Relatos de cazadores

Relatos de cazadores

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En la segunda década del siglo XXI la caza sigue vigente como práctica que presenta un “saber hacer antiquísimo” según expresan algunos cazadores convencidos, de los muchos, demasiados miles, que todavía existen en España. Aunque la caza se alejó ya de sus históricas funcionalidades, actualmente esa práctica cinegética se vincula con diferentes intereses que quieren justificar, de nuevo para muchos, su continuidad en el tiempo. Por ejemplo, con la tradición, identidad, ocio, deporte, ecología, relación social, economía o turismo. La caza sirve incluso como seudoterapia para apaciguar determinadas personalidades disfuncionales de algunos individuos que forman parte de la sociedad.

Volviendo a la intersección de la caza con los diferentes contextos citados, puede afirmarse que hoy esa práctica “quiere continuar de moda” (basta con ver la cantidad de cotos de caza que plagan el territorio español), como mínimo en ciertos sectores (históricamente formados por las élites aunque posteriormente se haya popularizado y convertido en una práctica “recreativa” como lamentablemente presenta la actual Ley(1) y, a la vez, se ha convertido en una cuestión especialmente controvertida. La caza, que fue un elemento primordial en el ámbito de la evolución humana o en la organización social de cazadores-recolectores, afortunadamente hoy presenta un escaso interés entre las generaciones jóvenes. Se observa un grado destacado de rechazo hacia la caza, incluso entre aquellos que son omnívoros y que no abogan directa o conscientemente por los derechos de los animales. A pesar de ello, se mantiene el empeño de la sociedad cazadora por continuar con su nefasta labor pedagógica entre los más jóvenes.

Una primera aproximación conduce a buscar una definición de qué es la caza y qué significa ser cazador, pero no existe una respuesta indiscutible sobre ambos temas, ni tan siquiera una respuesta consensuada entre los mismos cazadores. Más allá de ser considerada una actividad inserta en los contextos anteriormente citados (ocio, economía, deporte, relación social, etc.), cazar presenta una gran complejidad, de modo que su significado sobrepasa la definición de la Real Academia de la Lengua Española: “Buscar o perseguir aves, fieras y otras muchas clases de animales para cobrarlos o matarlos”. Enunciación que se aproxima a muchas de las ideas u opiniones dadas entre cazadores y que, inicialmente, sirve como categorización grupal. Cazar no es solo el acto en sí ni la actividad global en sí misma sino que se le suman la simbolización, socialización y jerarquización que se produce entre los cazadores.

De lo anterior deriva que la caza presenta un itinerario que transita desde crear la caza como acto en sí mismo; a recrear la caza que se produce en la interacción social entre cazadores que incluye la comunicación y el intercambio verbal conducente a la jerarquización colectiva. Y, en último lugar, se encuentra la representación, a través de la que se asimilan profundamente las opiniones, creencias, comportamiento, etc., tanto individualmente como en comparación con los otros, configurándose teórica y simbólicamente esa representación, otorgando determinados valores a la acción desarrollada que será compartida por los integrantes del grupo de cazadores.

Citado por Ortega y Gasset(2), cazar es buscar la caza, expresión que espejea el sentir de muchos de los cazadores. Santos, cazador ya viejo pero que todavía conserva su carácter duro, orgulloso de ser experto en matar y de su hombría demostrada en esa labor, como él mismo se reconoce, cuando narra sus experiencias cinegéticas de tantos años, dice:

…yo busco la caza y eso es cazar, aunque a veces me pase las horas por el monte con frío, a oscuras, porque vas de madrugada, ni siquiera, porque son las 4 de la mañana y andas casi sin ver, te arañas, te das de golpes pero tú sigues intentándolo… el silencio, que no te oigan [los otros animales] y te vas pensando dónde harás el aguardo y tienes que ser rápido y sin ruido[baja la voz] sin nada de ruido porque allí solo tienes ruidos del campo y ellos [los otros animales] te oyen, son muy finos y saben que estás allí”.

