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“Me cague en la mare que t’ha parit, perra!”

Valencia.  Hace mucho calor.  Unos hombres obligan a unos caballos a tirar de carros, sobre una pista de arena, en un espacio delimitado.  Los caballos deben arrastrar una carga de dos a tres veces su peso. No pueden.  Gritos, golpes.  Por su bien, más vale que puedan con la carga.  Eso es el tiro y arrastre.  Tradición, dicen, que debemos respetar.

Los partidarios de esta actividad, subvencionada con dinero público, repiten que forzar a un caballo a cargar peso hasta la extenuación es una especie de tesoro del pasado que debemos conservar.  Pero el tiro y arrastre surgió en Valencia ciudad, en los años 40 del siglo XX, como forma de valorar la fuerza de los caballos destinados a la huerta.  Fue en los años 70 cuando tuvieron lugar las primeras competiciones informales y hasta los años 90 no hubo federación. No es una tradición, pero, aunque lo fuera, ¿qué? Las tradiciones a respetar son las tradiciones respetables y no hay nada respetable en el tiro y arrastre. Nada.

Lo primero que llama la atención es la tristeza en la mirada de los caballos.  El miedo, la indefensión aprendida. El título de este artículo era el grito de un carretero, a un caballo que, según el amo, no lo estaba haciendo bien.  El análisis feminista es clave para entender que una competición de tiro y arrastre es una muestra de patriarcado, de machismo, tan cruda que tienes que parar a coger aire y respirar.

- Se feminiza a los caballos.  Sus nombres reales son masculinos pero, en competición, son insultados, asediados, golpeados bajo nombres femeninos.

- Se busca la docilidad y la sumisión, siempre.  El caballo tiene que saber en todo momento qué quiere el amo.  Cuando moverse, cuando parar, cuando arrastrar.  Tiene que obedecer o le pasan cosas.  Tienen que intuir, por la voz del amo, cuál es su estado de ánimo.  Ha aprendido a prever el golpe.

Todo este proceso recuerda mucho a la llamada “intuición femenina”: en una situación en la que no es posible una confrontación directa, aprendes por la observación a adelantarte, según exijan las circunstancias, a prever la reacción.

- El caballo camina con la cabeza baja, detrás del carretero. Ni siquiera tiene que hacerlo mal, la amenaza del castigo siempre está ahí.  Es muy común esta escena: carreteros caminan juntos, riendo, pasan al lado de un caballo y uno de ellos le golpea.  Ese golpe demuestra el dominio, reafirma la masculinidad, crea fratría.

- ¿Qué pasa si un caballo pone en evidencia al carretero frente al resto del grupo? Que el carretero le enseña quien manda, le pone en su lugar.  Y su lugar siempre es la sumisión.

- Todo sucede en el espacio público, así podemos imaginar qué pasa en el espacio privado, donde sólo están los carreteros y los caballos.

 

El tiro y arrastre es un ejemplo de cómo se construye la masculinidad, contra quien se construye.  Contra esos cuerpos castigados, que pueden llegar a 700 kg., que han aprendido a obedecer.  Por eso es habitual escuchar gritos como:

“Me cago en la madre que te ha cagado, mírala”.

“Me cago en la leche que has mamado hoy”.

“Lo que pasa es que sabe demasiado, me cago en Dios”.

“Gandula”.

O el “me enfadaré”.

“Me enfadaré”… y será culpa tuya, por haberme provocado, haberme mirado mal, por no obedecer.  Será culpa tuya, porque aquí mando yo.  Por rebelde, por no hacer lo que te digo, por no hacerlo rápido o por hacerlo mal.  El caso es que siempre hay una excusa, porque este sistema permite que siempre haya una excusa para dañar.  Y si el daño es demasiado visible y, sobre todo, si alguien lo grabó, nos dirán que es un caso aislado.

El tiro y arrastre es violencia sistemática, daño constante.  El tiro y arrastre, escribo esto como feminista, corta la respiración.

