Depredadoras naturales

Depredadoras naturales

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Algo sobre mi, para empezar pero sin aburrir. Desde bien joven me fascinaron los libros y los documentales sobre animales (sí, los “de la 2″), era una de aquellas histéricas que los veía todos y -siendo pasional como soy-, literalmente devoraba las páginas y los minutos de grabación, trémula y arrebatada por cajitas que se abrian a civilizaciones mucho muchísimo más interesantes que la triste gloria humana, basada en la poesía y en las bombas nucleares, en la música clásica y la violación de bebés o en la tecnología automovilística y la explotación animal. Yo era una persona enamorada de la naturaleza, y lo sigo siendo, a falta de un modelo mejor dentro del entorno humano en que de momento vivo.

Dejo escrito esto, abiertamente en contra de las personas que pretenden que analizándolo todo se pueden comprender las cosas, las cuales realmente se entienden con el corazón, con los intestinos, con el deseo de la vida y de la paz, herramientas mucho más antiguas y significativas que un perverso cerebro dispuesto a perdonar la alevosía y la mezquindad o a institucionalizar el asesinato.

Luego me dediqué a la fotografia natural, fotografié mucho arquitecturas, personas humanas, sucesos ciudadanos… pero nada superaba la devoción con que captaba la belleza del romero en flor, el canto de la perdiz, la cópula aérea del Anax imperator, el vuelo del buitre leonado… Las horas transcurrían entre cantos de cigarra, viento, calor y mosquitos en el escondite camuflado donde aguardaba la llegada de las eminentes habitantes del sotobosque, del monte, de los prados y los riscos; y esas horas se convertían en preludios del momento en que podia cazarlos y empaquetarlos en emulsiones fotosensibles. Dejé de fotografiar cuando supe que Kodak tenia contratos de compra de los huesos de todos los corderos del Reino Unido, porque con ellos se hacia gelatina para los carretes de fotos. Entonces no había tecnología digital, o dejabas de fotografiar o financiabas la tortura y el genocidio animal. Yo dejé de fotografiar.

Ya con la llegada de una cierta calidad, pude empezar a trabajar en formato virtual, por eso ahora me dedico mucho al video, y sigue apasionandome, como hace 25 años, la flor del tusílago y el vuelo de los buitres. Ahora lo grabo, con el ánimo de Gregory Colbert y Patrick Rouxel, pero sin su talento. Es importante mostrar a la gente la sublime belleza de la naturaleza, para preservarla mejor. Es importante documentar los centros de explotación de no humanas, tanto como conservar los archivos visuales del genocidio nazi y stalinista, chino, mexicano o los de cualquiera de las matanzas que invariablemente todas las políticas han cometido contra sus pueblos, porque las palabras se pierden, se (mal)interpretan y se tergiversan, o simplemente no cuentan bien la historia, en cambio no hay nada más elocuente y fidedigno que la muda mirada de un cordero a punto de convertirse en cosa/carne, la visión de la vagina infectada de una perra de raza en una miserable jaula de cria, la tristeza criminal de una niña atada a una silla en un orfanato chino, el crujido en mil pedazos de un árbol selvático talado, el terrible terrible sufrimiento de los osos luna con el hígado expuesto para el ordeño de su bilis… y millones de casos de imperdonable oscurantismo que cometemos contra las inocentes.

Hay que grabarlo todo, minuciosamente, mostrarlo para que la gente se vea reflejada en sus propias acciones u omisiones. La buena gente cambia, la mala confirma la especie. En la permisión o no de ciertos crímenes podemos hablar del bien y el mal, que no nos confunda la indiferencia ni la ambiguedad.

Pero en este texto queria hablar de los documentales de la 2 tambien, y en especial los de National Geographic. Sigo hoy día viendo cientos de películas, cortos, documentales, sobre las civilizaciones y sociedades no humanas, lo mal que lo pasan a veces, lo bien que lo pasan, y aprecio en casi todas ellas una cierta disneyficación de la realidad, que ayuda indudablemente a mostrar recelo (incluso entre las mismas veganas), sobre la vida de los animales no humanos. Disneyficación a la inversa, donde se nos muestra el lado áspero de vivir en la naturaleza, como se mostraba la guerra fictícia en “1984” de Orwell, con objeto de que nos sintamos a gusto en nuestra segura y calentita sociedad esclavista

Pero la vida de los animales no humanos ¿es gloriosa o miserable?, ¿espeluznante o sublime?. Dichos términos siempre los usamos comparativamente a nosotras mismas, no solamente porque seamos el mejor material de experimento que conocemos (basado en nuestra capacidad de verbalizar), sinó porque somos el único fehaciente que poseemos; olvidando unilateralmente que juzgamos y sojuzgamos con él, analizando y sometiendo el universo a nuestro punto de vista, tal y como hace la religión.

