Un biberón como un autobús.

Un biberón como un autobús.

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Todo el mundo ha oído hablar del autobús de HazteOir y de su mensaje tránsfobo. Es una forma de darle la vuelta a la tortilla desde el privilegio, que se presenta como víctima de complots urdidos con oscuras intenciones por organizaciones perversas como el lobby gay, las feminazis o los ecoterroristas. A mi me gusta la de los antitaurinos pagados por Holanda, según denuncian los que todavía no han encontrado la forma de organizar una matanza “benéfica” sin quedarse con casi todo el dinero.

Quien, consciente o inconscientemente, se beneficia de una determinada situación injusta, genera un discurso victimista alrededor de su “normalidad” atacada. Así, nos muestran un mundo de hombres cis y heterosexuales, occidentales y blancos, con papeles y derechos, con casa, coche y nevera llena, siempre perseguidos y amenazados en sus libertades mientras a su alrededor las mujeres “se mueren” a diario a pesar de que ya han conseguido la igualdad, donde las personas migrantes se empeñan en hacer peligrar la seguridad a pesar de nuestra gran solidaridad, donde las que vulneran la heteronorma se empeñan en hacerse visibles en la calle e incluso, en la escuela…

En resumen, los que están arriba rebosan unas lagrimitas acompañadas de una llamada a la hermandad, a “conservar” un irreal punto de equilibrio que las de abajo quieren romper con sus luchas y reivindicaciones. Así, con toda la cara del mundo (sea conscientemente o no). Seguro que os suena aquello de “ni machismo ni feminismo: igualdad”. Si las personas negras de EEUU se movilizan frente a la discriminación y el racismo que aprieta el gatillo fácil de tantos policías, si usan un lema que dice que las vidas de las personas negras importan, aparecen voces blancas que dicen que las suyas también, que lo que importan son las personas. Hay muchos ejemplos.

Y, para ello, que mejor manera que forzar escenarios donde los niños y niñas son las víctimas y “las igualitarias” se presentan como sus supuestas defensoras. Esto es lo que hace HazteOir con su autobús, con el que quieren convertir su discurso de odio y exclusión en “libertad de expresión” y en persecución política. No hace falta un autobús: este mismo papel de apoyo para la creación de escenarios ficticios lo puede hacer un modesto biberón en medio de un restaurante vegano, hasta dar lugar a otro lema de la falsa víctima: “ni personas ni animales, todas somos seres vivos”.

Para quien no haya oído hablar de la campaña de acoso que ha sufrido el restaurante el Vergel de Tarragona, está perfectamente resumida en el interesante artículo de Aula Animal que se titula “Un restaurante vegano no permite la uso de leche de vaca”. La conclusión de este artículo es que habría sido más eficiente la “flexibilidad” en la aplicación de la norma antiespecista del restaurante. Así deberíamos hacer en todas las situaciones que implican “los sectores de la sociedad más vulnerables, especialmente si se trata de bebés, niños o niñas”.

Nos explican que “tener razón no es siempre suficiente”, y que “a veces, lo más coherente es ser incoherentes”. Como se trata de una oportunidad perfectamente aprovechada mediáticamente, y como el movimiento por los derechos de los animales no ha tenido capacidad de revertir este aprovechamiento con sus argumentos, habría sido mejor evitar esa oportunidad. Es por este mismo motivo que “las organizaciones más influyentes” no salieoan en defensa del restaurante y su gente. La batalla estaba perdida y, además, “tienen una imagen pública que les ha supuesto mucho esfuerzo construir”. Debemos saber retroceder, teniendo en cuenta qué actitudes “son mejores para los animales en la realidad social que vivimos”.

Comprendo lo que quieren decir. Creo que yo mismo habría mirado hacia otro lado, con esa aparente naturalidad de las que se ven obligadas a convivir con discriminaciones cotidianas. Recuerdo una charla-debate sobre antiespecismo en un local muy izquierdoso de Valencia y con cena vegana posterior, y como uno de los integrantes de la asociación puso los huevos sobre la mesa. Eran de gallinas esclavas. Ocupó la cocina donde trabajaba la persona que preparaba la cena, se los frió con unas longanizas valencianas y, por supuesto, hizo ostentación machuna de su resistencia a la opresión mientras se los comía. Aceptamos la derrota como inevitable, con el consuelo de toda la gente que escuchó, comió vegano y debatió con respeto.

Pero, ¿por qué tiene que ser el pragmatismo la única opción? La lógica de la legalidad, los papeles en regla y el no haber roto nunca un plato no se pueden aplicar siempre. Quizás, querer esquivar ciertos golpes sea lo mismo que no ver más que la tenebrosa sombra de unos pocos árboles en el enorme bosque que estamos cruzando. Puede que la campaña mediática contra el Vergel se vaya como el humo, y que la coherencia de su acción, mezcla de firmeza, empatía y delicadeza, sea el fuego que deja huella.

No todo es comunicación: la reivindicación y la concienciación son la sangre que corre por las venas del movimiento antiespecista. Dentro de ese biberón estaba, sobre todo, la vida de una vaca esclava y la de su ternero de este año.

También había gente que decía que no se tenia que dar publicidad gratuita a HazteOir y su autobús, pero pronto quedó claro que siempre lo dicen quienes no se encuentran en el punto de mira. Aquel biberón se ha querido utilizar para convertir la intransigencia de una parte en un ataque a la infancia por la otra, para trasladar interesadamente el punto clave del asunto, desde el momento que una persona escribe una mala crítica a una página de reseñas por haber sido cuestionada, hasta la falsa escena en que le quitan la comida de la boca a una pobre criatura.

En todo caso, tenemos un problema cuando reaccionamos así ante nuestra gente que decide plantar cara, que no atacar ni agredir. Cuando en el mejor de los casos se le dice que lo más inteligente hubiera sido no hacerlo, y en los peores se le tacha de intransigente y de hacerle un flaco favor al movimiento. Tenemos un problema cuando el análisis se centra en el restaurante y sus errores de comunicación y no en toda esas reacciones marcadas por el síndrome de Estocolmo.

El problema, seguramente, estará en el principal argumento que se ha puesto sobre la mesa: nuestra debilidad, que debemos tener permanentemente presiente y que debe condicionar cada cosa que hacemos, como si el movimiento antiespecista fuera el personaje de un juego del rol y esta fuera su principal característica.

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La parte de mi biografía de la que estoy más orgulloso es que soy vegano, que hace de la justicia un ejercicio cotidiano. También me gusta mucho haber aprendido Historia en la Universidad de Valencia. Soy militante antiespecista, feminista, LGTBI , ecologista, socialista e independentista. En definitiva, no quiero privilegios y, aún menos, los que se supone que me han de privilegiar mí.
Soy militante de Iniciativa Animalista

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