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Diplomada en Relaciones Laborales. Licenciada en Historia. Militante de izquierdas. Feminista, heterodisidente y vegana.

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Me gusta escuchar experiencias de unos tiempos que hoy parecen imposibles, y aún más cuando aparecenlos otros animales. No lo puedo evitar: mi interés se gira hacia ellos y, con preguntas hechas con todo el cuidado del mundo, los voy sacando de su papel secundario para convertirlos en los protagonistas. Salen del olvido a través de la memoria y la voz de quien me lo cuenta y, poco a poco, la historia de la miseria los va convirtiendo en otros que también trataban de llegar con vida al día siguiente, a pesar de ser los que más difícil lo tenían.

No están tan lejos el tiempo cuando, para mucha gente, no se llegaba al día siguiente con la seguridad de haber comido suficiente como para tapar el hambre. En su casa, en aquel pueblo de Jaén, siempre que podían tenían un cerdo. Le pregunté que le daban de comer, y sonrió. Cada mañana, aquel niño le abría la puerta del corral para que saliera a pastar todo lo que pudiera, lejos de los cultivos: raíces, semillas, frutos, insectos, caracoles… Todo lo que pudiera y antes que otros, humanos o no, con la misma hambre. Se las tenía que apañar por su cuenta, porque en casa no sobraba nada que le pudieran dar.

Si tenían suerte y no se morían de hambre, aquellos cerdos pequeños crecían y crecían hasta arrastrar muchos kilos y, entonces, los mataban. Por supuesto, no era para comérselos: venían toda la carne más buena, y con lo que sacaban, podían comprar cosas como harina o legumbres. En forma de vegetales, podían tener muchas más calorías de las que daba la carne de aquellos pobres animales que habían crecido yendo y viniendo del corral. Podían guardar y racionar mejor aquellas calorías, que mezclaban con unas pocas morcillas y chorizos conservados en aceite y hechos con sangre, vísceras y algún pequeño trozo de la carne más pegada a los huesos de aquellos cerdos.

En aquellos tiempos perdidos, los animales se “cultivaban” como si fueran plantas. Así es la mecánica de la ganadería antigua: la domesticación, ese concepto especista para la esclavitud que los animales humanos imponen a los no-humanos, permite que los unos se acaben comiendo a los otros, que a su vez se han comido vegetales que los animales humanos no se pueden comer. Es una forma compleja de recolección, una de las primeras producciones humanas que, desde el inicio, se ha enfrentado al inconveniente de la enorme cantidad de vegetales y agua necesarios para terminar el proceso, absolutamente dependiente del nomadismo, las trashumancias, el pastoreo. Los animales acaban rápidamente con los pastos de un lugar y, para continuar con su “cultivo”, son desplazados hacia otros pastos.

La agricultura soluciona el problema con la producción directa de vegetales, de los que los animales humanos se pueden comer. Como fuente directa de alimentos altamente nutritivos, permite sacar más de mucha menos cantidad de tierra, permite tener más comida disponible, permite acumular, permite el sedentarismo y el desarrollo de las civilizaciones humanas. También hace que el suelo se convierta en un tesoro que se puede acumular y el trabajo en una riqueza que se puede robar, lo que lleva hasta aquel pueblo de Jaén, donde las familias pobres no tenían tierra. Trabajaban a cambio de una miseria y, mientras, intentaban cazar y recolectar lo que podían (legal o furtivamente) y también intentavan “cultivar” cerdos que podían convertir en harina y legumbres.

Los árboles convertidos en trampas para aves, con el “parany”[1], también fueron formas de cultivar carne de la gente pobre, mientras trabajaba duro para sobrevivir. Como la planta que crece silenciosamente, los árboles hacían caer las aves que, muy a menudo, todavía sufrían su lenta agonía cuando iban a recolectarlas, como quien recoge higos o castañas. Y aquellos terribles frutos también se convirtieron en objetos de venta con los que obtener dinero y comprar supervivencia.

