Maltrato lingüístico contra todos los animales

Maltrato lingüístico contra todos los animales

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Parece que no hay nada peor para el ser humano que aquello que se considera normal(1) porque, debido a la normalización, se asumen como necesarias unas creencias y prácticas concretas, anulando a través de ese proceso normalizador el pensamiento crítico que podría cuestionar esos mismos contenidos normalizadores. El proceso de normalización obtiene una parte importante de su legitimidad en el lenguaje, que es una herramienta excelente de control porque, dicho de forma quizá reduccionista y un tanto simplista, somos como pensamos. Y ese ser está íntimamente vinculado con la terminología que alberga nuestro intelecto, con las formas de las que nos servimos para significar el mundo a través de las palabras.

El estructuralismo, con Claude Levi-Strauss al frente, señala que en las estructuras mentales de los individuos lo que tiene nombre existe en la mente pero, lo que no lo tiene, no está en el pensamiento humano aunque ello no signifique que no haya otras realidades culturales que tienen palabras propias para definir otros mundos. Para mejor comprender la cuestión, basta pensar que los inuit tienen una terminología amplísima para hablar y definir el blanco mientras en las culturas occidentales, esa misma cuestión, el blanco, dispone de una serie terminológica muy reducida. ¿Qué significa entonces esta diferencia? Pues que existen términos en un idioma que no están en otro pero, el no estar, no significa que una determinada realidad no exista. La cuestión es que a través de la palabra definimos el mundo, establecemos diferencias, apreciaciones, etc.

El lenguaje, pues, se convierte en aval de una moral sesgada presentando la idea de que sirve para explicar objetivamente los hechos cuando, en la realidad compartida, eso no es así dado que decir es tomar partido, decidir por una u otra perspectiva y con ello afirmar o negar valores sociales. Incluso pueden establecerse valores que resulten peligrosos. Este modo de comprender la realidad es especialmente manifiesto cuando se trata de hablar de los otros animales, de los animales no humanos, que son objeto de la más acentuada y cruel discriminación tanto en el ámbito físico como en el lingüístico e ideológico, porque esos tipos de segregación están interconectados. Si bien el primero, el físico, resulta muy evidente, los otros dos, lingüístico e ideológico, son muy sutiles y útiles para representar una posición jerárquica, que desprecia o menosprecia a la mayor parte de los seres vivos que no se encuentran catalogados en determinados contextos y categorías normalizadas por los animales humanos.

Occidente, en general, ha bebido de las fuentes ilustradas y las creencias católicas han impregnado el pensamiento de buena parte de ese mundo de modo especialmente incisivo y durante siglos. No es extraño pues que, aún queriendo desembarazarse de esos predicados, todavía se encuentren muchos de ellos enraizados en el pensamiento social occidental con respecto a cuestiones que señalan el cómo ha de ser el ser humano que va recto, alejado de instintos y pasiones que generan un cuerpo débil que se ha de controlar constantemente para que no se aleje de la rectitud y de la virtud. Cuerpo que alberga la moral, la razón, el intelecto y una serie de valores que se le suponen propios y que le distingue, también supuestamente, de los otros animales. La transgresión de esos atributos humanos conlleva la pérdida ocasional de la presumida elevada condición humana, que establece una frontera infranqueable con respecto a la animalidad o bestialidad que se les atribuye a los otros animales.

Cuando un ser humano lleva a cabo un comportamiento violento, con premeditación o sin ella, automáticamente y para muchos nace el imperativo de calificarlo y compararlo con un animal no humano. Haciéndolo hieren, o intentan herir, al animal humano porque significa degradarlo al compararlo con aquellos a los que muchos suponen inferiores. Se expresa, en general, de formas varias como por ejemplo: “¡Qué animal!, ¡qué bestia!”. O se utilizan expresiones que denostan al humano al medirlo explícitamente con un animal concreto como: “¡Eres una zorra!(2) ¡Eres un cerdo! ¡Eres un burro! ¡Eres una víbora!” etc.

Fue Plauto en Asinaria (Comedia de los asnos) quien escribió: “Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit” (Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro). Siglos más tarde el filósofo inglés Thomas Hobbes, intentando una descripción de las relaciones humanas en estado “salvaje”(3) o no social, recuperaría esa expresión en el Leviatan y con ella expondría que el egoísmo es un aspecto básico del comportamiento humano, así como la extrema violencia y crueldad con la que actúa el animal humano contra los demás seres. El hecho de que la negatividad de esa definición sea simbolizada con la imagen de un animal no humano, el lobo (figuradamente agresivo, feroz, irracional, etc.), habla ya de la viciada consideración que se tiene de este. O, por el contrario, el menosprecio evidente con respecto a un animal que se considera domesticado, sin individualidades propias, que es la oveja. En esta ocasión, la representación pone de manifiesto el carácter obediente e impersonal del animal humano al que se le tilde con ese nombre.

