Julio Ortega Fraile

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¿Qué tienen en común Marie Curie, científica polaca pionera en el campo de la radiactividad y el Rey emérito de España, Juan Carlos I de Borbón? No rendirse ante algo aunque el cuerpo se niegue a responder y seguir haciendo aquello que es su pasión más allá de las propias limitaciones por salud.

¿Qué los diferencia? Que la Premio Nobel de Física y Química invirtió esa superación en descubrir avances que servirían a la Medicina, o sea, para salvar vidas, y que el Monarca que designó Franco lo hace en acabar con ellas, esto es, en matar animales por diversión.

Cuando a consecuencia de una inoportuna caída se destapó que el papá de Felipe VI estaba matando elefantes en Botsuana, con España en medio de una grave crisis que aún no ha remitido, pidió perdón, dijo que se había equivocado y aseguró que no volvería a ocurrir. Ahora ya no se sabe si lo que no pasaría de nuevo es lo de ir a cazar o que le pillasen, pero parece que ambas cosas se han repetido, aunque esta vez no haya críticas, acaso porque no hay fotos, quizás porque acabar con la vida de inocentes en Espaňa no lleva la carga onerosa de hacerlo en África, puede que porque ya no es Rey, ¿quién sabe?, la cuestión es que sigue matando animales porque eso le pone y que el asunto se conoce pero ya no merece un titular. Ni indignación.

Su edad, sus accidentes, su lo que sea, que a mí me da lo mismo lo que cada uno se meta en el cuerpo y en qué cantidad mientras con ello no haga daño a nadie, le han pasado factura a este hombre, que la sangre podrá ser azul pero los músculos, huesos y corazón no se fabrican unos para nobles y otros para plebeyos, aunque luego la vida que se lleve implique estados de conservación muy desiguales, el caso es que todo eso le ha conducido a no poder moverse con la agilidad de antaño. Ya no posee El Campechano aquella sonrisa fresca para saludar junto al Caudillo desde el balcón en la Plaza de Oriente, ni aquel verbo fluido para hacer apología del dictador en declaraciones a una televisión extranjera, tampoco el brazo fuerte para sostener el arma con la que reventar de un disparo a un jaguar, a una osa (dicen que hasta las trancas de vodka, la osa) o a un elefante, pero eso al Rey que prometió defender las corridas de toros le da igual. La naturaleza puede dotar de la misma falta de empatía ahora a un Soberano que a Fernando VII hace más de doscientos aňos, sin embargo la tecnología puede regalarle más en estos tiempos para que se canse menos.

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En varios medios afines a este seňor, con tono de noticia diría que casi entraňable, nos cuentan que Juan Carlos I ha vuelto a cazar, y como al parecer su hombro se resiente y -pobrecito, ¿no?-, le resulta dificultoso sostener el rifle, han diseňado exclusivo para él un artilugio metálico que se despliega desde su cadera, en el que se apoya y ya sin fatiga ni temblores apunta, dispara y mata. Cuentan que por eso le llaman cariňosamente “El cazador robocop” entre sus colegas de carnicería. Y aquí vendría el “plas plas plas” de todos cuantos siervos lameaforamientos dignos de “La Escopeta Nacional” aún son, o vienen las arcadas de los que, por separado aunque en este caso se junten, rechazamos una Monarquía impuesta pero sobre todo abominamos de la Violencia, por más que sea deporte Real y legal, que los muertos de la caza ni tan siquiera pudieron elegir una Constitución que no dejaba escoger, donde la Corona entraba tan de matute como el dinero de todos los espaňoles, aunque a la mayoría les repugne, lo hace en el mantenimiento de la Tauromaquia.

El Rey emérito no se parece en nada a Marie Curie, tal vez por eso ella será siempre recordada con admiración y el cazador de sangre azul que disfruta derramando sangre roja ya es despreciado en vida por varios de sus actos.

