La caja de Pandora de las comunistas: el delirio de la razón...

La caja de Pandora de las comunistas: el delirio de la razón antropocéntrica produce monstruos (II)

3520

Como sinopsis, hablar de la liberación de la Tierra significa respetarla y ayudarla a recuperar su propio equilibrio; se trata de no intervenir en ella si no es para desguazar los diques y los muros que no puede flanquear; se trata de limpiarla de cemento, de venenos químicos, de la masificación humana y la industria superflua. Hablar de la liberación de los animales no humanos significa acabar con su cosificación, con su esclavitud, tormento y muerte. Y el significado de todo ello es el de erosionar el antropocentrismo, clavar un golpe mortal al capitalismo y recobrarse con lo intangible: la vida.

Uno de los principales motivos por los que se reniega del ecologismo radical es el de la ardua tarea de la capacidad personal e integral de cambio, una mucho más sustancial y complicada que morderse la lengua frente a otras luchas de liberación que no se consideran prioritarias o que se cree que serán asumidas de forma natural y de la mano en un proceso socialista. Pues la triste realidad es que la historia nos demuestra reiteradamente que esto no es así y que por eso existen los movimientos sociales especializados en unas liberaciones que el partido de Lenin o el federalismo colectivo de Bakunin no nos regalarán. Y sinó como podemos explicar que existan aún colectivos antirracistas, feministas o lgtbi dentro y fuera del anticapitalismo? Pues porque saben que si no están, «Unidades» y «Poderes Populares» tampoco podrán ser garantía efectiva de los derechos paralelos que defienden.

Renegar de los privilegios sobre el resto de animales y luchar por su liberación es revolucionario. Para las que no lo consideren así, las invito a que mañana mismo prueben, durante una sola semana, de no consumir nada proveniente o de origen animal (ropa, calzado, alimentos, cosméticos, etc), que prueben que dejar de utilizar un lenguaje especista (cerdo/a, gallina, bestia, burro/a, cabrón/a, rata, perro/a, mariquita, etc), que pidan acompañar una activista animalista a una investigación en un laboratorio o una granja, a una sola acción de protesta, a probar de visionar el hiperrealismo de los documentales que realizamos con cámara oculta dentro de los centros de explotación. Sólo una semana, sin trampas al solitario; a ver hasta donde llega nuestra capacidad de cambio, nuestra empatía, la solidaridad y la sed de justicia que no permitimos que nunca se nos cuestione… Pues también lo dijo L. Wittgenstein que «revolucionaria será aquella que pueda revolucionarse a sí misma ».

Hay que tener presente que las víctimas humanas de los holocaustos eran débiles, no tenían voz, no se podían ayudar a sí mismas ni a las demás; estaban solas, indefensas; no querían ser violadas, golpeadas, no querían ser esclavas, no querían que practicaran experimentos científicos o médicos con sus cuerpos, no querían ser separadas de sus hijos/as o de sus padres o madres, no querían ser torturadas, no querían ser tiroteadas, quemadas, degolladas o gaseadas; y no querían que sus cuerpos pudieran llegar a convertirse en producto y mercancía en beneficio de sus verdugos.
«El eterno Treblinka” que proferimos a los animales no humanos sitúa cualitativa y cuantitativamente su sufrimiento en un nivel muy superior: cualitativamente por que los animales no saben porqué y cuándo acabará el tormento infligido; no entienden el concepto de lo que es la crueldad pero la sufren sin ninguna posibilidad de esperanza de llegar a saber hasta cuándo la tendrán que soportar. Muchas veces hasta que se les «cortocircuiten» los mismos nervios. Cuantitativamente todas conocemos la primera mentira de Auschwitz, pero no la segunda: que los campos de concentración continúan, que se han multiplicado por un incontable número y que se han esparcido de forma normalizada por todo el mundo con el narcotizante eufemismo de granja, laboratorio «científico» y matadero.

En cada momento de cada día somos aquel pueblo alemán que veía pasar camiones repletos de judías, comunistas, gitanas, eslavas, librepensadoras y libertarias pero no decía nada; intuían que pasaba, pero no hacían nada. Hoy todas sabemos que hay campos de concentración a reproducción y sufrimiento forzado, todo el mundo sabe dónde van a parar los trenes, los barcos y los camiones llenos de esclavos/as. El especismo es «die Endlösung der Animalenfrage» por el privilegio del gusto de la carne y el ansia de dominación, donde la mayoría de revolucionarias pasean sus estómagos sepultureros mientras presumen hablando de deseos de paz, justicias y libertades para toda la humanidad con la vaharada a cadáver saliendo de donde rara vez toca el Sol.

