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En esta primera reflexión voy a hablar sobre la libertad. La propaganda liberal ha logrado que la opinión pública esté asociando la idea de «libertad» con la idea de «bien» o de «correcto», sin embargo al hacerlo se comete un grave error desde un punto de vista ético.

¿A qué nos referimos cuando decimos «libertad»? El diccionario de la Real Academia Española (RAE) define «libertad» (del latín libertas, -atis) como la «facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos». Esta definición, que es la primera acepción, es la más importante de todas porque nos ayuda a diferenciar los sucesos físicamente determinados y los sucesos aleatorios de aquellos sucesos que alguien decidió que así debían suceder. Por ejemplo, cuando inesperadamente el viento desprende un objeto y éste alcanza la cabeza de una persona no juzgamos éticamente al viento ni al objeto, sino que solemos pensar que lo ocurrido fue el resultado de la «mala suerte». En cambio, si dicho objeto fue lanzado adrede por otra persona entonces no pensamos en «mala suerte», sino que pensamos que ese alguien decidió hacerle daño y se lo hizo, es decir, juzgamos éticamente las intenciones y consecuencias producidas por esa persona.

La relación entre libertad y ética es muy importante, pues juzgamos éticamente a las personas porque asumimos que actúan libremente, es decir, porque asumimos que la libertad existe. La definición que la RAE hace de la palabra «libertad», la cual tiene reminiscencias machistas, limita su posesión a los animales de la especie humana (Homo Sapiens), pero ¿cómo se comprobó que todos los humanos y sólo ellos tienen libertad? La respuesta es que no se puede comprobar de ninguna manera que lo que estamos pensando o haciendo lo estemos decidiendo pensar o hacer por nosotros mismos, pero tampoco podemos verificar lo contrario porque el conocimiento del futuro permitiría negar dicho futuro ad infinitum.

Asumimos la existencia de libertad para que tenga sentido intentar corregir éticamente a las personas, por ejemplo para que no vayan por ahí descalabrando a los demás, y podemos asumir esto sin necesidad de inventar un dios que nos dotara a «los elegidos» con dicha capacidad. Si asumimos que los humanos tienen libertad entonces no existe ninguna razón para no asumir que seres sintientes de otras especies también la tienen.

Asumida la existencia de libertad como una capacidad que intrínsecamente posee todo ser sintiente, observamos como absurdamente algunas personas se manifiestan para pedir libertad porque dicen que no la hay, pero esto deja de resultar gracioso cuando se invaden países para «repartirla». Lo que ocurre es que estas personas piden libertad, pero no especifican para qué. Esto es similar a lo que ocurre con quienes dicen defender la vida, pero no especifican que sólo defienden la vida humana.

Lo que pretendo conseguir diciendo todo esto es que nos demos cuenta que nadie puede quitarnos la libertad, lo que nos pueden hacer es limitarnos la libertad para que no hagamos determinadas cosas, pero precisamente en esto consiste la ética. La ética nos dice qué acciones, a priori, no se deben hacer porque al hacerlas se producen consecuencias malas para otros. Siguiendo con el ejemplo anterior, la ética nos dice que no se deben lanzar objetos contra las cabezas ajenas porque eso les produce un mal, es decir, aunque podamos hacerlo debemos limitar nuestra libertad no haciéndolo. Los límites que la ética le pone a la libertad se llaman derechos, los más importantes son el derecho a la salud y a la vida, y es el respeto a los derechos y su materialización legal lo que deberíamos exigir, independientemente de cuál sea nuestra raza, sexo, especie, clase social, de que vivamos en ciudades o en «la naturaleza».

Una vez que nos damos cuenta de la trampa que «los defensores de la libertad» nos han tendido para que no hablemos de los límites que nos imponen los derechos ajenos, nos damos cuenta que la libertad de cada uno no debe acabar donde comienza la libertad de los demás, sino donde comienzan los derechos de los demás.

