De mascotas, animales de familia, animales convivientes y animales de compañía.

De mascotas, animales de familia, animales convivientes y animales de compañía.

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El término mascota se ha hecho popular, tanto, que son muchas las personas que lo han adoptado para designar a los otros animales, aquellos que se adecúan a la idea de animal de familia, animal conviviente o animal de compañía, aunque, en este último caso, inferamos que se trata de una denominación absolutamente utilitarista del animal. De modo que parece que mascota anula, invisibiliza o resta importancia a esos apelativos que, a mi entender, son mucho más apropiados para designar a los animales que comparten, y con los que compartimos, nuestras vidas.

Desde la perspectiva social no animalista, los animales calificados como mascotas son opuestos a los clasificados como parias, a los cuales no se les cuida ni alimenta sino que, por el contrario, se les intenta exterminar como ocurre con los jabalíes, lobos, osos, ratas, palomas, cucarachas, etc. La distinción entre los animales considerados mascota y los imaginados como paria, presenta una variabilidad individual entre los integrantes de cada sociedad-cultura. En un mismo grupo social hay quien prefiere a los perros y gatos, o es hostil a una u otra especie; un porcentaje que se entusiasma con la visión de los peces, otros aficionados a los reptiles, a las aves, a los insectos y a lo que sea, con tal de poseer una mascota que colme sus deseos y expectativas.

Buscando la definición oficial de mascota en el Diccionario de la Real Academia Española (RAE) encontramos que proviene del francés mascotte y se explica como: 1) Persona, animal o cosa que sirve de talismán, que trae buena suerte; 2) Animal de compañía. Tienda de mascotas. Como las definiciones oficiales no satisfacen mi consideración y comprensión de lo que son los otros animales (que no son ni talismanes, ni aportan buena o mala suerte), y como no puedo aquí extenderme en analizar cómo se produjo la apropiación de la palabra mascota como genérico, me tomo la libertad de emplear, cuando convenga, la terminología que considero pertinente: animal conviviente o animal de familia.

Además del utilitarismo implícito en la definición de mascota, me pregunto ¿se comen las personas a las mascotas? La cuestión que planteo consiste en dilucidar si un animal que forma parte de la culinaria habitual de un pueblo puede continuar siendo una mascota. Es probable que la mayor parte de las personas responsables de animales de familia, sean o no animalistas, considere que no es posible comérselos. La antropología nos muestra que, entre los animales humanos y los otros animales considerados comestibles, pueden producirse relaciones muy similares a las que se dan entre los animales convivientes y las personas encargadas de su cuidado. En esa línea, la antropóloga Margaret Mead, en sus estudios de la sociedad en Nueva Guinea, decía que se mimaba y consentía tanto a los cerdos que estos adquirían características de los perros, por ejemplo, agachaban la cabeza cuando se les reprendía, se apretaban contra la persona responsable para recuperar su favor, etc., pero hasta el cerdo más consentido acababa siendo comido en un convite o donado a otro grupo para satisfacer al antepasado de otra persona.

Otra zona, conocida por el trato de animal de familia otorgado a los animales considerados comestibles, es África oriental. Pueblos pastores como los nuer, shilluk, masais o dinkas, que viven en el norte de Kenia o en el Sudán nilótico, miman a sus vacas. Los hombres, que son quienes se ocupan de las reses, ponen un nombre a cada ternero y cortan y retuercen progresivamente su cornamenta para darle formas curvadas que consideran bellas. Hablan de sus bueyes y vacas en sus pláticas cotidianas y esos animales ocupan un lugar relevante en sus canciones, les cuidan, les adornan con abalorios de madera, borlas, cencerros y cintas. En el caso de los dinkas, los hombres duermen junto a sus reses, en el establo que construyen para protegerlas de sus depredadores. La mayoría de estos grupos pastores obtienen su alimento básico a partir de la leche y los derivados lácteos, sin embargo, también les gusta mucho la carne de vacuno, que comen cuando una res vieja muere de muerte natural o en algún festín que celebran con motivo de un cambio de estación, matrimonio y funeral.

