No todas las opiniones valen igual

No todas las opiniones valen igual

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Hoy día quiero detenerme a examinar de manera muy básica una cuestión “ruidosa” no sólo en ámbitos animalistas, sino en otros también cuando se trata de discusiones e intercambio de ideas. En muchas discusiones se llega al punto de abogar por el infaltable “respeto por las opiniones de los otros”, como si las ideas no pudiesen ser refutadas, y como si todas las opiniones tuviesen igual valor. Cuando las discusiones llegan a este punto, se confunden dos elementos: el derecho que cada uno tiene a la opinión propia, y la asunción de que todas las opiniones tengan igual valor.

Platón nos dice que las opiniones son doxa, creencias populares o comunes que no están relacionadas con un conocimiento o argumentación de tipo racional. Cuando uno dice que cada persona tiene derecho a su propia opinión, usualmente nos referimos a este tipo de creencias personales subjetivas y sujetas a incertidumbre: que te gusten más los gatos que los perros o que prefieras el helado de vainilla al de chocolate, esas son opiniones cuya discusión resulta estéril porque no se persigue que el otro cambie de opinión, sólo se expresan gustos personales.

De otra clase de opiniones hablamos cuando se trata de argumentaciones racionales o de opiniones basadas en conocimientos (científicos, técnicos, profesionales o de oficios, etc.) y que por lo tanto se pueden verificar o falsear más allá de los gustos o de las preferencias personales. Y aquí radica el problema principal: que solemos confundir las opiniones del segundo tipo, las de conocimiento técnico/científico/profesional, con las opiniones emanadas del simple gusto personal. Veámoslo con un ejemplo actual: la polémica de las vacunas. Existe un conocimiento científico que avala la vacunación de los niños y que echa por tierra el rumor extendido de que ciertas vacunas causan autismo. A la opinión experta y técnicamente fundamentada de los científicos, las personas sin formacion científica no pueden argumentar sus opiniones basadas en sus creencias personales y pedir que ambas opiniones sean respetadas y tomadas en cuenta con el mismo peso, porque no lo tienen. Lo mismo pasa cuando, por ejemplo, se dice que los animales son inconscientes o no sienten como los humanos. Que nos guste seguir comiendo animales o torturándolos en tradiciones crueles no es una posición equiparable argumentalmente con las opiniones o razones científicas que nos indican que los animales si son seres conscientes y sintientes –hechos fácticos que nos deben interperlar moralmente. Podemos pedir respeto para las personas que sostienen ideas, pero para las ideas no se puede pedir un estatus de respeto. Para eso están hechas las ideas: para debatirlas, argumentarlas, refutarlas y cambiarlas por otras en caso de ser consideradas erradas, extemporáneas, que no responden al contexto actual, o al estado actual del conocimiento, etc.

Entonces, ¿qué significa tener “derecho” a una opinión? Podemos dar dos respuestas para esto: una simple y otra compleja. La simple significa exactamente eso: todos podemos tener opiniones, y nadie puede detener a otra persona de que piense lo que piense. Pero esa afirmación es bastante trivial, y se confunde con el valor, formación y riqueza de las opiniones personales. De ahí la respuesta compleja: que si tener “derecho” a una opinión significa tener derecho a que los puntos de vista propios sean considerados verdaderos, o al menos, considerados cercanos a la verdad, entonces las cosas cambian. Si las opiniones personales se fundan en la ciencia, o en el pensamiento mágico, en ideas retrógradas moralmente, fundamentalistas o esencialistas, se trata de argumentos y de opiniones que no pueden tener el mismo valor. Todos tenemos derecho a tener una opinión, pero eso no significa que todas las opiniones sean racionales, respetables y que debamos tomarlas en serio. Porque ellas dependen de sus razones y fundamentos, no de las personas que las ostenten.

Soy vegana y desde mi niñez me ha preocupado la relación especista antropocéntrica que la humanidad mantiene con el resto de los animales. Aún busco respuestas a muchas preguntas de entonces. Soy Trabajadora social, máster en Filosofía Política y máster en Bioética y Derecho. Actualmente estoy escribiendo mi tesis doctoral en Filosofía, tratando sobre los límites de la filosofía moral, la bioética y los derechos de los animales. He estado activa en el mundo del animalismo desde hace más de una década, siempre con un pie en la teoría y otro en la práctica. Comparto mi vida con mi esposo, tres gatas y un número siempre cambiante de gatos rescatados de la calle a los que damos en adopción.