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Charla de Eze Paez sobre el antiespecismo como posición política. Paez es voluntario en Ética Animal y participó en las jornadas “Nuevos retos y estrategia en defensa de los animales” organizadas por esta entidad junto con El Hogar Animal Sanctuary durante el pasado 17 de diciembre de 2017. TVAnimalista estuvo presente y grabó algunas ponencias.

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Somos animales sensibles. Al enfermar de una fiebre corporal de 42 grados de temperatura las proteínas se deforman, desnaturalizando las enzimas, dejando de catalizar funciones químicas vitales, todo lo cual nos aboca al colapso irreversible y la muerte. Asimismo a la inversa, un organismo humano en hipotermia a partir de 2 grados de menos, empieza a ralentizarse, se desorienta, delata semiinconsciencia, falta de memoria, bajada de tensión, dilatación de pupilas y muerte térmica. Muchos otros animales de sangre caliente sin embargo, sobreviven a diferencias de temperatura de 60 grados. Respiramos de 13 a 16 veces por minuto para oxigenar una sangre que exige de tal actividad, porque de otro modo nos asfixiamos y morimos. Hay animales que viven semanas sin agua, nosotras al tercer día sin hidratar nuestro cuerpo, morimos.

Somos animales frágiles, de piel desnuda y delicada, con tolerancia y defensas propias cada vez más minadas por la adicción a medicamentos y un estilo de vida tóxico. Los huesos sufren nuestra verticalidad, poseemos vista mediocre, oído torpe, olfato obtuso, velocidad ridícula y unas capacidades de supervivencia fuera de la comunidad bastante disminuídas, cuando no nulas. Fisiológicamente somos animales realmente patéticos y hemos logrado sobrevivir y medrar gracias al celo constante y la cooperación. Así como hemos sufrido y muerto gracias a la competitividad y los odios.

Somos animales débiles, sin embargo aplicamos en el día a día la ley de la jungla y la violencia, nos rompemos los corazones, nos dañamos, nos peleamos, nos insultamos, causamos y sentimos indiferencia por y de las demás. Mantenemos decenas de guerras en el mundo, fabricamos armas para que las personas se despedacen entre sí, minas antipersona con forma de juguete para que las niñas pierdan brazos y piernas queriendo jugar con ellas. Inventamos banderas para poder hacer eso con supuestos argumentos, religiones de enfrentamientos y desprecio, inventamos miedos más allá de nuestra cautela imprescindible, dejando ahogarse en el mar a otras personas que sólo querían vivir, porque nuestro estilo de vida esquilmó sus recursos en sus territorios. Nos aterrorizan las diferencias y discriminamos a quienes difieren de nuestro pensamiento, medida y patrón de todas las cosas. Llamamos perdedoras a la gente que el sistema económico -que crearon para nosotras y que abrazamos sin rechistar-, no pudo soportar, acusamos de los errores sin dar opción a repararlos, o nos mantenemos soberbias y altaneras en los nuestros, para no sufrir el escarnio público o la falta de esa macilenta autoestima que vamos día a día tratando de mantener. La sociedad empodera a las personas en la medida de las necesita como consumidoras y sólo en ese aspecto, la salud psíquica y física de cada individua no importa más que a un nivel financiero o simbólico. No nos cuidamos, dividimos a las personas en útiles o inútiles a nuestros perspectivas o intereses, no valoramos el sufrimiento ajeno, nos adiestran en la impasibilidad. La precaución natural ha derivado en neutralidad feroz, el descuido por las demás (cuando son ellas las que conducen nuestros tranvías y cosen nuestros zapatos), nuestra fingida insensibilidad que deriva a un desprecio y una discriminación más… añadida a las que nos prestan los miedos de otras. La indolencia, la desgana, la tibieza por los asuntos comunes que no sufrimos, pero podríamos sufrir en cualquier momento porque la vida son nuestras circunstancias y un compendio de suerte, justicia y destreza a partes iguales. La sociedad es displicente, desapegada molecularmente, como el tumulto que se disgrega cuando se declara un incendio. Señorean el desamor, el desdén, la frialdad y la pereza que puedan fastidiar nuestra zona de confort.

Amamos a las personas en función de las ventajas que obtenemos de ella y no por lo que es en sí cada una, por sus méritos propios; es un amor que rentabiliza la relación y la condiciona a la recicprocidad y la egolatría. Disculpamos en las demás aquellos defectos que compartimos, pero somos intransigentes con aquellos de los cuales estamos exentas, como si nosotras mismas fueramos el ejemplo a seguir. Despedazamos a seres inocentes para obtener de ellos sus más íntimos zumos, partes de su cuerpo o su cuerpo entero, simplemente para disfrutar un capricho. Nos causa pereza entender otras realidades cuando muchos cambios debemos hacerlos solas, hasta que un día la comunidasd los adopta. Nos duele la civilización, y decimos que la occidental tiene pros y contras como llamamos suerte a que nos atropelle una ambulancia. Pero lo que sabemos está limitado a lo que sabemos.