Es por nuestras acciones y omisiones que quizás no somos tan antagónicas a las tesis de A. Hitler cuando aquel tarado decía que la empatía y la ternura eran anatema, que la vida debía regirse por la razón de la fuerza y que sólo los fuertes merecían heredar la Tierra. Por eso decimos a menudo que, para con los animales, las humanas somos unas nazis.

Ni los pueblos que han sufrido los holocaustos ni las comunistas que los conocen han aprendido casi nada de aquello. En la actualidad, el infame Estado sionista de Israel trata de manera similar -a como su etnia fué masacrada- al pueblo palestino, aunque las comunistas podrían quedar perfectamente adscritas al anacronismo de la sociedad occidental de finales del siglo XIX, momento en el que el periodista y comunista Upton Sinclair se recluyó a escribir la novela «La Jungla» tras su investigación dentro del gran matadero Union Corral de Chicago. Su intención final era la de concienciar a la clase obrera sobre las interconexiones de explotación que se daban entre amos y esclavos, sobre obreros-esclavos que mataban a su vez a los esclavos de otras especies, construido a través de la metáfora de hacer ver y reflexionar sobre la carne enferma relacionada con el enfermizo sistema capitalista. Sinclair admite su fracaso cuando dijo: «(…) quise hacer diana en el corazón de la clase trabajadora y, sin proponérmelo, hice blanco en su estómago». Qué vergüenza, más de 200 años de teorías por las liberaciones y las esclavas humanas todavía esclavizan animales.

El antropofascismo (científico o libertario) afirma que el animalismo/ecologismo revolucionario divide a la clase obrera por ser una ideología burguesa, cosmogónica y basada en mentiras y falsas argumentaciones (curiosamente lo mismo que decían sobre el feminismo), cuando lo que quiere esconder -sin conseguirlo-, es una triste actitud reaccionaria, idealista y distorsionada que necesita negar una realidad alarmantemente objetiva y materialmente desbordante. Abrazan el medioambientalismo más superficial, jugando en el mismo bando y sobre el mismo tablero imperialista y liberal, subordinando la naturaleza a la humanidad, y la humanidad y la vida a la condena a la extinción. Los capitalistas no son los únicos que se aprovechan de la desolación.

Y siguen que, en su obsesión, las animalistas/ecologistas revolucionarias son pecadoras de un «derivado» del “humanismo misericordioso y desclasado» que se dedica a proteger los perros y los gatos que el capitalismo promovió como idílico junto con una casa unifamiliar, con porche y jardín, en las afueras de los centros urbanos tras la 2ª GM en EE.UU., pero malintencionadamente olvidan que nuestra lucha tiene en realidad y, como objetivo sustancial, la liberación de todos los animales a expensas de saber que el sistema cederá en el reconocimiento de los derechos de ciertas especies por encima de otras a medio plazo, y que por eso, priorizamos las aboliciones sobre los sectores del entretenimiento o el vestido que pueden ser asumidas por el capitalismo para dirigirnos vertiginosamente hacia las esperadas pugnas para desencadenar a los animales del yugo pesquero-ganadero y de los laboratorios de exterminio en occidente.

La opresión y la explotación sobre la vida que señala nuestro ecologismo como objetivos de lucha es una más de las las brutalidades que el capitalismo quiere y consigue silenciar. Ahora bien, lo que de ninguna manera puede considerarse normal es que no sólo sea el liberalismo que las esconda, sino que lo haga el marxismo y el anarquismo con plena nocturnidad mental y alevosía dialectal para conservar las prerrogativas que pretende quitar a otros.

Rayan el esperpéntico a pesar de quererlo adornar con dos pasajitos, algún que otro aforismo memorizado y verborreas decorosamente floridas. Aún prosperan estas actitudes en sectores transformadores porque siempre encuentran la sonrisa cómplice de los ortodoxos del manual y los integristas del humanismo que sabe que está en mayoría dentro de las organizaciones, aquel que es excluyente a la vida y a menudo revestido de una dudosa filantropía que niega la acción directa para salvar los humanos de la explotación y la muerte. Las reconoceréis porque algunas tienen el batiscafo estropeado para bucear dentro de su mente, y otros creen que es un submarino armado y dispuesto a hacer razia contra sus ideas impolutas.

Pocas están dispuestas a combatir en paralelo la totalidad de discriminaciones y opresiones, ínfimas las que se han llegado a plantear nunca una revolución total, una liberación total, porque se ve que hay prioridades: -… primero la clase obrera, y luego ya veremos. Jódete! Y te lo dicen como si se necesitara de su permiso adoctrinado que dicta futuros y soluciones ilustradas. Por el lado más científico suspenden, por el ético y moral también. Si el comunismo no quiere entender las igualdades no podrá resolver la ecuación contra las opresiones porque sigue abstruso y atravesado en las simples reglas de 3 que rasgan de golpe las etiquetas (todas fabulosas) con las que se envuelven las miserias políticas y las excusas personales.