Aquella científica dijo una vez que “La mejor vida no es la más larga, sino la más rica en buenas acciones”. Juan Carlos I de Borbón y Borbón, si eso es así la tuya tiene que ser un verdadero desecho. En todo caso es letal para esos animales que matas con el codo sobre metal o cuya muerte aplaudes con el culo sobre una grada en una plaza de toros.

Tu hija también caza y asiste a corridas, como algunos de tus nietos, incluso menores, al igual que tu hijo, al que vemos de vez en cuando disfrutando en corridas, eso sí, en el tiempo que le deja libre negociar con regímenes de dictadores.

Iba a hablar de caza, lamento haberme ido también a otras formas de violencia legal, pero fue inevitable con este hilo conductor.

Julio Ortega Fraile, activista por los Derechos de los Animales, escritor, coordinador de la Plataforma “Manos Rojas”, colaborador en El Caballo de Nietzsche y presentador del Programa PUNTO DE LECTURA en la TVAnimalista. Fui Delegado para Pontevedra de la Asociación Animalista LIBERA! y Secretario de Organización y Delegado para Galicia del PACMA. Mi libro: Servidumbre Humana, mi película: Los Lunes al Sol, mi canción (a veces cambia, pero no el cantante): Una Noche de Verano de Andrés Suárez. No me gustan las banderas pero me quedo con la republicana y me encanta ver rastas en el Congreso de los Diputados. Y sí, le tengo mucho asquito al rey, al de antes y al de ahora.

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Y al dueño del Restaurante Las Delicias del Puerto de Alicante, ¿le podemos llamar por lo que es y describir por lo que ha hecho, o también tenemos que andarnos con pañitos calientes en este país donde la Administración recoge las multas por maltrato animal en forma de calderilla y las subvenciones taurinas las entrega en tacos de billetes morados?, ¿en este país donde los eufemismos estudian derecho y tanatopraxia para que los criminales parezcan inocentes y los muertos vivos?

Este canalla, este miserable, este delincuente, este psicópata, este malnacido, decidió rociar con ácido a una camada de gatitos -presuntamente, voy a aňadir, que cínicos podemos ser todos-, así que llenó un cubo con un producto corrosivo y se lo echó por encima a esas criaturas, hay testigos. ¿Dónde estabas, karma, para que antes de llegar a ellas no hubiese dado un traspiés y metido la cabeza de lleno dentro de ese cubo?

Ácido, nos podemos imaginar (o no) el dolor que han sentido esos desdichados animales y que siguen sintiendo casi todos ellos. Sí, digo casi porque al menos que yo sepa ya ha muerto uno. Y claro, a esto tampoco lo podremos llamar tortura con intento de asesinato en el caso de los que sobreviven y tortura más asesinato consumado en el del que no superó sus heridas, ¿verdad? El ejecutor es humano y por lo tanto podría ser acusado de esas figuras delictivas pero como sus víctimas no lo son, pues nos tenemos que conformar con el término “maltrato” y con la coletilla de “animal”, o sea, una simple falta en el Código Penal, y si se me ocurriese llamar a ese ser despreciable torturador o asesino igual hasta me denunciaba, como hizo Juan Lado con el grupo musical Lyvon por considerar daňada su imagen cuando, tras matar a palos a su pastor alemán le dedicaron la canción de “Juan Lado Cagón”.

Y como ese, en la misma línea de abyección, el dueňo de Las Delicias del Puerto. Ahora me imagino a buena parte de los espaňoles horrorizados ante su acto, asqueados por su maldad y conmovidos al ver la imagen de esos gatitos despellejados. Con este ruin no hay tanto problema como con otros, esta vez no saldrá una Fundación del Gato de Abrasar para, como ha ocurrido con la Fundación del Toro de Lidia, denunciar a cuantos tengan la osadía de faltarle el respeto a este individuo, sólo su abogado hará lo que pueda pero sin lobby mediático detrás, y me pregunto cuál es la diferencia más allá de la legalidad y de la compasión selectiva de algunos ciudadanos frente a las atrocidades con animales.