Vivir es absurdo, tanto como morir. Pero lo absurdo es lo único que tenemos. Si un perro parece pesado al pedir afecto, debemos recordar que es por el tamaño de su corazón, puro y natural por más que lo llamemos “domesticado”. La obsesión enfermiza de mostrar una naturaleza dividida en comer-ser comida, proviene de una mentalidad capitalista, donde el éxito o el fracaso son los dos únicos caminos. El éxito será premiado por la dudosa gloria de la depredación, y el fracaso será el ostracismo, la soledad, la impopularidad o el anonimato de la muerte prematura. Un sistema binario tipicamente miope que hace ver la vida en blanco y negro. Con dos únicos prismas. La falacia de la superviviencia de la más fuerte se desmiente en la sociedad, donde sobrevive por la suerte, los roles sociales o la falta de escrúpulos, porque lamentablemente la maldad puede ayudar a sobrevivir en una favela, donde la genialidad en materia científica es inútil, dado que no hay posibilidades para ejercerla, y donde el imperativo es encontrar comida.

¿Viajaríamos tanto si no tuviéramos a quién decir dónde fuímos o a quién enseñar las fotos del viaje? ¿Compraríamos tanta ropa si nadie pudiera apreciar nuestra vanidad?. Vivimos vidas que giran entorno al aspecto de las cosas y nos consideramos cosas estéticas. Hemos relegado lo esencial, emitiendo opiniones según nuestro miedo y no según la objetividad. En todo caso sufrimos la cultura de la violación patriarcapitalista, la cual mediante fuerza bruta y no argumentos masacra a billones de animales no humanos, para engordar ese ego inmisericorde, injusto y epicureo, tratando esterilmente por otro lado de satisfacer un apetito que el sistema y la mezquindad colectiva se encargan de que siempre sea insaciable.

Sin embargo, cuando las vulneraciones que cometemos contra las demás se vuelven contra nosotras, lloramos previsiblemente.

Somos animales sensibles, y no podemos basar la sociedad en la desatención de los problemas fundamentales y la empatía, por eso la doctrina de la falta de escrúpulos es un lujo que no debemos permitirnos. Estamos condenadas biológicamente a la cultura del cuidado, a la civilización de los mimitos y las carícias, de la independencia autonómica de cada individua pero en una comunidad global. Y no hay argumento válido que pueda colocar un disparo donde debió haber un beso. Somos animales delicados, pero los gobiernos invierten nuestro trabajo e impuestos en armamento y alzado de fronteras de todo tipo, en fortalecer el miedo cobarde disfrazado de bravuconería del macho patriarcal, manteniendo el terrorismo capitalista y especista. El despilfarro material y energético siempre tiene un coste medioambiental o personal. Alguien paga lo barato, nuestro turismo lúdico, y todos nuestros derechos no pueden pasar por eliminar los de otras. ¿Es esto todo lo que nos ha enseñado nuestra fragilidad durante cientos de miles de años?. Sabemos lo que nos duele y castigamos a las demás con ese dolor… convencidas de que esa llaga no volverá a nosotras algún día.

Podemos hacerlo mejor, de eso va nuestra especie y de eso el humanismo, de apartar al antropocentrismo para que la lógica del ser triunfe sobre la del mercado. Podemos crear culturas de diálogo, espacios de comprensión mutua basados en la vida, en nuestra inestable verticalidad, en nuestros treintaiseis grados y medio, en el oleaje perfecto del deseo de la vida. Todas queremos vivir, ese es el único precepto entorno al cual contruir sociedades sólidamente frágiles, como nosotras, porque las que creamos están llenas de víctimas, silenciosas e invisibles a nuestra egolatría, tras concertinas y muros de mataderos, escondidas en decretos ley y veredictos sangrientos, y porque sabemos bien que en este prado, todas las flores son necesarias.

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Xavier Bayle, artista plástico autodidacta en las disciplinas de poesía y prosa, dibujo y pintura, fotografía, escultura, instalación, video y performance. Artivista por la liberación animal y alérgica a cualquier tipo de discriminación social. Aburrida del sistema pedagógico decido ir por mi cuenta como lectora convulsa. Ahora vivo en Polonia, practico permacultura por respeto a la tierra y a la Tierra, ofreco productos veganos orgánicos y pinto bolsas en esa linea de acción. Hago cualquier cosa que pueda ayudar a los animales. Entiendo la lucha animalista como autodefensa, una extensión lógica de los derechos humanos, donde todas las individuas precisamos derechos fundamentales a vida, libertad e integridad, incluyendo en ellas prioritariamente el medio ambiente donde ejercerlas. ¿El sentido de mi vida?: contemplar la migración de las aves, contar todas las hojas de hierba y las olas del mar, vigilar que llueva hacia abajo y recoger nueces y setas.

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Las Jornadas Felinas Europeas son unas actividades divulgativas en las que personas expertas en comportamiento, veterinaria o bienestar felino aportan las últimas novedades de su ámbito. TVAnimalista, como cada año, grabó las ponencias de la Jornada Felina Europea de este año celebrada el pasado 11 de noviembre de 2017 en el Ateneu Barcelonès (Barcelona):

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La Junta de Andalucía, a través del Instituto Andaluz de la Juventud y el Instituto Andaluz de la Mujer, ha lanzado una campaña para denunciar el acoso sexual callejero, bajo el lema “no seas animal”.

