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Montse Marcet, libretera y artífice de Lectors al tren! (lectorsaltren.cat), nos presenta la serie “La maleta de Montse”, en la que ella misma nos descubre y recomienda libros y álbumes ilustrados que nos hablan de los animales, siempre desde una perspectiva ética.

Este cuarto capítulo, “Vivir en armonia con los animales”, reune cinco títulos. Dentro la maleta encontraremos los libros:

DIAZ REGUERA, Raquel. Azulin azulado. Thule, 2012.
ISBN 978-84-15357-11-7

LIAO, Jimmy. El pez que sonreia. Barbara Fiore , 2010.
ISBN 978-84-937506-7-1

MARTÍ, Pere. La tortuga d’en Hans. Il·l Carme Queralt.
Barcanova: Barcelona, 2005. ISBN 978-84-489-1784-5

MOLIST, Pep. Els tres animals. Il·l Kim Amate. Takatuka,
2016. ISBN 978-84-16003-71-6

SMALLMAN, Steve. L’ovelleta que va venir a sopar. Il·l.
Joelle Dreidemy. Beascoa, 2012. ISBN 978-84-488-2455-6

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Nuevo capítulo del programa “V de gust (Apetece)”, una nueva receta nutritiva e ideal para cocinar con niños y niñas: Filetes rebozados.

ingredientes:

250 g de judías
120 g pan rallado con especias
licuado de soja sin azúcar
120 g de gluten
90 ml de agua
1 cucharada de levadura (nutricional yest o levadura de cerveza)

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Montse Marcet, libretera y artífice de Lectors al tren! (lectorsaltren.cat), nos presenta la serie “La maleta de Montse”, en la que ella misma nos descubre y recomienda libros y álbumes ilustrados que nos hablan de los animales, siempre desde una perspectiva ética.

Este tercer capítulo, “Lo que les hacemos”, reune ocho títulos. Dentro la maleta encontraremos los libros:

Beer, Hans De. El petit os polar. On vas Lars?. Pagès
editors: Lleida, 2014. ISBN 978-84-9975-527-4.

BERNARD, Fred. La reina des fourmis ha disparu. Il·l
François Roca. Albin Michel Jeunesse, 1996. ISBN 978-2-226-08234-3

BOUGAEVA, Sonja. En Barnie. Takatuka: Barcelona,
2012. ISBN 978-84-92696-78-9

ESCALA, Jaume. Magenta i la balena blava. Il·l Carme
Solé Vendrell. Lumen: Barcelona, 2003. ISBN 978-84-264-1369-7

JEFFERS, Oliver. L’ant és meu. Andana: Algemesí, 2012.
ISBN 978-84-939445-8-2

LEAF; Munro. La història del toro Ferdinando. Il·l Robert
Lawson. Kalandraka: Pontevedra, 2016. ISBN 978-84-8464-983-0

MARTIN, Monique. Habia una vez un perro. Parramón:
Barcelona, 2012. ISBN 978-84-342-0482-9

OLMOS, Roger. Sin palabras. Logosedizioni: Italia, 2014. ISBN 9788857606958

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Desde hace algunos meses, y especialmente durante las últimas dos semanas, siento un especial malestar ante la figura de los “héroes” y las “heroínas” que se erigen bajo el clamor popular dentro del mundo del activismo por los animales. Me refiero a dos calidades distintas de “héroe”, ambas aclamadas de ese modo por los activistas, aludiendo a quienes salvan/rescatan animales; pero también refiriéndose a los protagonistas de varios videos, difundidos en España, en que varones de estética musculada y atlética, vía redes sociales, hacen un llamado a unirse contra el Toro de la Vega. Como dije: la cualificación de “héroe” para unos y otros, me está produciendo alergias… y os explicaré gradualmente el por qué.

