Una vegana en política

Una vegana en política

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Todo es política. Parar el coche y rescatar a un animal abandonado es un acto político. Elegir un plato vegano en lugar de uno cárnico, también. El veganismo es un instrumento político para conseguir la liberación animal. Milito en un partido político también por el resto de animales, creo que el animalismo debe estar presente, debe incluirse en la transversalidad de las luchas. Y esto no va a hacerse solo, hay que trabajarlo.

Mi opción política no sitúa, ni de lejos, los derechos animales en el centro del discurso. En la mayoría de los partidos políticos los derechos animales están (si están) en los márgenes. Conseguir que sea algo prioritario no es fácil. Hay que enfrentarse a obstáculos, resistencias de todo tipo, burlas, incomprensiones y a una indiferencia general que te mira como a una marciana que tiene un discurso marciano. Pero bueno, como esto no es la primera vez que me pasa, creo que lo sé gestionar más o menos bien.

Porque yo ya era marciana antes de ser vegana. Sé que lo repito mucho, pero el feminismo te dota de una gran capacidad de resistencia. Aprendes a controlar la respiración, a parpadear en los momentos clave y a transmitir con tu mirada un “¿pero qué me estás contando?”.

Porque, ¿qué le pasa a una vegana cuando milita en un partido político? De todo y de lo más extraño. Lo primero que necesita una vegana, en la vida en general y en un partido político en particular, es sentido del humor. Para enfrentarte a los privilegios de especie de personas que dicen luchar por la igualdad y la justicia social, necesitarás mucho sentido del humor y mucha ironía también.

En una de mis primeras reuniones conocí a un sindicalista, anti-capitalista, etc., que presumía de comer sólo carne. La verdad es que se le notaba, prácticamente no podía respirar. Todas sus frases terminaban con un “aaaaaaahhhhhhhssss” (inhalaba oxígeno con extrema dificultad), me dijo que yo acabaría enfermando. En serio. Me resultó muy difícil no reir.

Según mi experiencia, las mayores resistencias hacia la verdadera igualdad, la que incluye al resto de animales que no pertenecen a nuestra especie, vienen de personas que se consideran imprescindibles en la lucha. Y como personas imprescindibles te dicen a ti, tontita, lo absurdo de tus reivindicaciones. Esto ya ha pasado antes: los derechos de las mujeres son secundarios y, por tanto, prescindibles; los derechos LGTBI, pues también. Lo verdaderamente importante es lo que estas personas imprescindibles determinan que es imprescindible. Obvio, ¿no? Y tus reivindicaciones marcianas siempre quedan fuera.

¿Y cuáles son tus reivindicaciones? Sólo justicia, respeto, igualdad para todas y para todos, además del rechazo de las lógicas de dominación, sometimiento y tortura. Es muy cansado tener que argumentar que esclavizar a alguien, porque se tiene la fuerza para hacerlo, está mal. Tendrás que vivir muchas veces “el día de la marmota”, algunos ejemplos:

  • Una realidad idílica donde las vacas están deseando ser ordeñadas en granjas familiares con música de fondo. Donde todo es bonito, considerado, donde todo el mundo es tan feliz. Generalmente, es la granja de un primo o del abuelo. Cuando preguntes si puedes visitar ese lugar y, sobre todo, si puedes grabar, cambiarán el gesto y te dirán que “bueno, lo preguntaré”. Nunca volverás a saber nada porque esa granja no existe.
  • Se dirigirán a ti utilizando diminutivos: serás la que se preocupa de los “perritos” y “gatitos”. Cuando en el mismo tono de voz de niña de 6 años respondas, por ejemplo, “¿y toritos?”, volverá a cambiar el gesto y te dirán que sí, que tienes razón, pero que hay que ir muy poco a poco. Que de hecho, oye, que “son antitaurinos”, pero que si la gente quiere torturar animales, oye, es que la gente vota. Pensarás que te has equivocado y que estás en la sede del PP.
  • Utilizarán Palestina para justificar el consumo de animales. En serio.
  • Te saludarán de las formas más extrañas. Nada de “hola, ¿qué tal?”, ni “buenos días” sino “hoy he desayunado fruta” (bravo, campeón).
  • Tu muro de Facebook se llenará de fotos de perros y gatos, pájaros, etc. Hazme caso, protege tu muro. La misma persona que cuelga esas fotos es absolutamente beligerante hacia el animalismo. No sé, pensará que así compensa algo. Tal vez el planteamiento sea que te vas a olvidar de la banalización y burla de, por ejemplo, las dobles descargas eléctricas a un animal aterrorizado porque ha colgado en tu muro la foto de un colibrí.

En resumen: más de una vez te darán ganas de dejarlo todo, marcharte a casa y dedicarte a leer y cultivar tomates. De hecho, puede que busques en Google: “cultivar tomates maceta terraza pequeña”.

Tranquiliza saber que siempre tienes esa opción. Pero aunque nos tomemos descansos, tenemos que seguir. Es lógico caer en el desánimo, en la autocensura, nos repetirán tantas veces ese “debes ser razonable”. Somos razonables. Somos tan razonables que dejamos nuestro círculo de confort para luchar contra la esclavitud. Somos razonables, somos muy insistentes, somos molestas y es que no vamos a irnos. Porque sin los derechos animales, el mensaje es hipócrita, el mensaje está vacío. No se puede hablar de justicia e igualdad mientras se disculpa la esclavitud, el sometimiento y la tortura que está ahí, en el plato. En el fondo es muy sencillo: sin derechos animales, no es nuestra revolución. No es algo tan difícil de entender.

 

Diplomada en Relaciones Laborales. Licenciada en Historia. Militante de izquierdas. Feminista, heterodisidente y vegana.