Parrillada de verduras y caballos con los que labrar

Parrillada de verduras y caballos con los que labrar

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Existe una organización sin ánimo de lucro para el fomento de la “tracción animal moderna” que se llama PROMMATA y acaba de cumplir 25 años. Nos dicen que quieren “poner al hombre en el centro de un sistema productivo y competitivo respetuoso con el medio ambiente”. También hablan de independencia energética y, como no podría ser de otra forma, de la recuperación de los animales de tiro: “burros, mulas, vacas y caballos”. Independencia de la persona campesina a costa de la libertad de los animales esclavos, y recuperación del número de estos esclavos.

Hoy, termina un curso sobre el tema en el parque ecológico del Empordà, en el que han hablado de “la satisfacción de trabajar con la paz y la coherencia que representa la colaboración con otro ser vivo”. También han hecho una introducción a la relación y el comportamiento de los caballos, así como las bases para su “manejo” para el trabajo agrícola. El manejo y la colaboración son términos nada coherentes el uno con el otro, y la paz no puede basarse en la explotación de otro ser vivo. Forcat

El especismo me sorprende con cosas como esta, por su capacidad de reforzarse en su hegemonía social y cultural para “invadir” el veganismo que, como hemos dicho muchas veces, no es otra cosa que una herramienta de uso personal para luchar contra ese especismo.

Tenemos ingredientes de la explotación animal que “ocultan” en alimentos elaborados, aparentemente veganos: albúmina de huevo por todas partes, suero de leche para convertirnos en vertederos a coste cero de este residuo de la industria láctea, colorantes como el E-120 o, incluso, cola de pescado y sangre de los mataderos en el vino y la cerveza. También tenemos los productos veganos de los grandes grupos empresariales directamente vinculados a la explotación animal, generando debates como el de las Pringles y Procter&Gamble o el de Vivesoy y Pascual.

Cavall i mulaÉste de los caballos esclavos es fascinante, porque es capaz de convertir una verdura en un producto no vegano. Él solito, lejos de los grandes mercados especulativos y de los intereses de las transnacionales, sin necesidad de transformaciones ni manipulaciones. Una patata, y sólo una patata, puede tener como ingrediente el sudor de un caballo que no quiere tirar de ningún arado. Y yo, buscando productos de proximidad, ecológicos y de comercio directo con la persona productora, puedo estar fomentando la explotación animal.

En una campaña contra la esclavitud infantil, un joven que la había sufrido en las explotaciones de cacao africanas señalaba con el dedo el consumo cómplice: “cuando la gente come chocolate, está comiendo mi propia carne”. Y eso es lo que siento yo respeto al caballo esclavo. Siento que me estoy comiendo los golpes de su adiestramiento, todos los golpes que hacen falta para que haga lo que nunca ha deseado hacer. Me como su sudor, su Libertad, su carne. Y, por supuesto, no quiero hacerlo.

Estoy tan harto de esto que en mi cabeza funciona un veganismo resolutivo, para el que el listado de ingredientes ya no es suficiente. Por supuesto, puedo comprar Pringles y Vivesoy sin cargo de conciencia, porque lo importante es no comprar productos experimentados con animales de Procter&Gamble o Leche Pascual. No ocurre lo mismo con los productos ecológicos vinculados con una explotación animal, directa, absurda y, por tanto, evitable. Como es tan complicado saber qué producciones ecológicas la usan y cuáles no, han conseguido la proeza de que las patatas necesiten una etiqueta de producto vegano.

Hasta ahora, mi principal ejemplo de veganismo resolutivo era el del menú creativo de muchos bares y restaurantes para personas veganas. Si, son esos lugares que te ofrecen una ensalada de primero y una parrillada de verduras de segundo, al mismo precio que pagan las personas cárnicas por una amplia diversidad de platos. No como en estos lugares porque, a pesar de que lo que haya comido sea vegano, con mi dinero engordo la facturación de un lugar que no tiene la más mínima intención de adquirir las capacidades para ofrecer alternativas veganas reales, a diferencia de lo hace Procter&Gamble con sus Pringles.

La tienda y el supermercado es un espacio de consumo donde puede funcionar el principio de elección que hace que el veganismo sea efectivo. Tienen oferta vegana diferenciada? Tienen un espacio con alimentos veganos? Pues se puede aplicar ese principio de elección, dejando de lado toda la explotación animal. Con las empresas y corporaciones pasa lo mismo: si compro Pringles, es veganismo. Si compro Vivesoy, es veganismo. Si compro el menú de ensalada y parrillada, estoy comprando una oferta completamente limitada y accidental de un negocio que no tiene la intención de ser otra cosa que cárnico. No puedo aplicar el principio de elección, y entonces no es veganismo.

Bous

Si no puedo saber qué producciones ecológicas explotan animales, si no puedo elegir entre estas y las que no lo hacen, no es veganismo. Y, como he de elegir, me quedo con las frutas y verduras de las tiendas convencionales y las grandes superficies, que no serán de proximidad ni ecológicas, pero me permitirán elegir entre opciones que, con toda seguridad no habrá usado animales y otra que es muy probable que sí.

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La parte de mi biografía de la que estoy más orgulloso es que soy vegano, que hace de la justicia un ejercicio cotidiano. También me gusta mucho haber aprendido Historia en la Universidad de Valencia. Soy militante antiespecista, feminista, LGTBI , ecologista, socialista e independentista. En definitiva, no quiero privilegios y, aún menos, los que se supone que me han de privilegiar mí.
Soy militante de Iniciativa Animalista