Tres historias cortas

Tres historias cortas

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Me gusta escuchar experiencias de unos tiempos que hoy parecen imposibles, y aún más cuando aparecenlos otros animales. No lo puedo evitar: mi interés se gira hacia ellos y, con preguntas hechas con todo el cuidado del mundo, los voy sacando de su papel secundario para convertirlos en los protagonistas. Salen del olvido a través de la memoria y la voz de quien me lo cuenta y, poco a poco, la historia de la miseria los va convirtiendo en otros que también trataban de llegar con vida al día siguiente, a pesar de ser los que más difícil lo tenían.

No están tan lejos el tiempo cuando, para mucha gente, no se llegaba al día siguiente con la seguridad de haber comido suficiente como para tapar el hambre. En su casa, en aquel pueblo de Jaén, siempre que podían tenían un cerdo. Le pregunté que le daban de comer, y sonrió. Cada mañana, aquel niño le abría la puerta del corral para que saliera a pastar todo lo que pudiera, lejos de los cultivos: raíces, semillas, frutos, insectos, caracoles… Todo lo que pudiera y antes que otros, humanos o no, con la misma hambre. Se las tenía que apañar por su cuenta, porque en casa no sobraba nada que le pudieran dar.

Si tenían suerte y no se morían de hambre, aquellos cerdos pequeños crecían y crecían hasta arrastrar muchos kilos y, entonces, los mataban. Por supuesto, no era para comérselos: venían toda la carne más buena, y con lo que sacaban, podían comprar cosas como harina o legumbres. En forma de vegetales, podían tener muchas más calorías de las que daba la carne de aquellos pobres animales que habían crecido yendo y viniendo del corral. Podían guardar y racionar mejor aquellas calorías, que mezclaban con unas pocas morcillas y chorizos conservados en aceite y hechos con sangre, vísceras y algún pequeño trozo de la carne más pegada a los huesos de aquellos cerdos.

En aquellos tiempos perdidos, los animales se “cultivaban” como si fueran plantas. Así es la mecánica de la ganadería antigua: la domesticación, ese concepto especista para la esclavitud que los animales humanos imponen a los no-humanos, permite que los unos se acaben comiendo a los otros, que a su vez se han comido vegetales que los animales humanos no se pueden comer. Es una forma compleja de recolección, una de las primeras producciones humanas que, desde el inicio, se ha enfrentado al inconveniente de la enorme cantidad de vegetales y agua necesarios para terminar el proceso, absolutamente dependiente del nomadismo, las trashumancias, el pastoreo. Los animales acaban rápidamente con los pastos de un lugar y, para continuar con su “cultivo”, son desplazados hacia otros pastos.

La agricultura soluciona el problema con la producción directa de vegetales, de los que los animales humanos se pueden comer. Como fuente directa de alimentos altamente nutritivos, permite sacar más de mucha menos cantidad de tierra, permite tener más comida disponible, permite acumular, permite el sedentarismo y el desarrollo de las civilizaciones humanas. También hace que el suelo se convierta en un tesoro que se puede acumular y el trabajo en una riqueza que se puede robar, lo que lleva hasta aquel pueblo de Jaén, donde las familias pobres no tenían tierra. Trabajaban a cambio de una miseria y, mientras, intentaban cazar y recolectar lo que podían (legal o furtivamente) y también intentavan “cultivar” cerdos que podían convertir en harina y legumbres.

Los árboles convertidos en trampas para aves, con el “parany”[1], también fueron formas de cultivar carne de la gente pobre, mientras trabajaba duro para sobrevivir. Como la planta que crece silenciosamente, los árboles hacían caer las aves que, muy a menudo, todavía sufrían su lenta agonía cuando iban a recolectarlas, como quien recoge higos o castañas. Y aquellos terribles frutos también se convirtieron en objetos de venta con los que obtener dinero y comprar supervivencia.