Los “héroes” que ayudan

No hay día en que las redes sociales no se inflamen ante las acciones de alguien que, según la audiencia, lleva sus capacidades humanas al límite para rescatar a algún animal de una situación desventajosa, lo que le hace automáticamente merecedor o merecedora del apelativo en cuestión. La RAE define al “héroe” o “heroína” como “una persona ilustre y famosa por sus hazañas o virtudes”, o como “una persona que lleva a cabo una acción heroica”. Personalmente no veo el heroísmo cuando una persona actúa con un mínimo de decencia y empatía, y ofrece ayuda o rescata a un animal de una situación donde sus intereses se ven vulnerados. No lo veo porque es lo mínimo que espero de alguien, y especialmente cuando se trata de un congénere sensible y empática/o con los otros animales. Me llama profundamente la atención que los animalistas, precisamente, enaltezcan las manifestaciones de empatía, gentileza o bondad de los que cualquier ser humano es capaz cuando ejercita mínimamente los músculos del corazón, y no se detiene en cálculos de conveniencia personal que vayan en desmedro de la situación del animal en desgracia. Entiendo que en un mundo embrutecido y violento como el que vivimos, estas situaciones sean, lamentablemente, minoritarias, y que por ello nuestros compañeros y compañeras vibren de alegría ante un rescate. Yo soy, también, entusiasta en celebrarlo. Pero de ahí a vitorear a esos compañeros y compañeras “heroizándolos”, creo que es un fallo estratégico, pues al hacerlo dejamos entrever que muy pocas personas pueden repetir esos actos, que esas acciones se sitúan fuera del alcance cotidiano de los individuos normales, que se requiere de una pasta especial para actuar de manera humanitaria y generosa con otros seres vivos. Cuando nuestros compañeros y compañeras han hecho un rescate o ayudado a un animal han actuado bien y con justicia, han acertado, han hecho un gran trabajo, han cambiado la vida para ese animal… pero no han hecho nada fuera de lo humanamente posible. Creo que “heroizar” es un error estratégico porque no podemos abusar de las palabras, ayudando a sentar ficciones que obstaculizarán nuestra andadura en el corto y el largo plazo, poniendo aún más lejos de las personas lo que es, muchas veces, un simple gesto nacido desde el reconocimiento de la capacidad de sufrir de los animales. Todos y todas podemos hacerlo, sólo hay que normalizarlo. No se necesitan “héroes” ni “heroínas” que lleven al límite sus capacidades para cambiar la situación de los animales.

Los “héroes” que no ayudan

Respecto al segundo grupo de “héroes” aclamados por los/as animalistas, debo referirme a varios aspectos de la cuestión: lo que más me llama la atención es el llamado a unirse a ellos para ir a Tordesillas, pues “este año el toro no estará solo”. Ante eso, aclarar que el Toro de la Vega hace muchos años que no está solo, pues centenares de personas, decenas de entidades y asociaciones, así como el Partido Animalista, trabajan hace eones sensibilizando a la ciudadanía, llevando el tema a discusión política y pública, denunciando y actuando a diferentes niveles para obstaculizar la celebración del “torneo”, con el objetivo final de erradicar la execrable práctica. Quizás los varones de los videos que corren por las redes sociales no lo notaron antes, pero el Toro de la Vega lleva años acompañado de una multitud políticamente activa que no ha permitido que esos nobles bóvidos mueran vano, y que continuará trabajando hasta abolir la tradición.

En segundo lugar, puntualizar que para sumarse a una causa igualitaria como la de defender a los animales, un primer requisito es el rechazo del especismo, y por coherencia argumental, se debe rechazar cualquier otra forma de discriminación que redunde en un trato desigual de otros seres, humanos o no. Llamar, entonces, a defender el Toro de la Vega con argumentos y motivaciones sexistas (de índole machista) y racistas, no es una cuestión baladí. Porque si algo debemos rechazar es la discriminación que desprecia a las mujeres, o las trata con condescendencia; y que rechaza la idea de igualdad con las personas de otro color u origen geográfico. Los activistas por la igualdad con los animales no podemos permitir que en nuestros actos se cuele la desigualdad, la discriminación, pues eso debilita los principios igualitarios que promovemos, porque no todo se vale para pedir que la sociedad deje de maltratar a los animales, porque no se puede hipotecar el sentido final ni los principios de la causa a cambio de que vengan más autocares con detractores a Tordesillas. Porque si existe una desigualdad estructural que es violenta con los animales, cualquier acto de apoyo no va a sumar positivamente, en el largo plazo, para terminar con ella. Y enlazada a ésta, una cuestión final, pero no por ello menos importante: volver sobre la idea de que la violencia no es un medio válido para pedir el fin de la discriminación, la tortura y la muerte de los animales. En ningún ámbito. No hay invitación más preñada de esterilidad que la de la violencia, porque no podemos combatir la barbarie con sus armas, porque sólo se logra una lucha ciega, porque no gana una causa que se agota en el derroche de testosterona. Que nos puede motivar la rabia generada por las injusticias, sí, pero de ninguna manera podemos abrir lugar a la violencia para combatir el especismo.