La idea moral que, implícita o explícitamente, defienden las expresiones anteriores cuando se lanzan a los animales humanos es, sin lugar a dudas, perjudicial y significativa porque sutilmente imputa una perspectiva que quebranta la dignidad de los animales no humanos al no condenar de forma taxativa el trato hacia (que es contra) ellos, manteniéndolos acorde a su naturalizada inferioridad, esto es, al maltrato. Al tomar conciencia sobre este hecho, se observa el largo camino que todavía queda por transitar, incluso cuando algunas voces animalistas pretenden que se ha avanzado mucho en la consideración hacia los otros animales. Sí, ciertamente la mirada sobre el otro animal se ha transformado positivamente pero, quizá desde una visión menos positiva, esos cambios están más en el deseo que en la realidad compartida.

Precisamente, relacionado con el trayecto a realizar por los animales humanos deshaciendo estereotipos, desvelando la crueldad de los animales humanos para con los otros animales, apartándose del especismo y acercándose a una forma holística de comprender el mundo, el antropólogo Marvin Harris en su obra Vacas, cerdos, guerras y brujas, escribe el párrafo que sigue, vinculado con la idea de que el animal humano es el mayor peligro y la mayor amenaza para la vida en el planeta, así como para la vida de los individuos humanos y de su supervivencia como especie: “La especie humana es única en el reino animal, ya que no hay correspondencia entre su dotación anatómica hereditaria y sus medios de subsistencia y defensa. Somos la especie más peligrosa del mundo no porque tengamos los dientes más grandes, las garras más afiladas, los aguijones más venenosos o la piel más gruesa, sino porque sabemos cómo proveernos de instrumentos y armas mortíferas que cumplen la función de dientes, garras, aguijones y piel con más eficacia que cualquier simple mecanismo anatómico. Nuestra forma principal de adaptación biológica es la cultura, no la anatomía.”

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(1) La normalización forma parte del proceso de enculturación: proceso de adquisición de la propia cultura, a lo largo de la vida de los individuos, de manera que la cultura se adquiere, incrementa, transforma y transmite generacionalmente entre los miembros del mismo grupo. Ese recrear artefactos, ideologías, formas de ser y estar, etc., es una producción social que no se realiza de una vez para siempre sino que se ha de reactualizar constantemente para que la sociedad no decaiga. En ese proceso de reproducción social, es indispensable que cada individuo haga lo que debe hacer y no otra cosa. De manera que solo es posible efectuar determinadas acciones sin incurrir en la categoría de “anormal”, con lo que podría afirmarse que la libertad existe o es posible ejercerla solo en el contexto de unos parámetros que se han denominado “normalidad” y, más allá de estos, no hay libertad posible ni imaginable.

(2) Un claro ejemplo de esa situación se ha dado hace unas semanas con la campaña publicitaria creada para comunicar el II Vegan Fest de Alicante, celebrado el 3 y 4 de octubre 2015. La campaña mostraba dos imágenes: por un lado, la imagen de una zorra acompañada por el texto “Todas las tías son unas”; por el otro lado, la imagen de un cerdo junto al texto “Todos los tíos son unos”.

Resulta obvio que, socialmente y para una mayoría, la atribución de “cerdo” a un animal humano se fundamenta en la idea de quien no atiende su higiene corporal debidamente (dado que hay quien piensa que los cerdos huelen mal y son sucios, pues se desconoce que los cerdos son precisamente limpios y que embadurnarse el cuerpo con el lodo es una medida para proteger su delicada piel). O, en otras ocasiones, se denomina “cerdo” a quien se atreve a violentar verbalmente a las mujeres con comentarios de corte machista.
Otro tanto sucede con la palabra “zorra” que comprende dos aspectos significativos, ambos de corte sexista y machista. En primer lugar, se refiere a un diseño estereotipado de la mujer promiscua que se deja llevar por sus instintos y animalidad y se aparea con cualquier zorro (aunque en este caso, dirigido al hombre, el término es positivo, denotando sagacidad, virilidad, etc.). En segundo lugar, “zorra” involucra la idea de una mujer que vendería sus favores sexuales a cambio de dinero o pago en especie. Mujer que en el escenario social recibe el nombre de prostituta o trabajadora sexual, según el contexto.
Finalmente, la polémica que creció alrededor de esta campaña fue de tal calibre que las organizadoras del festival decidieron anularla.

(3) De nuevo otro de esos términos repleto de prejuicios que denigran a quien se le atribuye. “Salvaje” es una palabra que tiene mucho que ver con el pasado colonizador y con el evolucionismo. En general, se usó para señalar a aquellos que pertenecían a los estadios más bajos del desarrollo de la raza humana. Actualmente, conserva esa acepción comparativa, por ejemplo, atribuyendo al denominado como salvaje una calidad moral inferior.

(4) Sobre el por qué los cerdos actúan protegiéndose con el lodo, el por qué los indios no se comen las vacas y otros interesantes aspectos relacionados, se explican en el libro del antropólogo Marvin Harris, titulado “Vacas, cerdos, guerras y brujas”.

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Antropóloga, activista por los derechos de los animales, feminista, vegana, heterodisidente. Acompaño y comparten mi vida tres gatas maravillosas. Fundadora de Antropología de la Vida Animal. Grupo de Estudios de Etnozoología. Profesora universitaria: explico a generaciones de jóvenes quiénes son los otros animales con la esperanza de que un día cambie la consideración hacia los animales no humanos.