante una semana, lo que le podría haber traumatizado enormemente.

Son legales las redadas?

La CIPAC duda de la legalidad de estas batidas autorizadas a los cazadores por la Generalitat porque, según el Artículo 19 de la Ley de Protección Animal de Catalunya “corresponde a los ayuntamientos la captura en vivo de perros, gatos y hurones asilvestradas por medio de la inmovilización a distancia “. Y sólo “en caso de que la captura por inmovilización no sea posible, el departamento competente en materia de medio ambiente debe autorizar excepcionalmente el uso de armas de fuego”.
La CIPAC y el bufete de abogados Iuris Animal estudia denunciar a Medi Natural por emitir una orden de matar perros con armas de fuego, al considerar que estas resoluciones fueron emitidas sin la justificación necesaria que impone la ley ante estos casos excepcionales y con absoluta falta de rigor y control.

Y no deja de ser sorprendente que se autorice una acción como ésta en ayuntamientos que no disponen de servicio de recogida de animales, ni sienten que tengan la más mínima obligación de tenerlo.
Las declaraciones públicas del coordinador del operativo de las batidas, el jefe de los Agentes Rurales en Lleida, Llorenç Ricou, tampoco muestran que haya habido mucha voluntad de buscar una solución alternativa, ni tan solo consultar o pedir asesoramiento a las entidades protectoras
Es más, en la redada participaron, según la Generalitat: agricultores, cazadores, Mossos d’Esquadra, pero ningún miembro de las entidades de protección animal aunque habíamos ofrecido nuestra colaboración.

Nota de prensa de la CIPAC

1745

En el municipio de Serós (Lleida) se están realizando batidas por parte de cazadores y Agentes Rurales para exterminar a los perros abandonados mediante un método de señuelo. Éste consiste en mantener al perro líder de la manada encarcelado para que atraiga a los demás miembros, momento en el que son abatidos por agentes rurales escondidos en la zona. De este modo, se vulnera lo establecido en la Ley de Protección Animal de Cataluña, que en su artículo 16.1 establece: “Corresponde a los ayuntamientos la captura en vivo de perros […] asilvestrados por métodos de inmovilización a distancia”.

Asimismo, en casos de sacrificio, la ley vigente establece que “se debe efectuar […] de manera instantánea, indolora y previo aturdimiento del animal” y “el sacrificio […] de los animales de compañía deben ser efectuados siempre bajo control veterinario”. Ambas obligaciones legales han sido ignoradas por el Ayuntamiento y la Generalitat, quienes han pedido autorización y autorizado respectivamente a matar a tiros a los perros abandonados de la zona.

PACMA denunció la caza indiscriminada de perros en este municipio el 15 de noviembre y solicitó que se denegaran y revocaran las autorizaciones concedidas para la caza de perros. Al ver que dichas prácticas se mantienen, el Partido Animalista ha vuelto a denunciar y solicitar que se revoquen de manera inmediata las autorizaciones para la caza o, al menos, que queden suspendidas hasta que la primera denuncia termine su curso.

Los perros ‘asilvestrados’ son resultado de la nula gestión de los animales abandonados que tradicionalmente ha realizado el municipio de Serós. El Partido Animalista lleva años reclamando la importancia de una adecuada gestión de los animales abandonados, recordando a los consistorios su obligación de hacerse cargo de los mismos, y proponiendo que efectúen campañas de promoción de la adopción y la tenencia responsable.

Resulta totalmente inaceptable que un Ayuntamiento ignore su obligación legal de la gestión de los animales abandonados y pretenda solucionar un problema social a través del exterminio por parte de cazadores.

Nota de premsa de PACMA

1534

En mi tierra, el País Valenciano, el gobierno del PP cumplirá 19 años saliendo de las urnas y entrando en los juzgados. Entre sus últimos estertores (esperemos) estará una “Ley de Señas” para blindar legalmente el secesionismo lingüístico y el linchamiento dels “bous al carrer”. Uno de los objetivos de esta ley sería, según el Conseller de Gobernación Luis Santamaria, “redoblar la presión sobre aquellas iniciativas que atentan contra las señas de los valencianos [y valencianas, supongo]”.

Es el “que hay de lo mío” del mundo tauricida: siempre han dicho que lo de torturar animales es legal, incluso constitucional, y que por este motivo se ha de perseguir y castigar a quien “no cumple la ley”. Vamos a hablar, ahora, de otros que también llevan toda una vida con su “que hay de lo mío”: el mundo del “parany”. En su caso, de lo que se trata es de respetar la sacrosanta tradición, aunque esto implique no cumplir las leyes. Para actuar con absoluta impunidad, también necesitan la protección de la gente de las urnas y los juzgados.

