El animalismo como excusa

El animalismo como excusa

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El 31 de enero de este año, la Asociación Gitanas Feministas por la Diversidad publicó, en su perfil de Facebook, una foto de la primera torera gitana y la felicitaba por su “valentía”. Esta asociación tiene por objetivo denunciar y luchar contra la discriminación que sufren las mujeres gitanas en todos los ámbitos de la sociedad.

Yo, que las sigo y he apoyado sus campañas, por ejemplo la que pide a la R.A.E. algo tan elemental cómo que la palabra “gitano, na” no se defina como “que estafa u obra con engaño”, cuando vi la foto tragué saliva. Porque es inexplicable que una asociación que lucha por la justicia social, desde el feminismo, entienda que torturar hasta la muerte a un animal encerrado es un acto de valentía o de igualdad. Y me disponía a escribir esto mismo, pero se me adelantaron. Mujeres gitanas intervinieron para decir que en su nombre no, que torturar a un animal no era ni valiente ni era justo. Una de ellas escribió: “Ante todo soy gitana y creo que habéis enfocado todo esto de muy mala manera, ya que para mí no es de valentía alguien que maltrata a un ser inocente y sin maldad y que agoniza hasta que acaban con él, y todo esto visto por personas que disfrutan con ver sangre y que quieren enmascarar los lamentos agonizantes y de terror de un animal con un pasodoble! Valentía es aquel que salva vidas! No de quien las mata por diversión! Valentía es del que ayuda desinteresadamente, de las mujeres gitanas que luchamos para que todo este mundo troglodita quede atrás!!!”.

Un buen número de comentarios iban en ese sentido. Sin embargo, también hubo algún comentario que, desde fuera y argumentando una supuesta defensa animal, culpabilizaba al pueblo gitano (a todas las personas) y lo relacionaba con la delincuencia, la droga y el maltrato animal.

Así que esas mujeres, que luchan cada día contra los prejuicios y la desigualdad y que rescatan animales, tuvieron que leer eso. Son gitanas, son culpables, fin.

Estos razonamientos son de una miopía ética que da miedo. Sí, hay personas gitanas que torturan animales, ¿y payas no hay?, ¿sería legítimo afirmar que todo el pueblo valenciano es torturador porque el gobierno del PP quiere aprobar una Ley de Señas en la que la tortura animal se considera una seña de identidad?, ¿yo soy una torturadora entonces?

Todo esto me recuerda el “purplewashing” (lavado violeta): la estrategia que consiste en utilizar los derechos de las mujeres para justificar la violencia sobre algunas mujeres. Es decir, personas con un discurso de odio que niega la igualdad, se vuelven súper-feministas para despreciar a una mujer con velo y expulsarla del espacio público. Súper liberador. Ahora bien, cuando se trata de derechos sexuales y reproductivos, de coeducación, de educación afectiva-sexual,… el feminismo se esfuma más rápido que una corrida de toros si no hay subvención. Se esfuma porque, en realidad, no tienen ninguna intención de aplicar políticas feministas, sólo se trata de alimentar el odio, generalmente contra alguien que está en una situación de vulnerabilidad.

También me recuerda el “pinkwashing”: utilizar las libertades sexuales como excusa para negar derechos, tan elementales, como el derecho a la vida. Pienso, sobre todo, en Palestina y en cómo se disculpa el apatheid que sufren, también, las personas LGTBI palestinas.

Y recordando, recordando, recuerdo una casa que había cerca de donde estoy ahora. Era la casa municipal que utilizaban como retén de policía y calabozos, en los años 50 del siglo pasado. Allí iba el guardia rural que, en una época de hambre, vigilaba que nadie robara en la huerta. Explican las ancianas que si este hombre pillaba a una niña gitana intentando coger algo para comer (eso no es robar), la llevaba a la casa y la violaba bajo amenazas de detención. Esa casa estaba en el centro del pueblo. Se podía oír cómo lloraban “las gitanillas”. Porque ellas lloraban, lloraban mucho. Las estaban violando. Nadie podía hacer nada porque el guardia rural tenía total y absoluta impunidad. En el relato de esta historia se mezcla la vergüenza, la tristeza y el dolor.

Quiero ser muy clara: una persona que participa en la tortura es alguien despreciable. Alguien que se dedica a mutilar de forma sistemática, a hacer vomitar sangre a un animal derrotado, es alguien despreciable. Lo es por lo que hace. El color de su piel, su sexo, su opción sexual o su procedencia es irrelevante. El animalismo es una lucha de liberación, que también tiene un posicionamiento claro respecto a esto. Esta lucha es heredera de la lucha feminista, anti-racista, LGTBI y, por tanto, aquí se lucha contra todos los prejuicios y se defiende la igualdad, precisamente porque queremos un mundo donde la diferencia no signifique dominación. Y si alguien utiliza a los animales como excusa para lanzar discursos de odio (discursos ignorantes, profundamente ignorantes por definición), tal vez debería plantearse buscar otra ideología. Porque ésta, desde luego, no es la suya.

 

Diplomada en Relaciones Laborales. Licenciada en Historia. Militante de izquierdas. Feminista, heterodisidente y vegana.