 

David Díaz es Técnico Superior en el desarrollo de productos electrónicos, pero comenzó a estudiar programación informática a los 12 años hasta que en la universidad fue perdiendo la motivación según la iba ganando hacia Filosofía. En el verano de 2007 decidió ser vegano y comenzó a hacer activismo en defensa de los animales. El 10 de agosto de 2008 creó el blog www.RespuestasVeganas.Org en el cual da respuestas a los argumentos que se suelen presentar contra el veganismo. Es socio de varias organizaciones veganas y afiliado al Partido Animalista PACMA.

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Desde que tengo uso de razón, me he considerado un defensor de todos los animales, conviviendo con perros y gatos, fue fácil considerarlos miembros de mi familia y empatizar totalmente con ellos, siempre he sentido repulsa por la tauromaquia y nunca he entendido como alguien podía llamar deporte a asesinar animales en el monte. De hecho me encontraba más cómodo en compañía de mis gatos que con la de la mayoría de la gente, y a muchos de mis amigos prefería no conocerlos demasiado, no ser que me fuese a enterar que eran protaurinos o cazadores. ¿Pero estaba siendo realmente un defensor de todos los animales? ¿o me estaba engañando a mi mismo?

Ahora me doy cuenta de que sin saberlo he sido gran parte de mi vida víctima de una educación especista. El especismo es un tipo de discriminación, que concede derechos a unas especies de animales, humanos y no humanos en detrimento de los derechos de otras, oprimidas en favor de nuestros intereses, sin tener en cuenta que hablamos de iguales en lo que a su capacidad de sentir y deseo de vivir se refiere.

Nos enseñaron a querer a los perros, a proteger a las ballenas y al lince ibérico, a reirnos con los delfines en los acuarios y los monos en los zoológicos, a comernos a los cerdos y los pollos, a vestirnos con la piel de las vacas mientras detestábamos los abrigos de piel, nos dijeron que enfermaríamos si no comíamos carne, huevos y leche, mientras nos vendían medicamentos para la acidez, el colesterol y la diabetes. Nos engañaron, y nos dejamos engañar, porque es lo mas cómodo, lo que nos hace sentirnos personas normales, nos evita cuestionarnos nuestra moral y nos ayuda a no discutir.

Pero llega un momento en que por la razón que sea, abres los ojos. En mi caso acudí a un mercado chino, donde vendían cachorros de perro, los mataban y los cocinaban en el acto, tras sentirme aterrorizado, desolado, impotente, cabreado, tuve un periodo de reflexión, no podía sentirme tan miserable ante esa situación y a la vez ser la causa, del mismo destino de un cachorro de cerdito, de un ternero o de unos pollitos ¿Que diferencia había? ninguna, todos tienen la misma capacidad de sentir, de sufrir, los mismos sentimientos, todos quieren estar con sus madres, sentirse protegidos, queridos, todos juegan, son cachorros adorables, y todos sienten el mismo pánico y terror ante el matarife que les cortará el cuello, solamente para que podamos disfrutar de unos
segundos de placer en nuestro paladar.

La cuestión no es su inteligencia, sino su capacidad para sentir. Un gato tiene el cerebro mas desarrollado que un niño de tres años, los cerdos son más inteligentes que los perros, pero todos son iguales en algo, en su capacidad de sentir dolor y sus ganas de vivir.

La ciencia ha demostrado que podemos llevar una vida totalmente sana con una alimentación libre de productos de origen animal, una vida plena y feliz, sin disponer de la vida de nadie, sin disponer de su libertad, sin torturar, sin esclavizar, tampoco los necesitamos para vestirnos ni para divertirnos a su costa, sin embargo nos llegamos a considerar defensores de los animales mientras colaboramos en su muerte y sufrimiento. Hemos sido engañados.

Los mataderos están alejados de las ciudades, sus ventanas tapiadas con ladrillos, ninguna imagen violenta sale en los medios, ni siquiera se habla de ello, no tiene nombre, nos venden los productos despiezados, sin forma que nos recuerde que nuestra comida o nuestro calzado, tenía cara, tenía madre, quería vivir.