Si somos comunistas por ser materialistas, entonces deberemos estar de acuerdo en que el hambre, la sed, la explotación, la enfermedad, el anhelo justicia, de libertad, las persecuciones, las condenas, los estigmas, la soledad, el abandono, la opresión, el maltrato físico y psicológico, la violación, el rapto, la tortura y la muerte son materiales porque son reales. Pues hay que saber que los animales no humanos no sufren esta historicidad en discontinuo como el imperialismo nos lo aplica a nosotras; a los animales no humanos se les regala el concentrado de tormento extremo segundo a segundo y sin ningún tipo de tregua. Pero ey! Para los de la sinagoga del materialismo clásico se ve que el mismo sufrimiento aplicado a los animales no humanos no es materialismo! Vea no sean las máquinas inanimadas del renacimiento cartesiano y nosotras aquí diciendo y haciendo idioteces.

En el culo de Occidente hay quienes no nos imaginamos las independencias nacionales sin el socialismo, y las hay que no se imaginan esta suma sin una liberación para la mujer y las lgtbi como topes máximos. Así es como por la falta de discurso, debate y estrategia dentro de la izquierda hay discriminaciones que ya se deben dar por superadas, como el racismo, y opresiones que hay que dejar elegir y pagar a la carta como las religiones. He llegado a ver banderas verdes en alguna publicación del partido donde milito, -queriendo hacer ver que es ecologista-, y siento una profunda vergüenza ajena que hace que se me escape una sonrisa falaz y cargada de impotencia.

Vigilemos de no quedar envenenadas con las pociones de autoconsumo dentro de nuestros guetos donde a menudo chorrean más cobardías, reformas morales y metafísicas para poder camuflarse que no gotas de cerveza en los dispensadores de centros sociales y ateneos. Y no la voy a tirar nunca la toalla, pero por las actuales experiencias, por primera vez empiezo a pensar que no hay valor para acelerar una revuelta organizada, que la empatía no es suficientemente potente y que los personalismos predominan; que no hay voluntad de darle la vuelta a esto, que no hay ganas de ir a por los de arriba y, que de paseo por este camino que no se donde conduce, se martiriza a las de más abajo.

La izquierda anda coja y con un ojo tuerto, y no sólo después del derrumbamiento del muro, sino como causa de la subsunción del ecologismo revolucionario y por dejar abandonados todos los frentes interseccionales de lucha por la igualdad. Tras el «gran salto adelante» hará 40.000 años, la primera revolución industrial encendió otra mecha por la destrucción acelerada de nuestro mundo, y parece paradigmático que sólo pocas revolucionarias la quieran apagar, cuando el imperialismo antropocéntrico ha conseguido que la mayoría actuemos como detonadoras y que incluso estemos satisfechas de la propagación. La asunción de la lucha por los derechos de los animales y por un ecologismo radical dignificará y reforzará la causa de las trabajadoras, de las mujeres, de las lgtbi, de las discriminadas por razones de etnia y de los pueblos y naciones oprimidas en este planeta pequeño, finito y tocado de muerte. La revolución total y perfecta la haremos cuando dejemos de oprimir y aceptemos la necesidad de liberar los seres albados.

Cualquier organización de liberación -nueva o existente- que en su fundación o refundación ideológica no incluya las premisas y los preceptos de la lucha por los derechos de los animales y de la Tierra ya nace completamente desfasada. Quien no quiera fragmentar y especializar los frentes de lucha para asumirlos y combatirlos de forma conjunta contra el capitalismo no hace más que poner peso en el ancla que nos mantiene paradas en aguas de disidencia moral y reforma revolucionaria a la baja. Ninguna pretendida vanguardia surgida de alguna capilla no será más que humo abocado al fracaso si no combate el teísmo y el especismo aunque haya asumido la lucha contra otros dominacionismos más allá de la causa de las trabajadoras.

Toni Teixidó. Cosecha tarraconense del 80 y maestro vocacional. Comunista, porque sólo podrá ser la clase explotada la que termine liberando a sus esclavos no humanos. Persisto con la idea de combatir todas las opresiones en paralelo y hacerlas converger en el marco de la reunificación y la independencia de los Paises Catalanes; es por ello que actualmente y, a fin de poder compaginar estas luchas, milito en d’ARREL, en el MCAN-EI, colaboro con Libera! y soy coportavoz de la Coordinadora para la Abolición de los Correbous de Cataluña.