Para este cazador, matar, “cobrar una pieza”, en ocasiones pasa a un segundo lugar aunque sea muy relevante, porque lo primero que hace es crear la caza, que significa buscar el lugar, levantar el aguardo, “oler” a sus posibles presas, deambular por el monte, en definitiva preparar un escenario donde matar será para él el resultado merecido, el premio del cazador. La absoluta satisfacción al completar el ciclo. Como dice Ortega y Gasset, el cazador mata por haber cazado. La cuestión es, sin duda, desvelar que todo ese trabajo que lleva a cabo aquél que se considera “buen cazador”, como manifiesta el informante, es una tarea perversa que no es inherente a la naturaleza humana, como gustan de afirmar los cazadores; ni es una tradición ancestral que deba perpetuarse, dado que las tradiciones cambian de acuerdo con las transformaciones sociales. Y ahora la sociedad tiene otros horizontes alejados del “cazar-matar-cazar”, por mucho empeño que le pongan los cotos y sus funestos intereses lucrativos.

Hoy no hay explicación posible que justifique la matanza de los otros animales bajo el titulo de cazar, sea desde la perspectiva que sea. Tampoco sirven argumentos que pasan por situar a los animales humanos como depredadores naturales de los otros animales puesto que existen numerosas opciones para alimentar a las poblaciones humanas. Y, desde luego, la caza no es en ningún caso un método para controlar la superpoblación de determinadas especies animales, de ninguna. La cuestión que rodea a estas y a todas las creencias que contornean el tema de la caza se sitúa en los mitos. Y estos son historias que, desde tiempos inmemoriales, las diferentes culturas han creado para expresar sus experiencias, ambiciones, éxitos; para comprender el sentido más profundo de la vida, para contarse cómo funciona el mundo. Estas narraciones son falsas pero se convierten en paradigmas tanto para el conocimiento como para la acción. El carácter ontológico de los mitos reside en esa capacidad de integrar, de forma coherente, una visión del mundo y de la vida humana con otros modelos de carácter normativo y ético dirigidos a regular el comportamiento individual y social.

Santos cree que es un buen cazador, a diferencia de otros con los que comparte “salidas de caza”. Y lo cree porque cazar es, para él, una tradición que se da en su familia, que le transmitió su padre:

…¡soy cazador desde que nací!…cazar es duro, tienes que aprender de otro cazador, mejor si es tu padre o tu abuelo porque ellos te hacen fuerte, te enseñan a ser hombre, a ser paciente, a esperar que pasen [los otros animales]… a buscar el lado donde el viento no lleva tu olor, la alerta… que has de estar muy despierto y escuchando los ruidos, fundirte con el entorno, con el monte, para que no te vean [los otros animales]. Aunque no te mueves y respiras en silencio, estás en constante alerta, esperando, esperando… Se trata de esperar al animal no de ir a buscarlo. Y mientras te congelas porque hace frío y echas mano de la botella o de la petaca y te das unos tragos para calentarte pero todo en silencio… y mientras, amanece y eso todo es vivir como lo han hecho siempre los hombres. Cazar es cosa de hombres que son los que llevaban la carne para alimentar a sus hijos. Y hay que ser muy hombre para cazar bien”.

Cazar es fundamental en la vida de este informante, forma parte indiscutible e inseparable de su identidad como hombre. Ser cazador le confiere identidad al ser reconocido por otros como tal y al reconocerse como integrante de un grupo “de prestigio” para él. La caza traslada al cazador a un tiempo distinto, a un pasado remoto, despertándole un supuesto instinto ancestral por matar al otro animal, impulso que el informante reconoce como propio del hombre(3).