En los mundos al revés del capitalismo, la gente desposeída puede convertir la carne en vegetales. Y puede surgir una enorme industria de la carne que los despoja aún más, transformando los vegetales que nos podemos comer los seres humanos en alimento para los ganados, destruyendo el medio ambiente mientras engulle bosques y selvas, lagos y ríos para convertirlos en más alimento que nutra los enormes campos de exterminio llamados granjas industriales.

En un campo de arroz cerca del Palmar, había una caseta al borde de la acequia. Cuando no habían tractores y la faena de los campos con arados y caballos costaba semanas, humanos y animales no se alejaban del trabajo durmiendo, de lunes a sábado, en aquellas casetas que primero fueron de paja y después de obra. En el primer año del siglo XXI, aquella caseta servía de prisión a dos perros, uno bretón y el otro mestizo de pointer y brazo. En aquella oscura mazmorra pasaban la vida, esperando que llegaran los día de caza.

Muchos años antes, allí vivía una familia sin tierra que pagaba su techo con la guarda del campo y acogiendo los dueños cuando iban a trabajar la tierra con su caballo. Y, con ellos, vivía otro perro muy parecido a los dos prisioneros de ahora. Aquella familia pobre era su manada y, como todos los perros, se dejaba la piel por su gente cada uno de los muchos días que no había nada que poner en la mesa.

El hombre de la casa hablaba con el perro, mientras los cuatro o cinco niños los miraban. Vamos, perro, trae algo, nosotros no podemos hacer otra cosa que esperarte. Y ese perro, todo huesos cubiertos de piel, se iba con la intención de no volver si no era con una gran rata de marjal entre los dientes, una tenca, una serpiente de agua, lo que fuera. Y siempre volvía con algo, incluso podía ser que viniera con un pato de los que habían llegar para anidar.

Y el perro se hacía con unos huesos que roer, mientras su dueño lo miraba con orgullo. Comían pensando que, al día siguiente, era probable que la mesa volviera a estar vacía y que el perro debería ganar la supervivencia de todos y todas. Cuando me dicen que quiero elevar los otros animales en la categoría de los seres humanos, pienso en aquella caseta y en los perros cazadores que allí han vivido, los unos como compañeros de miseria y miembros indispensables de una familia y los demás como cosas dejadas dentro de un viejo armario.

Lo que sacó a los humans y las humanas de aquella miseria, también debería sacar a los perros como aquel que fue una persona honrada, un miembro más de la familia pobre como el Morrut de La Barraca[2], de Vicente Blasco Ibáñez, que murió después de una vida de trabajo sin descanso:

¿Eran posibles más desgracias?… Sí, aún quedaban otras. En aquella barraca, ni las bestias se libraban de la atmósfera envenenada de odio que parecía flotar sobre su techumbre. Al que no lo atropellaban, le hacían, sin duda, mal de ojo, y por eso su pobre Morrut, el caballo viejo, un animal que era como de la familia, que había arrastrado por los caminos el pobre ajuar y los chicos en las peregrinaciones de la miseria, se iba debilitando poco a poco en el establo nuevo, el mejor alojamiento durante su larga vida de trabajo.

Se portó como persona honrada en la época peor, cuando, recién establecida la familia en la barraca, había que arar la tierra maldita, petrificada por diez años de abandono; cuando había que hacer continuos viajes a Valencia en busca del cascote de derribos y las maderas viejas; cuando el pasto no era mucho y el trabajo abrumante. Y ahora que, frente al ventanuco de la cuadra, se extendía un gran campo de hierba fresca, erguida y ondeante, toda para él; ahora que tenía la mesa puesta, con aquel verde y jugoso mantel que olía a gloria; ahora que engordaba, se redondeaban sus ancas puntiagudas y su dorso nudoso, moría de repente, sin saber de qué, tal vez en uso de su perfecto derecho al descanso, después de sacar a flote a la familia.

