No torero, aquí el violento eres tú

No torero, aquí el violento eres tú

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Torero, deja ya de contarle al mundo que los animalistas somos como tú para intentar que el mundo piense que tú eres como nosotros, al hacerlo estás mintiendo, mintiendo con una patraña tan zafia como indigna, mintiendo con un embuste, ¡tan taurino! ¿No ves que no te funciona, verduguillo?, ¿no entiendes que la gente no es tan estúpida como tú la necesitarías?

Hay que ver lo valiente que te muestras con tus armas frente un animal disminuido y lo cobarde que eres ante la sociedad. Engañas al toro con un color y colocándote donde apenas te puede ver para simular valor (creo que eso es todo lo que aprendiste de fisiología animal: la visión binocular del toro), engañas al público enfrentándote a una criatura que respira con dificultad e incapaz de elevar el cuello – con sus serratos destrozados por la pica y el cráneo tal vez abierto por el estribo del picador -, esta vez para salvar tu culo, y no satisfecho con ese currículum digno de becario en la DINA chilena vuelves a querer engañar a los ciudadanos afirmando que tras cada animalista hay un enemigo de la libertad, homicidas en potencia que si pudieran, aseguras, te matarían, a ti y a los tuyos ¿Cómo es eso que tanto os gusta repetir?, ecoterroristas. Supongo que para hacer que estáis al día, con vuestros defensores, ahora soléis añadir que votan a Podemos.

Ay, qué penita me das. Te imagino revisando cada mañana tu coche por si te han dejado un papel-lapa en el que ponga “¿Dónde está tu ética, matador?”. Y sí, puede que las letras salten convertidas en esquirlas de asco y dolor pero tranquilo, tú eres inmune, llevas traje de luces, luces en la ropa y negrura en el alma, el color de tus martirizados y de su mirada después de cruzarse contigo en la plaza, el de la España que representas, pero también, y ten esto muy presente, el color del futuro de la tauromaquia en un país en el que ya no eres un héroe sino un sinvergüenza.

Tú usas las manos para ejercer una violencia real, con muertos reales, nosotros utilizamos las nuestras para tratar de inmovilizar las tuyas y a nuestros pies no hay cadáveres, en cambio tú te pones de puntillas junto a ellos sacando pecho muy orgulloso, muestra inequívoca de un desajuste psicológico al sentir placer ante un dolor ajeno que lleva tu firma. La conclusión no es mía sino de la American Psychiatric Association, y por si ese cerebro constreñido por la montera todavía no lo entiende, añado que la crueldad con animales forma parte de los criterios de diagnóstico para determinar los desórdenes de conducta. Ya lo ves, estás en varios listados de individuos peligrosos, torerillo, por algo será.

Te mueves en un universo de espejos curvos que deforman las imágenes, el mismo en el que habitan tantos psicópatas, torturando y asesinando porque les gusta hacerlo y queriendo proyectar una apariencia de seres normales. ¿Qué digo normales?, sensibles, exquisitos, especiales. Pero para completar el círculo de tu iniquidad necesitas además que a los que te plantamos cara nos crean portadores de tus sentimientos y capaces de tus actos. Algo así como una usurpación recíproca de identidad moral y conductual. Algo así como un poco más de la hipocresía y cobardía que atesoras y antes mencionaba.

Eres el guionista de una suerte de Alegoría de la Caverna, quieres al hombre prisionero del inmovilismo en un espacio de sombras, pretendes que lo que proyectas se asuma como verdadero aunque no sea más que la desvirtuación de la realidad. Y si alguno logra escapar de esa aberración de la sustantividad, salir al exterior de la gruta, observar lo que es y como es y regresar al interior para explicarles a los otros presos qué ha visto y liberarlos de cadenas y mentiras, estos no le creerán y hasta serán capaces de acabar con su vida, o sea, tu objetivo: someter al animalismo a un pelotón de ejecución moral. Pero he aquí que nos colamos en tu último capítulo reescribiéndolo: los engañados sí le siguieron y una vez afuera comprobaron que él (nosotros) no mentía(mos), sino que aquí el único embustero, y redomado, eres tú.

