Respeto

Respeto

2765

Es habitual que cada vez que una campaña animalista se difunde con éxito, surjan voces que cuestionen su legitimidad. Las voces reaccionarias que hacen esto no me afectan, la verdad es que es muy fácil verlas venir: son las mismas voces que rebajan la importancia del terrorismo machista, las mismas que hablan de “lobby gay” cuando se denuncia la discriminación que sufren las personas LGTBi, las mismas voces partidarias de poner cuchillas cortantes en las fronteras para impedir que personas pobres que huyen de una realidad de miseria y violencia tengan una oportunidad, las mismas que callan ante los recortes en la sanidad y en la escuela pública.

Sin embargo, cuando el ataque viene de personas que defienden la igualdad y la justicia social, eso sí que duele.

El último ejemplo es Excálibur, el perro cuya vida no valía un análisis. Excálibur formaba parte de la familia de Teresa Romero, auxiliar de enfermería infectada por ébola. Un perro querido, al que su familia dejó en su casa con comida y agua pensando que estaba a salvo. No fue así. Se dictó su orden de ejecución y, después de pasar varios días solo, orinando y cagando en terraza, vio como unos desconocidos entraban a la fuerza en su casa. ¿Qué pensó cuando oyó que se abría la puerta? Tal vez acudió con curiosidad. Tal vez no se movió cuando le dispararon el primer dardo. No lo sabemos, pero lo podemos imaginar. Cuando la vida de alguien no vale nada, podemos sospechar lo peor.

La campaña para salvar la vida de Excálibur la pusieron en marcha personas voluntarias, tras la petición de auxilio de Javier Limón, el marido de Teresa Romero. La difusión se hizo mediante las redes sociales. No hubo medios económicos, lo único que tenían esas personas era la determinación de evitar una muerte gratuita e injustificable. La vida de Excálibur importaba y al luchar por él, se luchaba también por Teresa Romero, víctima de la negligencia, prepotencia e incompetencia de un gobierno, estatal y autonómico. Recordemos que mientras Teresa Romero luchaba por su vida era sometida a un proceso de criminalización tan injusto como repugnante.

Pues bien, la campaña por Excálibur inundó las redes y ahí llegaron las críticas. Leí como algunas compañeras feministas se indignaban por la repercusión de la campaña mientras que las muertes de mujeres, escribían, no tenían esa repercusión. Esto, insisto, duele. Primero porque parece que se nos responsabilice a las y los animalistas del silencio sobre el terrorismo machista, cuando nuestras voces también gritan contra él. Y segundo porque no se puede luchar contra una injusticia ignorando otra. Hay voces animalistas contra el terrorismo machista, contra la LGTBifobia, contra el racismo, contra todas las formas de discriminación y contra todas las lógicas de dominación. Porque ésa es la esencia del antiespecismo.

La vida de Excálibur importaba, no sólo porque era su vida, también porque es el ejemplo de lo poco que vale una vida cuando quien la vive pertenece a otra especie.

Hay una fecha que tiene un especial significado para mí: el 17 de diciembre de 1997. Ese día Ana Orantes fue quemada viva por su ex-marido, a las puertas de una casa que un juez la había obligado a compartir con su maltratador. Trece días antes ella contó su historia en Canal Sur, los cuarenta años de torturas. Cuarenta años.

Su muerte marcó un antes y un después en la percepción de la violencia machista: no fue posible ignorar su asesinato ni esconderlo tras un número más, otro “crimen pasional”. Su muerte hizo enmudecer hasta a la caverna y desató una ola de indignación y rabia que lo cambió todo.

La tragedia es que fue necesario que una mujer fuera quemada viva para que se entendiera que el terrorismo machista no era un asunto privado. Si se hubieran adoptado unos protocolos de seguridad mínimos Ana Orantes estaría viva. Pero el terrorismo machista nunca estaba en la agenda política, así que a las mujeres no se nos veía ni muertas. Si se hubiera escuchado a las organizaciones feministas muchas mujeres estarían vivas. Sólo era necesario escuchar.

Por eso, que algunas mujeres que han tenido que luchar contra la indiferencia, la ridiculización y la negación, utilicen unos argumentos muy parecidos contra las personas animalistas, duele. Y que quede claro, yo no rebajo el terrorismo machista ni un milímetro, para mí su erradicación es una lucha vital, lo que digo es que esa misma violencia, con justificaciones casi idénticas, se utiliza para someter, torturar y asesinar… a animales, sí. En una lógica perversa, al tratar a los animales como animales, se trata a personas que la lógica de dominación señala como inferiores, como animales. El heteropatriarcado y el especismo se complementan y se confunden.

Por eso, los derechos de los animales no son una cuestión de género neutro. Los animales que no pertenecen a nuestra especie han experimentado en carne propia la razón patriarcal: por ejemplo, ahora mismo se están llevando a cabo experimentos sobre la privación maternal. Estos experimentos consisten, básicamente, en estudiar en primates qué sucede cuando se aísla a un/a bebé de todo estímulo y se le/la mantiene en un permanente estado de terror. En uno de los experimentos la madre fue sedada químicamente, sus pezones fueron tapados para que su hijo no pudiera mamar y ella fue colocada en un asiento de seguridad. El bebé empezó a llorar mientras intentaba mover a su madre de forma frenética. Ella no podía responder. En al menos un caso, se oye a las personas que investigan riendo mientras ella trata desesperadamente de permanecer despierta para consolar a su bebé. ¿Eso no es violencia patriarcal? Para quien piense que no, hay que recordar que, en sus orígenes, el impulso de estos experimentos fue la incorporación masiva de las mujeres al mundo laboral. No fue casual.
Así que, desde aquí, pido empatía a las personas que luchan por la igualdad y la justicia social. Os pido que incorporéis el discurso animalista a la transversalidad de las luchas. Esto no es una competición. Se trata de tejer redes, porque el enemigo es, en esencia, el mismo. Porque, desde el animalismo, lo que queremos es un mundo justo, sin sometimiento, sin tortura, sin violencia. Y porque, además, os necesitamos en esta lucha. Pero si no queréis formar parte de ella, lo mínimo que os pido es un poco de respeto.

 

Diplomada en Relaciones Laborales. Licenciada en Historia. Militante de izquierdas. Feminista, heterodisidente y vegana.