¿Cuál es la diferencia del dolor provocado por ácido o puyas, banderillas, estoques, descabellos y puntillas, cuál entre el dolor y el miedo de uno u otro animal, cuál en la sangre que mana de sus heridas, más atroces todavía por dentro que por fuera en el caso del toro, cuál entre la cobardía, el sadismo y la violencia de quien comete el acto en las inmediaciones de un restaurante o en un ruedo? Ninguna, joder, no hay ninguna que no pase por una hipocresía mugrienta y por la pérdida de la ética para dejar espacio al propio interés aunque cueste vidas. Supongo que este hostelero sin escrúpulos lo hizo “por el bien” de su negocio, como ganaderos y empresarios taurinos o toreros y cuadrillas sin escrúpulos también lo hacen “por el bien” del suyo.

No hay diferencia, para mí y para muchos no la hay, y quien hace de la muerte su beneficio no está eximido de la criminalidad de su acción, legal o moral pero criminalidad al fin, aunque no se puede negar que su vileza es al menos coherente con su desprecio absoluto a otras vidas en aras de su provecho, ¿qué pasa sin embargo con muchos de los que brota la lagrimita o giran la cabeza ante la imagen de unas crías en carne viva?, que tal vez no habiendo interés no hay tampoco rabia, ni llanto, ni repulsión frente a la de un toro, ni siquiera a la de un novillito, con nervios y músculos seccionados, con hemorragias, con el pulmón atravesado, la lengua colgando, las patas dobladas, la mirada aterrada y a su lado uno que no es dueňo del Restaurante Las Delicias del Puerto sino torero, que no lleva un cubo con ácido en las manos pero sí un puñal asestándole la cuchillada final, lanzándole la rociada final. ¿Qué maldita diferencia hay?

Mientras en un país como Espaňa no se pueda llamar a las mismas cosas por un mismo nombre en función de una indecente excepcionalidad legal, mientras actos muy similares sean en un caso tradición a preservar y en otro delito, perdón, ni eso, falta, mientras sigamos consintiendo, alentando y subvencionando formas de tortura y de asesinato animal seguirán ocurriendo estas cosas que tanto turban nuestra sensibilidad ad hoc. Sólo refiriéndonos a gatos y entre otros muchos casos en unos pocos meses hablamos de un gatito atrapado en el cepo de un cazador y que finalmente murió tras ser rescatado, de otro que tampoco sobrevivió y que había sido utilizado por unos chavales a modo de balón, y de estos abrasados con un producto industrial. Entre medias de unos y otros docenas de ellos tiroteados, ahogados, quemados, envenenados, muertos a palos o arrojados a un contenedor, digo docenas por decir algo, son imposibles de cuantificar, estos casos no es que queden normalmente impunes para su autor, es que ni se llegan a conocer. Muchas, demasiadas fosas sin localizar ni abrir en España, de todas las especies.

Pero lo que más estremece, repito, no es el que carga ácido en un cubo y se lo echa por encima a unos gatitos, no es el que ahorca a un galgo, despelleja a un visón, le mete un tiro a un corzo o revienta las entraňas de un becerrito o de un toro en un ruedo o fuera de él, sino los millones de espaňoles que llaman joputa al propietario de ese restaurante y héroe a Enrique Ponce, o sin decirle héroe, no es necesario, cuentan que no les gusta la tauromaquia pero no sé qué de que por lo mismo no van y de la libertad. ¿Te serviría entonces, espaňola o espaňol con la piel tan fina para ciertas víctimas y con semejante coraza para otras, en ese laissez faire, laissez passer tuyo, que lo de los gatos abrasados se saldase con un “no estuvo bien pero hay que respetar su libertad?”