El sentido de autocrítica es fundamental para no perder el norte, para resituarnos dentro de la vorágine de la novedad y los vaivenes de la lucha contra la desigualdad y el especismo. No dejemos de examinar nuestros pasos, de entender nuestras motivaciones ni de revisar los fundamentos de por qué estamos donde estamos. Este ejercicio de desmontaje de las “heroicidades” ha sido mi pequeña contribución a este necesario examen interno. Y no dejemos de re-flexionar, de volver a pensar acerca de nuestros actos y nuestras convicciones, para no perder tiempo ni energías en el desmantelamiento del especismo.

Soy vegana y desde mi niñez me ha preocupado la relación especista antropocéntrica que la humanidad mantiene con el resto de los animales. Aún busco respuestas a muchas preguntas de entonces. Soy Trabajadora social, máster en Filosofía Política y máster en Bioética y Derecho. Doctora en Filosofía, tratando sobre los límites de la filosofía moral, la bioética y los derechos de los animales. He estado activa en el mundo del animalismo desde hace más de una década, siempre con un pie en la teoría y otro en la práctica. Comparto mi vida con mi esposo, tres gatas y un número siempre cambiante de gatos rescatados de la calle a los que damos en adopción.

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Hoy día quiero detenerme a examinar de manera muy básica una cuestión “ruidosa” no sólo en ámbitos animalistas, sino en otros también cuando se trata de discusiones e intercambio de ideas. En muchas discusiones se llega al punto de abogar por el infaltable “respeto por las opiniones de los otros”, como si las ideas no pudiesen ser refutadas, y como si todas las opiniones tuviesen igual valor. Cuando las discusiones llegan a este punto, se confunden dos elementos: el derecho que cada uno tiene a la opinión propia, y la asunción de que todas las opiniones tengan igual valor.

Platón nos dice que las opiniones son doxa, creencias populares o comunes que no están relacionadas con un conocimiento o argumentación de tipo racional. Cuando uno dice que cada persona tiene derecho a su propia opinión, usualmente nos referimos a este tipo de creencias personales subjetivas y sujetas a incertidumbre: que te gusten más los gatos que los perros o que prefieras el helado de vainilla al de chocolate, esas son opiniones cuya discusión resulta estéril porque no se persigue que el otro cambie de opinión, sólo se expresan gustos personales.

De otra clase de opiniones hablamos cuando se trata de argumentaciones racionales o de opiniones basadas en conocimientos (científicos, técnicos, profesionales o de oficios, etc.) y que por lo tanto se pueden verificar o falsear más allá de los gustos o de las preferencias personales. Y aquí radica el problema principal: que solemos confundir las opiniones del segundo tipo, las de conocimiento técnico/científico/profesional, con las opiniones emanadas del simple gusto personal. Veámoslo con un ejemplo actual: la polémica de las vacunas. Existe un conocimiento científico que avala la vacunación de los niños y que echa por tierra el rumor extendido de que ciertas vacunas causan autismo. A la opinión experta y técnicamente fundamentada de los científicos, las personas sin formacion científica no pueden argumentar sus opiniones basadas en sus creencias personales y pedir que ambas opiniones sean respetadas y tomadas en cuenta con el mismo peso, porque no lo tienen. Lo mismo pasa cuando, por ejemplo, se dice que los animales son inconscientes o no sienten como los humanos. Que nos guste seguir comiendo animales o torturándolos en tradiciones crueles no es una posición equiparable argumentalmente con las opiniones o razones científicas que nos indican que los animales si son seres conscientes y sintientes –hechos fácticos que nos deben interperlar moralmente. Podemos pedir respeto para las personas que sostienen ideas, pero para las ideas no se puede pedir un estatus de respeto. Para eso están hechas las ideas: para debatirlas, argumentarlas, refutarlas y cambiarlas por otras en caso de ser consideradas erradas, extemporáneas, que no responden al contexto actual, o al estado actual del conocimiento, etc.