En esta campaña, hombres con máscaras de animales no humanos (buitre, pulpo, cerdo, gallo) acosan de diferentes formas a mujeres en el espacio público. Una voz en off masculina advierte que los animales de la fauna callejera están al acecho, animales que deben extinguirse, desaparecer. Porque esos comportamientos, de esos señores con máscaras de animales, son “más propios de animales que de personas”. Por si quedara alguna duda, el vídeo cierra con un: “estos comportamientos no son propios de personas”.

Pues vale. Supongo que la campaña busca ser intencionadamente polémica. Una polémica puede ser inteligente y de calidad. Se puede hacer, pero no así.

El primer paso para solucionar un problema es afrontarlo como es. Ninguna mujer ha sido acosada por buitres, pulpos, cerdos, o gallos. No. Las mujeres son acosadas por hombres (hombres, no personas en abstracto) que se consideran con derecho a opinar sobre el cuerpo de una mujer, seguir a una mujer, tocarla sin su permiso, etc. Esos hombres, que tienen esos comportamientos, se consideran legitimados socialmente. Por eso actúan así, porque creen que tienen impunidad para hacerlo. Hacen lo que hacen porque han aprendido que pueden.

Con esta campaña la responsabilidad en el acoso sexual callejero no sólo se diluye, es mucho peor. Ese discurso culpabiliza a criaturas que no nos han hecho nunca ningún daño. Esa campaña refuerza prejuicios que están en el imaginario y que generan violencia.

La cosificación (convertir a alguien en algo) necesita de las palabras. Es el primer paso. Con las palabras se genera desprecio, se difunden mentiras que legitiman la dominación, la discriminación, la sumisión. El feminismo, desde el principio, se enfrentó estas a lógicas de dominación, que asignan a las mujeres unas características determinadas (ser irracionales, emocionales, instintivas, etc.), con una intencionalidad. De esta forma, la violencia simbólica se transforma en violencia física. El feminismo sabe mucho de los daños que causan los símbolos, las representaciones colectivas.

Calificar a alguien de plaga a extinguir, difundir la idea de que los cerdos son asquerosos o que los buitres son repulsivos sigue una lógica parecida. Esta campaña se ensaña con quienes ya sufren nuestra violencia diaria, con quienes no nos dañan nunca y con quienes no se pueden defender. Es muy curioso que nuestra especie se haya construido negando su animalidad y, sin embargo, cada vez que tiene ocasión, responsabiliza a individuos de otras especies de violencias que son 100% humanas. Porque no, esos comportamientos no son propios de animales no humanos, son propios de nuestra especie, concretamente de algunos hombres de nuestra especie. Se llama patriarcado. A las cosas se las llama por su nombre.

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Diplomada en Relaciones Laborales. Licenciada en Historia. Militante de izquierdas. Feminista, heterodisidente y vegana.

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“Me cague en la mare que t’ha parit, perra!”

Valencia.  Hace mucho calor.  Unos hombres obligan a unos caballos a tirar de carros, sobre una pista de arena, en un espacio delimitado.  Los caballos deben arrastrar una carga de dos a tres veces su peso. No pueden.  Gritos, golpes.  Por su bien, más vale que puedan con la carga.  Eso es el tiro y arrastre.  Tradición, dicen, que debemos respetar.

Los partidarios de esta actividad, subvencionada con dinero público, repiten que forzar a un caballo a cargar peso hasta la extenuación es una especie de tesoro del pasado que debemos conservar.  Pero el tiro y arrastre surgió en Valencia ciudad, en los años 40 del siglo XX, como forma de valorar la fuerza de los caballos destinados a la huerta.  Fue en los años 70 cuando tuvieron lugar las primeras competiciones informales y hasta los años 90 no hubo federación. No es una tradición, pero, aunque lo fuera, ¿qué? Las tradiciones a respetar son las tradiciones respetables y no hay nada respetable en el tiro y arrastre. Nada.

Lo primero que llama la atención es la tristeza en la mirada de los caballos.  El miedo, la indefensión aprendida. El título de este artículo era el grito de un carretero, a un caballo que, según el amo, no lo estaba haciendo bien.  El análisis feminista es clave para entender que una competición de tiro y arrastre es una muestra de patriarcado, de machismo, tan cruda que tienes que parar a coger aire y respirar.

- Se feminiza a los caballos.  Sus nombres reales son masculinos pero, en competición, son insultados, asediados, golpeados bajo nombres femeninos.

- Se busca la docilidad y la sumisión, siempre.  El caballo tiene que saber en todo momento qué quiere el amo.  Cuando moverse, cuando parar, cuando arrastrar.  Tiene que obedecer o le pasan cosas.  Tienen que intuir, por la voz del amo, cuál es su estado de ánimo.  Ha aprendido a prever el golpe.

Todo este proceso recuerda mucho a la llamada “intuición femenina”: en una situación en la que no es posible una confrontación directa, aprendes por la observación a adelantarte, según exijan las circunstancias, a prever la reacción.

- El caballo camina con la cabeza baja, detrás del carretero. Ni siquiera tiene que hacerlo mal, la amenaza del castigo siempre está ahí.  Es muy común esta escena: carreteros caminan juntos, riendo, pasan al lado de un caballo y uno de ellos le golpea.  Ese golpe demuestra el dominio, reafirma la masculinidad, crea fratría.