En ese caso no, ¿verdad?, por qué, ¿porque es ilegal, acaso?, ¿porque tus hijos tienen un gatito? El deseo de vivir, el derecho de hacerlo, el horror del sufrimiento físico y emocional y la violencia, querida y querido amigo de la selección ética para el bienestar de tu conciencia que con un % de indignación ya se fabrica un analgésico, no dependen de un código penal, porque si así fuese hasta los juicios sumarísimos con condena de muerte en el franquismo habría que darlos por dignos, en aquel momento, recuerda, eran legales. Como hoy lo es, dependiendo dónde, la lapidación, la ablación o la tauromaquia.

Sí, todo esto al hilo de esos pobres gatitos abrasados. Es lo que tiene la violencia, que conectada en la realidad en cualquiera de sus formas -quién no ha dicho alguna vez aquello de que la violencia engendra violencia-, ¿por qué no iba a poder estarlo en un texto? Que no escandalice en frases lo que parece no perturbar en el día a día.

 


Julio Ortega Fraile, activista por los Derechos de los Animales, escritor, coordinador de la Plataforma “Manos Rojas”, colaborador en El Caballo de Nietzsche y presentador del Programa PUNTO DE LECTURA en la TVAnimalista. Fui Delegado para Pontevedra de la Asociación Animalista LIBERA! y Secretario de Organización y Delegado para Galicia del PACMA. Mi libro: Servidumbre Humana, mi película: Los Lunes al Sol, mi canción (a veces cambia, pero no el cantante): Una Noche de Verano de Andrés Suárez. No me gustan las banderas pero me quedo con la republicana y me encanta ver rastas en el Congreso de los Diputados. Y sí, le tengo mucho asquito al rey, al de antes y al de ahora.

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Se fue la superstición pero se quedaron la estupidez, la crueldad y la codicia, asentadas con especial énfasis en Espaňa, un país donde lo mismo se matan lobos “porque hay muchos” que se torturan toros hasta la muerte “para que no se extingan”.

Mientras en la América precolombina ya practicaban la convivencia con el lobo y en cierta medida, con sus excepciones, esa actitud de respeto la conservan hoy (y allí sigue habiendo personas y otras especies, no se los han comido a todos) aquí hemos pasado por varias etapas de una misma travesía por la ignorancia y la maldad: convertirlo en el malo de los cuentos, asustar con él a los niňos y a los que no lo eran, dotarlo de poderes sobrenaturales y daňinos, asociarlo con el diablo y hasta con el anuncio adelantado de la muerte humana. Las luces no sirvieron para transformar su suerte sólo lo hicieron para buscar nuevas justificaciones para su acoso y asesinato. Así, censos a menudo falseados se pusieron al servicio de la estadística del exterminio, ganaderos al de las indemnizaciones abandonando no pocas veces a animales enfermos o heridos en los montes para luego gritar: “¡Que me lo mató el lobo!”, y cobrar, claro, y cazadores, como siempre, al de su inagotable sed de violencia, en esa querencia enfermiza suya por reventar entraňas donde las de cualquier pieza les valen, desde perdices hasta leopardos pero un lobo, por ser el animal que es, satisface mejor la “trofeitis” de su hipogonadismo moral que una vulgar ave, y les sale más asequible matar ejemplares aquí que ir a cazar grandes felinos a Botswana, que también es algo que les pone mucho.

En las leyendas de los nativos americanos existía igualmente la creencia de que a veces el lobo se transformaba en hombre pero en su caso aseguraban que lo hacía para ayudar a humanos en problemas, en Europa su mutación se decía que era para asesinar y a día de hoy, libres ya de ese tipo de mitos, al otro lado del océano pervive cierta protección y a este el afán de su exterminio. El conocimiento sólo ha servido en nuestro caso para hacernos sanguinarios más modernizados y en Espaňa, para no variar, las mazmorras de la mediocridad ética tienen puertas que pesan mucho más.