La vida de los animales no humanos está básicamente protagonizada por dos actrices: el deseo de la vida y el deseo de la libertad, ambos vinculados por el más fisiológico, el de no sufrir. En estos escenarios, los animales no humanos tienen mucho que enseñarnos -casi todo por lo que aparenta-, pues las humanas parecemos haber olvidado esas dos reglas universales para lo vivo y sintiente, y que son el deseo de seguir estándolo y de hacerlo por propia voluntad, espacial y temporal. Las no humanas saben de vivir y de morir, y saben de estar libres, en estos tres aspectos se defienden mucho mejor que nosotras.

Sin embargo esa disneyficación de la que hablaba muestra tendenciosamente a las no humanas en diversos momentos trágicos de sus vidas y sus muertes, instantes que armonizan con el espectáculo mediático de constante shock, mediante cazas, asesinatos, devoraciones, crueldad y violencia. Doctrinas de impacto el cual acaba convirtiendo a la espectadora en objetivo de un bombardeo de información subrepticia y una absurda máquina de demandar MÁS y MEJOR, en una insaciable ninfómaniaca incapaz de apreciar la exquisita belleza de una simple hoja meciéndose a la brisa o de un chimpancé durmiendo. Dormir y mecerse, simplemente.

Porque, siendo objetivas, ¿qué sabemos de guepardo?, por ejemplo, pues que es el más veloz depredador terrestre, y que cuando corre tanto es porque está cazando. Observemos que ese aspecto de su vida representa apenas el uno por ciento de ella -y no por placer, sinó para sobrevivir, en contra de las costumbres humanas-, sin embargo es el centro de atención de su nombre y su sapiencia entorno a él, su rasgo distintivo, su identidad. El resto de la vida no obstante (el 99 por ciento) la dedican a rascarse la panza al sol, jugar, restregarse con los árboles, expeler ventosidades, dormir como benditas, y estornudar o mascar hierbas para purgarse. Pero mostrar eso no vende, eso no atrae, no derrama sangre ni nutre la idea de la naturaleza feroz, que es de lo que se alimenta nuestra fascista sociedad: del miedo.

El miedo a lo desconocido, el miedo a las demás, el miedo al miedo ( la base de la sociedad propuesta por Orwell en 1984 )… todas las modalidades de miedo son bien vistas en una pelicula o un libro que pretenda ser popular. Alimentando a las bestias humanísimas del capitalismo rentier, del sexismo, del racismo, la xenofobia, el ageismo, la homofobia… El miedo levantando ladrillo a ladrillo, muros y checkpoints, alambradas y factorias-granja, reformas al derecho de interrupción del embarazo y templos a cualquier religión, decretos ley y permisos de caza, el miedo construyendo armamentos y deudas externas, mataderos y conflictos armados, hambre, pobreza, corridas de toros, inmisericordia, omnivorismo, egocentrismo. Miedo egocentrista para que odiemos a la vecina y compitamos por la mejor porción de la carroña, como nos sugieren los documentales al uso. Miedo a vivir, miedo a morir, miedo a la libertad.

Miedo a la vida y a la libertad, ese podría ser el resumen de este texto y de la panestructura social, el pánico a la naturaleza es nuestro pánico a estar realmente vivas y a hacerlo libremente -con el respeto para las demás que por definición exige, si no queremos ser tratadas como esclavas o muertas-. Reconciliándonos con la naturaleza tenemos una posibilidad de vivir nuestras vidas y morir nuestras muertes, y lo más crucial de todo: de hacerlo con total control de nuestros deseos, emociones y decisiones, siempre y cuando ellos no restrinjan las decisiones, emociones y deseos de las demás. Ser y estar, libremente, hasta el momento de nuestra muerte.

 

Xavier Bayle, artista plástico autodidacta en las disciplinas de poesía y prosa, dibujo y pintura, fotografía, escultura, instalación, video y performance. Artivista por la liberación animal y alérgica a cualquier tipo de discriminación social. Aburrida del sistema pedagógico decido ir por mi cuenta como lectora convulsa. Ahora vivo en Polonia, practico permacultura por respeto a la tierra y a la Tierra, ofreco productos veganos orgánicos y pinto bolsas en esa linea de acción. Hago cualquier cosa que pueda ayudar a los animales. Entiendo la lucha animalista como autodefensa, una extensión lógica de los derechos humanos, donde todas las individuas precisamos derechos fundamentales a vida, libertad e integridad, incluyendo en ellas prioritariamente el medio ambiente donde ejercerlas. ¿El sentido de mi vida?: contemplar la migración de las aves, contar todas las hojas de hierba y las olas del mar, vigilar que llueva hacia abajo y recoger nueces y setas.