Nunca en la historia ha habido una opresión tan brutal hacia un grupo de seres inocentes, ni en numero ni en cantidad de dolor infligido, si el dolor fuese medible, no tendríamos números para cuantificar lo que pasa en los mataderos, granjas, laboratorios y zoológicos del mundo.

Hoy en día no tenemos excusa para seguir comportándonos de esta forma, tenemos opciones y tenemos acceso a toda la información, solo es cuestión de querer conocerla, es un acto de egoísmo el no querer acceder a ella, alegando nuestra gran sensibilidad, yo lo hice durante mucho tiempo y me arrepiento profundamente, nos merecemos y tenemos el deber de conocer todo la verdad, lo que pasa para que ese filete llegue a nuestro plato, nuestros zapatos a nuestros pies, y ese delfín tan simpático a su acuario.

Debemos acceder a esa información para que podamos comportarnos y vivir acorde a nuestra manera de pensar, para que podamos tomar nuestras propias decisiones, en base a nuestro código moral y si te consideras un defensor de los animales, esta claro cual será tu postura.

Ahora no consumo ningún producto de origen animal, no utilizo nada testado en animales, ni me visto con ellos, pero aun así, no es suficiente. Debemos ser más activos, compartir, informar, concienciar, ayudar, rescatar, si realmente nos consideramos defensores de los animales, debemos comportarnos ante una injusticia de igual forma sea quien sea la víctima, no nos vale sólo con ayudar a los perros y gatos, debemos considerar a todos los animales por igual.

 

Alberto Peláez es corredor de montaña, especializado en ultrafondo, con un gran número de victorias a sus espaldas, vegano y activista por los derechos de los animales, trata de transmitir un mensaje de compatibilidad entre una vida de respeto a todos los seres vivos y el deporte de alto rendimiento.
Técnico superior en Actividades Físicas , entrenador personal y bombero de profesión , reparte su tiempo entre el deporte y la ayuda los animales colaborando con varias sociedades protectoras, y dando charlas, transmitiendo sus experiencias llevando una vida vegana y activa

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La activista coreana So-Youn Park ha sido condenada a 6 meses de prisión por liberar unos perros y gallinas de una granja.

El año 2011, So-Youn Park fue testigo del abandono y el maltrato que sufrían 5 perros y 8 pollos mientras caminaba por una granja, en el distrito de Anyang, en Surcorea. Activista de CARE, la joven volvió con otros miembros de la organización animalista en tres ocasiones diferentes, sin encontrar ni a los dueños de la propiedad, ni algún rastro de comida.

Los animales estaban enjaulados y nadando en sus propias heces, por lo que decidieron que lo mejor era llevárselos. Y así lo hicieron la noche del 26 de noviembre. A los pocos días los dueños notaron la ausencia de los animales y llamaron a la policía, acusando a Park del robo.

La mujer fue juzgada y el 30 de agosto se determinó que era culpable de “hurto especial”. La sentencia condenó a Park a 1 año de libertad condicional y la posibilidad de estar 6 meses en la cárcel. Haciendo que el caso de So-Youn Park sea el primero de este tipo en Corea del Sur.

Aún cuando los dueños de la granja admitieron que los animales fueron criados para consumo humano y que su ambiente era inadecuado, esto no tuvo ningún impacto en el juicio, explica el sitio Change.org.

En los últimos 13 años, Park y activistas de “CARE” han rescatado animales abandonados, animales a punto de ser masacrados y animales en peligro de grave crueldad. En el año 2006 la activista rescató a unos 100 perros de una granja de perros. Y a principios del 2012 So-Youn junto a otras activistas de “CARE” rescataron nueve vacas que un granjero estaba dejando morir de hambre como forma de protesta contra el gobierno.
Se ha realizado una petición para pedir al Gobierno de Corea del Sur y al Tribunal del distrito de Anyang la retirada todos los cargos contra la activista So-Youn Park.

FIRMA LA PETICIÓN

Fuente: nacion.cl / change.org

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