Tal vez eso explique en parte que cada vez que en una página de caza se cuelga la fotografía de una oveja supuestamente atacada por lobos para demostrar lo necesario que es acabar con ellos con expresiones del tipo “Gestión y sostenibilidad”, los comentarios de los escopeteros acaban indefectiblemente en frases como: “Viva la caza”, “Cazo porque es legal y porque me sale de los coj…”, “No tenéis ni put.. idea ecolojetas” y así, en esa línea. Su línea habitual.

Luego sí, en su descargo de matones cobardes y por diversión (desde lejos, con un arma y principalmente para sacarse la foto, a lo Juan Carlos I o César Cadaval), argumentan que también los animales matan para comer. Por supuesto pero entonces en qué quedamos: ¿matar para alimentarse es lícito para un cazador y no para un lobo? ¿Al segundo lo asesinamos legalmente y al primero lo nombramos asesino legal?

Los lobos no hacen campeonatos de muerte donde gana el que más cadáveres acumula, no transforman en puntos las cornamentas de sus presas y escogen la que sume más, los lobos cazan desnudos lo justo para comer, no se pertrechan en armerías ni disecan o decapitan a sus víctimas para exhibirlas. Y los lobos no matan a humanos. Los cazadores matan a lobos, conejos, perros, jabalíes, elefantes, gatos, corzos… Y a mujeres y hombres con sus “errores”. Los lobos son mucho menos mortíferos, sin esa torpeza letal y sin esa codicia por atesorar cuerpos. Los dos últimos conceptos van unidos: el que tiene prisa por matar acabará llevándose la vida de quien no pretendía. Menos mal que luego poniéndole un adjetivo y un sustantivo: “Desgraciado accidente” y aňadiendo un par de afirmaciones al estilo: “Estamos desolados” y “No entendemos cómo pudo ocurrir”, queda zanjado de forma política, legal y parece que hasta socialmente correcta el asunto de dos docenas de muertos y dos millares de heridos humanos al aňo.

No es una cuestión de seguridad ni tampoco ecológica sino geográfica, cognitiva, moral y económica. Por eso nacer lobo en Espaňa es como nacer toro aquí: hacerlo con una sentencia de muerte anticipada firmada. ¿Han desaparecido los toros en Inglaterra o las ovejas en Costa Rica? No. ¿Los humanos?, tampoco, pero en este país hay demasiado poderoso y dinero de por medio en ambos asuntos. No resulta raro que en casos de corrupción se escuche la palabra cacerías en relación con los condenados o verlos presenciando corridas. Esto es Espaňa, más profunda que elevada todavía.

Aquí somos mucho más modernos para la gestión de indemnizaciones o para la fabricación de rifles que para dominar nuestra parte más violenta. Y cuando no hay motivos reales somos únicos para inventarlos y creerlos. O no, pero eso ya da igual, lo que no pone la razón lo aporta la ruindad y sobre todos los intereses. Leo la siguiente noticia: “La Plataforma Sierra Norte de Guadalajara de Ganaderos denuncia que las grandes manadas de buitres que habitan en estas zonas han atacado a vacas recién paridas y las han devorado”, y añaden “exigimos compensaciones rápidas por los daños producidos”. A ver lo que tarda la Oficina Nacional de la Caza en pedir que el buitre se catalogue como especie cinegética. Lo que se ha de fardar teniendo uno con las alas abiertas y momificado en el salón.

Y no estoy negando que haya ataques de lobos lo que digo es que no son tantos como aseguran ni todos de los que le acusan provienen de él, que hay un buen número de denuncias falsas, que existen ganaderos que compran animales baratos y en malas condiciones para dejarlos a su suerte y estafar a la Administración, como aquel de los potros a 30€, que porque les resulta más rentable evitan a propósito tomar medidas de protección y, en todo caso los que sí sean reales y no medie voluntariedad o negligencia del hombre no pueden justificar que se autorice la matanza de ese animal. Las indemnizaciones cubren la actuación natural de una criatura no racional del mismo modo que los seguros lo hacen con los heridos y muertos humanos de la caza en sucesos donde sí interviene la decisión consciente (de disparar) de un ser racional. Y que yo sepa nadie pide un cupo de cazadores cazados al sur del Duero o en los montes asturianos por eso o por los perros, especies o crías protegidas que matan, por sus prácticas furtivas, por los incendios o contaminación que provocan o por el ejemplo de normalización de la violencia que transmiten.