- ¿Qué pasa si un caballo pone en evidencia al carretero frente al resto del grupo? Que el carretero le enseña quien manda, le pone en su lugar.  Y su lugar siempre es la sumisión.

- Todo sucede en el espacio público, así podemos imaginar qué pasa en el espacio privado, donde sólo están los carreteros y los caballos.

 

El tiro y arrastre es un ejemplo de cómo se construye la masculinidad, contra quien se construye.  Contra esos cuerpos castigados, que pueden llegar a 700 kg., que han aprendido a obedecer.  Por eso es habitual escuchar gritos como:

“Me cago en la madre que te ha cagado, mírala”.

“Me cago en la leche que has mamado hoy”.

“Lo que pasa es que sabe demasiado, me cago en Dios”.

“Gandula”.

O el “me enfadaré”.

“Me enfadaré”… y será culpa tuya, por haberme provocado, haberme mirado mal, por no obedecer.  Será culpa tuya, porque aquí mando yo.  Por rebelde, por no hacer lo que te digo, por no hacerlo rápido o por hacerlo mal.  El caso es que siempre hay una excusa, porque este sistema permite que siempre haya una excusa para dañar.  Y si el daño es demasiado visible y, sobre todo, si alguien lo grabó, nos dirán que es un caso aislado.

El tiro y arrastre es violencia sistemática, daño constante.  El tiro y arrastre, escribo esto como feminista, corta la respiración.

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Diplomada en Relaciones Laborales. Licenciada en Historia. Militante de izquierdas. Feminista, heterodisidente y vegana.

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La Raposa es un espacio de encuentro -situado en el Poble Sec de Barcelona- de Transfeministas, veganas y personas LGTBIQ. El grupo Bolleras Veganas iniciaron este proyecto hace pocas semanas y se constituyeron como cooperativa. En el espacio hay un bar, una sala para hacer charlas y talleres y una librería transfeminista.

Este video está realizado por idemTV.com y TVAnimalista.com

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¿Qué tiene que ver? Es la primera pregunta cuando explico que mi postura contraria a la gestación subrogada viene de la ideología antiespecista. Voy a intentar explicar muy brevemente la relación que veo y los motivos por los que entiendo que la gestación subrogada (vientres de alquiler) va más allá del debate feminista.

La gestación subrogada consiste en transferir al útero de una mujer un embrión fecundado con carga genética de una persona que no puede o no quiere gestar, pero sí desea tener una criatura que tenga su misma carga genética.

A mí me cuesta mucho pedir la prohibición de prácticas que se ejercen en base a una libertad individual y que no hacen daño a otras personas (humanas o no), pero es que en la gestación subrogada se dan prácticas de abuso que sí pueden implicar violencia y sí pueden implicar un daño que va a ser muy difícil reparar, si sucede, y hay posibilidades reales de que suceda.

Vamos por partes: existe todo un negocio montado alrededor de la gestación subrogada. Todo el mundo gana dinero (las agencias, los despachos de abogacía, los servicios médicos, etc.), sin embargo a la única persona a la que se le pide que actúe de forma altruista es precisamente la persona que más riesgo asume en todo el proceso: la mujer que va a gestar. De hecho, no se habla de un salario que va a recibir la mujer embarazada, sino de una “compensación” por las molestias. Y las molestias pueden ser muchas, por ejemplo, puede morir.

Imaginad esto: en Ucrania la gestación subrogada es legal, ¿una mujer de Kiev va a poner en riesgo su salud por amor hacia una pareja, no sé, de Tavernes de la Valldigna a la que no conoce de nada?, ¿se va a arriesgar a dejar a su familia en una situación de vulnerabilidad por amor a personas desconocidas? Ella lo hace por dinero y es algo comprensible, no juzgo eso, lo que es hipócrita es pedirle a ella, sólo a ella, altruismo. Ese discurso que implica que el trabajo, el tiempo, las energías, la vida, en definitiva, de las mujeres se cedan por amor es algo que nos resulta muy familiar. Es una de las bases del patriarcado.

Hasta hace relativamente poco, yo no tenía formada una opinión sobre la gestación subrogada. Fue en un debate que organizó el Col·lectiu Lambda cuando mi posición se definió y no fue por los argumentos de las personas contrarias a esta práctica, sino por los argumentos de las personas partidarias. En ese debate yo sólo hice una pregunta: ¿qué pasa si la mujer cambia de opinión? Respuesta: la mujer no puede cambiar de opinión.

Es decir, una mujer que acepta gestar debe someterse obligatoriamente a revisiones médicas, no puede tener relaciones sexuales durante el tiempo que determine el contrato, puede que no se le permita desplazarse a otras poblaciones si así lo determina el contrato, no puede interrumpir el embarazo si así lo desea y debe entregar al niño o a la niña quiera o no quiera, porque para eso ha firmado un contrato. No estamos hablando de una caja de patatas, se trata de una criatura que será entregada a alguien que no ha pasado ningún tipo de filtro psicólogico que descarte que sea una persona abusadora.