Para Santos el (otro) animal no es un ser en sí mismo sino que su dimensión simbólica y el vínculo humano-animal solo aparece a partir del interés del primero por capturar y matar, “cobrar”, al segundo. Y eso es lo genuino de su labor contra lo tramposo de la caza “preparada” como la “suelta de las perdices”:

…la caza de veras es la que tú sales a buscar y te encuentras a la perdiz revolcándose en la tierra, espurgándose, y le tiras y le das y la buscas y la coges y la cuelgas de tu canana y te las vas colgando… muchas, 20 o más según el día… yo llevaba mi reclamo [perdiz enjaulada que atrae a otras] que lo cuidaba como a un hijo para que cantara bien, le metía en su jaula verde pequeña [jaulas de alambre fino, ligeras, generalmente pintadas de color verde “botella” para que se asimilen al entorno] y la dejaba allí en medio, sola, cantando temprano, para atraer perdices y me quedaba quieto, agarrotao, con los cartuchos metidos en la escopeta, apuntando, apuntando… llegaban de golpe revoloteando con ese vuelo pesao de perdiz que se tira al suelo y luego se levanta así [imita con las manos cómo se tira y remonta la perdiz] y “pam” le daba y “pam” a otra y así… esa es la verdadera caza la que te buscas porque eres cazador y no señorito… y luego en la casa les cortaba las patas y las guardaba en una caja con otras muchas patas que son el premio de muchos días y se las enseñaba a todos, a los otros cazadores y te haces fotos cuando llegas con todas [las perdices] colgando del cinto ¡qué bonitas son las perdices! Y te miran [los otros cazadores y la gente] y les miras… y te admiran”.

El cazador, entre los “suyos”, experimenta una sanción social positiva hacia la práctica cinegética, con expresiones de aprobación. Estas sanciones refuerzan el comportamiento del informante, naturalizan el hecho de matar e integran sus acciones en el contexto de la comunidad, dando lugar a que otros individuos deseen emular ese “saber hacer” cinegético que otorga hombría, admiración, dignidad, estatus social, etc.

Por otro lado, en su discurso Santos muestra cómo se lleva a cabo el proceso socializador cuando refiere que piensa en enseñar a su hijo a cazar:

…¡Eres todo un hombre! ¡machote, machote! me decían allí en el pueblo cuando volvía de cazar… estaba el juez que es mi primo y el maestro y un alcalde también buen cazador, el cabo de la Civil y otros del grupo, el cura a veces también venía y nos íbamos a tomar un chato y me llevaban a comer ¡que debes de estar con hambre! decían… vente a comer las migas que te preparao, decía mi madre y yo iba, íbamos todos a las migas… después de comer yo le enseñaba a mi hija la caza porque era muy curiosa la chiquilla y acariciaba las perdices muertas y alguna liebre que también caía… ¡qué cría aquella! se ponía a llorar y se iba con las cabras…pero luego le gustaba ver las patas de mis perdices, me pedía la caja y jugaba o no sé lo que hacía…[…]… mi hijo que era muy pequeño le gustaban las perdices y yo le enseñaba la escopeta, le hacía oler los cartuchos vacíos… pensaba que le enseñaría a cazar como su padre, como su abuelo y así… porque el cazador se hace de otros, le enseñan, y luego se hace a sí mismo, quiero decir que aprendes pero luego te espabilas y te haces buen cazador cuando sales solo y te buscas la caza ¡así se aprende!…”.

En la narración de Santos se observa la masculinidad heterosexual atribuida a los varones, al realizar una serie de comportamientos por los que esa masculinidad les define. Los hombres se encargan de llevar a cabo los actos o actividades espectaculares, arriesgadas y transitorias. En tanto que las mujeres se consideran, en general y socialmente, menos preparadas o capacitadas para el desarrollo de esas actividades. En el ámbito de la caza, las mujeres no son bien acogidas:

… no son cazadores, no aguantan lo que nosotros y son miedicas pero además ¿dónde se ha visto mujeres cazadoras? Somos los hombres los que siempre hemos ido a cazar y las mujeres esperan la caza para trabajarla en la cocina, así se ha hecho siempre…además los hombres cuando vamos de caza hablamos con nuestras palabras gruesas, hablamos de nuestras cosas y de mujeres también así que… hace falta ser hombre para estar con cazadores…” dice Pedro, el primo juez de Santos.