Por cierto, que esa connivencia cazador-ganadero a la hora de querer hacernos ver que la muerte del lobo es una necesidad se rompe en sus debates. He visto varios textos de escopeteros explicando que lo que ellos hacen no lleva la carga de crueldad a la que se ven sometidos los animales en granjas y mataderos. La respuesta más calmada que les dan los ganaderos es que no los criminalicen, que ellos respetan y cuidan mucho a sus animales y que lo que hacen es legal. Insultos también hay. O sea, los mismitos argumentos y actitud que utilizan los cazadores contra nosotros.

Todo el que maltrata o mata animales seňala a otros parecidos cuando se le acusa de hacerlo: “Aquello es peor”, “¿De eso no decís nada?”. Y cuando sí decimos, de todo y de todos, porque el animalismo verdadero ni es cobarde ni es excluyente entonces hacen frente común, aunque un rato antes y un poco después se saquen los ojos entre ellos.

Son humanos con no poco de sinvergüenzas en algunos aspectos y con una ley a veces canalla también de su parte. Por eso el lobo siempre muere en las fábulas y en la vida real aunque el mentiroso, el codicioso, el sádico, el destructivo y aterrador es el hombre. Pero es él quien redacta las normas y en ninguna tierra invadida ni campo de exterminio son las víctimas las que poseen los derechos por escrito. No hace falta irse al monte, no es necesario hablar de animales, miremos a la UE, a Turquía y a los refugiados. En nuestra especie somos, a menudo, un 50% cazadores y un 50% ganaderos. O sea, el 100% de nosotros al servicio de la muerte de los más vulnerables.

No, no parece compatible aquí la coexistencia del lobo ibérico con el homo ibéricus y en esa pugna sale ganando siempre el segundo. En la Espaňa de chistes machistas y homófobos, donde se rompen la cara por un resultado de fútbol, donde alancear a un toro o matar caballos de agotamiento y sed para ir a ver a una Virgen es tradición y un ejercicio de libertad, no es de esperar que pueda tener muchas oportunidades el primero, y menos con un Gobierno digno de un remake de La Escopeta Nacional.

 


Julio Ortega Fraile, activista por los Derechos de los Animales, escritor, coordinador de la Plataforma “Manos Rojas”, colaborador en El Caballo de Nietzsche y presentador del Programa PUNTO DE LECTURA en la TVAnimalista. Fui Delegado para Pontevedra de la Asociación Animalista LIBERA! y Secretario de Organización y Delegado para Galicia del PACMA. Mi libro: Servidumbre Humana, mi película: Los Lunes al Sol, mi canción (a veces cambia, pero no el cantante): Una Noche de Verano de Andrés Suárez. No me gustan las banderas pero me quedo con la republicana y me encanta ver rastas en el Congreso de los Diputados. Y sí, le tengo mucho asquito al rey, al de antes y al de ahora.

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Torero, deja ya de contarle al mundo que los animalistas somos como tú para intentar que el mundo piense que tú eres como nosotros, al hacerlo estás mintiendo, mintiendo con una patraña tan zafia como indigna, mintiendo con un embuste, ¡tan taurino! ¿No ves que no te funciona, verduguillo?, ¿no entiendes que la gente no es tan estúpida como tú la necesitarías?