Lo que proponen los ejemplos citados es que la categoría de animal de familia no es un estado del ser excluyente. La gente puede otorgar a los animales trato de animal conviviente más o menos señalado. Así que, en lugar de discutir si el cerdo neoguineano o la vaca dinka son o no auténticos animales de familia, lo que debería hacerse es identificar el grado en que las relaciones entre animales humanos y los otros animales, en culturas concretas, presentan cualidades propias de una vinculación, fuerte o débil, entre persona responsable y animal de familia.

La relación con el animal paria, en general y excepto para quien es responsable de este, presenta el tipo de cualidades a las que me he referido pero no puede considerarse prototípica, por mucho amor que se tengan ambos. Además, algunos animales paria, como reptiles e insectos, no cumplen determinados criterios de la relación porque, por ejemplo, hay que mantenerlos entre paredes de cristal o en artefactos creados al efecto dado que no se les permite deambular libremente en el espacio doméstico (donde, en principio, los primeros no deberían de estar, al revés de lo que es propio con los segundos). Al contrario ocurre con los cerdos neoguineanos y con las reses africanas, los animales humanos los meten en sus casas y duermen a su lado. Pero, el gusto por la carne de sus compañeros humanos rebaja considerablemente su estatus de animales de familia. Porque, aunque se les permite compartir la intimidad familiar también son asesinados y acaban en el estómago de los miembros de la familia, fórmula que no afecta a los integrantes humanos del grupo entre sí, incluso en el caso de los caníbales.

Por ejemplo y al hilo de lo anterior, en un nivel superior se sitúa a la vaca hindú y al caballo que se convierten en objeto de interés religioso, utilitario o estético estableciéndose un vínculo de tipo moral que elimina cualquier pensamiento de comer carne de vacuno o de equino en determinadas culturas. Estos animales, por su tamaño, no acompañan a la familia en el interior de la casa sino que viven al aire libre para el deleite de los responsables. Esta relación de criterios de definición apunta a por qué, en la mirada occidental, gatos y perros son los modelos por excelencia de animales de familia: los alimentan, cuidan de ellos, conviven en los domicilios y duermen incluso en la propia cama de la persona responsable. El mutuo amor que se profesan no se ve nunca amortiguado por un deseo de comer su carne, deseo que, por lo que sabemos, podría ser recíproco.

Por tanto, puede afirmarse que en el grado más elevado de la condición de animal de familia, este no es “bueno” para comer aunque ello no signifique que no se consuman determinados animales porque son considerados convivientes. La condición de animal de familia no es nunca un factor independiente de los hábitos alimentarios. Porque, el motivo de que no se coma determinada especie y de que se convierta en animal conviviente, y no en paria, depende de cómo se articule este en el sistema de producción de alimentos y bienes de cada cultura.

Un ejemplo que confirma lo expresado se encuentra en el caso del perro. En Occidente, por lo general, no se consume carne de perro pero no porque sean animales favoritos, convivientes o de familia sino, básicamente, porque los occidentales disponen de una enorme variedad de animales paria que son creados y criados del modo más lucrativo y económico posible, sin atender a que son seres sintientes, para satisfacer sus ansias y su gusto por la carne. Mientras que los perros “prestan” numerosos servicios que tienen mucho más valor que su carne. Por el contrario, las culturas que comen cánidos no disponen o tienen pocas fuentes de alimentos de origen animal y el servicio que pueden prestar los perros no es suficiente para prescindir de los productos que proveen una vez que son asesinados. China era uno de esos países donde la escasez de carne y la inexistencia de una industria láctea provocaron pautas alimentarias basadas en el vegetarianismo involuntario. Allí el consumo de carne de perro era la norma, no la excepción. Sabemos que esta práctica continua vigente, a pesar de las normativas que, de modo más o menos estricto, prohíben, por ejemplo, la cría de perros para el consumo, en la ciudad de Pequín.

Resumiendo podemos establecer que, en determinadas culturas, el factor que prescribe que un animal de familia sea o no comido es su utilidad residual aunque, sin duda, hoy la persona responsable de un animal conviviente rebatirá apasionadamente esta afirmación. Porque mucha gente piensa que la característica fundamental de la condición de un animal es una utilidad relativa, es ser animal de compañía y, quizás, atraer la buena suerte. Aspectos que se encuentran implícitos en la definición de mascota que referí al inicio:”…que sirve de talismán, que trae buena suerte; …animal de compañía”.