Mientras que la feminidad no acostumbra a ponerse en entredicho, la masculinidad casi siempre lo está, lo cual provoca que muchos rituales, como en la caza, se basen en demostrar públicamente los componentes masculinos de quienes los realizan. Los cazadores se mueven en un contexto de virilidad exacerbada y a casi ningún cazador se le ocurriría poner en duda que aquel que forma parte de ese ambiente de la caza no sea un “hombre de verdad”. Otro aspecto definitorio del cazador es la violencia, sobradamente manifiesta a través de las armas que porta (escopetas, ballestas, cuchillos, arcos, machetes, etc.) y que, indefectiblemente, provocarán la aparición de la muerte. Una forma de muerte que es asesinato, brutal, sangriento, donde el carácter depredador de determinados individuos reaparece en su forma más abyecta.

La voz de Pedro pone de manifiesto la división sexual del trabajo que se convierte en división sexual del ocio, si se entiende la caza desde esa perspectiva que, al igual que desde los otros enfoques, resulta inaceptable. Se categoriza lo normal, lo propio y lo natural a través de roles establecidos para cada sexo, que entronca con un género concreto a partir del cual se desarrollará el proceso enculturador o socializador. Este informante no es un cazador en sentido estricto, tal y como lo entienden los de su grupo y como lo significa el propio Pedro, sino que lo es por “masculinidad” y por cargo público de prestigio social, que le atribuye un “lugar social” concreto en el pueblo donde reside. Pedro cree que forma parte de la élite (la que mantiene la “tradición” de cazar y los cotos, según sus palabras) porque tiene un nivel cultural superior y ello, junto con el prestigio de ser cazador ocasional, se traduce en elementos de valor social que le acreditan:

…soy cazador “a medias” [bromea] pero pertenezco a una clase social más alta porque he dedicado mi vida a estudiar y trabajar [fue juez] mientras ellos [Santos y otros cazadores del grupo] se dedicaron a cosas sencillas (carpinteros, fontaneros, panaderos, etc.) y a cazar y claro se han forjado como cazadores, conocen el monte… y yo… yo conozco las leyes y también la caza aunque menos…”.

Cuando Santos explica algunas salidas con otros cazadores señala que algunos de ellos, procedentes del ámbito urbano, “no tienen conciencia” y “no respetan el monte”:

… algunas veces íbamos en grupo, 10 o 12 [cazadores] que son muchos y nos decíamos por dónde y cómo situarnos para no apelotonarse y pegarnos tiros entre nosotros. Llevaban perros…Yo nunca quise porque son un estorbo cuando ya no sirven y como aquí no gastan plomo en ellos, los abandonan o los tiran a pozos para que no vuelvan… yo no estoy de acuerdo y por eso nunca tuve perros. Mi padre sí tenía y muchos y los mataba como fuera porque decía que total no eran más que perros y las perras harían más… […]…Cuando íbamos juntos con algunos que venían de la ciudad, ese día era un infierno porque una cosa es cazar y la otra es destrozar. Llegaban con el ansia y disparaban a todo… a todo lo que se movía le tiraban ¡una barbaridad!… una vez vi a uno disparando a sus perros porque no había cazado nada y estaba rabioso. Los mató a los 5 perros que tenía. Eso no es cazar. Yo eso lo veo mal… pues esos cazadores de ciudad venían vestidos de domingo y tiraban a todo ¡un desastre peligroso! Porque esos no son cazadores de verdad…”.