En los mundos al revés del capitalismo, la gente desposeída puede convertir la carne en vegetales. Y puede surgir una enorme industria de la carne que los despoja aún más, transformando los vegetales que nos podemos comer los seres humanos en alimento para los ganados, destruyendo el medio ambiente mientras engulle bosques y selvas, lagos y ríos para convertirlos en más alimento que nutra los enormes campos de exterminio llamados granjas industriales.

En un campo de arroz cerca del Palmar, había una caseta al borde de la acequia. Cuando no habían tractores y la faena de los campos con arados y caballos costaba semanas, humanos y animales no se alejaban del trabajo durmiendo, de lunes a sábado, en aquellas casetas que primero fueron de paja y después de obra. En el primer año del siglo XXI, aquella caseta servía de prisión a dos perros, uno bretón y el otro mestizo de pointer y brazo. En aquella oscura mazmorra pasaban la vida, esperando que llegaran los día de caza.

Muchos años antes, allí vivía una familia sin tierra que pagaba su techo con la guarda del campo y acogiendo los dueños cuando iban a trabajar la tierra con su caballo. Y, con ellos, vivía otro perro muy parecido a los dos prisioneros de ahora. Aquella familia pobre era su manada y, como todos los perros, se dejaba la piel por su gente cada uno de los muchos días que no había nada que poner en la mesa.

El hombre de la casa hablaba con el perro, mientras los cuatro o cinco niños los miraban. Vamos, perro, trae algo, nosotros no podemos hacer otra cosa que esperarte. Y ese perro, todo huesos cubiertos de piel, se iba con la intención de no volver si no era con una gran rata de marjal entre los dientes, una tenca, una serpiente de agua, lo que fuera. Y siempre volvía con algo, incluso podía ser que viniera con un pato de los que habían llegar para anidar.

Y el perro se hacía con unos huesos que roer, mientras su dueño lo miraba con orgullo. Comían pensando que, al día siguiente, era probable que la mesa volviera a estar vacía y que el perro debería ganar la supervivencia de todos y todas. Cuando me dicen que quiero elevar los otros animales en la categoría de los seres humanos, pienso en aquella caseta y en los perros cazadores que allí han vivido, los unos como compañeros de miseria y miembros indispensables de una familia y los demás como cosas dejadas dentro de un viejo armario.

Lo que sacó a los humans y las humanas de aquella miseria, también debería sacar a los perros como aquel que fue una persona honrada, un miembro más de la familia pobre como el Morrut de La Barraca[2], de Vicente Blasco Ibáñez, que murió después de una vida de trabajo sin descanso:

¿Eran posibles más desgracias?… Sí, aún quedaban otras. En aquella barraca, ni las bestias se libraban de la atmósfera envenenada de odio que parecía flotar sobre su techumbre. Al que no lo atropellaban, le hacían, sin duda, mal de ojo, y por eso su pobre Morrut, el caballo viejo, un animal que era como de la familia, que había arrastrado por los caminos el pobre ajuar y los chicos en las peregrinaciones de la miseria, se iba debilitando poco a poco en el establo nuevo, el mejor alojamiento durante su larga vida de trabajo.

Se portó como persona honrada en la época peor, cuando, recién establecida la familia en la barraca, había que arar la tierra maldita, petrificada por diez años de abandono; cuando había que hacer continuos viajes a Valencia en busca del cascote de derribos y las maderas viejas; cuando el pasto no era mucho y el trabajo abrumante. Y ahora que, frente al ventanuco de la cuadra, se extendía un gran campo de hierba fresca, erguida y ondeante, toda para él; ahora que tenía la mesa puesta, con aquel verde y jugoso mantel que olía a gloria; ahora que engordaba, se redondeaban sus ancas puntiagudas y su dorso nudoso, moría de repente, sin saber de qué, tal vez en uso de su perfecto derecho al descanso, después de sacar a flote a la familia.

Se acostó un día sobre la paja, negándose a salir, mirando a Batiste con ojos vidriosos y amarillentos que hacían expirar en los labios del amo los votos y amenazas de la indignación. Parecía una persona el pobre Morrut; Batiste, al recordar su mirada, sentía muchas veces deseos de llorar. La barraca sufrió una conmoción, y tal desgracia hasta hizo que la familia olvidase momentáneamente al pobre Pascualet, que temblaba de fiebre en la cama.