Moraleja: “El que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido, porque estará obligado a inventar veinte más para sostener la certeza de esta primera”. (Alexander Pope). Y en tu caso no das para más que un puňadito:

Nadie ama y respeta al toro más que yo.

Si yo fuese toro elegiría morir así.

El toro no sufre en la plaza…

(Y porque me ciño al sufrimiento, que si tirase del tema subvenciones…).

¿Te imaginas que cota de perversión podría alcanzar la vigésima?

Sería la estrategia perfecta: tú sigues matando pero eres la víctima y el héroe, nosotros nos vemos cada vez más censurados y arrinconados porque somos los criminales. Sí, sería magnífica e inteligente si no fuese porque es idiota, burda y canalla. Sale de ti, así que tampoco podría ser muy diferente.

No, no quiero tu muerte ni tus heridas. No deseo causártelas yo ni que lo haga nadie. No transformo la repugnancia que me produces -y admito- en sed de violencia. Para eso, para ser violento, ya estás tú, y para luchar contra los que sois como tú estamos nosotros.

¿Tu sufrimiento anímico?, ese la verdad es que no me inquieta, lo reconozco. A mí me gustaría que fueras capaz de sentir, de reflexionar, de rectificar y de convertirte en enemigo de tu pasado, de ser otro muy distinto en el presente y ver cómo te enfrentas a lo que representabas por intentar transformar el futuro. Tendrías toda mi admiración, todo mi apoyo y ni un reproche, pero sé que aunque no imposible eso es demasiado difícil. Que entre un torero y el toro se atraviese la compasión es tan poco frecuente como qué Venus se interponga entre el Sol y la Tierra, esa que por culpa de personas como tú (sea cual sea el inocente con cuya vida se acabe) a veces produce arcadas, la misma en la que gracias a personas como nosotros todavía existe la esperanza de poder respirar un aire más limpio.

Te quiero con una larga vida y con todos tus sentidos intactos. Para que puedas escuchar perfectamente la palabra Abolición, para que veas las plazas de toros transmutadas en auditorios de conciertos, escenarios de teatro o polideportivos, para que ya no huelas la sangre de tus víctimas ni saborees la baba malsana de tu miserable triunfo, para que te duela en la piel no notar nunca más el tacto de la oreja o del rabo que le amputaste a un toro mientras seguía agonizando con el resto de su cuerpo.

Ya que no espero de ti el arrepentimiento te quiero entero y longevo para el padecimiento emocional. No lo confundas con sadismo ni ensañamiento, no es ni tan siquiera karma – otra forma, sólo que algo más exótica, de consuelo puesto en un Juicio Final -, esto se llama Justicia Aquí y Ahora. No soy violento, no deseo tu sangre, pero tampoco soy imbécil, tus actos no son dignos de perdón ni los muertos que fuiste dejando se merecen tu felicidad.

El asesino, recuérdalo, eres tú, siempre tú, nosotros sólo luchamos pacíficamente por convertir tus crímenes en historia, y sabiendo del placer que te produce torturar y matar que en la ausencia obligada de tu pecado esté tu mayor castigo.

Pero ya que este texto va de lo buena gente que juras ser y aprovechando que antes menté a la DINA te voy a hacer un regalo, una frase que pronunció Augusto Pinochet al referirse a sí mismo, siempre puedes soltarla en alguna entrevista en la COPE o en el sofá de Bertín Osborne:

Reflexionando y meditando, soy bueno. No tengo resentimientos, tengo bondad“.

 


Julio Ortega Fraile, activista por los Derechos de los Animales, escritor, coordinador de la Plataforma “Manos Rojas”, colaborador en El Caballo de Nietzsche y presentador del Programa PUNTO DE LECTURA en la TVAnimalista. Fui Delegado para Pontevedra de la Asociación Animalista LIBERA! y Secretario de Organización y Delegado para Galicia del PACMA. Mi libro: Servidumbre Humana, mi película: Los Lunes al Sol, mi canción (a veces cambia, pero no el cantante): Una Noche de Verano de Andrés Suárez. No me gustan las banderas pero me quedo con la republicana y me encanta ver rastas en el Congreso de los Diputados. Y sí, le tengo mucho asquito al rey, al de antes y al de ahora.