La idea de que los animales convivientes son relativamente útiles e incluso inútiles, como frecuentemente se les considera en el ámbito rural, proviene de los hábitos y costumbres de posesión de animales de las clases aristocráticas. En las cortes imperiales del mundo antiguo existían jardines zoológicos donde se hacía alarde de animales exóticos, raros y particulares, con objeto de distraer al visitante y como símbolos de poder y riqueza. Estatus social que se muestra desde los egipcios y su pasión por los guepardos o por los felinos en general, o las egipcias que acostumbraban a lucir serpientes vivas alrededor del cuello, al modo como hacen hoy algunas mujeres vistiendo cadáveres de visón, lobo, etc., sobre sus hombros, hasta llegar a los emperadores romanos y su predilección por los leones.

O en el Medievo europeo, cuando las casas reales cobijaban todo tipo de animales que eran mimados por las mujeres o en el siglo XVII cuando las damas llevaban perritos sobre el pecho a los que alimentaban con golosinas. Toda una demostración de riqueza, un lujo, porque el pueblo no podía permitirse tener animales que no tuvieran utilidad ya fuera en la caza, pastoreo, protección, etc. Pero con la aparición de las denominadas clases capitalistas o mercantilistas, la posesión de animales por “placer” se convirtió en una de las formas de demostrar que no se era plebeyo. Porque disponer de animales con ese objetivo no era una actividad inútil, ya que acceder a los círculos del poder se logra a través del consumo de prestigio. Con lo que podríamos denominar democratización de la economía, la tenencia o posesión de animales caros o de lujo dejó de ser tan valiosa para el contacto social a diferencia de lo que fue antaño.

Desde la Antigüedad hasta hoy, los animales de familia han proporcionado “servicios” de compañía y de entretenimiento para el animal humano. Y, desde esta perspectiva, los animales convivientes contemporáneos no pueden competir con las prácticas que se realizaban antiguamente, por ejemplo, los combates que tenían lugar entre leones y elefantes (a pesar de las tremendas peleas de perros, gallos, etc. que se organizan en la actualidad). Aunque, analizando la cuestión se puede establecer que hoy, un perro que persigue una pelota y la devuelve o un gato cazando ratones imaginarios o moscas y aves, pueden crear un espectáculo y un embelesamiento absolutos para la persona responsable.

Para terminar añadir que, a través de un pequeño cuestionario, pregunté a una muestra aleatoria de 35 personas –animalistas o no– acerca de los “beneficios” de tener animales de familia o convivientes y las respuestas más significativas fueron: 1) uso mayoritario del término mascota (29 respuestas, contra el uso de animal de familia o conviviente, que en ocasiones fue necesario explicar); 2) beneficios: tenerlos por compañía (19 respuestas), por amor (12 respuestas), por pena (15 respuestas, solapadas con “por amor”), por placer (8 respuestas), por belleza (3 respuestas, solapadas con “por placer”), por protección (2 respuestas solapadas con “por compañía”). Podemos objetar que el cuestionario presentaba sesgos dado que era solo un “test” sin mayor ambición y porque se preguntaba acerca de los animales sin distinción. Además se realizó entre un circulo reducido de personas afines a quien escribe y en el ámbito territorial de Barcelona. Pero entiendo que sí se convierte en un pequeño indicador que se corresponde con lo presentado en este escrito.

Por último, desearía realizar una petición a todas las personas animalistas o no: ¿por qué no abandonamos el término mascota y nos acostumbrarnos a llamar animales de familia o animales convivientes a esos seres queridos que comparten nuestras vidas?

 

Antropóloga, activista por los derechos de los animales, feminista, vegana, heterodisidente. Acompaño y comparten mi vida tres gatas maravillosas. Fundadora de Antropología de la Vida Animal. Grupo de Estudios de Etnozoología. Profesora universitaria: explico a generaciones de jóvenes quiénes son los otros animales con la esperanza de que un día cambie la consideración hacia los animales no humanos.