En este fragmento del relato de Santos se observa el cruce entre qué es lo que se entiende por caza y el concepto de cazador, que han ido esbozando los informantes a través de sus explicaciones. De manera que, obviamente, aquel que caza es el cazador y que el cazador es quien caza. Pero, no todo el que caza recibe la consideración de cazador. Puede deducirse que se trata de una atribución y reconocimiento social que, de nuevo, conduce a los conceptos de hombría, masculinidad, hombre hecho a sí mismo, etc., que describen a un tipo particular de individuo capaz de matar a otros animales sin cuestionarse su acción desde una posición ética.

Una de las ideas que deriva de esta breve reflexión etnográfica es que, aunque Santos y Pedro sean cazadores de diferente nivel de experiencia, ambos son viejos de más de 80 años y sus experiencias cazadoras acabaron hace más de 15, lo cual presenta un recorrido que quizá sea diferente al que siguen los cazadores actuales. Sin embargo, de sus narraciones se desprenden dos tipologías de cazadores todavía existentes: el solitario, que rastrea el monte en busca de signos que le muestren lo invisible, que le procuren acechar al (otro) animal y matarle en exclusiva y, por otro lado, el grupo de cazadores (rurales o de ciudad) que practica la caza con relativa frecuencia, sea en el monte o en el coto, y que, a diferencia del cazador hecho a sí mismo, son gentes que cazan por entretenimiento, para romper con la monotonía de sus vidas mientras acaban con las de otros animales.

Un aspecto que sobrevuela lo contado por los informantes hace referencia a la idea de “ser cazador” y el “señorito”. El primero, se ha dicho ya, se hace a sí mismo y busca la caza. El señorito es aquel que caza en el coto y ese hecho en sí mismo es, para muchos, demasiados cazadores, un elemento de prestigio. Porque la caza representa una inversión económica notable realizada por los cazadores, en forma de pago de cuotas de los cotos, los perros, armas, munición, viajes, manutención, vestimenta, auxiliares de campo, etc. Es una caza mercantilizada y ese es, precisamente, uno de los móviles que dan continuidad a la práctica cinegética.

Otros elementos que se manejan asiduamente para justificar el supuesto valor de la caza es el querer considerarla patrimonio inmaterial y disfrazarla con términos como cultura, tradición, identidad, reconocimiento social, prestigio y un largo etcétera de palabras con las cuales defender lo indefendible de matar a los otros animales. La caza, sin lugar a dudas es una actividad predatoria que no se puede justificar, ni puede tener lugar, en nuestras sociedades.

A titulo final, recordar a los dos informantes, miembros destacados de un grupo de cazadores, que con sus relatos han hecho posible esta aproximación al mundo de la caza. Ello no obsta para señalar que hoy, esos dos viejos, achacosos y un tanto obesos, de ralo pelo blanco, con rostros repletos de arrugas y tez morena, medio cegatos, aparecen como ancianos apacibles y bondadosos que dormitan al sol de una tibia mañana de invierno, mientras en su haber cuentan con la matanza continuada de los otros animales. Un genocidio realizado a lo largo de más de 70 años de sus vidas. Y no expresan en ningún momento arrepentimiento alguno porque entienden que “la caza es algo natural en el hombre”, con lo cual ni siquiera se les ocurre cuestionarse su comportamiento.

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(1) Código de Caza (pdf) – BOE.es La última versión de este Código está disponible en: www.boe.es/legislacion/codigos/
(2) Ortega i Gasset, J., 1960 Sobre la caza, los toros y el toreo. Madrid: Revista de Occidente, Alianza Editorial.
(3) Se utiliza “hombre” porque es el término que emplea el informante. De no ser así, se usan las expresiones “ser humano” o “individuo” que se entienden políticamente correctas para incluir al género femenino que no se encuentra representado en el vocablo hombre.

 

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Antropóloga, activista por los derechos de los animales, feminista, vegana, heterodisidente. Acompaño y comparten mi vida tres gatas maravillosas. Fundadora de Antropología de la vida animal. Grupo de estudios de Etnozoología. Profesora universitaria: explico a generaciones de jóvenes quiénes son los otros animales con la esperanza de que un día cambie la consideración hacia los animales no humanos.