Porque esto es algo clave: en ninguna parte he leído que exista algún tipo de mecanismo para negar la paternidad/maternidad mediante gestación subrogada a personas que no deberían, bajo ningún concepto, ser las responsables de una criatura. Si pagas, te la llevas.

¿Y qué tiene que ver todo esto con los derechos animales, con el antiespecismo? Más allá de mi postura antinatalista, desde los derechos animales nos posicionamos contra la compra venta de seres, más allá de la especie, y de eso va todo esto, de compra-venta real de seres: firmas contrato, pagas, te lo llevas. La madre gestante podrá tener contacto o no con el bebé si lo permite la persona compradora, porque no tiene ninguna obligación. No importa que ese bebé también tenga su carga genética, no importa que ella haya cambiado de opinión. No tiene ningún derecho.

¿Y el niño o la niña? Puede, espero, que sea una persona querida, pero, aun así, nadie tiene derecho a comprar una criatura. No importa la cifra de la cuenta bancaria, legitimar la gestación subrogada implica aceptar que un deseo está por encima de los derechos humanos, algo que desde los derechos animales también conocemos bien. Desgraciadamente.

Si todas las energías, si todo el debate se centrara en reformar las leyes de adopción y la preocupación girara en proporcionar hogares a niños y niñas reales, con necesidades reales y que sí tienen derecho a crecer en un entorno de afecto y respeto, si eso se hiciera avanzaríamos tanto. El debate sobre la gestación subrogada explica tan bien el comportamiento de nuestra especie: hacer nacer niñas y niños porque queremos que tengan el color de nuestros ojos, porque podemos pagarlo, mientras niñas y niños que ya existen, que sufren y sienten, permanecen invisibles. Por eso la campaña “no compres, adopta” se amplía ahora a nuestra especie. Quién nos lo iba a decir.

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Diplomada en Relaciones Laborales. Licenciada en Historia. Militante de izquierdas. Feminista, heterodisidente y vegana.

Esta serie de dos artículos pretende mostrar el error que supone tratar de aplicar la misma estrategia a todas las luchas sin considerar las diferencias que hay entre ellas.

En la primera parte explicamos por qué el boicot que implica el veganismo dentro de la lucha antiespecista, no debe generalizarse en la lucha por la liberación de la clase trabajadora, salvo en algunos casos muy concretos. Pero si eso es así, puede surgirnos una pregunta en el sentido contrario: ¿tiene sentido el boicot contra los productos de origen animal, es decir el veganismo, como herramienta de la lucha antiespecista?

La lucha de los animales no humanos:
Si el boicot no sirve ¿no es el veganismo un tipo de boicot y por tanto tampoco sirve como estrategia?

Antes de empezar habría que aclarar que el veganismo es una herramienta que se basa en se basa en boicotear (y difundir su boicot) a productos, servicios y espectáculos que impliquen encierro, explotación, sufrimiento y/o muerte de algún animal. Una herramienta elemental para el antiespecismo, un movimiento que va más allá de la renuncia a participar en la opresión (veganismo) y busca, además, acabar con la misma. En este tema hay que tener en cuenta varios aspectos que hacen imprescindible el boicot.

Empezando por lo básico, el consumo de carne o pescado implica, EN SI MISMO, se haga lo que se haga, se esté en el sistema que se esté, el asesinato de un animal. Alguien que se oponga a ello (asumo que el debate ha llegado a un momento en el que eso es asumido por tod@s, aunque sea a nivel teórico, de lo contrario no tiene sentido argumentar sobre cuál es la mejor estrategia) debe evitar comer carne por el mismo motivo que alguien que se oponga al racismo debe evitar tener comportamientos racistas, no porque ello, en si mismo, vaya a acabar con el racismo y la explotación hacia razas oprimidas, si no por coherencia.

Si inicialmente decíamos que el problema de la explotación laboral era el sistema capitalista en sí mismo y que ese debía ser el objetivo, y no el de uno u otro producto, ahora nos encontramos con que no es el sistema capitalista el culpable (aunque lo potencie), sino el especismo, y avanzar hacia una sociedad socialista o comunista (o anarquista, si tal cosa fuera posible) no solucionará el problema, sólo lo modificará, pero sin una conciencia social de que este problema es injusto, ningún socialismo acabará con ello.

Y viceversa, desde el socialismo podría ser más sencillo acabar con el especismo si se llega a una masa crítica de gente que quiere lograr dicho objetivo, pues en este sistema no existe la “libertad” de utilizar el capital para saltarse la voluntad de las mayorías, y si se decide acabar con la explotación hacia los animales, se acabará para toda la sociedad, y no sólo para la mayoría de concienciad@s, como ocurriría en el capitalismo aduciendo la “libertad” para usar el dinero en lo que se quiera (incluso aunque sea para algo que la sociedad considera que no debería existir). Por tanto, la antiespecista, debe ser una lucha paralela a la anticapitalista y no dejarla “para después”.

Vale, la carne y el pescado está claro, siempre implican asesinato en cualquier circunstancia, y bajo cualquier sistema y debe haber una mayoría social que repudie su uso, si queremos que se pueda prohibir, incluso bajo el socialismo. Pero, los huevos, la leche y el resto de productos que impliquen explotación animal sí se podrían conseguir éticamente en un sistema ético que tuviese prioridades diferentes a las del sistema capitalista, ¿no? Pues… no.

