ASÍ DE FRÁGILES

ASÍ DE FRÁGILES

757

Somos animales sensibles. Al enfermar de una fiebre corporal de 42 grados de temperatura las proteínas se deforman, desnaturalizando las enzimas, dejando de catalizar funciones químicas vitales, todo lo cual nos aboca al colapso irreversible y la muerte. Asimismo a la inversa, un organismo humano en hipotermia a partir de 2 grados de menos, empieza a ralentizarse, se desorienta, delata semiinconsciencia, falta de memoria, bajada de tensión, dilatación de pupilas y muerte térmica. Muchos otros animales de sangre caliente sin embargo, sobreviven a diferencias de temperatura de 60 grados. Respiramos de 13 a 16 veces por minuto para oxigenar una sangre que exige de tal actividad, porque de otro modo nos asfixiamos y morimos. Hay animales que viven semanas sin agua, nosotras al tercer día sin hidratar nuestro cuerpo, morimos.

Somos animales frágiles, de piel desnuda y delicada, con tolerancia y defensas propias cada vez más minadas por la adicción a medicamentos y un estilo de vida tóxico. Los huesos sufren nuestra verticalidad, poseemos vista mediocre, oído torpe, olfato obtuso, velocidad ridícula y unas capacidades de supervivencia fuera de la comunidad bastante disminuídas, cuando no nulas. Fisiológicamente somos animales realmente patéticos y hemos logrado sobrevivir y medrar gracias al celo constante y la cooperación. Así como hemos sufrido y muerto gracias a la competitividad y los odios.

Somos animales débiles, sin embargo aplicamos en el día a día la ley de la jungla y la violencia, nos rompemos los corazones, nos dañamos, nos peleamos, nos insultamos, causamos y sentimos indiferencia por y de las demás. Mantenemos decenas de guerras en el mundo, fabricamos armas para que las personas se despedacen entre sí, minas antipersona con forma de juguete para que las niñas pierdan brazos y piernas queriendo jugar con ellas. Inventamos banderas para poder hacer eso con supuestos argumentos, religiones de enfrentamientos y desprecio, inventamos miedos más allá de nuestra cautela imprescindible, dejando ahogarse en el mar a otras personas que sólo querían vivir, porque nuestro estilo de vida esquilmó sus recursos en sus territorios. Nos aterrorizan las diferencias y discriminamos a quienes difieren de nuestro pensamiento, medida y patrón de todas las cosas. Llamamos perdedoras a la gente que el sistema económico -que crearon para nosotras y que abrazamos sin rechistar-, no pudo soportar, acusamos de los errores sin dar opción a repararlos, o nos mantenemos soberbias y altaneras en los nuestros, para no sufrir el escarnio público o la falta de esa macilenta autoestima que vamos día a día tratando de mantener. La sociedad empodera a las personas en la medida de las necesita como consumidoras y sólo en ese aspecto, la salud psíquica y física de cada individua no importa más que a un nivel financiero o simbólico. No nos cuidamos, dividimos a las personas en útiles o inútiles a nuestros perspectivas o intereses, no valoramos el sufrimiento ajeno, nos adiestran en la impasibilidad. La precaución natural ha derivado en neutralidad feroz, el descuido por las demás (cuando son ellas las que conducen nuestros tranvías y cosen nuestros zapatos), nuestra fingida insensibilidad que deriva a un desprecio y una discriminación más… añadida a las que nos prestan los miedos de otras. La indolencia, la desgana, la tibieza por los asuntos comunes que no sufrimos, pero podríamos sufrir en cualquier momento porque la vida son nuestras circunstancias y un compendio de suerte, justicia y destreza a partes iguales. La sociedad es displicente, desapegada molecularmente, como el tumulto que se disgrega cuando se declara un incendio. Señorean el desamor, el desdén, la frialdad y la pereza que puedan fastidiar nuestra zona de confort.

Amamos a las personas en función de las ventajas que obtenemos de ella y no por lo que es en sí cada una, por sus méritos propios; es un amor que rentabiliza la relación y la condiciona a la recicprocidad y la egolatría. Disculpamos en las demás aquellos defectos que compartimos, pero somos intransigentes con aquellos de los cuales estamos exentas, como si nosotras mismas fueramos el ejemplo a seguir. Despedazamos a seres inocentes para obtener de ellos sus más íntimos zumos, partes de su cuerpo o su cuerpo entero, simplemente para disfrutar un capricho. Nos causa pereza entender otras realidades cuando muchos cambios debemos hacerlos solas, hasta que un día la comunidasd los adopta. Nos duele la civilización, y decimos que la occidental tiene pros y contras como llamamos suerte a que nos atropelle una ambulancia. Pero lo que sabemos está limitado a lo que sabemos.