Hay que ver lo valiente que te muestras con tus armas frente un animal disminuido y lo cobarde que eres ante la sociedad. Engañas al toro con un color y colocándote donde apenas te puede ver para simular valor (creo que eso es todo lo que aprendiste de fisiología animal: la visión binocular del toro), engañas al público enfrentándote a una criatura que respira con dificultad e incapaz de elevar el cuello – con sus serratos destrozados por la pica y el cráneo tal vez abierto por el estribo del picador -, esta vez para salvar tu culo, y no satisfecho con ese currículum digno de becario en la DINA chilena vuelves a querer engañar a los ciudadanos afirmando que tras cada animalista hay un enemigo de la libertad, homicidas en potencia que si pudieran, aseguras, te matarían, a ti y a los tuyos ¿Cómo es eso que tanto os gusta repetir?, ecoterroristas. Supongo que para hacer que estáis al día, con vuestros defensores, ahora soléis añadir que votan a Podemos.

Ay, qué penita me das. Te imagino revisando cada mañana tu coche por si te han dejado un papel-lapa en el que ponga “¿Dónde está tu ética, matador?”. Y sí, puede que las letras salten convertidas en esquirlas de asco y dolor pero tranquilo, tú eres inmune, llevas traje de luces, luces en la ropa y negrura en el alma, el color de tus martirizados y de su mirada después de cruzarse contigo en la plaza, el de la España que representas, pero también, y ten esto muy presente, el color del futuro de la tauromaquia en un país en el que ya no eres un héroe sino un sinvergüenza.

Tú usas las manos para ejercer una violencia real, con muertos reales, nosotros utilizamos las nuestras para tratar de inmovilizar las tuyas y a nuestros pies no hay cadáveres, en cambio tú te pones de puntillas junto a ellos sacando pecho muy orgulloso, muestra inequívoca de un desajuste psicológico al sentir placer ante un dolor ajeno que lleva tu firma. La conclusión no es mía sino de la American Psychiatric Association, y por si ese cerebro constreñido por la montera todavía no lo entiende, añado que la crueldad con animales forma parte de los criterios de diagnóstico para determinar los desórdenes de conducta. Ya lo ves, estás en varios listados de individuos peligrosos, torerillo, por algo será.

Te mueves en un universo de espejos curvos que deforman las imágenes, el mismo en el que habitan tantos psicópatas, torturando y asesinando porque les gusta hacerlo y queriendo proyectar una apariencia de seres normales. ¿Qué digo normales?, sensibles, exquisitos, especiales. Pero para completar el círculo de tu iniquidad necesitas además que a los que te plantamos cara nos crean portadores de tus sentimientos y capaces de tus actos. Algo así como una usurpación recíproca de identidad moral y conductual. Algo así como un poco más de la hipocresía y cobardía que atesoras y antes mencionaba.

Eres el guionista de una suerte de Alegoría de la Caverna, quieres al hombre prisionero del inmovilismo en un espacio de sombras, pretendes que lo que proyectas se asuma como verdadero aunque no sea más que la desvirtuación de la realidad. Y si alguno logra escapar de esa aberración de la sustantividad, salir al exterior de la gruta, observar lo que es y como es y regresar al interior para explicarles a los otros presos qué ha visto y liberarlos de cadenas y mentiras, estos no le creerán y hasta serán capaces de acabar con su vida, o sea, tu objetivo: someter al animalismo a un pelotón de ejecución moral. Pero he aquí que nos colamos en tu último capítulo reescribiéndolo: los engañados sí le siguieron y una vez afuera comprobaron que él (nosotros) no mentía(mos), sino que aquí el único embustero, y redomado, eres tú.

Moraleja: “El que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido, porque estará obligado a inventar veinte más para sostener la certeza de esta primera”. (Alexander Pope). Y en tu caso no das para más que un puňadito:

Nadie ama y respeta al toro más que yo.

Si yo fuese toro elegiría morir así.

El toro no sufre en la plaza…

(Y porque me ciño al sufrimiento, que si tirase del tema subvenciones…).