En realidad la explicación podría ser tan sencilla como que si, como dijimos anteriormente, lo que necesitamos abolir es el especismo como sistema de explotación, no podemos seguir fomentándolo en algunos productos. De este modo jamás llegaríamos a esa masa crítica, pues se está aceptando parte del sistema de explotación que asume que los animales son mercancía y no seres sintientes con derechos inherentes que no deben ser vulnerados.

Pero se puede ir más allá. No podemos olvidar que el consumo de productos de origen animal implica (entre otros):

-En los lácteos.
-En los huevos.
-En los materiales de origen animal.

Concretando más, podemos ver que realmente ningún sistema puede garantizar que la leche o los huevos, producidos masivamente, estén libres de sufrimiento y muerte. Sí, puede darse el caso que vayas por el monte y te encuentres un huevo abandonado de algún animal, te lo comas y ello no implicaría necesariamente sufrimiento (si eres capaz de discernir si ese huevo está incubado, o no) para nadie (salvo, quizá, para ti en caso de que estuviera ya podrido). Como éste, puede haber otros ejemplos extremos. Pero obviamente eso no es de lo que estamos hablando, así no se alimenta a una población.

¿Leche de vacas felices? ¿Huevos de gallinas en libertad? Estas falacias (a veces defendidas, por desconocimiento, por defensores de animales) ya se dan dentro del capitalismo, no hace falta imaginarse un mundo por venir para conocer la realidad.

Incluso suponiendo que haya una reducción grande de la producción que permita hacer asumible el consumo de dichos productos, con un espacio aceptable para los animales (Si todo el consumo actual de lácteos viniera de ganadería “ecológica” no habría suficiente superficie en todo el planeta), y asumiendo también que no se darán los habituales casos que se han ido descubriendo [ejemplo], de maltrato dentro de granjas de “vacas felices y ecológicas”, seguirían habiendo problemas intrínsecos a la explotación de animales que la haría incompatible con esa búsqueda de acabar con la crueldad contra animales. Incluso en esos casos, existen claros motivos para rechazar su uso.

Como el objetivo de este artículo no es detallar esto, pongo un par de enlaces a modo de ejemplo: Los “huevos ecológicos” son crueles / La “carne feliz”, los “huevos camperos” y la “leche orgánica” son cuentos de hadas.

Concluyendo: La interseccionalidad en las luchas es muy interesante, pero nunca nos debe hacer cometer el error de utilizar una misma estrategia para todo. Hay que analizar cada situación y aplicar las respuestas más adecuadas a cada tipo de opresión.

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En proceso de deconstrucción desde hace más de una década, dispuesto a replantearme mis privilegios y adquiriendo conciencia de mis derechos. Evolucioné de adquirir conciencia de mis derechos individuales a mis derechos colectivos, de ahí reconocí los del resto de personas y finalmente fui consciente de los derechos del resto de animales y de la necesidad de proteger el medio ambiente. militante comunista, antiespecista, ecologista y aprendiendo a ser aliado feminista.

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Desde que se tradujo al español el ensayo de Jason Hribal «Los animales son parte de la clase trabajadora» que en las redes sociales he visto cómo se ha extendido el debate entre partidaries y detractores de llamar “clase” y «trabajadora» a los animales no-humanos. Desgraciadamente estos debates trasnochados se intensifican cuando se acerca el primero de mayo y, de entre les partidaries, se encuentran personas adultas y aparentemente serenas.

Como se ha notado que ya he elegido bando detractor, lo haré prosiguiendo con el absurdo, aludiendo a les defensores de los derechos «laborales» de los animales no-humanos de tener muy poca paciencia en el análisis crítico, que provoca que se digan disparates y se abran, de par en par, portales a la estupidez. De hecho, lo considero un síntoma más de lo que vendría a ser el conjunto básico de consecuencias del prepolitismo dentro del antiespecismo de los últimos años.

Señalo aquella animalista que, condensando gratuitamente y a lo loco la consigna «los animales son clase obrera», crea imágenes y las cuelga en las redes, la que exhibe cartelería en las manifestaciones del primero de mayo, en mesas informativas, quien difunde orgullosamente este mensaje a través de publicidad editorial y a todes las que, al fin, ocupan demasiado tiempo en futilidades, iniciando debates intratables entre elles alrededor de los viajes cannábicos y surrealistas de Hribal y sus seguidores, más abducidos, si cabe, que los exaltados discípulos de Francione.

Los últimos primeros de mayo, algunes veganes (dicen ser «de clase») transmiten sus pajas mentales con el fin de obtener una estrategia retórico-dialéctica con el especismo de clase… en fin… Les susurran al oido que hay un ensayo que les ha causado un fuerte impacto y que dice que los caballos y las mulas son working class y tal, y que qué les parecería que los animales estuvieran presentes con voz y voto en la próxima OIT, que ya tienen un nuevo motivo -siempre revelador y definitivo- para hacerse veganes, que mola tanto el rollito éste, que aprovechen las ofertas «2×1» de las verdulerías y que cada vez hay más producto «vegano» a los supermercados del Juan Roig…

No puedo entender que haya quien defiende las tesis de Hribal para probar de resultar simpáticas al sindicalismo y al comunismo (científico o libertario) con el que piensan que están compartiendo luchas. La fantasía terminológica «clase obrera/trabajadora/proletaria» atribuida a los no-humanos es una estupidez enorme y un campo fértil para la burla indefinida que nos profesa, aún, el especismo anticapitalista.

