La Historia que no nos contaron

La Historia que no nos contaron

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En Valencia hay una plaza dedicada a Cánovas del Castillo. No es la única. Una simple búsqueda en Google permite comprobar el número de calles, avenidas, colegios e institutos que llevan el nombre de este político. Incluso en el Senado español hay un monumento en su memoria. Es un nombre de prestigio.

Sin embargo, Antonio Cánovas del Castillo fue un hombre que defendió la esclavitud humana hasta tal punto que logró retrasar su abolición. Cuando la esclavitud humana sólo subsistía en Brasil y Las Antillas, cuando ya había un consenso internacional que estaba de acuerdo en que esclavizar a hombres y mujeres estaba mal y era éticamente inaceptable, Cánovas del Castillo siguió defendiendo en las Cortes españolas las bondades de la esclavitud. Y hay monumentos en su memoria.

Hace unos años, la editorial Capitán Swing publicó “Vida de un esclavo americano escrita por él mismo” de Frederick Douglass*. Es el relato, en primera persona, de un hombre esclavizado y de su lucha por la libertad. Para ser libre tuvo que desobedecer la ley que le decía que él era una propiedad.

Es uno de esos libros que hay que leer, porque proporciona una descripción bastante precisa de qué es la esclavitud, de cómo afecta a las personas esclavizadas y de cómo corrompe a las esclavistas. No hay bondad en la esclavitud, no puede haberla. No hay bondad en comprar a una mujer con el objetivo de “hacerla criar” y vender a sus hijas e hijos (el “propietario” podía alquilar a un hombre esclavizado para ese propósito o bien encargarse él mismo). No hay bondad en abandonar a su suerte a una anciana esclava, casi ciega, porque ya no tiene utilidad. Ni hay bondad en vender a un hombre y separarlo para siempre de su familia, como castigo por no haber saludado correctamente al “amo”. Esto ahora nos parece obvio. Ahora.

En nuestra sociedad condenamos la esclavitud humana, pero cuando se trata del resto de animales no reconocemos ni esclavitud ni dominación. Y, en esencia, es lo mismo. A Douglass le trataron como un animal, porque así se trata a los animales: se abandonan cuando no son útiles, se les aplican castigos correctivos, se les persigue cuando intentan huir y, si atacan al ser humano que los atormenta, se les asesina.

Veo casi cada día la esclavitud que Douglass describe en el caballo que, cerca de casa, ara la tierra arriba y abajo, sin poder parar salvo cuando el amo se lo permite; una vez que ya no tenga fuerzas acabará en el matadero. Al pasar las páginas, recordé mi primera y única visita al zoo de niña, reconocí las miradas vacías descritas en las páginas del libro. Recordé a Coco, un chimpancé asesinado a tiros cuando intentaba huir con su familia de aquel zoo inmundo, en el año 2005. Era agresivo, decían. Después de 27 años encerrado en aquella jaula, ¿quién no lo sería?

Cuando Douglass huyó vivía esclavo con una familia blanca que sentía aprecio por él. A diferencia de otros lugares en los que había vivido, allí no le pegaban, no pasaba hambre ni frío. En aquella casa le trataban más o menos bien. Pero él quería ser libre, sabía que la esclavitud significa la pérdida de su propia vida y la arriesgó para ser libre. Esto, insisto, nos parece obvio ahora, pero en la época en que Douglass vivió ni era obvio ni era evidente. Las poderosas voces esclavistas exigían que se cumpliera la ley, desde la biología se argumentaba la inferioridad y la animalidad de las “razas inferiores”, incluso se llegó a defender que las personas esclavizadas estaban en una mejor situación que las personas obreras libres.

“Una negra se vende, recién parida, con abundante leche, …”. Así comienza un anuncio publicado en Cuba, en 1846. Era normal, era legal. Hoy, de la biografía de tipos como Cánovas del Castillo se omite su defensa de esa legalidad, su defensa de la esclavitud. Al omitirse, no se reconoce ni la responsabilidad ni la posibilidad de reparación, aunque sea simbólica.

Y todo esto lo debemos conocer, porque el animalismo es esencialmente, y por encima de cualquier otra cosa, una lucha antiesclavista. Heredamos la lucha de Douglass y de todas las mujeres y los hombres que se enfrentaron a la mentalidad de Cánovas. Aunque no tengan monumentos en el Senado, ni calles, ni colegios con su nombre, su desobediencia civil pacífica fue la que consiguió la abolición.

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*Douglass, Frederick, Historia de un esclavo americano escrita por él mismo, Madrid, Capitán Swing Libros, 2010.

 

Diplomada en Relaciones Laborales. Licenciada en Historia. Militante de izquierdas. Feminista, heterodisidente y vegana.