Se acostó un día sobre la paja, negándose a salir, mirando a Batiste con ojos vidriosos y amarillentos que hacían expirar en los labios del amo los votos y amenazas de la indignación. Parecía una persona el pobre Morrut; Batiste, al recordar su mirada, sentía muchas veces deseos de llorar. La barraca sufrió una conmoción, y tal desgracia hasta hizo que la familia olvidase momentáneamente al pobre Pascualet, que temblaba de fiebre en la cama.

Lloró la mujer de Batiste. Aquel animal, alargando su manso hocico, había visto venir al mundo a casi todos sus hijos. Aún recordaba ella, como si fuera ayer, cuando lo compraron en el mercado de Sagunto, pequeño, sucio, lleno de costras y asquerosidades, como un jaco de desecho. Era alguien de la familia que se iba. Y cuando unos tíos repugnantes llegaron en un carro para llevarse su caballo a la Caldera (Lugar donde son incinerados los animales muertos para aprovechar los huesos), donde convertirían su esqueleto en huesos de pulida brillantez y sus carnes en abono fecundizante, lloraban los chicos, gritando desde la puerta un adiós interminable al pobre Morrut, que se alejaba con las patas rígidas y la cabeza balanceante, mientras la madre, como si tuviese un horrible presentimiento, se arrojaba con los brazos abiertos sobre el enfermito.

Recordaba a sus hijos cuando se introducían en la cuadra para tirar de la cola al Morrut, y cómo el animal sufría con dulce pasividad todos los juegos de los chicos. Veía al pequeñín cuando lo colocaba su padre sobre la dura espina del animal, golpeando con sus piececitos los lustrosos flancos y gritando: «¡Arre, arre!», con infantil balbuceo. Con la muerte de esta pobre bestia creía Teresa que iba a quedar abierta una brecha en la familia por donde se irían otros. ¡Señor, que le engañasen sus presentimientos de madre dolorosa; que fuese sólo este sufrido animal el que se iba; que no se llevase sobre sus lomos al pobre chiquitín camino del Cielo, como en otros tiempos le llevaba por las sendas de la huerta agarrado a sus crines, a paso lento, para no derribarlo!

Y el pobre Batiste, con el pensamiento ocupado por tantas desgracias, barajando en su imaginación el niño enfermo, el caballo muerto, el hijo descalabrado y la hija con su reconcentrado pesar, llegó a los arrabales de la ciudad y pasó el puente de Serranos. Al extremo del puente, en una planicie entre dos jardines, frente a las ochavadas torres que asomaban sobre la arboleda sus arcadas ojivales, sus barbacanas y la corona de sus almenas, se detuvo Batiste, pasándose las manos Por el rostro. Tenía que visitar a los amos, los hijos de don Salvador, a Pedirles a préstamo un piquillo para completar la cantidad que iba a costarle la compra de un rocín que sustituyese al Morrut. Y como el aseo es el lujo del pobre, se sentó en un banco de piedra, esperando que le llegara el turno para limpiarse de unas barbas de dos semanas, punzantes y duras como púas, que ennegrecían su cara.

Y pensé en los caballos del tiro y arrastre, que ya no son miembros de la familia. Solo son objetos de entretenimiento que ocupan las mismas cuadras que ocupaban los animales como el Morrut, esperando a oscuras que los saquen a arrastrar una rueda de camión o que los metan en camión camino de la competición.

De los tiempos de la miseria, sólo nos sacaron a nosotras y nosotros. Ellas y ellos, las buenas personas y miembros de las familias pobres que los esclavizaron, se han quedado allí. Y, ahora, nos toca sacarlos.

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[1] Animalisme CAT, Jesús Frare, 17/11/2011, Prou de parany i d’enfilat!, http://animalismecat.blogspot.com.es/2011/10/normal.html
[2] Blasco Ibáñez, Vicente, La Barraca (1898), Madrid, Alianza Editorial, 2016, I.S.B.N.: 978-84-9104-535-9.