Entonces, ¿qué significa tener “derecho” a una opinión? Podemos dar dos respuestas para esto: una simple y otra compleja. La simple significa exactamente eso: todos podemos tener opiniones, y nadie puede detener a otra persona de que piense lo que piense. Pero esa afirmación es bastante trivial, y se confunde con el valor, formación y riqueza de las opiniones personales. De ahí la respuesta compleja: que si tener “derecho” a una opinión significa tener derecho a que los puntos de vista propios sean considerados verdaderos, o al menos, considerados cercanos a la verdad, entonces las cosas cambian. Si las opiniones personales se fundan en la ciencia, o en el pensamiento mágico, en ideas retrógradas moralmente, fundamentalistas o esencialistas, se trata de argumentos y de opiniones que no pueden tener el mismo valor. Todos tenemos derecho a tener una opinión, pero eso no significa que todas las opiniones sean racionales, respetables y que debamos tomarlas en serio. Porque ellas dependen de sus razones y fundamentos, no de las personas que las ostenten.

Soy vegana y desde mi niñez me ha preocupado la relación especista antropocéntrica que la humanidad mantiene con el resto de los animales. Aún busco respuestas a muchas preguntas de entonces. Soy Trabajadora social, máster en Filosofía Política y máster en Bioética y Derecho. Actualmente estoy escribiendo mi tesis doctoral en Filosofía, tratando sobre los límites de la filosofía moral, la bioética y los derechos de los animales. He estado activa en el mundo del animalismo desde hace más de una década, siempre con un pie en la teoría y otro en la práctica. Comparto mi vida con mi esposo, tres gatas y un número siempre cambiante de gatos rescatados de la calle a los que damos en adopción.

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El pasado domingo día 1 de Junio, el paseo marítimo de la localidad de Callella (El Maresme), acogió la celebración de la Feria Animalista organizada por voluntariado del PACMA, que este año ha llegado a su tercera edición y se ha consolidado como un acontecimiento de referencia.

La feria contó con la participación de varias entidades animalistes llegadas de toda Cataluña, santuarios, protectoras y organizaciones divulgadoras de los Derechos Animales y el veganismo.

La jornada se inauguró con una conferencia de la Dra. Núria Querol Viñas que, conjuntamente con una representante de APDA (Asociación de Policías por la Defensa Animal) y Freedom Paws Link, mencionaron diferentes estudios de carácter científico que relacionan la violencia contra animales humanos y animales no humanos, a la vez expusieron la tarea de la APDA, atendiendo varias preguntas del público para ofrecer asesoramiento profesional y poder denunciar casos de maltrato de animales.

A mediodía, Paraíso Vegano, organización encargada del catering, ofreció una demostración de cocina vegana.

Durante la jornada se celebraron dos desfiles de animales en adopción. PACMA agradeció públicamente el trabajo que por todas partes, miles de voluntarios, desarrollan en protectoras destinadas a ayudar animales de cualquier especie (caballos, exóticos, palomas, ovejas, vacas, cerdos, conejos, perros y gatos, etc), y a través de un sorteo, tres protectoras recibieron un premio económico destinado a su ardua labor. La feria cerró con una charla sobre Historia y Biocentrismo a cargo de la historiadora Helena Escoda.

El éxito en participación y en concurrencia de público, que llenó de visitantes el Paseo Manuel Puigvert de esta localidad maresmenca, han consolidado esta feria como un acontecimiento animalista anual de referencia.

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