Lloró la mujer de Batiste. Aquel animal, alargando su manso hocico, había visto venir al mundo a casi todos sus hijos. Aún recordaba ella, como si fuera ayer, cuando lo compraron en el mercado de Sagunto, pequeño, sucio, lleno de costras y asquerosidades, como un jaco de desecho. Era alguien de la familia que se iba. Y cuando unos tíos repugnantes llegaron en un carro para llevarse su caballo a la Caldera (Lugar donde son incinerados los animales muertos para aprovechar los huesos), donde convertirían su esqueleto en huesos de pulida brillantez y sus carnes en abono fecundizante, lloraban los chicos, gritando desde la puerta un adiós interminable al pobre Morrut, que se alejaba con las patas rígidas y la cabeza balanceante, mientras la madre, como si tuviese un horrible presentimiento, se arrojaba con los brazos abiertos sobre el enfermito.

Recordaba a sus hijos cuando se introducían en la cuadra para tirar de la cola al Morrut, y cómo el animal sufría con dulce pasividad todos los juegos de los chicos. Veía al pequeñín cuando lo colocaba su padre sobre la dura espina del animal, golpeando con sus piececitos los lustrosos flancos y gritando: «¡Arre, arre!», con infantil balbuceo. Con la muerte de esta pobre bestia creía Teresa que iba a quedar abierta una brecha en la familia por donde se irían otros. ¡Señor, que le engañasen sus presentimientos de madre dolorosa; que fuese sólo este sufrido animal el que se iba; que no se llevase sobre sus lomos al pobre chiquitín camino del Cielo, como en otros tiempos le llevaba por las sendas de la huerta agarrado a sus crines, a paso lento, para no derribarlo!

Y el pobre Batiste, con el pensamiento ocupado por tantas desgracias, barajando en su imaginación el niño enfermo, el caballo muerto, el hijo descalabrado y la hija con su reconcentrado pesar, llegó a los arrabales de la ciudad y pasó el puente de Serranos. Al extremo del puente, en una planicie entre dos jardines, frente a las ochavadas torres que asomaban sobre la arboleda sus arcadas ojivales, sus barbacanas y la corona de sus almenas, se detuvo Batiste, pasándose las manos Por el rostro. Tenía que visitar a los amos, los hijos de don Salvador, a Pedirles a préstamo un piquillo para completar la cantidad que iba a costarle la compra de un rocín que sustituyese al Morrut. Y como el aseo es el lujo del pobre, se sentó en un banco de piedra, esperando que le llegara el turno para limpiarse de unas barbas de dos semanas, punzantes y duras como púas, que ennegrecían su cara.

Y pensé en los caballos del tiro y arrastre, que ya no son miembros de la familia. Solo son objetos de entretenimiento que ocupan las mismas cuadras que ocupaban los animales como el Morrut, esperando a oscuras que los saquen a arrastrar una rueda de camión o que los metan en camión camino de la competición.

De los tiempos de la miseria, sólo nos sacaron a nosotras y nosotros. Ellas y ellos, las buenas personas y miembros de las familias pobres que los esclavizaron, se han quedado allí. Y, ahora, nos toca sacarlos.

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[1] Animalisme CAT, Jesús Frare, 17/11/2011, Prou de parany i d’enfilat!, http://animalismecat.blogspot.com.es/2011/10/normal.html
[2] Blasco Ibáñez, Vicente, La Barraca (1898), Madrid, Alianza Editorial, 2016, I.S.B.N.: 978-84-9104-535-9.

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La parte de mi biografía de la que estoy más orgulloso es que soy vegano, que hace de la justicia un ejercicio cotidiano. También me gusta mucho haber aprendido Historia en la Universidad de Valencia. Soy militante antiespecista, feminista, LGTBI , ecologista, socialista e independentista. En definitiva, no quiero privilegios y, aún menos, los que se supone que me han de privilegiar mí.
Soy militante de Iniciativa Animalista