El “parany” y el “enfilat” se justifican dentro de una práctica que se llama silvestrismo. Antes que nada, es una forma de caza: consiste en capturar aves libres con el objetivo de meterlas en jaulas toda su vida. Las víctimas son pájaros fringílidos, pequeñas aves comedoras de semillas y con un lenguaje formado por un repertorio de cantos enormemente diverso. Es el canto de los pájaros que más oímos, el de los pinzones, verderones, pardillos y, sobre todo, jilgueros.

Sus captores han catalogado completamente el lenguaje de las aves con lo que llaman códigos de canto. Describen los patrones y criterios para identificar y valorar las distintas formas de expresión de ese lenguaje dentro de campeonatos. Son una impresionante representación del vacío y la tristeza: las pequeñas jaulas de madera son colgadas en postes bien distanciadas un s de otras, en frente de las mesas de los jurados y del público, que debe permanecer en silencio. Y, de esas cadenas perpetuas que roban cada minuto de vida de sus pequeñas alas, sale el precioso canto de los pájaros.

En el mundo del silvestrismo, hay quien lo llama “el derecho a capturar la belleza”.

Las aves no quieren dar continuidad a su condena y no crían en cautividad. Por ello, los cazadores dicen que no se puede prohibir la captura porque eso significaría el fin del silvestrismo. Necesitan capturarlas y “enseñarlas”, obligarlas a aceptar su condición de esclavas que han de cantar cuando los dueños quieren. Su problema es que las leyes europeas protegen las aves fringílidas y, sobre todo, prohíben de forma tajante los métodos de caza no selectivos como las redes, que atrapan cualquier ave con un tamaño que no le permita escapar a ellas. Caen pájaros fringílidos migratorios, especies protegidas y en peligro de extinción que sufren estrés, se rompen a las alas o las patas y mueren.

Los métodos son muy truculentos. En el País Valenciano, las redes más comunes se llaman “enfilat”. Es una trampa abatible que el cazador escondido acciona a distancia, y cae encima de las aves que se han posado a comerse el cebo como si fueran dos tapas de una caja. El “parany”, que en Terres de l’Ebre conocen como caza en barraca, es aún peor. Desde el mundo silvestrista lo defienden como el único método válido en determinadas circunstancias, como la caza en zonas boscosas y de montaña o la captura de pinzones, que no suelen caer en las redes.

Un “parany”, o una barraca, es una trampa que aparenta ser un árbol. La captura no se hace con redes, sino con unas varas impregnadas de una pega extraída semillas (vesc) o “lliga” que se clavan en las perchas. Estas hacen la función de ramas para que se pongan aves de cualquier tamaño y especie y, en el momento que están a punto de aterrizar con las alas abiertas, las varas se pegan a ellas. Una vez ocurre esto, no pueden volar y caen al suelo, dentro de la estructura trampa del “parany”. Allí quedan, luchando por librarse de las varas, hasta que llega el cazador. Muchas veces, encuentra cadáveres de animales desplumados y que, incluso, se han arrancado las alas.

Con esta práctica se estima que matan, sólo en las comarcas de Castellón, entre un millón y medio y tres millones de aves protegidas cada año, y desde 2002 lo hacen contraviniendo las leyes europeas y españolas. Todas las formas de caza silvestristas incumplen estas leyes y, en el caso del “parany” i el “enfilat”, también vulneran las diversas sentencias de altos tribunales que culminan con la del mismo Tribunal Constitucional de 2013. La justificación vuelve a ser la tradición, vuelven a salir a la luz viejos tratados medievales y documentos antiguos que, según esta gente, justifican una barbaridad por el hecho de recogerla.

Si, el PP vulnera la Constitución cuando conviene a los intereses que protege, y lo hace con las negaciones, mentiras y manipulaciones de siempre. Mienten sobre la realidad de las capturas y las trampas, niegan la dimensión de la matanza y manipulan sobre reformas destinadas a garantizar que se capturarán los animales sin matarlos. Como dicen desde GECEN (Grupo para el Estudio y Conservación de los Espacios Naturales), cazar con “parany” sin muerte sería como cazar con escopeta sin disparar.

