Animalismo en violeta

Animalismo en violeta

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A cualquier mujer que haya acudido a protestar contra las corridas de toros, a las puertas de la plaza de tortura, le han gritado un “vete a fregar”, “puta”, “chúpamela”, o lo que le dijeron a una activista “tú lo que necesitas es que tu marido te pegue una buena hostia”. Para los hombres, queda el genérico “maricón” y el “catalanistas” que es unisex y atemporal. Pues bien, de todos los apelativos que me han gritado, mi favorito es “ahí están, ahí están las que abortan” (con su variante “abortiiistas, abortiiistas”… poniendo énfasis en la “i”, “i” de ignorante). Todo lo que nos gritan es muy significativo, es cierto. Y en un examen de diversidad afectivo-sexual el mundo taurino suspendería. Pero este último grito en particular tiene tela.

Personas que entran a un recinto a ver cómo se mutila de forma regulada a un animal aturdido, hasta que vomita sangre por la boca mientras lucha por respirar y, finalmente, es asesinado, se consideran garantes de la vida. Vida entendida como un conjunto de células que están en un útero ajeno. Es curioso.

Nuestra ideología también está definida por quién es nuestro oponente y por cómo nos percibe. Y según esto, el animalismo es aliado del feminismo. Sí, estoy de acuerdo. Tenemos muchas cosas en común, animalismo y feminismo son luchas muy parecidas. Ambas implican una toma de conciencia. Ambas son movimientos de liberación. Ambas quieren visibilizar a quien ha permanecido invisible. Ambas denuncian diferentes procesos de cosificación, de discriminación, de violencia. Y ambas se enfrentan a una ideología de dominación que emplea estrategias argumentales muy parecidas, recurriendo a ellas cuando no tiene más remedio. Porque para el patriarcado y para el sistema especista el estado ideal es el silencio.

Hay tres estrategias que se repiten: apelar a la tradición (“se ha hecho siempre”), apelar al amor (“lo hago porque la/le quiero), apelar a la biología (“es lo natural”). Las tres estrategias ocultan jaulas. Cuando intentamos romperlas nos dirán que no respetamos nuestra historia, que no sabemos qué es el amor de verdad y, por tanto, no entendemos la esencia verdadera de quién está en la jaula y, finalmente, que no sabemos cuál es nuestro sitio (el sitio que se nos ha asignado de forma natural o divina en no sé qué pirámide evolutiva o reparto de roles).

Pero volviendo al tema de la vida. Ahora mismo, las mujeres estamos amenazadas con una contra-reforma de la interrupción voluntaria del embarazo que nos retrotrae a años siniestros. Años en los que las mujeres éramos consideradas incapaces y/o menores de edad perpetuas. De abortos en mesas de cocina, en secreto, con sustancias tóxicas, agujas de tejer, inyecciones vaginales y otros métodos donde las mujeres se jugaban la vida. Donde morían, insisto, en secreto.

Y ese intento de vuelta a aquellos años viene de la misma mano que considera que la tortura taurina en todas sus formas, sólo por citar un ejemplo de explotación animal, es un bien a proteger y fomentar. Así que venga, hablad claro Sr. Gallardón & cía: la vida os importa un pimiento. Lo sabemos.

Sabemos que si de verdad os importara, no se justificaría disparar a gente indefensa mientras está nadando, ni se privaría de recursos a personas en situación de dependencia (niñas y niños también), ni se negaría atención sanitaria a personas migrantes sin papeles ni, desde luego, condenaríais a abortos clandestinos a mujeres en situación de vulnerabilidad (pobres, jóvenes, migrantes). En el momento en que estoy escribiendo este texto han muerto 27 mujeres en el estado español sólo en el 2014, muertas por ser mujeres, víctimas de terrorismo machista. A lo mejor me lo he perdido, pero no he visto ninguna reunión de urgencia de la ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad con el ministro de Justicia y el ministro de Interior (ése que nos llama terroristas). ¿Defensa de la vida? Ya…

Lo que sucede es sencillo: con la excusa de defender la vida en abstracto, se ignora la vida real, en un proceso de apropiación de cuerpos ajenos. Así funciona también la explotación animal: se apropia de otros cuerpos que, como los nuestros, tienen la capacidad de experimentar dolor físico y sufrimiento emocional intenso. Sólo que son de otras especies.

Por eso tenemos tanto en común, por eso el animalismo es feminista. Porque defendemos vidas de verdad y porque identificamos las injusticias. ¿Hubiéramos llegado hasta aquí sin esas mujeres rebeldes que lucharon contra una sociedad que amparaba las injusticias escudándose en la tradición, en lo natural? Yo creo que no.
“Me declaro en contra de cualquier poder cimentado en prejuicios, aunque sean antiguos”, escribió Mary Wollstonecraft en el s. XVIII. No conozco ninguna persona animalista que no suscribiera esa frase. Lógico. Esta lucha sólo puede ser violeta.

 

Diplomada en Relaciones Laborales. Licenciada en Historia. Militante de izquierdas. Feminista, heterodisidente y vegana.