El veganismo no es una opción, el activismo tampoco

El veganismo no es una opción, el activismo tampoco

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“Del mismo modo que yo respeto tu veganismo, respeta tú mi forma de alimentación”.

Esta sentencia, con la que habitualmente nos vemos increpadas las veganas cuando mostramos una posición intransigente con quienes defienden el consumo de animales, lejos de ser lo que parece —un alegato a favor del respeto mutuo—, esconde una idea opuesta: la desconsideración y discriminación hacia terceros. Y se usa con el único propósito de poder seguir excusando actitudes injustas como el consumo de carne, de huevos o de lácteos.

Todos entendemos que nuestra libertad acaba donde empieza la del otro y por eso no aceptamos como opción cruzar esa línea. Nadie considera que la oposición a la esclavitud infantil, a la trata de mujeres o a los campos de concentración —son sólo unos ejemplos— sean opciones, sino respuestas adecuadas a injusticias brutales e intolerables.

Para entender por qué el veganismo no puede ser considerado una opción, sino la respuesta adecuada a una injusticia tan brutal como las anteriormente mencionadas, se hace necesario realizar un pequeño recorrido teórico por las bases en las que se cimenta la idea del veganismo y de la Liberación Animal.

Toda injusticia necesita justificarse para poder llevarse a cabo: sexismo, racismo, especismo

A lo largo de la historia hemos discriminado y oprimido a seres humanos en función de razones tan arbitrarias como el color de piel, el lugar de procedencia, el sexo biológico o el género. Los propietarios de esclavos que se favorecían de estas discriminaciones o los responsables de la Solución Final, argumentaban que los unos —los negros, los judíos, los gitanos, los homosexuales, …— eran inferiores a los otros —los blancos, los arios, …— buscando así una justificación que legitimara sus actos.

El racismo, así como el sexismo, defiende la supremacía y la consecuente opresión, de un grupo de seres humanos frente a otros. Cuando una se opone al racismo o al sexismo lo hace porque considera que todo acto de opresión —entendida ésta como el sometimiento físico y/o psicológico de unas personas sobre otras contra su voluntad— viola los principios de igualdad. Se entiende que el aspecto físico, la procedencia, el sexo o el color de piel, no son relevantes a la hora de respetar a un tercero sino la capacidad de sufrir un daño como consecuencia de esa discriminación y de esa opresión. En otras palabras, a la hora de establecer una relación de respeto con alguien, asumimos la capacidad de sufrir y disfrutar como único motivo de peso.

Y es esta capacidad, de la que se derivan dos necesidades fundamentales, (i) la de evitar experiencias negativas —que causen sufrimiento—, y (ii) la de perseguir experiencias positivas —que causen placer—, la causa que origina todo ideal de respeto y de emancipación

Quienes exigimos el fin de la discriminación y de la opresión, lo hacemos porque causa sufrimiento de forma injustificada. Quienes reclamamos la libertad, lo hacemos porque nos asegura el mejor escenario posible donde poder elegir aquello que más nos satisface. Y quienes perseguimos la igualdad, lo hacemos porque ésta traza los limites necesarios para una convivencia respetuosa: nuestra libertad acaba donde empieza la del otro, y la del otro donde empieza la nuestra. No hay otra razón.

Si asumimos que nuestra oposición al racismo o al sexismo, se fundamenta en el daño y en la falta de libertad que sufre quien es discriminado, nuestra oposición al especismo debe ser igualmente enérgica.

El especismo, esto es, discriminar a un animal por no pertenecer a una especia determinada (frecuentemente la humana), es igual de injusto que el sexismo o el racismo pues los criterios en los que se legitima, la discriminación según la especie, son tan arbitrarios como el color de piel, el lugar de procedencia, el género o el sexo biológico. Pero en la capacidad de sufrir y disfrutar, que es donde fundamentamos el respeto hacia terceros, no somos diferentes al resto de animales (1). Ellos evitan, como nosotras, cualquier experiencia negativa del mismo modo que persiguen, también como nosotras, cualquier experiencia positiva. Su inteligencia, su tamaño, su incapacidad para expresarse con palabras o su aspecto físico no son razones para acabar con su vida, confinarlos en granjas, dispararles en bosques, torturarlos en laboratorios o asfixiarlos en mares.

Para quienes entendemos la solidaridad como una responsabilidad con quienes sufren injusticias de cualquier tipo, oponerse al especismo tiene dos claras consecuencias: dejar de participar en la opresión de los animales no humanos, y formar parte activa de su liberación.

El veganismo no es una opción.

Cuando indicamos que algo es una opción no nos referimos a comportamientos discriminatorios. No consideramos que abusar sexualmente de un niño, o someter a alguien de otro lugar de procedencia a un trabajo infrahumano favoreciéndose de su desprotección legal, sean opciones. Estrictamente lo son, porque podemos elegir entre hacerlas y entre no hacerlas, pero no nos referimos a ellas como tales sino como injusticias inaceptables con las que debemos acabar.

Sin embargo, esto no ocurre cuando hablamos de veganismo. Quienes consumen productos animales suelen alegar a su “derecho” a seguir haciéndolo reduciendo categóricamente la explotación animal a una simple opción, como si de filias se tratara.

