Lágrimas de niño

Lágrimas de niño

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Tiene una perra preciosa, una mestiza de Labrador con el pelo negro y brillante y la musculatura de una atleta. Cada día hacen muchos kilómetros una junto al otro por los caminos de la huerta, por las riberas del Carraixet o por la arena de las playas de Alboraya. La mente se resiste a dejar la juventud y, por ello, me sorprendieron mucho sus 71 años. Para mí, una persona “mayor” siempre ha estado asociada a historias de guerra y hambre, nunca con jergas y actitudes que recuerdan tanto a las mías.

Hemos tenido largas conversaciones mientras la acompañaba al veterinario. Neus empezó a sangrar y ha resultado ser un tumor en la zona anal que se ha tenido que extirpar. En el momento de la sedación, mientras ella dormía en sus brazos, se despidió de ella suavemente y con la voz temblorosa. Es un hombre, uno hombre de los de antes, los hombres no lloran y le costó mantenerse firme. Me reconcilié mentalmente con él, porque el día del diagnóstico dijo que “al fin y al cabo, un perro es un perro” después de que le hablaron de las dificultades del diagnóstico y la conveniencia de una endoscopia. Lo dijo con aquella preciosidad sentada sobre sus pies y mirando hacia arriba, con los ojitos clavados en la cara de su compañero para siempre.

Mientras tragaba la saliva, vi aquel niño de 9 años que luchaba por romper el engrudo de especismo y machismo con el que se había hecho hombre. Vi a los niños que entran en la plaza de toros y que nos miran con miedo mientras gritamos y alzamos nuestras pancartas. Me vi a mí mismo, mimando los tordos muertos sobre el banco de la cocina mientras mi padre se reía, mirando el conejo que mi madre llevaba hacia la cocina, cogido por las orejitas, o petrificado ante los cangrejos que se esforzaban para huir y que resbalaban una y otra vez por el mármol del fregadero. Y engullendo cortes de ternera y chupando huesos de cordero, aquellos pequeños huesos que me vienen a la cabeza una y otra vez.

Me quería invitar a comer, y sólo sabía hablar de hecatombes animales, de caretas enteras de cerdo tostadas al fuego y quesos y embutidos del pueblo. Le tuve que explicar el veganismo tres veces, y no consiguió asimilar las “limitaciones” que aparecen a la hora de sentarse a la mesa. Y cuando le contaba el cómo y el por qué, volvió a salir el niño de 9 años desaparecido en la niebla de los años 1950. Los perros son animales maravillosos que, entre otras muchas cosas, son una clave del cambio de perspectiva, y, con suerte, interruptores de nuestra esquizofrenia especista. El niño de 9 años vino de la mano de un perro negro, tan negro y tan bonito, tan listo y tan amable como la Neus.

Era un galgo, y no cazaba. Dice que los hay que corren y persiguen la liebre, pero que en el momento de abrir la boca y cazarla, no lo hacen. Todo se justificaba en el hecho de que era una boca más para comer que llevaba nada en la mesa. Los hombres tenían que hacer las cosas y su padre no se veía con corazón, así que vino un vecino que no tenía esos escrúpulos. Lo colgó de una encina a pocos metros de la casa y su cuerpo negro, bailando en la rama, se grabó en los ojos de aquel niño de 9 años para volver una y otra vez en sueños.

Le pregunté porque los matan así, y la respuesta fue terrible. Cuentan que un galgo es muy difícil de matar, y que se le debe poner imposible la supervivencia. La leyenda dice que un hombre creyó haber matado a su perro a golpes y que, después de haberlo enterrado con sus manos, el perro volvió a su casa, sucio y con la cabeza cubierta de sangre. El ser humano es así: la legendaria fidelidad incondicional de los galgos los convierte en los extraños frutos de carne podrida que cuelgan de los árboles, como dice la canción de la Billie Holliday, y hace que no sean patrimonio exclusivo del Sur racista.

Trabajó durante años en una fábrica de la harina base con la que se hacen los piensos animales, siempre a partir de carnes no aptas para el consumo humano. Me contó que, en los años 1970, unos gusanos gigantes se movían entre la sangre que cubría el suelo, mientras desollaban caballos, mulas y burros viejos acabados de matar, mientras los arrancaban los dientes a martillazos cuando algunos todavía estaban agonizando. Las normativas sanitarias hacieron que esto desapareciera y que, según él, se impusiera una higiene absoluta. Todo pasó a ser carne del día: envasados de porexpan caducados del Corte Inglés, bidones llenos de tripas y llegados de los mataderos, cisternas cargadas de pescado pequeño y otros desechos de pesca…

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Entre lo que debían ser cadáveres de gallinas ponedoras, muchas estaban aún vivas. Dice que, una vez, llegó un cerdo vivo entre un montón de muertos. Todo acababa convertido en la harina que sirve de base para piensos de perros y gatos, y para los piensos que habían comido muchos de los animales que habían quedado reducidos a polvo. “Después de las vacas locas, se miraba mucho que la carne de vaca no fuese a las vacas”. Lo contaba con el tono de normalidad con la que me había hablado de las caretas de cerdo enteras tostadas, con aquel niño de 9 años ahogado en el cieno ideológico de la normalización.

Así es como nos han educado, como machos duros y siempre preparados para el trabajo y la competencia. Como la debilidad no es una opción, el combate siempre es contra los y las débiles, sean galgos que no cazan, cangrejos que quieren huir o cerdos vivos rodeados de una masacre. Tenemos que aprender a ser lo que no somos, a matar al niño sensible que hemos sido y que los hombres no lloran, que no se tocan ni se abrazan ni se acarician ni se besan, que se saludan en la distancia, de lado para proteger los genitales, golpeando las espaldas fuerza y con el culo siempre pegado a la pared. Que nos tenemos que ganar privilegios que imponer a las más débiles: mujeres, personas migrantes, excluidas, gente fuera del heteronorma, hombres que no combaten y los otros animales… Los y las demás.

Para llegar hasta aquí he cruzado muchas puertas y la cabeza me ha tenido que hacer muchos clics, y también han sido los perros como Neus los que me han guiado para dar los primeros pasos. Queda mucho por aprender, pero vuelvo a escuchar y mirar como cuando miraba los cangrejos de la pila. Así es como le escuchaba a él.

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La parte de mi biografía de la que estoy más orgulloso es que soy vegano, que hace de la justicia un ejercicio cotidiano. También me gusta mucho haber aprendido Historia en la Universidad de Valencia. Soy militante antiespecista, feminista, LGTBI, ecologista, socialista e independentista. En definitiva, no quiero privilegios y, aún menos, los que se supone que me han de privilegiar mí.
Soy militante de Iniciativa Animalista