Capturar (y comerse) la belleza. Silvestrismo, “parany” y “enfilat”

Capturar (y comerse) la belleza. Silvestrismo, “parany” y “enfilat”

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En mi tierra, el País Valenciano, el gobierno del PP cumplirá 19 años saliendo de las urnas y entrando en los juzgados. Entre sus últimos estertores (esperemos) estará una “Ley de Señas” para blindar legalmente el secesionismo lingüístico y el linchamiento dels “bous al carrer”. Uno de los objetivos de esta ley sería, según el Conseller de Gobernación Luis Santamaria, “redoblar la presión sobre aquellas iniciativas que atentan contra las señas de los valencianos [y valencianas, supongo]”.

Es el “que hay de lo mío” del mundo tauricida: siempre han dicho que lo de torturar animales es legal, incluso constitucional, y que por este motivo se ha de perseguir y castigar a quien “no cumple la ley”. Vamos a hablar, ahora, de otros que también llevan toda una vida con su “que hay de lo mío”: el mundo del “parany”. En su caso, de lo que se trata es de respetar la sacrosanta tradición, aunque esto implique no cumplir las leyes. Para actuar con absoluta impunidad, también necesitan la protección de la gente de las urnas y los juzgados.

El “parany” y el “enfilat” se justifican dentro de una práctica que se llama silvestrismo. Antes que nada, es una forma de caza: consiste en capturar aves libres con el objetivo de meterlas en jaulas toda su vida. Las víctimas son pájaros fringílidos, pequeñas aves comedoras de semillas y con un lenguaje formado por un repertorio de cantos enormemente diverso. Es el canto de los pájaros que más oímos, el de los pinzones, verderones, pardillos y, sobre todo, jilgueros.

Sus captores han catalogado completamente el lenguaje de las aves con lo que llaman códigos de canto. Describen los patrones y criterios para identificar y valorar las distintas formas de expresión de ese lenguaje dentro de campeonatos. Son una impresionante representación del vacío y la tristeza: las pequeñas jaulas de madera son colgadas en postes bien distanciadas un s de otras, en frente de las mesas de los jurados y del público, que debe permanecer en silencio. Y, de esas cadenas perpetuas que roban cada minuto de vida de sus pequeñas alas, sale el precioso canto de los pájaros.

En el mundo del silvestrismo, hay quien lo llama “el derecho a capturar la belleza”.

Las aves no quieren dar continuidad a su condena y no crían en cautividad. Por ello, los cazadores dicen que no se puede prohibir la captura porque eso significaría el fin del silvestrismo. Necesitan capturarlas y “enseñarlas”, obligarlas a aceptar su condición de esclavas que han de cantar cuando los dueños quieren. Su problema es que las leyes europeas protegen las aves fringílidas y, sobre todo, prohíben de forma tajante los métodos de caza no selectivos como las redes, que atrapan cualquier ave con un tamaño que no le permita escapar a ellas. Caen pájaros fringílidos migratorios, especies protegidas y en peligro de extinción que sufren estrés, se rompen a las alas o las patas y mueren.

Los métodos son muy truculentos. En el País Valenciano, las redes más comunes se llaman “enfilat”. Es una trampa abatible que el cazador escondido acciona a distancia, y cae encima de las aves que se han posado a comerse el cebo como si fueran dos tapas de una caja. El “parany”, que en Terres de l’Ebre conocen como caza en barraca, es aún peor. Desde el mundo silvestrista lo defienden como el único método válido en determinadas circunstancias, como la caza en zonas boscosas y de montaña o la captura de pinzones, que no suelen caer en las redes.

Un “parany”, o una barraca, es una trampa que aparenta ser un árbol. La captura no se hace con redes, sino con unas varas impregnadas de una pega extraída semillas (vesc) o “lliga” que se clavan en las perchas. Estas hacen la función de ramas para que se pongan aves de cualquier tamaño y especie y, en el momento que están a punto de aterrizar con las alas abiertas, las varas se pegan a ellas. Una vez ocurre esto, no pueden volar y caen al suelo, dentro de la estructura trampa del “parany”. Allí quedan, luchando por librarse de las varas, hasta que llega el cazador. Muchas veces, encuentra cadáveres de animales desplumados y que, incluso, se han arrancado las alas.

Con esta práctica se estima que matan, sólo en las comarcas de Castellón, entre un millón y medio y tres millones de aves protegidas cada año, y desde 2002 lo hacen contraviniendo las leyes europeas y españolas. Todas las formas de caza silvestristas incumplen estas leyes y, en el caso del “parany” i el “enfilat”, también vulneran las diversas sentencias de altos tribunales que culminan con la del mismo Tribunal Constitucional de 2013. La justificación vuelve a ser la tradición, vuelven a salir a la luz viejos tratados medievales y documentos antiguos que, según esta gente, justifican una barbaridad por el hecho de recogerla.

Si, el PP vulnera la Constitución cuando conviene a los intereses que protege, y lo hace con las negaciones, mentiras y manipulaciones de siempre. Mienten sobre la realidad de las capturas y las trampas, niegan la dimensión de la matanza y manipulan sobre reformas destinadas a garantizar que se capturarán los animales sin matarlos. Como dicen desde GECEN (Grupo para el Estudio y Conservación de los Espacios Naturales), cazar con “parany” sin muerte sería como cazar con escopeta sin disparar.

Detrás de toda este discurso silvestristas y de la “captura de la vejez” se esconde una práctica que también es muy vieja: la caza de estos animales para comérselos. Hay muchas pruebas, como las gravaciones ocultas de cazadores con “enfilat” que salen corriendo de su escondrijo para romper cuello de los pajaros capturados supuestamente para la práctica del silvestrismo, uno a uno, aplastándolos con dos dedos y con una habilidad que muestra la práctica acumulada. Los cocinan fritos con tomate o en guisos, y una sola persona se puede comer decenas de estos pequeños cuerpos mutilados de una sola vez. Esto es lo que mueve la matanza de millones de animales cada año. Es un buen negocio e implica la restauración, a los locales donde sirven este tipo de platos y que compran los cadáveres a los cazadores.

Que este artículo sirva como la primera vez que me reiré en la cara del futuro órgano de control para la aplicación de la Ley de Señas valenciana, si es que llega a funcionar alguna vez. La banda del Bigotes puede tener bien claro que ejerceremos nuestros derechos fundamentales y que lucharemos por los de los demás animales sin miedo a sus órganos de vigilancia ideológica, si es que algo parecido se puede llegar a constituir para volver a pasar por encima de la su sacrosanta Constitución. Y, si alguna vez incumplimos alguna ley, lo haremos amparados por la legitimidad de una causa justa, no como sus amigos tramperos y silvestristas.

 

 

 

La parte de mi biografía de la que estoy más orgulloso es que soy vegano, que hace de la justicia un ejercicio cotidiano. También me gusta mucho haber aprendido Historia en la Universidad de Valencia. Soy militante antiespecista, feminista, LGTBI , ecologista, socialista e independentista. En definitiva, no quiero privilegios y, aún menos, los que se supone que me han de privilegiar mí.
Soy militante de Iniciativa Animalista