En una situación de abuso sexual hay un individuo que sufre, por eso no es una opción. En una situación de esclavitud laboral hay otro individuo que sufre, por eso no es una opción. En una situación de consumo de productos animales hay un animal que sufre, por eso tampoco es una opción. Las razones que nos llevan a no admitir como opción los dos ejemplos citados deben llevarnos, de igual modo, a no admitir tampoco a la explotación animal: una injusticia con la que hay que acabar y en la que no hay que participar.

Y cuando nos referimos a una injusticia hablamos de blancos y negros. Un hecho es injusto o no lo es. Los grises sólo hacen referencia a la intensidad con la que se lleva a cabo una injusticia. Si consideramos que la esclavitud es una injusticia, lo hacemos al margen de que un grupo de esclavos tenga mejores condiciones que otro grupo de esclavos. Unos sufrirán un daño menor que otros pero todos ellos seguirán siendo igualmente, víctimas de un hecho injusto, la esclavitud.

Pues bien, cuando hablamos de explotación animal ocurre lo mismo. Hay animales que viven en mejores condiciones que otros. No se trata de reducir el sufrimiento pero mantener la injusticia, sino de acabar con ella. Se trata de que tengan la libertad que todos nos merecemos. Se trata de que dejemos de verlos como propiedades y como seres de los que podemos aprovecharnos. Mientras un animal sea considerado una propiedad y no un ser libre que quiere disfrutar de su vida como nosotros de la nuestra, la puerta a que sufran injusticias seguirá estando abierta.

Por la razones presentadas considero que el veganismo, entendido este como la manifestación política expresa de oposición a la opresión animal y el rechazo al consumo de productos animales, así como a participar en su explotación, no puede ser considerado una opción, sino una responsabilidad en la que tomar partido.

El activismo tampoco.

Que nosotras dejemos de participar de una situación injusta no tiene como resultado que ésta llegue a su fin pues mientras otras participen, seguirá teniendo lugar. Debemos preguntarnos entonces, si tenemos responsabilidad, no sólo sobre las injusticias de las que somos partícipes, sino también sobre aquellas en las que no lo somos.

La respuesta a esta pregunta está relacionada con el modelo de sociedad que queremos. Si perseguimos una sociedad libre de injusticias parece necesario intervenir en ellas. Si por el contrario, no nos preocupa que otros las sufran a nuestro alrededor —quien asume esta posición no tiene legitimidad para exigir respeto—, no parece que sea imprescindible intervenir.

Llegados a este punto, se hace necesario poner sobre la mesa la prioridad que esta responsabilidad debe ocupar en nuestra vida y la intensidad con la que tendríamos que acometer las acciones que se deriven de la misma. Es decir, podemos estar de acuerdo en que, efectivamente, debemos intervenir en las injusticias para que estas acaben, pero quizás no lo estemos tanto en la importancia que debemos darle.

Partiendo de los principios que han sido expuestos, defiendo que, mientras haya oprimidas, tenemos la responsabilidad de situar el eje central de nuestra vida en la militancia y en el compromiso (este punto lo desarrollo de forma más extensa en el artículo “Quemar las naves: el compromiso por la Liberación Animal“). Nuestro lugar de residencia, nuestros estudios, nuestro medio de vida o cualquier otra cuestión troncal de nuestra existencia, deberían estar directamente relacionados con esta responsabilidad. La militancia no puede ser entendida como una tarea a realizar en nuestro “tiempo libre” sino como la forma de de enfrentarnos y de construir, el momento histórico que nos ha tocado vivir.

Habrá a quien esto le suene extremista, pero la situación de quienes hoy son oprimidos no es menos extrema. Cada segundo, más de 2000 animales (2) —sin contar a los peces— son ejecutados en algún matadero para el consumo humano. Cada segundo. Animales que sólo han conocido el hacinamiento, el abuso, la violencia y el asesinato.

El veganismo y el activismo por la Liberación Animal no pueden ser considerados opciones, sino responsabilidades urgentes y necesarias en las que tomar partido hoy mismo.

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(1) Declaración de Cambridge sobre la Conciencia
– http://es.wikipedia.org/wiki/Declaraci%C3%B3n_de_Cambridge_sobre_la_Conciencia
– http://fcmconference.org/img/CambridgeDeclarationOnConsciousness.pdf
(2) Algunas cifras más: ¿cuántos nos tocan a cada uno o cada una?, por Oscar Horta

https://masalladelaespecie.wordpress.com/2009/05/09/algunas-cifras-mas/

NOTA DEL AUTOR: En el artículo utilizo el término animales en referencia a los animales no humanos con el único propósito de facilitar la lectura y no resultar redundante. Los seres humanos también somos animales, por ello, el término animales para referirnos a quienes son como nosotros, resulta discriminatorio y debe ser evitado y/o explicado.

La utilización del femenino y masculino de forma aleatoria es intencionada. El lenguaje construye realidades y cambiar esas realidades pasa por cuestionarnos el lenguaje.

 

 

En els meus anys de militància he passat per diferents organitzacions (Grup antiespecista de Bilbao, Drets per als Animals, Alternativa per a l’Alliberament Animal, Equanimal i Igualdad Animal). He participat en diferents accions directes (sabotatges a la caça i irrupcions en places de toros, tancaments, passarel·les de pells i altres llocs on es fa gala de l’explotació animal), actes de protesta i en diverses investigacions. Em trobo imputat al costat de diversos/es companys/es fruit d’un muntatge judicial, policial i mediàtic que s’emmarca en una agenda repressiva contra el moviment d’Alliberament Animal (RepresionDerechosAnimales.info).

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