¿Te imaginas que cota de perversión podría alcanzar la vigésima?

Sería la estrategia perfecta: tú sigues matando pero eres la víctima y el héroe, nosotros nos vemos cada vez más censurados y arrinconados porque somos los criminales. Sí, sería magnífica e inteligente si no fuese porque es idiota, burda y canalla. Sale de ti, así que tampoco podría ser muy diferente.

No, no quiero tu muerte ni tus heridas. No deseo causártelas yo ni que lo haga nadie. No transformo la repugnancia que me produces -y admito- en sed de violencia. Para eso, para ser violento, ya estás tú, y para luchar contra los que sois como tú estamos nosotros.

¿Tu sufrimiento anímico?, ese la verdad es que no me inquieta, lo reconozco. A mí me gustaría que fueras capaz de sentir, de reflexionar, de rectificar y de convertirte en enemigo de tu pasado, de ser otro muy distinto en el presente y ver cómo te enfrentas a lo que representabas por intentar transformar el futuro. Tendrías toda mi admiración, todo mi apoyo y ni un reproche, pero sé que aunque no imposible eso es demasiado difícil. Que entre un torero y el toro se atraviese la compasión es tan poco frecuente como qué Venus se interponga entre el Sol y la Tierra, esa que por culpa de personas como tú (sea cual sea el inocente con cuya vida se acabe) a veces produce arcadas, la misma en la que gracias a personas como nosotros todavía existe la esperanza de poder respirar un aire más limpio.

Te quiero con una larga vida y con todos tus sentidos intactos. Para que puedas escuchar perfectamente la palabra Abolición, para que veas las plazas de toros transmutadas en auditorios de conciertos, escenarios de teatro o polideportivos, para que ya no huelas la sangre de tus víctimas ni saborees la baba malsana de tu miserable triunfo, para que te duela en la piel no notar nunca más el tacto de la oreja o del rabo que le amputaste a un toro mientras seguía agonizando con el resto de su cuerpo.

Ya que no espero de ti el arrepentimiento te quiero entero y longevo para el padecimiento emocional. No lo confundas con sadismo ni ensañamiento, no es ni tan siquiera karma – otra forma, sólo que algo más exótica, de consuelo puesto en un Juicio Final -, esto se llama Justicia Aquí y Ahora. No soy violento, no deseo tu sangre, pero tampoco soy imbécil, tus actos no son dignos de perdón ni los muertos que fuiste dejando se merecen tu felicidad.

El asesino, recuérdalo, eres tú, siempre tú, nosotros sólo luchamos pacíficamente por convertir tus crímenes en historia, y sabiendo del placer que te produce torturar y matar que en la ausencia obligada de tu pecado esté tu mayor castigo.

Pero ya que este texto va de lo buena gente que juras ser y aprovechando que antes menté a la DINA te voy a hacer un regalo, una frase que pronunció Augusto Pinochet al referirse a sí mismo, siempre puedes soltarla en alguna entrevista en la COPE o en el sofá de Bertín Osborne:

Reflexionando y meditando, soy bueno. No tengo resentimientos, tengo bondad“.

 


Julio Ortega Fraile, activista por los Derechos de los Animales, escritor, coordinador de la Plataforma “Manos Rojas”, colaborador en El Caballo de Nietzsche y presentador del Programa PUNTO DE LECTURA en la TVAnimalista. Fui Delegado para Pontevedra de la Asociación Animalista LIBERA! y Secretario de Organización y Delegado para Galicia del PACMA. Mi libro: Servidumbre Humana, mi película: Los Lunes al Sol, mi canción (a veces cambia, pero no el cantante): Una Noche de Verano de Andrés Suárez. No me gustan las banderas pero me quedo con la republicana y me encanta ver rastas en el Congreso de los Diputados. Y sí, le tengo mucho asquito al rey, al de antes y al de ahora.

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