Desde que se hizo noticia la premeditada muerte de Excálibur, las fuentes expertas se dividieron: unas defendieron el asesinato preventiva y otras la cuarentena. Sin embargo, la decisión estaba tomada. Ayer sería el último día de ladridos por el balcón.

Una vez que España escuchó el destino final que le esperaba a Excálibur, asociaciones animalistas y personas individuales se concentraron frente a la casa de la auxiliar infectada de Ébola. Fueron muchas las que permanecieron haciendo turnos para evitar la recogida del perro, algo que ya se había dado por hecho en redes sociales y medios de comunicación.

Una vez pasada la noche, en la que no se vivieron enfrentamientos entre manifestantes y policías, comenzó el día. Nuevamente la desinformación por doquier era desmesurada: se le había hecho la extremaunción a Excálibur más de un par de veces y nunca había salido de la finca ningún vehículo que lo trasportase. Allí estaban humanos de todas las edades y géneros, observando furgonetas que entraban y no salían. Muchas de ellas de limpieza, otras transportando una caja de metacrilato con esquinas de aluminio donde introducir al perro.

La indignación e impotencia se respiraba en el ambiente. “Excálibur no estás solo” suena constantemente entre las cuerdas vocales de las personas sentadas a ras de suelo. Frente a ellas, policías de brazos cruzados a los que se les sumarían 5 furgones antidisturbios. Al otro lado de la calle se agobia un perro ladrando, incómodo, aullando. Está con Paloma, su amiga humana: “Excálibur pasea por aquí, es muy amistoso. Esto que quieren hacer es deleznable, ¿entonces después qué? ¿tendremos que sacrificar a todos los perros de Alcorcón?”, critica indignada.

Se hace mediodía y a las 11 y media el equipo antidisturbios tiene orden de alejar de la fachada a manifestantes allí presentes. La violencia que se sometería después, se intuye entre las personas concentradas y todas comienzan a escribirse en el brazo el nombre del abogado del PACMA, por si acaso fueran encarceladas. El boli se guarda, las mochilas se aprietan al pecho y los brazos se juntan unos contra otros. Sentado en el suelo, el grupo de activistas está unido por los brazos. Algunos antidisturbios primero les sugieren no tener que levantarles por la fuerza, luego lo hacen. Las lágrimas salen de muchos ojos de quienes allí presentes sólo querían evitar la tragedia de Excálibur. Sin embargo, la policía carga a empujones y golpes a quienes más se resisten a moverse. El resultado final deja a un joven con moratones en la cara y a una señora con una luxación de hombro.

Durante toda la mañana, el PACMA trabaja a nivel legislativo para poder frenar la eutanasia de Excálibur. Sin embargo, Laura Duarte, portavoz del partido, se teme lo peor: “Nuestra misión aquí, además de mostrar nuestra absoluta disconformidad con esto es filmar y fotografiar todo lo que ocurra porque el mínimo error de seguridad y protocolo que se cometa, lo vamos a denunciar”. Expresa que no hay ninguna evidencia de que el perro hubiera contraído el virus, lo que pide es que primero que nada se le diagnostique: “para nosotros esto es una pantomima del Gobierno: tienen que tener una mano ejecutora, una decisión que tranquilice a la población, que les haga pensar que el foco ha terminado”. Además, añade que la actuación del Gobierno sobre la crisis sanitaria está siendo “absolutamente negligente y esto en concreto [la ejecución de Excálibur] es injustificable”. A mediodía no duda dos veces en reafirmar que se tomarán acciones legales: “si el perro sale en la furgoneta que hemos visto, desde luego no será con toda las medidas de protección de seguridad y eso nos llevará a tomar medidas”.

Esa furgoneta blanca de la que habla Laura es la que transportaría a Excálibur pasadas las 18 horas. Es una furgoneta habitual, sin ningún tipo de seguridad extra, sólo unas bolsas de basura negras pegadas con celo a los cristales. Tras haber desestimado 3 recursos y a la espera de la resolución del próximo supuestamente a las 9 de la mañana del dia nueve, se llevan a Excálibur. Quienes allí llevan el día gritando por su vida se abalanzan sobre la furgona blanca de SEVEMUR. Su conductor y copiloto sólo llevan mascarilla verde y usan ropa normal y camisa corta.

Unos y otras activistas son empujados y zarandeadas por la policía, también arrolladas por la furgona que lleva a Excálibur. Un hombre acaba en el suelo, con un traumatismo craneoencefálico.

Con el movimiento de las manecillas del reloj empiezan a disminuir las patrullas antidisturbios, también activistas y periodistas. Algunas se quedan acostadas en el piso como forma de manifestación pacífica. Otros son trasladados en ambulancia.

Son pasadas las 19 horas y viene una empresa de limpieza a eliminar la sangre de la persona a la que golpearon con un porrazo y calló al suelo. Desaparece todo rastro de violencia, igual que ha desaparecido Excálibur. Las personas allí presentes perciben a ciencia cierta la muerte de Excálibur. El Comunicado del Ministerio de Sanidad es la única mala noticia cierta del día.

Excálibur no estaba solo. Además del apoyo de las personas congregadas delante de su casa, sus familiares esperaban que no se produjera su muerte. A Teresa se lo comunicaron y Javier incluso había cedido la custodia de Excálibur para evitar su asesinato. Pese a todo, la pareja, aislada en el hospital, hizo todo lo que pudo.

TVAnimalista Madrid