Hribal pide: (…) «Primero que las lectoras consideren el papel de los animales en el desarrollo del capitalismo. En segundo lugar, se pone en duda el supuesto básico de que hay que ser humana para ser considerada como trabajadora. Por último, el ensayo se enfrenta a los parámetros que se aplican actualmente a la definición de la “clase trabajadora”».

Quien extrapola la plusvalía o el trabajo remunerado con la cosificación de los no-humanos debe afinar su análisis, porque la respuesta le debería resultar automática por sencilla:

Primero pues, por supuesto que el papel de los animales en el desarrollo del capitalismo es amplio, desde antes de la primera revolución industrial y hasta nuestros días, tanto que puede ser tratado con multidisciplinariedad, creando así su propia holística. Aún así, los animales eran menos explotados y oprimidos en número que ahora (lógica de explosión demográfica y productivista posterior a la 2ª Guerra Mundial) pese a que fuera más notoria su presencia a la vista de los humanos antes de la fase de su reemplazo por el de las máquinas. Esto no quiere decir que se tengan que tolerar ciertos antropomorfismos que se desprenden del ensayo. El sangriento papel que hemos obligado a tener a los animales a lo largo de la prehistoria y la historia se puede estudiar, aprenderlo y utilizarlo para su liberación, o bien para llenar páginas de ensayos que sólo pueden servir para alimentar la impertinencia de para-filósofos que frenan la acción de liberación.

Segundo, los animales no-humanos no son trabajadores; (como trabajadores Hribal menciona unas pocas subespecies de équidos y bóvidos sobre su subyugación empleada para la tracción a sangre). No es correcto colgar esta etiqueta condicional a ningún no-humano. Son personas no-humanas explotadas y consumidas por la humanidad, sea ésta de clase trabajadora, o no, y ya sea de forma directa o indirecta.

Los animales no trabajan, no hay voluntariedad ni conciencia de contrato social, no existe un tiempo donde puedan desarrollar su animalidad/vida en libertad y en un plano tempo-espacial diferente al de su subyugación, al de la aniquilación de la su voluntad y el pánico al castigo físico.

Y tercero, los animales no son “clase”; las clases son inherentemente humanas; los animales cuando se asocian, no lo hacen por un componente de cambio (revolución) sobre la identificación de una explotación/opresión, sino de un componente intrínseco de especie, de búsqueda de supervivencia, de bienestar, simbiosis, etc. Si los arrojamos a ser sujetos no-activos de teorías que la mayoría de la población no conoce ni entiende (ni lo hará nunca), los estamos separando de su factor inherente de la especie a la que pertenecen, actuando de forma opresiva para separarlos de su especificidad biológica, y todo por querer llevarlos a la fuerza hacia nuestro terreno físico y mental. Y alerta, porque esta amenaza proviene de las que, en teoría, estamos para liberarlos.

«Clase» es una categoría que clasifica y diferencia a les humanes en, básicamente, dos tipologías de personas: las que son propietarias de los medios de producción de las que no, que es la que en términos históricos y, sobre todo marxistas, soporta una confrontación que arrastra una carga revolucionaria implícita. Los no-humanos nunca podrán hacer una revolución de ningún tipo, al menos de forma directa o premeditada. Por lo tanto, ni son clase, ni son obreros, ni son revolucionarios, pues su evolución es continua, y no es otra que la de adaptarse al medio (natural y construido) y probar de sobrevivir lejos de nosotros.

Los animales son seres vivos (personas) tratados como objetos inertes para el desarrollo del trabajo de los humanos, convirtiéndose en instrumentos para el trabajo, recursos, productores involuntarios de recursos, medios para unas finalidades, mercancía, producto, cosas, propiedades, herramientas, y sepultados bajo mil toneladas de sinónimos, adjetivos, eufemismos y excusas para no perder unos privilegios humanos que no ponen cara, nombre ni derechos a las personas no-humanas de las que nos beneficiamos.

Por lo tanto, a los animales no-humanos se les obliga a la metamorfosis de la persona-cosa, a la esclavitud y el suplicio permanente, a auto-torturarse, a una subyugación que los saca de quicio, a la opresión sublime que los somete a la locura, al pánico, a la resignación, a la frustración perpetua, a sufrimientos extremos sin tregua hasta que, antes del descanso que conduce a la nada, se les regalan muertes lentas, chapuceras y angustiosas como las formas más completas y retorcidas de martirio.

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Toni Teixidó. Cosecha tarraconense del 80 y maestro vocacional. Comunista, porque sólo podrá ser la clase explotada la que termine liberando a sus esclavos no humanos. Persisto con la idea de combatir todas las opresiones en paralelo y hacerlas converger en el marco de la reunificación y la independencia de los Paises Catalanes; es por ello que actualmente y, a fin de poder compaginar estas luchas, milito en d’ARREL, en el MCAN-EI, colaboro con Libera! y soy coportavoz de la Coordinadora para la Abolición de los Correbous de Cataluña.