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La parte de mi biografía de la que estoy más orgulloso es que soy vegano, que hace de la justicia un ejercicio cotidiano. También me gusta mucho haber aprendido Historia en la Universidad de Valencia. Soy militante antiespecista, feminista, LGTBI , ecologista, socialista e independentista. En definitiva, no quiero privilegios y, aún menos, los que se supone que me han de privilegiar mí.
Soy militante de Iniciativa Animalista

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Existe una organización sin ánimo de lucro para el fomento de la “tracción animal moderna” que se llama PROMMATA y acaba de cumplir 25 años. Nos dicen que quieren “poner al hombre en el centro de un sistema productivo y competitivo respetuoso con el medio ambiente”. También hablan de independencia energética y, como no podría ser de otra forma, de la recuperación de los animales de tiro: “burros, mulas, vacas y caballos”. Independencia de la persona campesina a costa de la libertad de los animales esclavos, y recuperación del número de estos esclavos.

Hoy, termina un curso sobre el tema en el parque ecológico del Empordà, en el que han hablado de “la satisfacción de trabajar con la paz y la coherencia que representa la colaboración con otro ser vivo”. También han hecho una introducción a la relación y el comportamiento de los caballos, así como las bases para su “manejo” para el trabajo agrícola. El manejo y la colaboración son términos nada coherentes el uno con el otro, y la paz no puede basarse en la explotación de otro ser vivo. Forcat

El especismo me sorprende con cosas como esta, por su capacidad de reforzarse en su hegemonía social y cultural para “invadir” el veganismo que, como hemos dicho muchas veces, no es otra cosa que una herramienta de uso personal para luchar contra ese especismo.

Tenemos ingredientes de la explotación animal que “ocultan” en alimentos elaborados, aparentemente veganos: albúmina de huevo por todas partes, suero de leche para convertirnos en vertederos a coste cero de este residuo de la industria láctea, colorantes como el E-120 o, incluso, cola de pescado y sangre de los mataderos en el vino y la cerveza. También tenemos los productos veganos de los grandes grupos empresariales directamente vinculados a la explotación animal, generando debates como el de las Pringles y Procter&Gamble o el de Vivesoy y Pascual.

Cavall i mulaÉste de los caballos esclavos es fascinante, porque es capaz de convertir una verdura en un producto no vegano. Él solito, lejos de los grandes mercados especulativos y de los intereses de las transnacionales, sin necesidad de transformaciones ni manipulaciones. Una patata, y sólo una patata, puede tener como ingrediente el sudor de un caballo que no quiere tirar de ningún arado. Y yo, buscando productos de proximidad, ecológicos y de comercio directo con la persona productora, puedo estar fomentando la explotación animal.

En una campaña contra la esclavitud infantil, un joven que la había sufrido en las explotaciones de cacao africanas señalaba con el dedo el consumo cómplice: “cuando la gente come chocolate, está comiendo mi propia carne”. Y eso es lo que siento yo respeto al caballo esclavo. Siento que me estoy comiendo los golpes de su adiestramiento, todos los golpes que hacen falta para que haga lo que nunca ha deseado hacer. Me como su sudor, su Libertad, su carne. Y, por supuesto, no quiero hacerlo.

Estoy tan harto de esto que en mi cabeza funciona un veganismo resolutivo, para el que el listado de ingredientes ya no es suficiente. Por supuesto, puedo comprar Pringles y Vivesoy sin cargo de conciencia, porque lo importante es no comprar productos experimentados con animales de Procter&Gamble o Leche Pascual. No ocurre lo mismo con los productos ecológicos vinculados con una explotación animal, directa, absurda y, por tanto, evitable. Como es tan complicado saber qué producciones ecológicas la usan y cuáles no, han conseguido la proeza de que las patatas necesiten una etiqueta de producto vegano.