Detrás de toda este discurso silvestristas y de la “captura de la vejez” se esconde una práctica que también es muy vieja: la caza de estos animales para comérselos. Hay muchas pruebas, como las gravaciones ocultas de cazadores con “enfilat” que salen corriendo de su escondrijo para romper cuello de los pajaros capturados supuestamente para la práctica del silvestrismo, uno a uno, aplastándolos con dos dedos y con una habilidad que muestra la práctica acumulada. Los cocinan fritos con tomate o en guisos, y una sola persona se puede comer decenas de estos pequeños cuerpos mutilados de una sola vez. Esto es lo que mueve la matanza de millones de animales cada año. Es un buen negocio e implica la restauración, a los locales donde sirven este tipo de platos y que compran los cadáveres a los cazadores.

Que este artículo sirva como la primera vez que me reiré en la cara del futuro órgano de control para la aplicación de la Ley de Señas valenciana, si es que llega a funcionar alguna vez. La banda del Bigotes puede tener bien claro que ejerceremos nuestros derechos fundamentales y que lucharemos por los de los demás animales sin miedo a sus órganos de vigilancia ideológica, si es que algo parecido se puede llegar a constituir para volver a pasar por encima de la su sacrosanta Constitución. Y, si alguna vez incumplimos alguna ley, lo haremos amparados por la legitimidad de una causa justa, no como sus amigos tramperos y silvestristas.

 

 

 

La parte de mi biografía de la que estoy más orgulloso es que soy vegano, que hace de la justicia un ejercicio cotidiano. También me gusta mucho haber aprendido Historia en la Universidad de Valencia. Soy militante antiespecista, feminista, LGTBI , ecologista, socialista e independentista. En definitiva, no quiero privilegios y, aún menos, los que se supone que me han de privilegiar mí.
Soy militante de Iniciativa Animalista

1546

El pasado mes de Diciembre se estrenó el documental: “Febrero, el miedo de los galgos”, una producción de Waggintale Films, que ha contado con la colaboración del voluntariado de la ONG SOS Galgos. Este largometraje ha supuesto dos años de trabajo no remunerado y se ha hecho con el fin de mostrado la realidad de más de 50.000 galgos en todo el estado.
 

 

A través de Mila, una hembra rescatada en Andalucía por la ONG SOS Galgos y que encuentra un hogar de verdad en Barcelona, nos relata como es, en el mejor de los casos, la vida de miles de galgos. El documental muy completo, cuenta con testimonios de los mismos “galgueros”, del voluntariado de las protectoras y de trabajadores de perreras municipales de todo el Sur de la Península. También cuenta con una banda sonora muy cuidada compuesta por Ricard Latorre. Conversamos con su directora, Irene Blánquez.

1050

Hoy se estrena en Barcelona “FEBRERO, el miedo de los galgos”, primer largo documental de la directora Irene Blánquez, en el que se muestra la realidad que viven decenas de miles de galgos en el estado español.

El hilo conductor del documental es Mila, una galga abandonada en un pueblo sevillano que teme fuertemente a las personas. Mila es rescatada y trasladada a Barcelona por la ONG SOS Galgos a la espera de poder ser operada y empezar una nueva vida.

La caza de la liebre se practica en zonas rurales y expone al galgo a una vida de miseria y crueles entrenamientos. La temporada de caza acaba en febrero y el número de galgos abandonados en esta época del año se dispara. Al igual que Mila, la mayoría de ellos no supera los tres años de edad.

La película intercala entrevistas con animalistas y galgueros. Se muestran, de este modo, las dos caras del mundo que rodea al galgo español: la explotación y el abandono masivo al terminar la temporada de caza y la esperanza de manos de protectoras asociaciones como SOS Galgos.

Irene Blánquez debuta con un trabajo arriesgado y contundente en cuanto a contenido, que a su vez es acompañado por una cuidada fotografía y banda sonora. “Con FEBRERO no solo sale a la luz la impunidad absoluta del maltrato y abandono animal por parte de los galgueros, sino que también se pone de manifiesto abiertamente una España negra que sigue muy viva e inmersa en una realidad social desoladora”, asegura la directora.

Este documental autofinanciado, es el resultado de dos años de trabajo de filmación y edición en solitario de Blánquez, y con el que se estrena también Waggingtale Films, una productora creada por la joven directora junto a la diseñadora gráfica Mabel Vicente. Dicha productora tiene como objetivo llevar a cabo proyectos relacionados con la defensa del mundo animal y del medioambiente.

La proyección en Barcelona tendrá lugar en los ‘Cinemes Girona’ todos los jueves del mes de diciembre a las 20:00. Las entradas tendran descuento para las personas asociadas a cualquier entidad animalista. En Madrid tendrá lugar en la ‘Cineteca‘ de ‘Matadero‘ el dia 15 de enero a las 20:30h.

 

 

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