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Habitualmente, en debates en los que surgen simultáneamente la cuestión de los derechos de los animales y la de trabajador@s explotad@s para producir artículos de consumo, se llega casi siempre al mismo punto aunque expresado de maneras opuestas dependiendo de si son animalistas o comunistas quienes participan en el debate: “Se deberían boicotear todos los bienes de consumo que impliquen, también, explotación de humanos/El boicot a los productos de origen animal es inútil, hay que cambiar el sistema, eso lo solucionará”.

Ambas afirmaciones (obviamente simplificadas, sólo quería mostrar la idea) son totalmente erróneas y parten de la base de aplicar la estrategia de una lucha a otra. La interseccionalidad de las diferentes luchas es muy útil, pero eso no tiene que llevarnos nunca a mezclar las estrategias de cada lucha.

La lucha humana:
¿Por qué el boicot no sirve para acabar con la explotación laboral?

Tampoco sirve contra las guerras, los genocidios, los daños medioambientales producidos por empresas, etcétera.
El motivo es porque la explotación laboral es algo intrínseco al sistema, que no desaparece eliminando una práctica concreta de una empresa concreta, existirá SIEMPRE mientras exista el capitalismo. Y en el capitalismo, por desgracia, se fabrica todo, pues es el sistema hegemónico a nivel mundial. Por otro lado, Las guerras por recursos, y todo lo que ello conlleva, son provocadas por su fase superior, el imperialismo y su consecuencia actual, el neocolonialismo.

Así pues, de nada sirve hacer boicot a Inditex o a Mercadona para acabar con la explotación laboral, pues es imposible huir de ésta. Los esfuerzos, en cambio, han de centrarse en destruir el sistema capitalista y construir alternativas. No es sencillo, y nadie ha dicho que lo sea, pero es el único método que puede funcionar realmente.

¿Entonces, boicotear no sirve de nada? No, boicotear no es la solución, pero puede ser una estrategia interesante en determinadas circunstancias, como en apoyo a una huelga (si así lo piden l@s huelguistas) o en campañas muy concretas limitadas a productos concretos con objetivos concretos y mesurables, llevado a cabo (o apoyado) por organizaciones fuertes y con un ámbito de actuación que pueda impactar de forma real al objetivo (local ante productos locales; regional, estatal o internacional ante productos de esos ámbitos). Un ejemplo de este caso puede ser la campaña BDS contra los productos de Israel para tratar de equilibrar las fuerzas en el conflicto con Palestina.

Pero nunca hay que pensar que el boicot, que es una herramienta más, como el parlamentarismo o las huelgas, por ejemplo (unas con más poder que otras, y unas más eficientes en unos casos, y otras en otros) podrá acabar con el sistema. Es tan erróneo pensar que el boicot solucionará los problemas, como pensar que votar es la solución. Tenemos muchas herramientas y hay que saber usarlas todas. Centrar todos nuestros esfuerzos en una sola sólo puede llevar a un irremediable fracaso.

Por ejemplo, es tan inviable acabar con la guerra en Siria dejando de consumir gas, como lo es acabar con la guerra y la violencia en la República Democrática del Congo dejando de comprar teléfonos móviles. Incluso haciéndolo en todo el mundo durante un año entero (algo, por otro lado, imposible hasta el absurdo), los conflictos seguirían, pues no son provocados por la demanda de productos, si no por una lucha por el poder. Quizá los conflictos se desencadenaron por el interés de algún grupo por controlar el producto en cuestión, pero una vez iniciados, aunque el producto pierda interés, el conflicto armado se mantendrá. Y culpar a l@s consumidor@s de los productos, de las guerras que hay en los países de origen, no sólo es ineficiente (por imposible), sino que es desviar el objeto de las culpas y la posible acción que realmente se pueda hacer. ¿Os imagináis que los apoyos a la II República en cuenta de ser en forma de Brigadistas Internacionales y armamento, hubieran sido en forma de boicot a productos provenientes de España? Es mil veces más efectiva una campaña a favor de la salida de España de la OTAN (aun sabiendo lo limitado que es eso), organización que es causa, directa o indirecta (por la desestabilización de zonas) de la mayor parte de las guerras del mundo desde su creación, que una campaña a favor del boicot de un producto que, a fin de cuentas, en situación de estabilidad, puede ser fuente de riqueza para el país en cuestión.

Si el boicot no sirve ¿no es el veganismo un tipo de boicot y por tanto tampoco sirve como estrategia?
Esta pregunta, de una importancia fundamental para el movimiento antiespecista, trataré de responderla en la segunda parte de este artículo.

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En proceso de deconstrucción desde hace más de una década, dispuesto a replantearme mis privilegios y adquiriendo conciencia de mis derechos. Evolucioné de adquirir conciencia de mis derechos individuales a mis derechos colectivos, de ahí reconocí los del resto de personas y finalmente fui consciente de los derechos del resto de animales y de la necesidad de proteger el medio ambiente. militante comunista, antiespecista, ecologista y aprendiendo a ser aliado feminista.

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