Hasta ahora, mi principal ejemplo de veganismo resolutivo era el del menú creativo de muchos bares y restaurantes para personas veganas. Si, son esos lugares que te ofrecen una ensalada de primero y una parrillada de verduras de segundo, al mismo precio que pagan las personas cárnicas por una amplia diversidad de platos. No como en estos lugares porque, a pesar de que lo que haya comido sea vegano, con mi dinero engordo la facturación de un lugar que no tiene la más mínima intención de adquirir las capacidades para ofrecer alternativas veganas reales, a diferencia de lo hace Procter&Gamble con sus Pringles.

La tienda y el supermercado es un espacio de consumo donde puede funcionar el principio de elección que hace que el veganismo sea efectivo. Tienen oferta vegana diferenciada? Tienen un espacio con alimentos veganos? Pues se puede aplicar ese principio de elección, dejando de lado toda la explotación animal. Con las empresas y corporaciones pasa lo mismo: si compro Pringles, es veganismo. Si compro Vivesoy, es veganismo. Si compro el menú de ensalada y parrillada, estoy comprando una oferta completamente limitada y accidental de un negocio que no tiene la intención de ser otra cosa que cárnico. No puedo aplicar el principio de elección, y entonces no es veganismo.

Bous

Si no puedo saber qué producciones ecológicas explotan animales, si no puedo elegir entre estas y las que no lo hacen, no es veganismo. Y, como he de elegir, me quedo con las frutas y verduras de las tiendas convencionales y las grandes superficies, que no serán de proximidad ni ecológicas, pero me permitirán elegir entre opciones que, con toda seguridad no habrá usado animales y otra que es muy probable que sí.

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La parte de mi biografía de la que estoy más orgulloso es que soy vegano, que hace de la justicia un ejercicio cotidiano. También me gusta mucho haber aprendido Historia en la Universidad de Valencia. Soy militante antiespecista, feminista, LGTBI , ecologista, socialista e independentista. En definitiva, no quiero privilegios y, aún menos, los que se supone que me han de privilegiar mí.
Soy militante de Iniciativa Animalista

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Los 21 caballos decomisados por el Ayuntamiento de Caldes de Montbuí (Vallès Oriental) el pasado mes de septiembre, han sido devueltos a su propietario pese a las reticencias de las protectoras de animales. El consistorio había retirado la tutela al incumplir la Ley de Protección de Animales, ya que los caballos vivían en un lamentable estado, desnutridos y sin agua, por lo que se exigió al propietario que adecuara la finca o bien los trasladara a otro espacio con garantías.

Según el ayuntamiento, el propietario ha trasladado los caballos a otra finca que, según la Generalitat, cumple con la normativa. No obstante, las protectoras de animales recuerda que los animales ya han sufrido tres episodios de malnutrición y abandono. Antes de la denuncia de Caldes de Montbuí, el propietario recibió otras denuncias cuando los tenía en una finca de Teià (Maresme).

El ayuntamiento de Caldes ha devuelto la tutela de los caballos a su propietario una vez éste ha cumplido con los requisitos legales exigidos para levantar el decomiso: liquidar la deuda en concepto de gasto público realizado por el Ayuntamiento durante este proceso y acreditar el traslado de los caballos a una finca reconocida por la Generalitat de Catalunya.

El portavoz del gobierno municipal, Jaime Mauri, y la vicepresidenta de la Comisión Interlocutora de Protectoras de Animales de Cataluña (CIPAC), Yolanda Valbuena, recuerdan que es la Generalitat la administración competente en estos casos y que el hecho de “mantener a los animales sin la alimentación necesaria” es una infracción grave Ley de Protección de Animales.

En este sentido, desde las protectoras de animales advierten que esta situación se agrava por el hecho de que “la Generalitat ya tenía conocimiento del perfil del poseedor de los caballos, dado que los mismos animales fueron encontrados en estado de malnutrición cuando estaban alojados en Teià, hace tres años”.

Fuente: lavanguardia.com

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