Vivir es absurdo, tanto como morir. Pero lo absurdo es lo único que tenemos. Si un perro parece pesado al pedir afecto, debemos recordar que es por el tamaño de su corazón, puro y natural por más que lo llamemos “domesticado”. La obsesión enfermiza de mostrar una naturaleza dividida en comer-ser comida, proviene de una mentalidad capitalista, donde el éxito o el fracaso son los dos únicos caminos. El éxito será premiado por la dudosa gloria de la depredación, y el fracaso será el ostracismo, la soledad, la impopularidad o el anonimato de la muerte prematura. Un sistema binario tipicamente miope que hace ver la vida en blanco y negro. Con dos únicos prismas. La falacia de la superviviencia de la más fuerte se desmiente en la sociedad, donde sobrevive por la suerte, los roles sociales o la falta de escrúpulos, porque lamentablemente la maldad puede ayudar a sobrevivir en una favela, donde la genialidad en materia científica es inútil, dado que no hay posibilidades para ejercerla, y donde el imperativo es encontrar comida.

¿Viajaríamos tanto si no tuviéramos a quién decir dónde fuímos o a quién enseñar las fotos del viaje? ¿Compraríamos tanta ropa si nadie pudiera apreciar nuestra vanidad?. Vivimos vidas que giran entorno al aspecto de las cosas y nos consideramos cosas estéticas. Hemos relegado lo esencial, emitiendo opiniones según nuestro miedo y no según la objetividad. En todo caso sufrimos la cultura de la violación patriarcapitalista, la cual mediante fuerza bruta y no argumentos masacra a billones de animales no humanos, para engordar ese ego inmisericorde, injusto y epicureo, tratando esterilmente por otro lado de satisfacer un apetito que el sistema y la mezquindad colectiva se encargan de que siempre sea insaciable.

Sin embargo, cuando las vulneraciones que cometemos contra las demás se vuelven contra nosotras, lloramos previsiblemente.

Somos animales sensibles, y no podemos basar la sociedad en la desatención de los problemas fundamentales y la empatía, por eso la doctrina de la falta de escrúpulos es un lujo que no debemos permitirnos. Estamos condenadas biológicamente a la cultura del cuidado, a la civilización de los mimitos y las carícias, de la independencia autonómica de cada individua pero en una comunidad global. Y no hay argumento válido que pueda colocar un disparo donde debió haber un beso. Somos animales delicados, pero los gobiernos invierten nuestro trabajo e impuestos en armamento y alzado de fronteras de todo tipo, en fortalecer el miedo cobarde disfrazado de bravuconería del macho patriarcal, manteniendo el terrorismo capitalista y especista. El despilfarro material y energético siempre tiene un coste medioambiental o personal. Alguien paga lo barato, nuestro turismo lúdico, y todos nuestros derechos no pueden pasar por eliminar los de otras. ¿Es esto todo lo que nos ha enseñado nuestra fragilidad durante cientos de miles de años?. Sabemos lo que nos duele y castigamos a las demás con ese dolor… convencidas de que esa llaga no volverá a nosotras algún día.

Podemos hacerlo mejor, de eso va nuestra especie y de eso el humanismo, de apartar al antropocentrismo para que la lógica del ser triunfe sobre la del mercado. Podemos crear culturas de diálogo, espacios de comprensión mutua basados en la vida, en nuestra inestable verticalidad, en nuestros treintaiseis grados y medio, en el oleaje perfecto del deseo de la vida. Todas queremos vivir, ese es el único precepto entorno al cual contruir sociedades sólidamente frágiles, como nosotras, porque las que creamos están llenas de víctimas, silenciosas e invisibles a nuestra egolatría, tras concertinas y muros de mataderos, escondidas en decretos ley y veredictos sangrientos, y porque sabemos bien que en este prado, todas las flores son necesarias.

————————————————

 

Xavier Bayle, artista plástico autodidacta en las disciplinas de poesía y prosa, dibujo y pintura, fotografía, escultura, instalación, video y performance. Artivista por la liberación animal y alérgica a cualquier tipo de discriminación social. Aburrida del sistema pedagógico decido ir por mi cuenta como lectora convulsa. Ahora vivo en Polonia, practico permacultura por respeto a la tierra y a la Tierra, ofreco productos veganos orgánicos y pinto bolsas en esa linea de acción. Hago cualquier cosa que pueda ayudar a los animales. Entiendo la lucha animalista como autodefensa, una extensión lógica de los derechos humanos, donde todas las individuas precisamos derechos fundamentales a vida, libertad e integridad, incluyendo en ellas prioritariamente el medio ambiente donde ejercerlas. ¿El sentido de mi vida?: contemplar la migración de las aves, contar todas las hojas de hierba y las olas del mar, vigilar que llueva hacia abajo y recoger nueces y setas.