La importancia de las palabras que usamos

La importancia de las palabras que usamos

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La carga cultural del entorno en que aprendemos y somos socializados es muy importante y nos marca de por vida. Del mismo modo, así tan importante es el sentido que tienen las expresiones, frases y palabras que usamos, porque revelan no sólo el mensaje que literalmente transmiten: también llevan implícita una carga de valores, ideas, pre-concepciones del mundo que se revelan y que al usarlos, estamos legitimando como válidos.

Cuando usamos lenguajes y expresiones como “hijo de puta”, “maricón”, “¡es niñita!”, el mensaje implícito es la burla, el escarnio y la descalificación. Con esas palabras intentamos negar la dignidad que es intrínseca a cada persona, objetivándola mediante un sustantivo que la califica como inferior, como algo risible y e indigno. Lo mismo pasa cuando usamos nombres de animales no humanos con similares fines denigrantes: “zorra”, “perra”, “es un cerdo” o “es una rata”, entre otras muchas expresiones que se utilizan con el fin de menospreciar, al tiempo de hacer escarnio sobre aquel/aquella que se profieren. Usando estas palabras se “rebaja” la condición humana de la otra persona, mediante un calificativo que alude a la condición de animales “inferiores” y que no tienen ninguna relevancia ni validez moral. Es más, en muchas ocasiones la descalificación a través de nombres de animales busca la objetivización e infravaloración sexual de la mujer, cuando son referidas como “perras”, “gatas en celo”, “pussies”…

Existe un hecho indisociable del que usemos palabras y expresiones denigrantes para tratar a otros humanos: la manera en que nos referimos a ellos determina cómo los tratamos. Si podemos referirnos a otro significándolo desde la cosificación risible y vaciada de dignidad, nuestro trato hacia ellos estará marcado por la falta de respeto. Porque no existe un deber moral de respetar a aquel que no es digno, que es menos humano. Asimismo, la manera en que nos referimos a los animales no humanos determina nuestro trato hacia/para con ellos. Si no son más que cosas, instrumentos para nuestros fines, objetos sin dignidad, no importa cómo los tratemos ni qué cosas les hagamos.

El filósofo y antropólogo holandés Raymond Corbey se refiere a estos usos como “dispositivos de distanciamiento”, en cuanto permiten clasificar separadamente a los seres humanos de los otros animales. Mientras usamos estos dispositivos del lenguaje, nos alienamos y distanciamos de lo que podamos tener en común con los otros animales, para de esta manera, sentirnos protegidos de la culpa por un trato irrespetuoso, cruel o irresponsable. Usar dispositivos distanciadores en el lenguaje, en la manera en que nos referimos a los otros, es la génesis y origen de la manera en que posteriormente los tratemos, individual o colectivamente. Porque si una mujer es un “puta” o una “perra”, merece un castigo por esta condición que viola la normatividad moral y social humana. Y si ser “zorra”, “cerdo” o “rata” alude a una categoría inferior, entonces la animalidad de estos animales manifiesta su imperfección, incompletitud, la falta de lo humano y que es, por tanto, carente de dignidad. Entonces no importa cómo los tratemos: al final, no son más que animales.

Una reciente investigación llevada a cabo en el Instituto de Psicología de la Universidad de Oslo, reveló que el uso de términos descriptivos como “bistec” y “jamón” crean distancia emocional entre los consumidores y los animales que son asesinados y consumidos. Alienar al animal a través de un eufemismo, hace mucho más fácil comer su carne o justificar su envío al matadero. En contraste, los términos “vaca” y “cerdo” (que hacen referencia a los animales vivos) disminuyen los deseos de consumir el animal. Aquí también operan los dispositivos de distanciamiento: no queremos recordar que ese trozo de carne fue un animal con vida, con deseos, con intereses. Denominamos y apelamos a mecanismos verbales que nos permitan limpiar nuestra conciencia y depurar nuestra responsabilidad del destino de los otros animales.

Este es un llamado a la reconsideración verbal de los otros animales. Porque su tratamiento depende de cómo los pensamos, cómo nos referimos a ellos, y cómo construimos un mundo que deje de considerarlos como seres sin dignidad.

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Sóc vegana i des de la meva infantesa m’ha preocupat la relació especista antropocèntrica que la humanitat manté amb la resta dels animals. Encara busco respostes a moltes preguntes d’aleshores. Sóc Treballadora social, màster en Filosofia Política i màster en Bioètica i Dret. Doctora en Filosofia, tractant sobre els límits de la filosofia moral, la bioètica i els drets dels animals. He estat activa en el món de l’animalisme des de fa més d’una dècada, sempre amb un peu en la teoria i un altre a la pràctica. Comparteixo la meva vida amb el meu marit, tres gates i un nombre sempre canviant de gats rescatats del carrer als quals donem en adopció.